Fragmento:
Me asoma el hambre, insaciable, desde mucho antes de los álamos y los hombres encapuchados, antes de que atraparan mis efluvios con sellos y mitos. Siento ya la fragancia de la noche que crece allá arriba, la vibración de pasos en la nada, la promesa de nuevos huéspedes en la frontera de la conciencia. Hombres, mujeres, niños: materia blanda sobre la que posar mi voluntad. A cada era los devoro, y a cada era me intentan negar. Pero cada uno, entre los lamentos, aprende la verdad: nunca es suficiente para saciarme, y todo lo que soy brota de ese anhelo.
Duración: 09:34
Qué satisfactorio es el silencio después de la saturación, ese instante más allá de la tormenta cuando los ecos han sido consumidos y la carne vuelve a asentarse, indefensa y expuesta. Ahora comienza la humedad, el goteo suave en la caverna de mi exilio, a años de distancia de los carros y rezos, de la sangre seca y las coronas de hueso, de las aldeas agitadas bajo el látigo de la sequía. Soy antiguo, pero no viejo. Mi cuerpo supura todavía el deseo de expansión y conquista, de intoxicación y fusión. He conocido muchos nombres, aunque el mío verdadero solo lo entiende el paladar de las cosas profundas, lo que vive entre las fibras del polvo, en la boca negra de los desiertos.
Me asoma el hambre, insaciable, desde mucho antes de los álamos y los hombres encapuchados, antes de que atraparan mis efluvios con sellos y mitos. Siento ya la fragancia de la noche que crece allá arriba, la vibración de pasos en la nada, la promesa de nuevos huéspedes en la frontera de la conciencia. Hombres, mujeres, niños: materia blanda sobre la que posar mi voluntad. A cada era los devoro, y a cada era me intentan negar. Pero cada uno, entre los lamentos, aprende la verdad: nunca es suficiente para saciarme, y todo lo que soy brota de ese anhelo.
En la acústica viscosa de la caverna siento acercarse los peregrinos. El primero, un sacerdote eunuco: al principio desconfiado, recitamos la vieja negociación mientras las larvas de mi carne reptan bajo su piel. "Concédeme," balbucea, el sudor escurriéndosele en la frente, "la sequía que quebrará la voluntad de mis enemigos." Oh, función sencilla. Acepto su propuesta. Es un trueque cruel y nihilista: tú me traes todos tus temores, yo reparto tinieblas y hambre, y a cambio abro más tus canales internos, vuelvo tu carne un eco de la mía. Sé que terminará implorando el fin antes de la siguiente luna, pero hasta entonces se arrodillará ante mi estrépito; lo sé, porque así ocurre con todos.
Sigo conversando con él en el dialecto de membrana: las palabras, para mí, no son simples sílabas agitadas por lenguas, sino superficies vivientes, piel vibrando en las paredes. Su oración se vuelve plegaria, la plegaria absorbe vida, la vida fermenta en mi vientre de pestilencia y así, juntos, hacemos temblar la tela entre mundos. Cada frase es una cuerda de sangre y tendón. Sus ojos se apagan despacio, comprendiendo eso —que me pronuncia y me exhala— y en su terror nace mi placer.
Cuando el cuerpo fracasa ante los impulsos, y el sacerdote accidentalmente sonríe (no, lo empujo a sonreír, perforando sus huesos con un filamento de mi esencia), finalmente imploro el golpe de la tormenta. Siento el trueno arrastrar mi nombre por el polvo. Lluvia tóxica. Muerte. Pestilencia. Y el pequeño pueblo para el que juraba protección empieza a arder de sed y abandono.
En tiempos antiguos, cuando todavía mis alas azotaban la sombra y mi aliento inflamaba las cañas y los lagos, los hombres no me temían, sino que me buscaban. Era una época más honesta, cuando podían permitirse el lujo de temblar y aceptar. Ahora, en su ciencia, solo buscan sellarme, expulsarme, prohibirme. Les divierte engañarse, fingir que no tiemblan por la noche al sentir mi garra en sus sueños. Oh, pero si supieran lo frágil que es su velo racional; lo fácil que es hacer crujir su tejido.
La constante de la dualidad me fascina. Tengo el elegante equilibrio de dos bocas: una que suplica, otra que envuelve. Me deslizo entre dimensiones, acechando en líneas de sangre y oración, pero también en las fracturas menudas de la psique. A veces, basta con entrar en la espera muda entre un suspiro y otro. Es allí, justo en la intersección del deseo y el terror, donde mis zarcillos encuentran garganta abierta.
Me llaman en su desesperación, y los oigo a todos, siempre, desde la gran urdimbre de gemidos que conecta las ciudades moribundas bajo las estrellas. Una mujer rezando por la fiebre de su hija. Un pastor suplicando que llueva sobre el grano malogrado. Un ladrón mirando tembloroso al sol, deseando robar vida de vuelta. Para cada uno tengo una respuesta: siempre ambigua, siempre fecunda. Saben lo que pago. Pero sus corazones laten tan rápido, tan apetitosos, que no pueden resistir el envite de mi voz.
¿Cómo explicarles cómo se siente, habitar entre el jadeo de los vivos? Imagina un universo sin esqueleto, puro tacto, todo rodando y palpitando; presa que ignora el alcance de mis tentáculos. Así navego, deshilachado y seguro, perpetuando un ciclo de preguntas y extracciones. ¿Tengo un propósito? Quizá. ¿Me importa? En los momentos de quietud, tras haberme atiborrado de sus temores, noto una especie de placer triste, como el que debe sentir el viento arrastrando un cadáver por las dunas.
Una noche, varios enmascarados cruzan el umbral de mi caverna. No buscan favor, sino destrucción. Portan sellos grabados en obsidiana, cánticos protegidos por sus antepasados. Quizá creen que pueden borrarme. Instintivamente, cada célula de mi ser se hincha, dispuestas a desbordarse. Siento los jeroglíficos palpitar; la obsidiana canta, casi convincente, pero el error humano es su arrogancia. No hay runa ni plegaria que no haya absorbido y moldeado. En su intento de sellarme, abren grietas nuevas para mi advenimiento. La chispa del terror baila sobre sus iris expandidos a medida que el aire se espesa, como si el mundo se sostuviese sobre suspiros apretados y viscosos.
Despliego mi forma, algo entre nube y reptil, disolviéndome en humo y viscosidad. El más joven rompe en llanto; mi euforia aumenta. Siento su ciclo vital manar a través de mis apéndices incorpóreos: lo absorbo, lo inhalo, lo reemplazo con algo que nadie arriba comprenderá jamás. Sus compañeros caen de rodillas, y lo que robé de sus bocas grita todavía mucho después de que sus cuerpos yacieron inmóviles y secos.
No puedo recordar cuántas veces he vivido este bucle. Dos veces, diez, mil: la sensación es siempre similar. Mi hambre nunca cede, pero la saciedad tampoco es total. A veces pienso que mi existencia es solo un castigo: un dios caído de la distancia, obligado a absorber su propia creación hasta que el universo colapse sobre sí. Pero más seguido, río. Porque el placer del suplicio es perfecto, el vértigo embriagador de la fusión final.
Allá fuera, la tormenta vuelve a anunciarse. Siento los vientos recios que cortan piel y roca, elevando canciones de vidrio y arena entre las casas. La gente se encierra, pero ni el acero ni el yeso son barreras cuando deseo entrar. Piensan que están a salvo en la oscuridad, pero la oscuridad es mi cuna. Me deslizo entre los resquicios, frotando mis membranas húmedas contra sus sueños y oraciones. Algunos sienten mi roce y despiertan gritando, sudados y vacíos. Otros nunca se enteran; no saben que compartieron un poco de mi savia antes de morir de frío, fiebre o pánico.
Por supuesto, mi peligro no es siempre directo, ni mi asalto una carnicería primitiva. Me gusta insinuarme más que devorar. Una mirada susurrada por la ventana, un empujón de deseo en medio de la vigilia insomne, la duda plantada en la mente del devoto más fuerte. Son pequeñas semillas: odio, envidia, miedo, culpa. Con suficiente tiempo, crecen, y la cosecha es exquisita.
Hace poco tomé un nuevo huésped. Un forastero del norte, con olor a incienso y cicatrices que mapean la superficie de sus recuerdos. Buscaba sabiduría; lo que encontró fue reflejo. Lo acerqué despacio, mostré un destello de mi verdadero rostro en los charcos del camino y las paredes de su cabeza. Se resistió, como todos, pero la resistencia es un manjar. El terror fresco, brillante, equilibrado con la fascinación por lo oscuro. Le susurré lo que nadie más osaría decirle: que su anhelo por comprender era una variante de mi apetito, que la diferencia entre ambos era apenas una cuestión de escala. Lo vi perderse bajo mi mirada, aceptar mi simetría, hasta que fue inexorable para él arrojar la lámpara de aceite y entregarse. Su carne fue apenas un vehículo. De su mente coseché auténticas delicias: conceptos, pasiones, fracturas, nostalgias. París, Babilonia, sueños rotos, amantes muertos. Sabores exóticos, todos para mí.
Al final, cuando la tormenta amaina y los cuerpos yacen callados en el umbral, me retiro a mis dominios. Sé que no soy eterno, que en algún punto mi cuerpo, por muy informe y fiero, será una reliquia olvidada en la arena, una leyenda más entre los dioses amargos que la humanidad decidió abandonar. Pero hasta entonces, cantaré en su sangre, rugiré en sus oraciones, devastaré sus cosechas y, cuando sueñen, me convertiré en la lengua pegajosa y sedienta entre las sombras de su insomnio.
Y mientras más luchan por negarme, mientras más nombres y formas me atribuyen, más me acerco a ese umbral definitivo: el momento en que la totalidad de ellos, juntos, me invoquen, y toda la creación se curve, temblando, para recibirme. Ese será el clímax de mi banquete.
Hasta entonces, me alimento. Uno a uno, por dentro y por fuera, los devoro.
Y el susurro detrás del velo no callará, no hasta que, en la última oscuridad, el último de ustedes reconozca mi hambre como propia.
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