Aquella noche fría del equinoccio de otoño, un viento seco y polvoriento arrastró sobre la ciudad de Providence una sensación de remotísimo desasosiego. Era el tipo de brisa que uno creería nacida no en las lluvias otoñales, sino en sílabas no pronunciadas, en palabras susurradas a oídos dormidos mientras los astros giran en lo alto, ocultando deliberadamente sus secretos. En mi rincón del mundo, entre viejos libros y pilas de manuscritos amontonados con descuido, me senté, solo e intranquilo. La lámpara sobre mi escritorio proyectaba sombras temblorosas en las paredes, y el reloj arqueaba un eco monótono y ululante.
Aquella noche había decidido relatar, por escrito, los eventos que me condujeron a la frontera del horror y la razón, en pos de advertir a futuros insensatos. Mi nombre es Charles Dexter Ward, y fui uno de los pocos desdichados que alguna vez sostuvieron con sus propias manos una copia auténtica del Necronomicón, aquel volumen maldito cuyo nombre bulle en pesadillas y leyendas medievales, y cuyas páginas, dicen, se escribieron con sangre y locura.
La historia se remonta a una velada en la biblioteca privada de los Cavanaugh, una antigua familia de la costa de Rhode Island. El patriarca, Ephraim Cavanaugh, era un bibliófilo empedernido con prodigiosos gustos, rivalizando incluso con los coleccionistas de Arkham y Dunwich. Aquella noche, invitado por su nieto Lawrence para catalogar una remesa de libros llegados de Estambul, descubrí entre ellos un soberbio ejemplar con tapas de piel negra, grabados borrosos y runas árabes desvaídas en oro. Había oído vagas historias—leyendas realmente—que hablaban del Necronomicón, el Al-Azif, escrito por el "árabe loco" Abdul Alhazred, pero nunca creí hallarlo frente a mí, ni mucho menos sentir cómo mi sangre se helaba con tan solo rozar su lomo.
—Charles, ¿lo reconoces, quizá? —la voz de Lawrence tembló apenas al agacharse sobre mi hombro.
—Dios santo… No puede ser… —musité—. ¿Sabes lo que tienes aquí?
—Lo intuyo. Mi abuelo no ha permitido que nadie lo abra, ni siquiera yo… hasta ahora. Esta noche es el aniversario de su llegada a estas tierras, y una vieja tradición familiar marca ciertas noches como… favorables para abrir los secretos de los Cavanaugh.
Aquellas palabra resonaron en la estancia con eco perverso; sentí un estremecimiento recorrerme como si, al pronunciarlas, Lawrence hubiera invocado algo mucho más vasto y hambriento que simples secretos familiares. Pero en mi curiosidad, y cegado por la promesa del misterio, decidí enajenarme de todo temor y abrir el libro.
Al deshacer el lazo de cuero que mantenía cerradas las cubiertas, aspiré un aroma denso que no provenía del cuero ni del papel viejo, sino de lugares más ignotos, de cenizas y especias, de nardos podridos y tierra removida bajo piedras antiguas. Las páginas estaban cubiertas de escritura minúscula, en tinta negruzca que parecía ondular silenciosamente bajo la luz de la lámpara. A cada línea que intentaba descifrar, la escritura y los símbolos parecían retorcerse y recomponerse, como si no quisieran darse a leer por ojos humanos.
Logré traducir un fragmento, apenas un pasaje, el cual transcribo aquí con terror y vergüenza:
“No está muerto lo que puede yacer eternamente;
y con extraños eones, incluso la muerte puede morir.
Bajo estrellas negras murmuran los custodios,
y en la lengua del polvo susurran los muertos.”
La estancia pareció enfriarse de inmediato, y el silencio alrededor se volvió denso, presagio de catástrofe. Lawrence, que leía sobre mi hombro, se apartó bruscamente como si le hubiera rozado una llama. Sin embargo, la maravilla y el horror en sus ojos delataban su indeleble interés.
Sin saber bien por qué, hojeé una página marcada con un trozo de pergamino arrugado. Allí, en lúgubre caligrafía árabe, figuraba lo que indudablemente era un ritual, acompañado de círculos, triángulos y símbolos que, aun sin comprenderlos, sentí erróneos para esta realidad. En voz baja, arrastrado por la presión de una fuerza que sólo puedo describir como mental pero extrahumana, susurré una parte del conjuro antes de que Lawrence me lo arrebatara de las manos.
Por un instante no ocurrió nada salvo el retumbar lejano de un trueno aun inexistente. Después, la lámpara parpadeó y titiló, lanzando nuestras sombras con violencia sobre la pared. El cristal vibró, y la estancia pareció encogerse, atenazada por oscuridad creciente. De pronto, y de manera inequívoca, oímos un susurro bajo, apenas más que sibilante, en una lengua imposible: garihh-el-azif... yog-sothoth... n’ghai...
—Apártate, Charles… —murmuró Lawrence, pálido y sudoroso—. ¡Algo está aquí con nosotros!
De repente, el borde del libro se oscureció. Pareció brotar un líquido oscuro, una suerte de ichor resbaloso y nauseabundo. Al mirar de reojo, noté, entre los grabados burilados en el lomo, la aparición de ojos diminutos, abriéndose en hileras, fijos en nosotros con una conciencia insomne.
El viento tras las ventanas aulló, y di un brinco de pánico al oír la voz de alguien—o algo—dentro de la habitación. Era una voz doble, como si hablara a través de mil bocas pequeñas embutidas en las paredes.
—Has leído el sueńo prohibido, y con el aliento del muerto sellaste la ruptura de la muralla—pronunciaron los labios invisibles.
El libro, titilando, se revolvió inquieto bajo la mano de Lawrence. Sus hojas sangraron caracteres nuevos, que surgían y se deslizaban por las fibras del papel hacia mis muñecas y antebrazos, como tinta viva. Sentí un dolor sordo, penetrante, como el de una aguja helada y, al mismo tiempo, la visión de vastos desiertos bajo soles oscuros, de ciudades ciclópeas devoradas por la arena, de criaturas informe cuyos tentáculos palpitaban hambrientos en la noche eterna.
Intenté resistir, pero el viento ahora arremolinaba nuestros nombres, lanzándolos contra las paredes como un banquete para la entidad hambrienta. Lawrence apenas podía emitir un grito, pues el terror lo habría dejado sin palabras de no ser por la fiebre creciente de la curiosidad nefasta.
La puerta del estudio se abrió con estrépito y el anciano Ephraim Cavanaugh, apoyado en su bastón de marfil, se detuvo bajo el umbral. Su rostro era una máscara mortuoria iluminada por el resplandor débil de la lámpara agonizante. Sin palabras, señaló el libro y gritó una invocación en un árabe macarrónico que no pude comprender, salvo por la terrible vibración de sus sílabas. Las sombras en las paredes parecieron encogerse, reuniéndose en torno al tomo prohibido, y una mano informe—temblorosa, compuesta de oscuridad líquida y ojos minúsculos—se abrió sobre la cubierta, tratando de absorberlo.
Con un esfuerzo desesperado, Ephraim lanzó sobre el libro una bolsa de polvos iridiscentes. Un destello azulado cubrió la estancia, las sombras gritaron su decepción con chillidos animalescos, y el volumen se selló, su lomo soldándose herméticamente mientras la mano oscura era absorbida hacia el interior, arrastrando consigo las miradas de mil ojos y los suspiros de los muertos ignorados.
El silencio volvió, aunque el aire resultaba irrespirable, y una densa nube de polvo danzaba en los rayos trémulos de la lámpara. De pie, anciano y nieto, jadeaban como si hubieran corrido una carrera mortal. El libro, humeante y cerrado, temblaba aún sobre la mesa.
Ephraim me fulminó con sus ojos grises y vacíos.
—Nunca debiste abrirlo, Charles —murmuró—. Ahora, algo nos ha visto... y eso, muchacho, no se olvidará mientras respiremos.
Esa noche abandoné la mansión de los Cavanaugh como un poseso. Rumores decían después que Lawrence, arrastrado por la pulsión de lo inenarrable, desapareció en uno de los oscuros sótanos familiares, y que de vez en cuando, desde el ventanal de la biblioteca, alguien divisaba sombras anómalas que giraban y bisbiseaban aún los nombres del ritual.
Por mi parte, traté de borrar el recuerdo de aquellos ojos insomnes, pero mi vida entera quedó marcada, azarada, por los susurros del Necronomicón. Muchas noches, aún hoy, siento el roce de palabras en la penumbra, exigiéndome abrir portales, romper sellos, oír la cadencia olvidada del Al-Azif.
A veces, al cerrar los ojos, me veo otra vez en presencia del libro, y sé que mi desdichado destino ha quedado sellado. Porque el verdadero horror del Necronomicón no es lo que revela a los vivos, sino lo que promete a los muertos: un eco interminable, una vigilia desvelada, una caverna sin luz bajo estrellas negras, donde la mente, despojada del velo del tiempo, oye los golpes de los dioses locos en la Puerta Exterior.
Ruego a quien encuentre estas palabras que se aparte del manuscrito negro. Su deseo de saber será su perdición, pues no hay sabiduría sino locura en los vórtices del universo, y no hay redención para los que han escuchado el susurro de Alhazred. Que nunca más se repita el conjuro, que nunca más se abra el libro bajo las estrellas, pues los dioses antiguos aguardan, y acechan, y su hambre no conoce fin.
Y cuando la última estrella palidezca sobre Providence, y los susurros vuelvan a descender sobre la ciudad, los nombres malditos del Necronomicón serán todo lo que restará de nosotros.
Fin.
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