Portada del relato La Bruma que Devora
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Fragmento:


En la tienda de Ward, que ocupaba el sótano de una destartalada casa de tres pisos con las persianas permanentemente cerradas, apenas encontré luz; sólo el resplandor de una lámpara de aceite cuya llama temblorosa multiplicaba, en las paredes cubiertas de grietas y libros, formas esquivas que parecían desplazarse a mi paso. Ward era anciano, taciturno y de voz escalofriantemente gutural. Me mostró una caja de madera barnizada, con extraños grabados de peces y tentáculos, de la que extrajo, envuelto en un paño sucio, un cuaderno de pergamino atado con cuerdas negras.

Duración: 10:57

La Bruma que Devora
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca he sentido hacia ningún sitio ese miedo primitivo y opresivo que me asaltó la vez que, impelido por circunstancias desgraciadamente prosaicas, hube de pasar tres días y dos noches en Kingsport, ese decaído pueblo costero que muchos aún consideran una joya del Atlántico Norte —aunque, sospecho yo, lo digan sólo por afición a la tradición o simple desconocimiento de lo que en aquel ambiente húmedo, ruinoso y calladamente insano habita.

Arribé a Kingsport una tarde de octubre, cuando el sol mediante astucia insinuaba su presencia tras nubes grises y pesadas como el plomo. Venía de Arkham, mi verdadera patria, con la vana esperanza de adquirir, en alguna de las decadentes tiendas de la comarca marina, uno de esos volúmenes olvidados o exóticos que puedan a veces encontrarse entre los despojos de una familia arruinada o el desencanto de algún anticuario vencido por el hastío. Había concertado, por carta, una cita en la librería de Nehemiah Ward, y el hombre —del rocoso linaje de los fundadores, según me contaron— prometía revelar cierto manuscrito en extraños caracteres a quien demostrase solvencia y discreción.

El pueblo se anidaba en la falda de una colina, extendiéndose en vericuetos y callejuelas que olían a humedad, a pescado rancio y salitre, flanqueadas por casas coloniales ennegrecidas, cubiertas de líquenes, como si aguardasen eternamente la resurrección de algo muy anterior al ser humano. Recordaba vagamente mi última visita, de niño, pues mi padre detestaba la calígine de esta ribera y las supersticiones de sus habitantes, gente de ojos abisales y acentos que la lógica parecía rechazar. Ahora, al retornar cargado de libros y de años, sentí, al descender del ómnibus, una inmediata asfixia, ese tipo de opresión que se siente cuando un lugar conspira contra toda veleidad forastera.

En la tienda de Ward, que ocupaba el sótano de una destartalada casa de tres pisos con las persianas permanentemente cerradas, apenas encontré luz; sólo el resplandor de una lámpara de aceite cuya llama temblorosa multiplicaba, en las paredes cubiertas de grietas y libros, formas esquivas que parecían desplazarse a mi paso. Ward era anciano, taciturno y de voz escalofriantemente gutural. Me mostró una caja de madera barnizada, con extraños grabados de peces y tentáculos, de la que extrajo, envuelto en un paño sucio, un cuaderno de pergamino atado con cuerdas negras.

“El idioma de mis antepasados”, murmuró, mientras chupaba su pipa de arcilla. “Pero sólo a los dignos se les permite leerlo. No todos soportan lo que aquí yace”.

Palpé el libro; el tacto era sospechosamente húmedo, como si la sal y la niebla del océano le hubiesen infectado la carne misma. Pese a mi interés y mi profesión de escéptico, vacilé antes de abrirlo, pues las palabras del viejo y el peso del lugar operaban en mi espíritu con una eficacia alarmante. Ward asintió, y me permitió examinar el volumen en el sótano mismo. Sus páginas estaban llenas de símbolos que, aunque no reconocía, evocaban algo ancestral e irremediablemente obsceno. Imágenes de hombres deformes, con branquias y ojos vacíos, de criaturas imposible de nombrar, se asomaban esquivas en los margenes, ejecutando ritos en escolleras azotadas por tormentas.

Transcurrió el resto de la tarde entre tentativas de desciframiento y miradas furtivas por la ventana, donde los nubarrones hacían cada vez más densa la penumbra. Ward me observaba en silencio, su rostro rígido y expectante. Cuando la campana del puerto dejó oír su nota, profunda y luctuosa, me detuvo con un gesto y abrió la puerta despacio. “Es mejor que regrese a su pensión”, dijo con voz grave. “No conviene a nadie vagar tras la última campanada. Kingsport guarda secretos que sólo los que nacieron aquí sobreviven”.

Mi alojamiento, la llamada “Casa Marsh”, quedaba al otro extremo del pueblo, junto al borde del acantilado, y durante el trayecto experimenté una sensación de que algo, en la persistente bruma, movía siluetas desvíadas de puro humano, oscureciendo portalones y ventanales, espiando desde ductos de alcantarilla y pozos abandonados. Algunas ventanas se cerraban apresuradamente al sentir mis pasos, otras mostraban sombras que se retiraban hacia los rincones más oscuros, dejando tras de sí un leve murmullo como de salmodia subacuática.

La Casa Marsh tenía fama de haber acogido generaciones de navegantes, contrabandistas y gentes menos recomendables; mi habitación era antigua y miserable, el mobiliario demasiado húmedo y blando, y reinaba, por todas partes, un hedor a yodo y moho que ni la ventilación constante eliminaba. El suelo parecía flotar sobre charcos invisibles; el papel de las paredes colgaba lacrimosamente. La patrona, una mujer cíclope, con ojillos brillantes y manos acuosas, me sirvió un té agrio, y subí, con la penumbra cada vez más densa, al segundo piso de la vivienda.

El sueño fue, aquella primera noche, imposible. En vez de reposo, la habitación fue escenario de ruidos aterradores —pasos en los pasillos, murmullos en la escalera, crujidos y chapoteos debajo del suelo—, y sólo la extenuación me permitió, finalmente, deslizarme a un sopor plagado de pesadillas imposibles: bancos de niebla reptando a través de puertas hinchadas; una multitud de seres informes, anfibios y grotescos, que salmodiaban oraciones litúrgicas alrededor de cuencos llenos de aceite ardiente; y una abominable convocatoria en la playa, donde los convocados arrojaban a las olas lo que parecían ser cuerpos humanos envueltos en harapos y redes.

Desperté con un temblor atroz y, al asomarme a la ventana, descubrí que la niebla de la noche no sólo persistía, sino que se había ido haciendo más violácea y densa. Abajo, sobre el acantilado, podía distinguir siluetas que se arrastraban, lentas, sumidas en cantos apenas audibles, mientras en el pueblo apenas se veían señales de vida, salvo alguna luz trémula tras cortinas ajadas. Nadie respondía a mis saludos ni a mis llamadas en la calle. Los pescadores evitaban mirarme directamente y, cuando por casualidad me veía reflejado en alguna vidriera, juraría que mi rostro aparecía distorsionado, hinchado y pálido, como si hubiese inhalado, por demasiadas horas, el mismo aire pútrido que corrompía esos muros.

Me dirigí de nuevo a la casa de Ward, decidido a devolverle el manuscrito y abandonar, aunque fuese a pie, ese maldito pueblo, pero se me informó que el anciano había partido hacía muchas horas, rumbo a unas “reuniones litúrgicas” propias de su linaje. El tendero, un hombre encorvado y lampiño, recomendó que nadie —extranjero, especialmente— se adentrase en la costa hoy, pues “era noche de bruma y cantos”. Ante su insistencia, advertí que en su hablar, tan monótono y ajeno a la emoción, había un plano de amenaza y resignación a partes iguales.

Al regresar a la pensión, encontré a la patrona inclinada sobre una gran vasija, de la que manaba un vapor acre; murmuraba palabras indescifrables empapando su fular de gazas. Sin levantar la cabeza, me indicó que subiese a mi cuarto y no abandonase el piso bajo ningún pretexto. Aquella tarde se alargó en eternidad. Los muros comenzaban a oscilar ligeramente, y los golpes y chapoteos volvían, haciéndose más presentes y menos accidentales. Vi, por debajo de la puerta, una sombra que se demoraba demasiado tiempo durante la noche. Y de pronto, llegado el alba, escuché que las calles vibraban por un tumulto sordo, como si decenas de pies escamosos avanzasen suavemente hacia la costa.

Cometí la temeridad de salir. La niebla era ahora tan densa que apenas podía distinguir mi propia mano. Me guiaba por el olor a sal, podrido y penetrante, que hostigaba todos los sentidos. Avancé hacia el acantilado, donde las voces se hacían más fuertes y guturales. Y vi, como a través de un velo, una procesión de seres que iban surgiendo de las casas más antiguas, cada uno más deforme y monstruoso que el anterior: mujeres de rostros hinchados y bocas oblicuas, ancianos de ojos desmesuradamente grandes, cuerpos que se arrastraban o avanzaban con un ritmo lascivo e inhumano. En el centro, portando con evidente reverencia el manuscrito que yo mismo había tocado, Ward avanzaba seguido de otros sujetos, entre los cuales reconocí, por su perfil infame, a la patrona y al tendero. En sus cánticos alternaban la lengua conocida con otros fonemas, guturales y húmedos, imposibles de reproducir para la garganta humana.

La ceremonia se detenía al borde mismo del acantilado, allí donde las rocas, cubiertas de algas, se precipitaban sobre una playa minúscula invisible desde el camino. Observé, paralizado, cómo los congregados formaban dos círculos concéntricos alrededor de una zanja excavada en la arena, sobre la cual pendía un objeto envuelto en un sudario que se me antojaba improvisadamente humano. Ward elevó el manuscrito y, ante un súbito silencio en el que hasta la niebla parecía contener el aliento, pronunció ciertas palabras que desgarraron todo atisbo de cordura en mi espíritu. Los congregantes comenzaron entonces a aullar, a distorsionar sus cuerpos en movimientos convulsos y, de pronto, en la sima sobre la arena, algo —una figura inmensa, amorfa, a medio camino entre el pez y la estrella marina, coronada de tentáculos y ojos fosforescentes— se insinuó, asomando apenas su masa monstruosa.

El terror que entonces sentí, mezclado a una certeza imposible de expresar, fue tan absoluto que apenas recuerdo cómo regresé a la posada, presa de la peor enajenación que nunca me ha aquejado, jadeando y cubierto de un sudor fétido, las sienes palpitantes de una fiebre antinatural. Desde mi ventana, observé aun cómo la masa informe era adorada por los congregados, y cómo, uno por uno, estos iban arrojándose deliberadamente al mar, para no volver jamás.

No podría precisar cuánto tiempo transcurrió después. Me hallaron, algunas horas más tarde, perplejo y delirante en el umbral de la Casa Marsh, balbuceando incoherencias acerca de brumas que caían, antiguos juramentos y criaturas del abismo. Me dijeron que el pueblo parecía absolutamente normal esa mañana, salvo por la niebla persistente y la inexplicable ausencia de cierta decena de los habitantes más viejos. Nadie admitió haber visto ceremonia alguna, ni figura monstruosa a la orilla. Pero, aún hoy, cuando hurgan en mi estantería y percibo el olor lejano del mar, siento la humedad y el frío del manuscrito de Ward, y sé, con la certeza de los malditos, que lo que ocurrió aquella noche fue real: Kingsport es lugar donde lo abyecto se perpetúa en sigilo, donde la última marea revela siempre, para quien quiera ver, el horror más primevo y menos humano de todos los terrores posibles.

Jamás regresé. Pero en ciertos atardeceres, cuando la niebla se arrastra desde el océano, puedo oír en mis sueños la salmodia antinatural de sus habitantes y la llamada de aquello que, bajo la bruma, aguarda devolución y tributo. Sé que sólo fue cuestión de tiempo que el testamento de Kingsport reclame nuevos nombres para escribirse en su pergamino inmortal. Y rezo, con la superstición de los vencidos, para que los míos no estén nunca entre ellos.

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