Fragmento:
Mi relato comienza en ese año infausto, 1927, cuando regresé a Arkham tras una estancia prolongada con parientes en Massachusetts rural. Todo era sombras nevadas sobre techos góticos y un viento que, creí entonces, solo traía insomnio. Ignoraba que, entre las chimeneas nevadas, Fenway seguía su propio sopor – uno urdido no por la falta de sueño, sino por la certeza de que los recovecos de su mente estaban siendo habitados por algo invisible y voraz.
Duración: 10:26
Aún soy un hijo de la prosa y la medianoche, y aunque el tiempo es un abismo, traigo a la página este particular y reciente naufragio de la mente: el descenso de Arthur Fenway, antiguo colega y temido amigo, a los abismos internos donde la realidad se disuelve y el horror psicológico es un dios agrio e inexplicable.
Mi relato comienza en ese año infausto, 1927, cuando regresé a Arkham tras una estancia prolongada con parientes en Massachusetts rural. Todo era sombras nevadas sobre techos góticos y un viento que, creí entonces, solo traía insomnio. Ignoraba que, entre las chimeneas nevadas, Fenway seguía su propio sopor – uno urdido no por la falta de sueño, sino por la certeza de que los recovecos de su mente estaban siendo habitados por algo invisible y voraz.
Fenway era, o solía ser, un hombre de ciencia. Su pasión eran las ópticas, los espejos, los cristalinos y cuantas superficies fuesen capaces de doblegar la luz y la razón. Aquella carta preliminar, escrita de prisa, temblorosa, que recibí entre la escarcha, apenas sugería que la superficie del raciocinio fenwayano sufría grietas recientes:
Querido Alistair,
Hace frío aquí, más del que puedo medir con instrumentos. Algo ha cambiado, en la casa y en mí. Hay una sombra, más fría que todas, y creo… (la tinta se corre en este punto) que se mueve también cuando yo no lo hago.
Arthur
Mi primera reacción fue de genuina preocupación, pues recordaba a Fenway como un alma robusta, firme en su razonamiento, y sin embargo susceptible a la fascinación intensa – a veces obsesiva – por los misterios ópticos. Sus decorados incluían lentes, espejos parabolicos y cilindros de vidrio, muchos importados de Europa con el último cambio del siglo. Me convencí de visitarle, pese a los protestas de mi tía sobre el estado lamentable de las carreteras y el peligro de la ventisca.
La primera visión del caserón Fenway fue desoladora: una estructura ancha y baja, plagada de ventanas estrechas, con el techo lastrado de nieve, y cortinas siempre emocionadas por el viento. Unos abetos flanqueaban la mansarda este, donde supe que se hallaba el estudio de Arthur. Un sirviente de rostro pálido me confirmó que mi antiguo compañero no cenaba normalmente, y que las noches pasaba sumido en el cuarto de los “experimentosa ópticos”, un nombre inocuo para un lugar y unos hábitos que ya entonces intuía menos benévolos.
Fenway me recibió una mañana, el aspecto demacrado. Sus ojos, antes vehementes, ahora parecían encogidos como si huyeran de la propia luz. Tomó mi abrigo, me condujo al estudio con parsimonia y cerró la puerta tras de sí con una serie de cerrojos que nunca había visto.
—Alistair—susurró—, dime… ¿alguna vez sentiste que la habitación te miraba?
La pregunta, tan examen como súplica, quedó flotando, suspendida sobre nuestras cabezas como un humo conceptual y viscoso. Respondí con cautela:
—¿Mirar, Arthur? ¿Como si estuvieras bajo observación?
Él asintió; sus manos temblaron sobre la superficie de un enorme espejo oval, reciente adquisición, cuyo cristal parecía una lámina de agua no del todo quieta.
—No sólo que me observa—dijo—, sino que aprende de mí. Que mi reflejo, lo que sea que sucede cuando me veo… no devuelve simplemente mi imagen, sino que se lleva algo. Que algo queda tras el cristal y que cada noche es menos mío.
A partir de ahí, empezó a narrar sus síntomas: escalofríos al cruzar habitaciones con superficies reflectantes, la sensación de que su rostro en el espejo era un actor interpretando su vida, la persistente y creciente paranoia de que al cerrar los ojos su reflejo era libre para moverse, pensar o conspirar sin su intervención.
Intenté calmarle con resortes lógicos, mas pronto noté afectarme yo también por la atmósfera del cuarto. El aire estaba cargado de electricidad estática; cada espejo -y había, observé, al menos una docena de distintos tamaños y formas- parecía irradiar un frío inexplicable. Los ángulos me confundían, y el mismo reflejo de mi cara, multiplicado por dos, por tres, parecía a menudo distorsionarse según mi humor, y devolverme breves, imposibles muecas de desesperación que no podían proceder de mis músculos mortales.
Pero fue el día siguiente cuando el verdadero descenso comenzó. Fenway me confió que creía haber visto una fisura en el propio cristal del gran espejo oval, no una fractura física sino una grieta “en la idea de la imagen”, como lo puso en palabras. Aquella noche, llevado por la sospecha y movido también por la inquietud que ya arraigaba en mi propio pecho, me mantuve despierto observándole, viendo cómo se sentaba ante el espejo grande, bajo la luz mortecina de una lámpara de gas.
Permaneció allí durante una hora entera, siempre tenso, lanzando miradas fugaces a los demás espejos del cuarto como si temiera que los reflejos pudieran invadir el principal. Entonces, con una lentitud hipnótica, sus ojos se abrieron más de lo posible, rompiendo toda proporción natural. Creí ver —¡oh, maldición sea mi memoria!— que el reflejo, por un instante, pestañeaba con un ritmo diferente al rostro carnal; que sus labios se movían no cuando Fenway hablaba, sino al azar, murmurando sonidos sin sentido en una lengua gutural y decrépita que sugería no idioma humano, sino la voz de algo atrapado desde antaño tras capas de realidad.
Cuando intenté zamarrearle, noté que su piel estaba helada. No sólo eso: el aire ante el espejo era densamente viscoso, como si atravesarlo fuera entrar en otra dimensión hecha de sueño y corrupción. Fenway balbuceó, con labios entumecidos:
—Se ha abierto… no el espejo, sino lo que hay detrás… No me mira a mí… ya no… Ahora quiere más.
La siguiente noche fue aún peor. Intenté razonar, cerrar los espejos con mantas, romper los más pequeños; pero la angustia de Fenway crecía con la oscuridad. Sentía que su reflejo, el de cualquier espejo, era enemigo potencial y deseaba con ansias un vínculo más allá de la imagen; un paso adelante, un intercambio. Pronto, ya no sólo Fenway, sino yo mismo, escuché los susurros, leves como viento marino en conchas vacías. Los espejos parecían vibrar desde adentro, y si miraba de reojo, captaba destellos ajenos a la geometría del lugar; una arquitectura de hambre en la que mi silueta se desdibujaba, alargándose… comunicándose con ese ámbito más allá de la lámina de plata bruñida.
Enloquecimos juntos esa noche. Las horas se disolvieron en charcos de pavor, y varias veces creí -juraría ante cualquier tribunal- que mi reflejo en el espejo oval no me devolvía el parpadeo, que sostenía la visión con un odio indeleble, casi impúdico.
Una madrugada, incapaz ya de dormir, o de confiar en mi entereza, encontré a Fenway frente al dormitorio principal, intentado cubrir con tiza los marcos de cada espejo, dibujando símbolos prohibidos, geometrías imposibles, angulos que no cerraban nunca sobre el propio plano visible. Me preguntó si yo podía todavía recordar mi voz, si al hablar me sentía dueño de las palabras, o si era más bien el eco de las mismas, algo hueco que pasaba a través de mí desde un lugar más distante y helado que la propia muerte. Cuando le respondí, noté que mi voz era un murmullo distante, que sentía cada sílaba como si fuera formándose en la boca de otro. El reflejo, en sus ojos, era ahora el verdadero rostro.
El conflicto final llegó tres noches después, con la tormenta. Los relámpagos jugaban en los alféizares, multiplicados por los miles de superficies reflectantes. Fenway gritaba, lanzando libros contra los espejos, pero estos no sufrían daño alguno; los libros caían al suelo como si hubieran tocado superficies de piedra. En la agonía del cuarto principal, arrodillado ante el espejo oval, Fenway susurraba plegarias a entidades sin nombre, pidiéndoles que devolvieran lo que le habían tomado: el derecho a estar al frente de su propio reflejo, la propiedad inequívoca de su aspecto y de su mente.
Y entonces—¡oh, miserable testigo de lo invisible!—la imagen del espejo cambió. No lentamente, como una sombra que cae en la tarde, sino con la velocidad de la revelación. Mi propio rostro, multiplicado, sonrió con dentaduras desiguales; Fenway estaba allí, pero la expresión del reflejo ya no era suplicante sino triunfante. La grieta invisible se abrió —como un corte a través del aire— y el reflejo salió, sin moverse de sitio, pero invadiendo el espacio como una inundación de niebla y dientes.
Fenway gritó mientras yo, como un cobarde digno de los dioses antiguos, huí de la habitación, cerrando la puerta tras de mí con llave y jurando no volver a mirar nunca más en superficies lisas. Cerré los ojos y vagué por la casa durante horas, y la última impresión que me persigue en la memoria no es la de los ruidos, ni los gritos—sino la gélida certeza de que, cuando uno de nosotros cayó al suelo, lo que quedó de ese lado del espejo no fue Fenway, ni yo, sino algo más. Algo que aprendió demasiado bien cómo se ve la locura desde dentro y cómo se viste la carne y la voz de los hombres.
Al amanecer siguiente, hallaron la habitación cerrada. La policía entró forzando la puerta. En el centro, sobre el suelo helado, estaba mi amigo, su rostro yacía completamente vacío: los ojos amplios, reflejando algo que ningún presente humano pudo descifrar. Y en los espejos, cuidadosamente tapados luego de aquel día, juraría que aún percibía el rastro de mi propio semblante, expectante, aguardando ansiosamente la próxima mirada.
El caserón Fenway fue demolido años después. De los pedazos de espejo nadie quiso encargarse, aunque un rumor persistente decía que quien osara observar demasiado tiempo en ellos acabaría escuchando, desde dentro, el débil eco de su propio nombre, repetido y retorcido, como el canto de una criatura que solo existe en el miedo y las fronteras de la mente.
Y así viví desde entonces, evitando los espejos, limitándome a reflejos borrosos en agua o cristales empañados, sabiendo que allí -en la perfección intocable del reflejo detenido- se esconde un paisaje de pesadilla, aguardando que la debilidad mental abra otra grieta por donde colarse, aprendiendo siempre de nosotros, sus inadvertidos creadores. El horror no vive en lo que mostramos a la luz, sino en lo que, en el reflejo invisible y paciente, observa y devora.
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