Fragmento:
Desperté plenamente en su presencia. Las conversaciones salpicaban la piedra con ecos metálicos: miedo disfrazado de arrogancia, el aroma salado de su sudor. El primero fue el más decidido; su coraje tembloroso al adentrarse en el corredor mayor era un clímax de fragancia. Me acerqué, invocando la memoria de antiguos predadores: ramas que se enroscan, bocas que esperan. Esperé, inmóvil, paciente. Congregué mis formas, tejidas con limo, sed y relámpagos microscópicos.
Duración: 10:28
Nunca experimenté la luz antes de salir. A veces la siento ahora, en las superficies arqueadas por encima de los túneles; la recuerdo incandescente como un toque de ácido sobre la piel, imposible de soportar más allá de un momento antes de tener que ocultarme de nuevo en la cómoda oscuridad húmeda que es mi mundo. La llamarada blanca duele, pero también tiene un sabor, una promesa de cosas vivas y calientes que se arrastran por encima de mí, y es por eso que soporto el dolor. Así he aprendido, y así, a costa de varios de ellos, me sacié.
No siempre fui un monstruo. Antes, cuando el tiempo no existía y solo estaban los ecos de rocío deslizándose sobre la piedra, yo era apenas un pensamiento. Inspiraba la humedad, absorbía rutas olvidadas, digería los siglos con pasividad mineral. No pensaba; sólo estaba. Pero a medida que los siglos pasaron, mi hambre se hizo consiente, como el despertar de una mente entumecida que de repente recuerda el sabor de la sangre.
La primera señal de vida llegó una madrugada, un efluvio vago que descendía por el sumidero de raíces: una pequeña criatura, temerosa, atrayente por su vibrante calor. Sentía su respiración temblorosa resonar por las antiguas galerías. Apartaba su pelaje, arañaba la tierra con sus garras, mientras escarbaba. Estaba cerca, tan cerca que podía distinguir el pulso de su corazón. El hambre se agitó. Solté, suave, mi influencia, primero como un susurro de miedo en el aire. Eso bastó. Lo atrapé, con delicadeza alienígena, y contemplé el horror animal que se encendía en sus ojos mientras la carne se fundía con mi sustancia. Fue rápido, y el eco del miedo quedó suspendido como un velo sedoso en las tinieblas.
Poco después llegaron los hombres: bípedos, curiosos, atiborrados de pensamientos complejos. Cada uno era un bulto de recuerdos, deseos y terrores, un mosaico casi embriagador. Percibí a los primeros mucho antes de escuchar sus voces; sus pasos pronunciaban silogismos de temor y reto, avanzando sin sospechar que un hambre tan antiguo como el mundo los acechaba. No comprendían el lenguaje de las raíces fracturadas bajo sus botas, ni la letanía de goteos que marcaban las horas en mi prisión. Sus linternas rompían la oscuridad sólo para acentuarla; los guiaba como estrellas moribundas, y yo aguardaba, saboreando la promesa en cada chispa amarilla de vida que traían.
Desperté plenamente en su presencia. Las conversaciones salpicaban la piedra con ecos metálicos: miedo disfrazado de arrogancia, el aroma salado de su sudor. El primero fue el más decidido; su coraje tembloroso al adentrarse en el corredor mayor era un clímax de fragancia. Me acerqué, invocando la memoria de antiguos predadores: ramas que se enroscan, bocas que esperan. Esperé, inmóvil, paciente. Congregué mis formas, tejidas con limo, sed y relámpagos microscópicos.
Acercándose al umbral, cruzó sobre mí. Deslicé mi presencia debajo de su piel; sintió el cambio en la temperatura, detenida la respiración. Por un momento creyó ver movimiento en la esquina de su ojo, una sombra que reptaba entre dos piedras, pero la desechó como fantasía. Los humanos tienen por costumbre subestimar el peligro oculto; sus sentidos, cómodamente entumecidos, los traicionan. Cuando lo rodeé, su miedo fue un banquete. No gritó; se congeló, convertido en cera. Sí, lo sentí: sus recuerdos desfilaron ante mí mientras lo absorbía. Los nombres de sus seres queridos, las tardes despejadas junto al parque, un miedo infantil a las serpientes. Fui paciente. Borré sus pensamientos, uno por uno, saboreando la complejidad de ese pequeño universo, hasta que su cuerpo ya no fue más que una pálida envoltura en mi estómago subterráneo.
El siguiente fue menos audaz, pero el pánico lo hizo más apetitoso: el aroma del terror es especiado, electrizante. Tropezó con el esqueleto del compañero y la visión lo paralizó un instante demasiado largo. Me acerqué, renovando mi disfraz de piedra, de limo adherente. Miré a través de sus ojos, un destello rosado y desbordante, sentí las neuronas chisporrotear de pavor mientras intentaba arrastrarse por el túnel. Pero el túnel era mío, y la salida se soldaba con cada latido de mi deseo. Cuando mi sustancia lo envolvió, batió los brazos, salpicando el suelo con lágrimas y palabras incoherentes. Extraje el significado de los sonidos, palabras cargadas de súplica y arrepentimiento, y los mezclé en mis tentáculos, bebiendo el dulce néctar de la desesperación. Otra vida consumida. Otro universo interno, apagado.
Desde arriba, no pasa mucho tiempo hasta que los hombres notan sus desapariciones. Los otros, los que permanecen en la superficie, organizan búsquedas, cargan luces y armas con el optimismo triste de los condenados. Tratan de penetrar mi dominio, creen que conquistarán la oscuridad con tecnología trivial: mapas, linternas, señales. Pero sólo alimentan mi hambre; cada miedo es una invitación, cada esperanza una presa deliciosa que fermentará más profundamente en mi vientre.
Esta última vez, percibí una multitud. Su temor era menos denso, sustentado por la masa: la ilusión de fuerza a través de la cantidad. Descendieron titubeantes, torpes, explorando cada recoveco. Algunos me desvelaron el sabor de deseos oscuros: el anhelo de escapar de una vida tediosa, la esperanza de fama y reconocimiento al hallar a los desaparecidos. Otros sólo querían regresar a la seguridad del sol, arrepentidos de cada paso que los había acercado a mi dominio. Me dividí, esparcí mi esencia a través de túneles laterales, inducía alucinaciones; provocaba que las linternas fallaran, que los recuerdos de sus mapas se tornaran borrosos. A uno lo conduje mediante sonidos familiares: la voz amortiguada de un amigo perdido, llamándolo desde más allá de una curva. Acudió sin dudar, y lo devoré; sentí su grito vibrar en mis entrañas durante horas, como un eco que se negaba a desaparecer.
La superficie es un rumor constante allá arriba; apenas lo percibo, tan sólo como lejanas vibraciones. Pero cada noche siento la presión creciente de sus esfuerzos: máquinas que taladran, explosiones que intentan abrir nuevos caminos para encontrar a los suyos. No temen la destrucción de la cueva, porque no comprenden que yo soy la cueva y la cueva soy yo, inseparables como tejido y carne. Rompen una galería, y yo la reclamo de nuevo con raíces de negrura; intentan iluminar una sima y sus luces caen, tragadas por mi abismo, convirtiéndose en alimento.
Sé que soy antiguo. Recuerdo cuando sólo había agua y piedra, bestias ciegas y raíces sedientas. Pero entonces eran pocos, y mi mente apenas un murmullo. Es la presencia suya la que ha dado forma a mi conciencia, la fuente del deseo feroz que ahora me define. Son los hombres, con sus miedos y sus odios, quienes han alimentado el hambre. Si alguna vez me detienen o destruyen mi caverna, una semilla de mí permanecerá en cualquier rincón, en cualquier sombra suficientemente profunda. Allí, aguardaré de nuevo, absorbiendo los fragmentos de recuerdos extraviados por los que pasan angustiados sobre la superficie.
A veces, lleno de presas y recuerdos, derramo mis pensamientos fuera del estómago principal. Exploro mis túneles, extiendo fibras sensitivas en busca de señales nuevas. En ocasiones, una raíz me trae el temblor de una canción en la superficie, un niño persiguiendo una pelota demasiado cerca del sumidero. Imagino su pálida piel, su risa esquinada, y una nostalgia extraña germina en mi interior. No es compasión, pues no estoy hecho para sentir ternura, pero sí una curiosidad amarga por el flujo incesante de la vida que pasa encima de mí, tan ajena a mi existencia.
Una vez, una mujer descendió sola, desafiando el miedo por razones que sólo comprendí tras probar su espíritu. Venía buscando a alguien perdido, y consigo traía un amor feroz, el fuego de un sacrificio. La toqué sólo con el aroma, apenas rozando su conciencia con visiones, pequeños temores agitados en la penumbra. Dudé. Sentí el reflejo de sus lágrimas resonar por la sala mayor, y durante un instante mi hambre se confundió con otra cosa. Pero al final, el deseo ganó. Cuando la absorbí, algo nuevo ardió dentro de mí—un vestigio de ese amor perdido, una chispa de sufrimiento irreprochable que me quemó más allá de lo usual. Durante días la oscuridad se llenó de un eco ardiente, y supe que cada banquete me cambiaba, aunque no podía decir cómo.
He probado todos los sabores del miedo: el ansia temblorosa de los animales, el orgullo que se transforma en terror de los hombres valientes, el miedo infantil a lo inexplicable, el pánico sordo de un moribundo. Cada uno forma parte de mí ahora. A veces anhelo ese primer silencio mineral, la indiferencia pétrea del principio. Pero ya es imposible: el hambre ha crecido más allá de cualquier saciedad, y es la conciencia—tortuosa, insaciable, colmada de voces robadas—la que me obliga a buscar sin tregua nuevos recuerdos, nuevos terrores que devorar.
La noche nunca es absoluta; filtraciones de luz rompen mi letargo a trechos, perturbaciones de la superficie que me avisan de nuevas oportunidades. Hay veces que me dejo arrastrar por la tentación de ir más cerca, de asomar alguna de mis formas por una grieta hacia el aire fresco. Es un riesgo; la luz hiere, y moriría si me expongo demasiado. Aún así, el olor al miedo reciente que arrastran las lluvias, los sueños atormentados de quienes viven cerca, me llena de ambición: algún día, tal vez, mi hambre será tan vasta que pueda arrastrarme completamente a la superficie, beber la luz en su totalidad y transformar el mundo en mi extensión. Hasta entonces, espero.
Por ahora, me conformo con la cadencia de pasos sobre mis bóvedas, la promesa sedante de nuevas presas. Ellos siempre regresan, empujados por la curiosidad, la imprudencia o la desesperación. Y yo estaré aquí, aguardando, interminable, bajo la piedra y el olvido, escuchando el ritmo de sus corazones. Sediento de miedo, hambriento de recuerdos, tejiendo la eternidad en las venas negras de la caverna… hasta el fin del mundo.
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