Fragmento:
Alrededor de la mesa, las sombras bailaban como animales expectantes acechando a sus presas. Con un hilo de voz, la señora Corbitt recitó un verso en una lengua que, aunque desconocida para mis estudiosos oídos, pareció encender en mis venas una corriente de angustia. Siento ahora que aquellas sílabas—que sólo recordaría mucho después, en las noches de insomnio—abrieron, incluso entonces, la primera fisura en mi cordura.
Duración: 09:57
No sé si mis palabras caerán en algún oído simpatizante o, como temo, quedarán impresas únicamente para el regocijo burlón de aquellos que desprecian los dictados de la razón y el terror. Ruego, aunque en vano, que ningún hombre ni mujer lea esto en la soledad de la noche, ni después del crepúsculo, pues las formas que describiré no conocen la compasión de la luz, y persisten incluso cuando los focos de la conciencia descansan bajo los párpados temblorosos del sueño.
Se cuenta, entre los archivos polvorientos de la Sociedad Esotérica de Providence, que ciertas palabras, si se pronuncian adecuadamente, pueden hacer flaquear los límites del espacio y del tiempo, abriendo grietas invisibles por las que manan recuerdos y presencias erradicadas de nuestro mundo hace eones. Yo, Ethan Wrayburn, fui escéptico ante tales relatos, hasta la noche maldita del 15 de octubre de 1927, cuando mi alma fue desollada—no por manos físicas, sino por las zarpas ululantes de un terror prístino.
Desde mis días universitarios, había nutrido una enfermiza fascinación por los fragmentos de saber prohibido—Kabbalah, grimorios, tratados en idiomas muertos. Fue, sin embargo, durante una tertulia completamente inocente en casa de la insidiosa señora Corbitt, cuando el germen del horror fue sembrado entre mis pensamientos con la sutileza de una hiedra venenosa que trepa inclemente por una tapia mojada en la penumbra.
Aquella noche, la lluvia golpeaba como dedos famélicos los cristales empañados del viejo edificio victoriano. La señora Corbitt, una anciana de albinas pupilas, asemejaba en su semblante la palidez y el silencio de la tumba. Había invitado a una docena de incautos, entre ellos a mí, prometiendo un distraído juego de espiritismo. Yo, aunque descreído, accedí motivado por el tedio y la sed subyacente de lo exótico.
Alrededor de la mesa, las sombras bailaban como animales expectantes acechando a sus presas. Con un hilo de voz, la señora Corbitt recitó un verso en una lengua que, aunque desconocida para mis estudiosos oídos, pareció encender en mis venas una corriente de angustia. Siento ahora que aquellas sílabas—que sólo recordaría mucho después, en las noches de insomnio—abrieron, incluso entonces, la primera fisura en mi cordura.
Ninguno de los presentes pareció notar la repentina densidad del aire, ni el modo en que el reloj dejó de marcar los segundos. Yo, sin embargo, supe que lo impensable se agazapaba tras aquellos pliegos de silencio. Cuando la sesión terminó y los convidados se echaron en risas nerviosas, la señora Corbitt me tomó del brazo y, con esa frialdad cadavérica que tanto la caracterizaba, deslizó un papel rugoso en mis manos.
“Léalo al regreso. Mi pobre Ethan, la ignorancia es un escudo, pero inevitablemente uno se cansa de cargarlo.” Y su sonrisa, al despedirme, fue como la mueca marmórea de alguna divinidad descompuesta.
Durante días, el papel permaneció oculto entre mis libros, hasta que la fría humedad otoñal me forzó a quedarme en casa, y, en una noche solitaria, embriagado por la lluvia y el whisky, la curiosidad me venció. El texto era corto; apenas seis líneas escritas en una caligrafía tortuosa. Al pronunciar los versos, sentí el mundo tambalearse—como si una marea invisible me arrastrara hacia una costa ignota, más allá de la razón.
El primer signo de desviación en la realidad fue un frío medular; no uno del exterior, sino que, naciendo en la base de mi columna, reptó como una sierpe glacial hasta congelar el aliento mismo en mi garganta. A mi alrededor, los objetos parecieron adquirir una presencia malsana, como si palpitara una conciencia oculta en cada poro de la madera, en cada hoja de papel dispersa en mi escritorio.
La noche se densificó y, entre la llovizna, creí oír un rumor acechante—un bisbiseo sutil que mi mente alumbraba con el destello de palabras impensables. Me asomé por la ventana y, bajo el tul de la niebla, una figura delgada y contorsionada me observaba desde la acera. Su rostro era una amalgama imposible de facciones humanas diluidas, como una pintura mojada antes de secarse. En su postura había el letargo ansioso de lo que jamás debió andar erguido.
Me aparté, estremecido, pero en mi carne se sentía el rastro de una presión invisible, una garra intangible hundida en lo profundo del alma, como si me hubieran marcado con la escritura negra de los profetas antediluvianos. Esa noche, apenas dormí. Los sueños cayeron sobre mí con la inercia de un plomo celestial: veía corredores de obsidiana, esferas repicando bajo cielos sin astros, y ojos—innumerables ojos—mirando desde el reverso del tiempo.
Las noches siguientes confirmaron mis peores sospechas. El mundo se deslizó, casi imperceptiblemente, hacia el abismo. La comida adquiría el regusto a ceniza húmeda; los sonidos cotidianos se deformaban, entrelazándose en armonías ajenas, y mi reflejo me devolvía una imagen distorsionada en la que mis ojos eran, por momentos, fauces dentadas de ecos y lamentos.
Mi cordura y mi salud menguaron en paralelo. Busqué a la señora Corbitt, pero su casa quedaba sellada, rodeada de silencio y oscuridad, como si jamás hubiese existido. Aquellos con los que compartí la fatídica velada no contestaban mis cartas, y aunque interrogué a los vecinos, ninguno recordaba el nombre de la anfitriona ni reconocía su rostro.
Desesperado, recurrí a los tomos polvorientos de la Sociedad Esotérica. Allí, tras noches insomnes y febriles, descubrí un pasaje en El Libro de Eibon que estremeció hasta la última hebra de mi raciocinio: “No pronuncies los versos de Aklo bajo luna menguante, pues su eco invocará a los Vigías del Umbral, y allí donde tu sombra proyecte su destino, la simiente de Leng germinará en la podredumbre del mundo.”
Comencé a notar que las paredes de mi apartamento sudaban un moho negro, y que, en los momentos de luz difusa, las letras de mis libros migraban sobre el papel con vida propia, componiendo palabras que mi mente rechazaba aunque mi voluntad las anhelaba. El nombre de un paraje asolaba mis pensamientos—Carcosa, la ciudad que suspira más allá del último cono de luz, en un reino donde la memoria es tormento y la esperanza es traición.
La figura observándome desde la acera se multiplicó. Ahora eran dos, luego cuatro. Uno, sin embargo, era siempre el más alto, el primero, como un heraldo funesto. Nadie más parecía notar su presencia, pero en noches de vigilia, los observaba contemplar mis ventanas con una fijeza que simulaba paciencia pero escudriñaba el alma. Recuerdo claramente una ocasión—quizá la última antes de mi total declive—cuando oí una voz sibilante, siseando desde la alcoba: “Aklo n’gylh—Carcosa espera.”
Para entonces, mi cuerpo ya estaba plagado de úlceras extrañas que no sangraban pero exudaban un hedor mineral, y mis sueños eran viajes febriles a catacumbas abiertas sobre mares sin agua, donde cadáveres de proporciones ciclopeas parloteaban entre sí en fragmentos de idiomas olvidados. Supe, o intuí, que la semilla sembrada en mí encontraría su floración en el umbral de la locura.
Enfrentado al final, sólo me quedaba la desesperada lógica del suicidio, o la febril esperanza de revertir el proceso oscuro. Armado de uno de los grimorios más vetustos, oculto bajo ascuas de sacrilegio, recité con voz trémula los contra–versos grabados en el margen de una página mutilada. El mundo tembló. Cada objeto de la habitación giraba en el borde de una perspectiva invertida, nihilista, donde la física era un manto y no una estructura.
Los Vigías entraron en mi cuarto como una sombra se propaga en la brisa. Pude ver, entre la materia ondulante de su ser, constelaciones deformadas, geometrías que eran un insulto a las leyes newtonianas. El más alto se inclinó hacia mí, y en sus cuencas vacías giraban abismos de memoria congelada. Rozó mi frente con extremidades que eran, y no eran, tentáculos, y sentí cómo arrastraba mi conciencia hacia un horizonte donde la carne y la mente se licúan en una amalgama de llanto y lamento.
Aquella fue la última noche en que fui completamente humano. Durante largos días, sólo mi cuerpo vegetó, preso de una fiebre amarilla imparable. Cuando recobré la conciencia, descubrí que escribía, febril e ininterrumpidamente, líneas de un idioma bestial sobre los muros amarillentos de mi cuarto. No era yo quien las dictaba, sino aquello que había cruzado conmigo el umbral.
Intenté destruir los fragmentos, pero los versos retornaban, orgánicamente, como hongos sobre carne pútrida, y comprendí entonces que la infección era irrevocable. Vi la ciudad de Carcosa cada vez con más nitidez en mis sueños, y sus habitantes sin rostro me invitaban a danzar en plazas recubiertas de limo dorado.
Ahora, mientras escribo esto, los Vigías me rodean, invisibles en la luz, pero palpables en las sombras. Sé que pronto vendrán por mí—no para matarme, sino para llevarme, gota a gota, hacia el núcleo de lo innombrable. No será la muerte, sino la translación a un estado donde la voluntad no es más que un eco sordo de la antigua humanidad.
Advierto, con lo último que me queda de lucidez, que nadie recite los versos de Aklo, ni busque a la señora Corbitt ni ningún rastro de su existencia. Olviden los nombres, cierren los libros, destruyan estos papeles, pues la semilla germina en el olvido, y cada intento de comprender lo inefable sólo fatiga más la liviana membrana que nos protege del verdadero terror: el saber oculto tras la sonrisa monocorde de los dioses ciegos.
Yo mismo marcho ya, presa de un designio que no es mío, hacia la puerta amarilla que me reclama desde el fondo de la noche. Si alguna vez leen esto, recen, no por mí, sino por su propia ignorancia, pues una vez abiertas las puertas de Aklo, nunca vuelven a cerrarse.
Ethan Wrayburn.
Providence, 1930.
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