Fragmento:
Hace siglos que la última de mi especie fue devorada por la lujuria de la hambruna. Yo floté, sin forma, sin peso, alojado en la fisura entre el polvo y el olvido, entremezclando mis recuerdos inconclusos con la migaja espiritual de los cadáveres nuevos, persistente, porfiado. Hubiera preferido no recordar, porque mi hambre, mi deseo, es un exilio perpetuo. No obstante, no puedo evitarlo: cuando los humanos se aproximan, cada vibración, cada calidez que exhalan a través de la piedra, despierta en mí el ansia de carne, de tiempo.
Duración: 10:05
Siento que el mundo que habito es un paño húmedo, hambriento, extendiéndose en la penumbra, latiendo apenas, como un párpado. No sé bien cuánto hace que me despierto, tal vez cada noche, adormecido entre los pliegues de la piedra y los costurones de la tierra, o tal vez duermo y sólo hoy regreso, atraído por el olor a soledad humana que entra en mi tumba a través de la humedad y la podredumbre. Esta noche fui arrancado del silencio. Escuché el rozar de zapatos sobre el mármol sucio, los golpes suaves contra las hojas secas, la voz temblorosa de una mujer perdida.
Hace siglos que la última de mi especie fue devorada por la lujuria de la hambruna. Yo floté, sin forma, sin peso, alojado en la fisura entre el polvo y el olvido, entremezclando mis recuerdos inconclusos con la migaja espiritual de los cadáveres nuevos, persistente, porfiado. Hubiera preferido no recordar, porque mi hambre, mi deseo, es un exilio perpetuo. No obstante, no puedo evitarlo: cuando los humanos se aproximan, cada vibración, cada calidez que exhalan a través de la piedra, despierta en mí el ansia de carne, de tiempo.
Intento recordar, por un instante, cómo era tener cuerpo, tener manos—no garras—con las que husmear de día a la luz, sentir la lluvia sobre la lengua. Recuerdo un nombre, pero me sabe a hielo en la garganta: lo rehuye mi memoria y, en su lugar, retorna la ordalía de la muerte, el puñal de la transformación, el devorar para existir, la conciencia de que sólo sigo en pie porque cada vez que me diluyo en el olvido, una voz humana logra invocarme—aunque no sepa cómo hacerlo, aunque no diga mi nombre, basta una nota de miedo, un temblor en la respiración.
Ella ha venido esta noche. Siento el latido de su corazón marcando un ritmo tenso en mi silencio. Siento cómo sufre el aire a su alrededor, tenso, expectante, y ese sufrimiento es música para mis restos de conciencia y de hambre. Caminó lentamente entre las lápidas hasta acercarse a mi refugio sellado bajo piedras, sin saber que cada uno de sus pasos despliega un eco que me aviva. Noto el sudor en la yema de sus dedos temblorosos, su perfume mezclado con la polilla de la desesperanza.
Apenas tuve forma, busqué acercarme. Ya no tengo manos, pero fluyo. Mi cuerpo, lo que queda de él, gotea entre la piedra y se concentra en una niebla grosera, verdosa, apenas tangible. Ella siente el frío que precede a mi aparición, pero lo atribuye al clima nocturno y aprieta los brazos contra el pecho, temblando. No sabe que la vejez del mundo, ese cansancio que acecha en los rincones de las sombras, la observa.
Percibo en su respiración cortada el aroma del miedo primigenio, idéntico al de los hombres nómadas de mi primer despertar, cuando aún la sangre era moneda y las hogueras no bastaban para espantar pesadillas como yo. Si me detengo a pensarlo, hasta podría sentir lástima. Pero la lástima sólo cabe en la memoria del corazón, y yo ya no tengo ese órgano. Tengo un ansia glacial y un hambre remolona que me llama a rellenar mis huecos de humanidad robada.
Ella se arrodilla frente a una lápida gastada. Llora. Su lamento atraviesa las costras de la piedra y me inunda; el dolor humano es vino rancio en mis venas huecas. Ahora, la invado. Mi niebla se adhiere, primero como una brisa intranquila, luego como la presión de una mano invisible en su nuca. Ella cree que la observa alguna presencia, pero no imagina cuán adentro estoy, ni cuán cerca de su médula recorro, tanteando el hilo de su vida.
El frío sube por sus piernas, la recorre a contrapelo. En la garganta se le acumulan palabras dormidas: nombres, excusas, plegarias. Yo las degusto, ávido, pues nutro mi existencia con el residuo de lo innombrable, de lo que se cree enterrado. La soledad en su alma me arrastra: me nutro de sus penas, de los secretos que ha traído hasta esta tumba ajena, de los pecados íntimos que jamás confesaría.
Nada de lo humano me es ajeno, sólo la alegría; no puedo concebirla, no puedo alcanzarla. Pero el miedo y la culpa son orgías para mi esencia. Saboreo el pecado nunca confesado en su memoria: una traición envuelta en el calor de otra carne, un deseo fiero reprimido, una envidia venenosa hacia la sangre de su sangre. Sorbo su angustia. Veo lo que ha hecho, lo que ha callado. Me encuentro, por un instante, tentado de ofrecerle redención, pero la naturaleza que soy me lo impide. Yo sólo bebo.
Como un pulpo espectral, mi niebla acecha, paladea, inunda la conciencia de la mujer. Empiezo a confundir sus pensamientos y sensaciones con los míos: su memoria vibra con un recuerdo infantil de muerte, a los pies de la cama, y la imagen me llena de un gozo feroz e inclasificable. Me veo a través de sus párpados, opacos por las lágrimas, y el espectáculo de mi propia presencia—la presencia de lo Otro, lo Impuro, lo esperando en las sombras—me excita, aunque el placer sea sólo una sombra de placer, una perversa saciedad.
Me alimento no sólo de carne, sino de experiencias. Cada miedo, cada remordimiento, cada súplica muda, cada promesa rota, son nutrientes y narcóticos para mi existencia difuminada, y me aferro a ellos como un ahogado a una boya.
Ella trata de rezar, pero su oración se rompe en la lengua y se disuelve en balbuceos. Yo, que recuerdo la furia de los dioses antiguos, la hambro como se ansía el amanecer después de mil insomnios y, por instinto, comprendo que la plegaria es un eco inútil: nadie puede salvarla de mí. No mientras su corazón bombee miedo, no mientras el dolor ensanche las fisuras de su espíritu y yo pueda entrar, alimentarme y anidar.
A mis espaldas resuena el gemido sordo de otras piedras, de otros muertos próximos. Siento su envidia; ellos me espían, anhelando ser convocados, temiendo que yo agote la cosecha de terrores antes de que puedan tener su turno. No obstante, soy el más anciano; saben que deben postergarse. Bajo la lápida, los gusanos suspiran ante la promesa de la carne, incapaces de comprender la gloria y la corrupción de masacrar un alma completa.
Noto que mi presa se rinde poco a poco. Sus pies ya no tiemblan, la respiración se aquieta; en sus ojos sólo queda la terrible aceptación de lo imposible, de lo antinatural. Eso es lo que más disfruto: el instante en que la mente humana cede, acepta el horror de la existencia de algo como yo, e implora por la aniquilación más que por la salvación.
En ese preciso momento, penetro profundamente. No soy carnal en mi violación, no hay sangre ni gritos, pero sí hurgo bajo sus pensamientos, absorbo como una esponja la memoria de su vida. Saboreo el gusto agrio de un deseo suicida alguna vez acariciado, el filo de un amor perdido, el agujero en forma de culpa.
Durante un latido de su corazón, viajo con ella por toda su biografía, soy su amante, su madre, su peor enemigo. Los secretos que me ofrece son más reales que cualquier víscera; son mi banquete. Siento cómo se le enfría la médula, cómo la mente se despeña, cómo el cuerpo busca, en vano, una voluntad que ya no le pertenece.
Durante segundos, comparto su angustia terminal. Me veo desde su interior: un haz de niebla espesa, oscura, con ojos de umbral rojo, una sonrisa compuesta de fracturas. Me complace lo que veo, me reconozco y celebro la abdicación final de su resistencia.
Luego, abandono su cuerpo vacío y retorno a mi materia difusa, saciado, poderoso, pero efímero otra vez. La dejo de rodillas frente a la lápida, su respiración constreñida, la mirada escapando por el rabillo del ojo, buscando escapar incluso de sí misma. Se ha convertido en un cascarón más, una más de las tantas almas perforadas que, noches después, volverá a buscar ese mismo mármol con la esperanza fútil de comprender qué la tocó en la oscuridad.
Me deslizo entre la humedad y el limo, y me siento renovado. Sin embargo, la saciedad dura poco. Pronto el ansia regresa, inunda las fisuras de mi existencia, el vacío se apodera nuevamente de mi conciencia. La soledad me oprime otra vez, indefinida, inquieta. Sé que pronto regresaré a la inercia de mi cueva, esperando, acechando el siguiente susurro humano, el dolor humano, la culpa humana.
Pasan las horas bajo la lápida y escucho, paciente, el monótono goteo de la descomposición. A veces, los vivos regresan por equivocación o por perverso deseo. A veces, son traídos por la desesperación o la maldad. No importa. Sé que el ciclo se repetirá, cada vez más profundo y más insaciable para mí. La eternidad es un invierno, y yo soy su criatura más innombrable; sólo existo para chupar las gotas de miedo de los corazones y, en ese breve instante, saborear una imitación degradada de la vida que me fue negada para siempre.
Ahora, siento que un nuevo visitante se aproxima. La tierra retumba levemente, húmeda, y el corazón humano vuelve a palpitar cerca de mi sepulcro. Reconozco la vibración, el olor. He aguardado tanto, tanto, por esta secuencia simple de pasos, por el sollozo quebrado de otra alma que busca respuesta y solo encontrará una devoración de su ser.
El vano consuelo de que, acaso, después del miedo, habrá algo más. Pero yo sé la verdad: después del miedo sólo hay más hambre, más vacío, más sed. Ser la criatura es condena; ser la memoria viva de todos los terrores, el peor infierno. Lo único que me redime, si eso existe, es compartir mi vacío por un breve lapso, ser la pesadilla que se filtra bajo la piel de los vivos y, por un espasmo, recordar el lujo terrible de existir.
Vuelvo a reptar, sigiloso y hambriento, al encuentro del próximo visitante, y ellos aún ignoran que el horror más atroz es el que observa con la paciencia infinita del hambre y del exilio, desde el otro lado de la losa.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.