Portada del relato El abismo susurra los nombres
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Un temblor recorrió toda mi espina dorsal. Miré a mi alrededor y vi las paredes recubiertas de musgos y líquenes, adornadas por inquietantes relieves de criaturas mitad hombres, mitad peces, labradas con violencia y devoción. Percibí en los rincones la presencia de algo viscoso e informe, acechando donde la luz no llegaba, y sentí la urgencia de huir, pero la lógica y la curiosidad metamorfosearon mi espanto en una febril fascinación.

Duración: 08:33

El abismo susurra los nombres
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Eran cerca de las once de la noche cuando, titubeante y presa de una inmediata desconfianza, me detuve frente al umbral roído por el salitre. Aquella casona escondida entre los juncos y el barro del litoral de Kingsport, uno de esos engendros arquitectónicos de madera hinchada y tejados enmohecidos, parecía abandonada y, sin embargo, la carta que recibí una semana atrás, en una caligrafía antigua y resbaladiza como escamas, me citaba allí en la fecha y hora precisas. La lámpara de gas sobre la puerta ardía con un destello mortecino, presagio, acaso, de lo que aguardaba en la oscuridad más allá.

Recordaré siempre aquel mensaje. “Venid, pues aquello que buscáis en las páginas muertas y los grimorios sellados tiene eco y carne en nuestro templo, donde la marea nunca calla. El linaje de Dagon os aguarda”—firmado simplemente con una marca curva, semejante a un pez sin ojos. El remitente era, misteriosamente, un tal Jared Marsh, cuyo apellido recordaba a los relatos sepultados de Innsmouth, la ominosa ciudad que desapareció bajo la custodia del gobierno y cuyas aguas, decían los vecinos, no eran jamás plácidas ni aptas para la pesca cristiana. La invitación, insinuando verdades por encima de la comprehensión humana, era imposible de resistir, maldición o bendición de mi linaje de estudiosos de lo oculto.

Entré. Bajo el susurro de la madera podrida y el hedor salino, atravesé un corredor donde las sombras parecían serpentear entre las grietas. Mi corazón golpeaba, no solo con el temor, sino con el anhelo inconfesable del sabio al borde de entender aquello para lo que nunca debió abrir sus ojos. En el comedor, iluminado por velones temblorosos, me aguardaban cinco figuras. Cuatro de ellas portaban túnicas verdes y sus rostros eran pálidos, hinchados, deformados bajo la luz oblicua que acentuaba sus bocas anchas, el abultamiento de sus párpados y la falta, claramente inhumana, de vello o cejas.

La quinta figura era Jared Marsh. O eso debí concluir, aunque el hombre que se levantó ante mí era monstruosamente distinto a cualquier humano. Su piel destilaba humedad e irradiaba un brillo como el del limo al sol. Sus manos, de dedos palmeados e inusitadamente largos, gesticulaban con una parsimonia vieja y ceremonial. Cuando habló, su voz era baja y gutural, pero plagada de una musicalidad que evocaba el flujo y reflujo del océano.

“David Phelps”, dijo, “te hemos observado en los umbrales de la ignorancia, al borde de descubrir lo sublime detrás de la corrupción de la carne. Ven y únete al linaje que domina el abismo donde reposa Dagon, el Padre de las Profundidades. Solo aquí comprenderás el auténtico rostro del miedo y la salvación.”

Un temblor recorrió toda mi espina dorsal. Miré a mi alrededor y vi las paredes recubiertas de musgos y líquenes, adornadas por inquietantes relieves de criaturas mitad hombres, mitad peces, labradas con violencia y devoción. Percibí en los rincones la presencia de algo viscoso e informe, acechando donde la luz no llegaba, y sentí la urgencia de huir, pero la lógica y la curiosidad metamorfosearon mi espanto en una febril fascinación.

Luego, sin más preámbulo, uno de los encapuchados me instó a sentarme. Los demás comenzaron a entonar una letanía en una lengua que reconocí vagamente—fragmentos del antiguo rito de los Profundos, recogido en misuradas líneas del Necronomicón y las crónicas prohibidas de von Junzt—, arrastrando las palabras con un ritmo hipnótico, triste y ancestral.

Marsh se acercó. “Bebe”, indicó, presentando una copa cuyas superficies estaban talladas con símbolos antiguos: las marcas del pez sin ojos, espirales y escamas. “Bebe y serás libre del yugo de vuestra débil morada humana. Dagon conoce los caminos del alma, y tú, David Phelps, naciste para sumergirte bajo su manto.”

El líquido era oscuro, aceitoso, y tenía el aroma inconmensurable de las profundidades del mar. Con reticencia, y sintiendo la presión insoportable de todas las voluntades allí presentes, bebí. Un fulgor, al principio en mi garganta, luego en mis venas e incluso en mi médula, me poseyó. Vi el mundo disolverse en peces y sombras, los límites de la realidad cayendo como redes podridas; escuché el cántico de criaturas sin rostro, el lenguaje húmedo de un dios sordo y celebrante.

Me sentí resbalar. Fundido con la masa de las olas y los susurros del limo, fui testigo de visiones imposibles: las ciudades sumergidas en lúgubres charcos de luz abisal; los templos coralinos plagados de oficiantes escamosos; el infame himno de una eucaristía donde hombres y monstruos compartían la carne y las perlas negras de la conciencia. Vi a Dagon, inmenso y devorador, abriendo su boca ancestral para recibir tributo e invitar a los fieles a la metamorfosis final.

Cuando desperté, no sabía si habían pasado minutos o siglos. Yacía en el piso, rodeado de las sombras informes de los oficiantes, y olía intensamente a algas y salmuera. Jared Marsh me observaba, sus ojos acuosos brillando en la penumbra.

“Nada es igual, David. Pronto recibirás los sueños, sentirás la llamada. La Compañía de Dagon no abandona a sus elegidos. Cuando la luna esté llena y el agua suba, sabrás adónde conducir tus pasos.”

Aquellas palabras fueron taladradas en mi mente, y me sentí arrastrado por un terror viscoso e ineludible.

Esa noche, ya en la habitación hostil de una posada cercana, me debatí entre el sueño y la vigilia. La sal persistía en mi lengua y vi, en la penumbra tras mis párpados, un portal bajo el agua, oscilando entre ramas de coral sangrante. Al otro lado, el dios esperaba, repleto de paciencia. Escuché, en mis pesadillas, el retumbar de los tambores sobre el abismo y el repiquetear de pasos webbed—palmeados—arrastrándose desde las fisuras del lecho marino.

Pasaron días, y la realidad comenzó a abrir fisuras. Al caminar por Kingsport, los niños me rehuían y los gatos bufaban a mi paso. El barquero que servía la travesía hacia las islas próximas me rehusó, farfullando sobre ojos de pez y la podredumbre. Mi reflejo deformado en los charcos—el rostro más hinchado, la boca ansiosamente abierta, las pupilas henchidas de un brillo acuático—anunciaba una metamorfosis.

No podía alejarme. Sentía mis huesos doler en la cercanía de la marea, y una voz, siempre húmeda, murmuraba en la bruma. Soñaba cada noche con el templo, y cada vez el sueño era menos onírico. Percibía, de modo dolorosamente real, las columnas de corales quebrados, los fuegos fatuos bajo la superficie, las siluetas de oficiantes reptando hacia mí. A veces, mi sueño era interrumpido por voces humanas, o lo que una vez había sido humano, invitándome a unirme al festín del abismo.

Un atardecer, la luna llena ascendió con un resplandor enfermizo sobre las olas. Mis pies, sin mi voluntad, cruzaron los muelles y se sumergieron en el agua fría. Caminé, o fui conducido. Nadé, mis movimientos torpes y antinaturales, hasta que la profundidad me acogió. Bajo el mar, en la penumbra diáfana del mundo sumergido, me esperaban Marsh y los otros elegidos.

“Bienvenido”, resonó Jared en mi mente. “La carne es débil, pero el linaje es eterno. Hoy, abrazarás a Dagon.”

Cantamos en una lengua imposible de reproducir para una garganta humana, y en el trance de la ceremonia me vi transformando: membranas surgían entre mis dedos, mis pulmones se adaptaban a la asfixia, mis ojos ardían con la bioluminiscencia de los eternos. Con horror y éxtasis, comprendí que jamás habría regreso. Sentí en mi interior la llamada de una masa palpitante y ciega, y en ese instante supe que el verdadero terror no es morir, sino mutar hasta que la memoria de la humanidad sea solo anécdota y remordimiento.

Por última vez, recordé a mi madre, a mi hogar en Arkham, a los libros prohibidos leídos a la luz de una vela. Luego, todo se disolvió en un coro hambriento, mientras alrededor se elevaban las voces de los adeptos reptando por las grutas abisales, celebrando la comunión de la corrupción y la eternidad, aguardando la noche en la que Dagon emergiera para devorar la luna y las esperanzas de la humanidad.

Ahora soy uno con los coralinos, y mi risa burbujea desde el fondo de la fosa. Aquellos que reciban esta confesión huirán demasiado tarde, pues Dagon ya ha depositado su semilla en sus pesadillas, y cuando la marea no cese y las sombras repten por las calles innombrables, reconocerán en mi nombre y en el suyo mismo la herencia abismal, la sangre ineludible de los que nunca podrán volver a la superficie sin arrastrar con ellos el alma indeleble del océano antiguo.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.