Fragmento:
El promontorio apareció al tercer día de navegación, entre brumas que atenuaban la luz del sol vespertino. El islote era visible solo cuando la marea estaba baja, emergiendo desde el mar como un diente torcido y amarillo, coronado por los restos de una estructura circular. Hacía frío. Bajamos del barco y ascendimos por una rampa natural de piedra, notando que el aire se teñía de un aroma terroso, antinatural, como a humedad añeja y flores descompuestas. Nadie mencionó el temblor sutil que nos recorría la espalda.
Duración: 10:51
La expedición partió de Arkham en pleno agosto, cuando el calor hacía oscilar los muros milenarios de la universidad, y la niebla flotaba inusualmente densa en la desembocadura del Miskatonic. El motivo de nuestra partida fue una carta hallada por accidente entre los papeles de mi tío bisabuelo, víctima de la demencia algunos meses antes. La caligrafía era atroz, con caracteres distorsionados y líneas inclinadas hacia el margen, como si la urgencia del remite empujara hasta a la tinta. Hablaba de Sarkomand, pero no la Sarkomand del mito, sino de “Sarkomand más allá de la fosa”, y de un espejo opaco, llamado Espejo de la Miríada Volteada, enterrado en los subsuelos de un promontorio costero, cuyas coordenadas no correspondían a ninguna carta náutica reconocible.
Éramos cuatro: Morton, estudioso de religiones sumerias; la Dra. Delaine, experta en arquitectura ciclópea; Swann, callado criptógrafo apasionado por las leyendas de Ulthar; y yo, Adam Croft, hábil lector de griego y cópico, pero torpe e impresionable. Repetíamos sin cesar que no esperábamos hallar nada, aunque ninguno dudaba que el hallazgo verdadero sería la confirmación de lo imposible.
El promontorio apareció al tercer día de navegación, entre brumas que atenuaban la luz del sol vespertino. El islote era visible solo cuando la marea estaba baja, emergiendo desde el mar como un diente torcido y amarillo, coronado por los restos de una estructura circular. Hacía frío. Bajamos del barco y ascendimos por una rampa natural de piedra, notando que el aire se teñía de un aroma terroso, antinatural, como a humedad añeja y flores descompuestas. Nadie mencionó el temblor sutil que nos recorría la espalda.
Restos de muros, con relieves erosionados, rodeaban la estructura central. En algunos fragmentos, aún podían distinguirse figuras serpentinas enroscadas en torno a óvalos que se repetían, como ojos sin párpado. Pero lo peor era el silencio: ni viento, ni gaviotas, ni siquiera el rumor de las olas alcanzaba este círculo condenado. Parecía que habíamos entrado en una burbuja artificial del tiempo, donde nada envejecía ni moría, sólo se inmovilizaba.
Morton, impaciente, buscó un acceso entre los bloques; halló un pasaje, obvio a la luz del atardecer, que descendía en espiral hacia las entrañas de la roca. La Dra. Delaine examinó uno de los bajorrelieves y murmuró algo sobre una tipología recurrente en las ruinas de Mu, pero Morton ya estaba dentro del túnel. Le seguimos, armados con linternas y la determinación nerviosa de los exploradores novatos.
La bajada fue traumática. Los peldaños estaban tallados en ángulos que hacían que la perspectiva se deformase: el ojo retrocedía y la mente se doblegaba, como si cada vuelta de la escalera hundiese al observador en un abismo más profundo de lo posible. La luz de nuestras linternas era tragada por la oscuridad a metros de distancia. Nadie lo dijo, pero a todos nos pareció escuchar un zumbido muy bajo, al borde del oído, tal vez vibrando en la misma roca.
Al fondo, un vestíbulo colosal, simétrico y aún así errático, como si su forma sólo pudiera percibirse desde perspectivas que no eran humanas, aguardaba. Aquí, la luz vaciló, y Swann dejó caer su linterna, que rodó varios metros antes de frenarse junto a un objeto que la hizo estallar en haces iridiscentes: un cilindro de basalto horadado en el centro por una piedra negra, pulida como un espejo, pero que no reflejaba ni la luz, sólo aspiraba y disolvía los haces en su negrura.
Nos acercamos en silencio reverencial. El cilindro estaba rodeado por rastros blancos y pulidos: a simple vista, huesos de una pureza sobrecogedora, como si hubieran sido liquidados por siglos de corrientes. Entre ellos, fragmentos de mandíbulas animales y humanas, y dedos que terminaban en garras. Morton, tembloroso, murmuró que los relieves del espejo no eran decorativos, sino inscripciones votivas en una lengua extinguida. Delaine murmuró que la disposición del vestíbulo coincide con los círculos de invocación de las leyendas mestizas de Sarkomand.
Desplegamos el equipo de fotografía, pero cada disparo devolvía negativos borrosos, impresiones de doble exposición, rostros propios deformados en una niebla espectral. El Espejo de la Miríada Volteada no reflejaba, sino que devoraba. Apenas nos miramos en él un instante, la impresión sobre la mente fue brutal: una sucesión veloz de imágenes sin lógica, panoramas de ciudades nunca vistas, criaturas hinchadas y serviles sobre altares sangrientos, lunas que se alzaban y caían ante continentes vaporosos.
Me aferré al hombro de Swann, que de pronto se había puesto a temblar. Su rostro se había contraído hasta una mueca irreconocible: sus ojos rodaban en el blanco, y pronunciaba sílabas de ningún idioma. Morton, más allá, había caído de rodillas, palmeando las losas, absorto en la contemplación de los huesos, como si esperara que estos se disolvieran o recombinaran ante sus pupilas dilatadas.
Fue Delaine quien rompió el silencio, apuntando a una concavidad en la base del cilindro: estaba llena de dientes, perfectamente alineados, como ofrendas. Detrás, un pasaje bajaba aún más, más profundamente que el nivel del mar. Algo exudaba de esa hendidura: un vapor amarillento, que sabía a coral muerto e incendios extintos.
La atmósfera se tornó opresiva, densa como aceite. Cada uno de nosotros, arrastrado por la pulsión compartida—un ansia inconfesable de saber, de ver lo que nadie debía—, descendió sin palabras. La pendiente era irregular y resbalosa, forrada de conchas trituradas y cristal mineral. Cada vez que la linterna tomaba una concavidad lateral, se revelaban fragmentos de vitrales petrificados, representando seres de ojos de hielo y bocas abiertas en lamentos dorados.
La cámara inferior nos esperaba con una disposición geométrica imposible. Hilos de luz surgían de ningún lado y morían en los ángulos, sin fuente ni finalidad. Al centro, un altar marfileño, pulsante como una víscera. Allí yacía otro espejo, este cuajado de vetas azules y rojas. La superficie era líquida, fluctuante. Al acercarnos, mis manos hormiguearon de dolor y me vi reflejado, pero infinitamente multiplicado: no mi rostro, sino mi dolor, mi miedo, cada fallo de mi vida descompuesto y magnificado. Sentí la certidumbre de estar no solo observando, sino siendo absorbido entre mis otras infinitas degradaciones.
Swann intentó tocar la superficie con la palma; el contacto fue breve. De la cámara surgió de inmediato un silbido, como el retroceso de un océano abriéndose entre arrecifes. En la superficie aparecieron destellos—susurros borrosos, lenguas que se rebelaban, dentaduras que reptaban zombificadas sobre las aristas—, y el aire se llenó de fragmentos de palabras, promesas y chantajes de seres arcaicos cuyo odio era anterior a cualquier dios que haya habitado la Tierra.
Creí escuchar varias veces mi nombre, arrastrado por voces metálicas. Vi, en una fracción imposible de tiempo, un desfile de figuras atadas a columnas, ofrendadas ante una luna negra; vi a Swann multiplicarse hasta el paroxismo y desmenuzarse en el aire cálido. Oí a la Dra. Delaine llorar en un idioma imposible, su garganta obrando de modo ajeno a toda fisiología humana.
Morton retrocedió al altar, intentando arrancar los dientes incrustados en la base, musitando que sólo así se podría cerrar el paso abierto. Delaine gritó que no se debía interrumpir el flujo, que toda ruptura era peor que la revelación. Al intentarlo, un vaho pútrido y mordiente nos cubrió. La estancia entera se tambaleó y sentí vértigo: la gravedad cambiaba, el piso era arcilla, luego vidrio, luego un mar congelado. Los muros vibraban con un canto grave.
En ese torbellino, toqué la superficie del espejo sin quererlo. Al instante, mi mente fue proyectada hacia paisajes que sólo el insano nombraría: valles de estalactitas que lloraban sangre viscosa, fortalezas ciclópeas donde los centinelas tenían mil caras de mis propios familiares y enemigos. Vi mi nacimiento y mi muerte repetidos como fuerza cósmica, el espejo desgarrando mi memoria, mi alma.
No sé cuánto estuve así. Cuando recobré el sentido, aún temblando, vi a Morton tendido junto al altar: de su boca salían jirones de vapor, y sus ojos eran dos vetas de ópalo azul fundido. La Dra. Delaine permanecía inmóvil, los brazos cruzados sobre el pecho, repitiendo una letanía de sílabas rotas. Swann había desaparecido por completo; solo un rastro de ceniza plateada conducía hasta una grieta impenetrable del suelo.
Completamente solo, sentí que la estructura misma respiraba, se adaptaba, pulsaba a través de mi miedo. Comprendí, aunque mi mente se deslizaba hacia el delirio, que la Fosa de Sarkomand era menos un lugar que una confluencia: un nudo donde los ecos del sufrimiento y la adoración desembocaban para alimentar a aquello que dormía o vigilaba tras los espejos.
Salí de la cámara a rastras, soportando los ataques de miles de miradas invisibles; la luz anaranjada palpitaba, y los bajorrelieves cobraban vida, lanzando mordiscos con colmillos centenarios. El pasaje se cerraba tras de mí con cada paso, forzando la premura, impidiendo la contemplación de los horrores terminales que se agazapaban apenas más allá de la visión periférica.
Al alcanzar de nuevo la sala del cilindro, comprobé que los huesos ahora formaban palabras. Leí: “Sois los últimos, el hambre nunca queda saciada. El espejo sólo colma la sed de lo que es innombrable.” Intenté huir—ya no pensaba en mis amigos, sólo en la supervivencia instintiva—, subí las escaleras, tropezando; arriba, el cielo había cambiado. No era ya de esta Tierra: giraba en remolinos, atravesado por lunas puntiagudas y luciérnagas negras.
Grité, sin voz, y el grito rebotó en la niebla filial de Sarkomand, en los espejos abiertos bajo el suelo, en la matriz de todas las ruinas olvidadas. Sentí que, aunque lograra huir, nunca reconocería hombre, ni ciudad, ni noche, pues mi reflejo ya estaba disperso en sus cámaras infinitas: una sombra más sobre el foso abrumado, un rostro más en la plenitud sepultada sobre la que nadie debe escribir.
Hasta hoy, escribo esto en la madrugada, con la certeza absoluta de que ninguno de los que descendimos al promontorio volverá jamás a ver la luz verdadera, y de que el espejo, cubierto ya por las mareas y la roca, aguarda. Quien, por error o necedad, descifre las ruinas, repetirá nuestro descenso, y el Espejo de la Miríada Volteada abrirá de nuevo sus fauces. Porque en los lugares míticos, a veces, lo que se refleja no es el visitante, sino el hambre olvidada de lo que acecha.
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