Fragmento:
La noche antes de mi excursión, pernocté en una pensión de Arkham. El sueño se halló vedado para mí, pues fui invadido por un tumulto de imágenes: extensos círculos de piedra, carne temblorosa, raíces palpitantes y un abismo al que caían infinitas siluetas humanas entre peligrosas tentáculos. Un murmullo persistente y horroroso impregnaba el paisaje onírico, una insistencia que sólo más tarde comprendería era la invitación sibilina de Yog-Sothoth.
Duración: 08:09
Al oeste de Arkham, en un desvío tortuoso ignorado aún en los más exhaustivos mapas, se encuentra la hacienda arruinada de la familia Penrose. Aquellos que caminan demasiado cerca, sea por curiosidad o estupidez, suelen padecer de inexplicables desvanecimientos, sueños atormentados y hasta pérdida de la razón. Pero yo, Edmond Carroway, era joven y desdeñoso de las advertencias de los pueblerinos. Creía ver en los relatos de miseria y desapariciones un vestigio de superstición rural. Estaba convencido de que solo el absurdo temor mantenía aquel lugar apartado de la comunidad.
Mi interés inicial era simple: descubrir el origen de los extraños cánticos que, según rumores, se oían entre los bosques en la noche de la luna nueva. El día del descenso hacia los restos de la hacienda, el cielo estaba velo de nubes purpúreas y la humedad densa parecía arrastrar antiguas pestilencias. Caminé durante horas por senderos torcidos, hasta distinguir entre las sombras las ruinas de la mansión Penrose. La edificación conservaba fragmentos de portales tallados con insólitos símbolos, curvas torsionadas y trincheras cavadas en la tierra, como heridas aún frescas.
La noche antes de mi excursión, pernocté en una pensión de Arkham. El sueño se halló vedado para mí, pues fui invadido por un tumulto de imágenes: extensos círculos de piedra, carne temblorosa, raíces palpitantes y un abismo al que caían infinitas siluetas humanas entre peligrosas tentáculos. Un murmullo persistente y horroroso impregnaba el paisaje onírico, una insistencia que sólo más tarde comprendería era la invitación sibilina de Yog-Sothoth.
Al despuntar el día me sentí, no obstante, entusiasmado; la repulsión del sueño apenas un eco lejano. Equipado con una linterna, algunas raciones y mi viejo revolver, me interné en los dominios de Penrose. Pronto supe que las leyendas apenas arañaban la realidad: el aire estaba densamente cargado de una energía malsana, y los escasos animales que cruzaban el camino arrastraban extremidades enclenques cubiertas de heridas negras.
A medida que me acercaba, distinguí entre la maleza el vestigio de un círculo de piedra blanqueada, cercado por lo que primero creí eran raíces expuestas, pero que después identifiqué horrorizado como apéndices de textura gomosa, de cuya superficie brotaba una baba lechosa. El miedo me roía las entrañas, pero lo atribuí a la atmósfera asfixiante y proseguí mi búsqueda.
Explorando la finca, hurgando entre las sombras y cascotes, hallé un sótano cuyo portón semicubierto por zarzas se hallaba abierto. Bajé por una escalera de madera hinchada de podredumbre y la linterna barrió con su haz las paredes, cubiertas con extraños grabados: espirales entrelazadas e inscripciones en una lengua imposible que me quemaban la vista.
En aquel momento, y sin previo aviso, mi mente fue invadida de nuevo por un cántico. Esta vez no provenía de mi memoria, sino del aire alrededor: un balbuceo gutural, horriblemente titilante, que emanaba de la Tierra misma bajo mis pies. El lenguaje, aunque incomprensible, me pareció terriblemente racional, repleto de una geometría inversa que se aferraba a los pliegues de mi conciencia.
No supe cuánto tiempo permanecí de pie en la penumbra, atónito y helado. Un golpeteo sordo, semejante a un corazón colosal y enfermo, se propagaba por las paredes de la cripta. En la esquina más profunda, detrás de un enrejado oxidado, una grieta se abría en la roca, exudando una negrura que negaba la luz. Atraído y aterrorizado, acerqué mi linterna y vislumbré un movimiento viscoso, un resplandor blanco-oscuro de formas contrarias a toda lógica material.
En ese instante, la melodía infernal se convirtió en un grito plural. Miles de voces entonaban un himno sacrílego e imposible, y supe --sin lugar a dudas-- que no era el único visitante de ese umbral. De la fisura emergió un brazo retorcido y pallido, acanalado de ventosas y vacíos oculares. Cada centímetro de su piel destilaba una bilis traslúcida, palpitante al ritmo de aquel sismo oculto bajo la corteza del mundo.
Retrocedí, mas una fuerza invisible me mantenía pegado al terreno. Los murmullos me desgarraron la razón, injertando en mi mente imágenes de universos coagulados, dioses sin forma y raíces fértiles chorreando con la sangre de los caídos. Sentí el eco desacralizado del grito de Shub-Niggurath vibrando desde el corazón de la tierra, y el arrullo impío de Rhagorthua, que resonaba grave y húmedo en las paredes del sótano. La fisura se ensanchó y la criatura salió parcialmente, mostrando una cabeza sin rostro, poblada de lenguas y tentáculos entrelazados en una grotesca parodia de los órganos sensoriales humanos.
Me vi a mí mismo, en una visión breve y letal, arrastrado por las raíces y el limo hacia aquel abismo sin fin, donde la conciencia propia deviene alimento espiritual de entidades primigenias exiliadas antes del tiempo. Sin voluntad, sentí mis recuerdos escurrirse, como si Yog-Sothoth a través del corredor me estuviera absorbiendo capa tras capa de mi ser, erosionando la individualidad hasta dejarme reducido a un solo grito solitario e interminable.
Las voces ceñidas a la grieta, multiplicadas y espeluznantes, me susurraban antiguos nombres y contractos. Vi una cabra negra con un millar de retoños licuefactos, danzando alrededor de un núcleo de luz y sombras fluctuantes. Vi a Rhagorthua expandiéndose como una mancha de jalea que devora las raíces de todos los mundos, abriendo senderos para la invasión de lo inhumano. La luna, tan presente en mi infancia, se desintegraba ante mis ojos mentales bajo el peso del rito y la infestación.
Recobré el control de mi cuerpo, o al menos de la parodia de carcasa que había quedado de él, sólo para notar que me hallaba arrastrándome de vuelta a la superficie. Al salir, la noche se había cerrado sobre mí como un sudario, poblada de criaturas informes y vegetación informe, pulsante al ritmo del latido infernal que recordaría en los sueños por el resto de mi vida.
Corrí, tropecé, me lacéré con arbustos hostiles, perseguido por la resaca del canto antinatural. Atrás quedaba el eco múltiple de la fisura abierta, y el saber trágico de que no era el único umbral: las grietas y raíces conectan todos los lugares, todos los sueños y los recuerdos, y los emisarios de Yog-Sothoth buscan filtrarse por ellos para saborear nuestros pensamientos y alimentar su eternidad ávida.
No regresé jamás a Arkham. Encontraron mi ropa rasgada y cubierta de lodo al borde del río Miskatonic, y mis pertenencias dispersas como si un vendaval deliberado las hubiera esparcido. Nadie supo de mi suerte hasta este momento, cuando mi mano temblorosa atestigua lo atroz acontecido esa noche. Mi mente, habitada de imágenes y gritos, sólo halla calma en el hilado continuo de esta confesión, cuyo fin se aproxima mientras oigo de nuevo los golpes en la tierra, los susurros detrás de la grieta, y las súplicas devoradas por la cabra negra y su progenie.
No fueron supersticiones lo que mantuvo a los hombres alejados de Penrose, sino un lúgubre instinto de preservación, el mismo que acaso me hubiera salvado si lo hubiese escuchado. Porque los círculos de piedra siguen allí, aguardando esas noches en que el grito de la sima ultramundana se mezcla con el frenético clamor de las raíces y fluye por las venas del mundo, forzando los umbrales de la razón.
Y sé que, ahora, la invitación está siendo enviada a otros. A usted, que lee con incredulidad y escozor, le prevengo: no acuda a la llamada. No escuche los cantos. Porque tras cada grieta yace el abismo, y en él la promesa de que todos somos pasto de las eternas fauces de la oscuridad y sus clamores informes. Yog-Sothoth, el Key and the Gate, nunca deja de acechar. Shub-Niggurath brama y fecunda, y Rhagorthua aguarda paciente bajo las raíces, removiendo la tierra en busca de nuevas almas que devorar.
El círculo nunca se ha cerrado; no hay final, sólo abismos reflejados en otros abismos, interminables y húmedos, donde los gritos no encuentran eco, sino alimento. Yo fui el testigo maldito. Otros serán los siguientes. Quizás, mientras escucha la tierra, empiece ya a oír los golpes. Y entonces, ningún hijo de hombre podrá ayudarle.
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