Portada del relato La Sombra sobre Nugate Hall
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El primer indicio de que Nugate Hall guardaba secretos nocivos le llegó la segunda noche. Había salido a explorar el invernadero hacia las diez, incitado tanto por el insomnio como por la curiosidad. El lugar era despótico, asfixiante: parrales de bejucos retorcidos, sombras de helechos que parecían moverse autónomamente y espejeos de vapor que convertían los cristales en membranas opacas. Allí notó, por vez primera, el hedor: un dulzón perfume que, a pesar de su intensidad, sólo podía advertirse si uno prestaba atención. El cuidador, viejo Nolan, evitaba mencionar el invernadero; cuando Alastair preguntó qué especies cultivaba la familia anterior, Nolan sólo murmuró que era mejor mantener la puerta cerrada después del anochecer.

Duración: 10:01

La Sombra sobre Nugate Hall
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Entre las brumas turbulentas de Eynehollow, en el corazón mismo del condado de Wiltshire, se alzaba Nugate Hall, una de esas mansiones cuya mampostería saturada de musgo parecía más vieja que la propia nación, y cuyas ventanas elongadas traslucían no solo la oscuridad, sino un frío inexplicable, casi espectral. Era, en 1866, una residencia evitada aun por los más necessitados; y, sin embargo, la posteridad, que no teme el juicio del silencio, propone que su actual propietario, sir Alastair Warnham, lo había reclamado por ningún motivo más lógico que una afición malsana por lo excéntrico y lo inexplorado. La adquisición, obsequiada tras un litigio larguísimo que involucraba herederos medio locos y renuentes, transportó a Warnham desde su residencia urbana a las lóbregas extensiones de Nugate tan pronto los últimos cuervos de otoño emprendieron el vuelo sobre la campiña empapada.

Sir Alastair tenía algo del anticuario y algo del descreído, y poseía la arrogancia académica del hombre que concibe a todas las supersticiones como trivialidades del vulgo. Planeaba convertir la vasta propiedad en refugio para una sociedad de escépticos londinenses, pero, en el proceso, se toparía con algo que ni el más pertinaz librepensador podría refutar sin rastro de duda. Nada de cuanto creía saber acerca de la apariencia y la sustancia, de la vida y la muerte, subsistiría indemne tras la experiencia.

El primer indicio de que Nugate Hall guardaba secretos nocivos le llegó la segunda noche. Había salido a explorar el invernadero hacia las diez, incitado tanto por el insomnio como por la curiosidad. El lugar era despótico, asfixiante: parrales de bejucos retorcidos, sombras de helechos que parecían moverse autónomamente y espejeos de vapor que convertían los cristales en membranas opacas. Allí notó, por vez primera, el hedor: un dulzón perfume que, a pesar de su intensidad, sólo podía advertirse si uno prestaba atención. El cuidador, viejo Nolan, evitaba mencionar el invernadero; cuando Alastair preguntó qué especies cultivaba la familia anterior, Nolan sólo murmuró que era mejor mantener la puerta cerrada después del anochecer.

Desoyendo, como era su costumbre, la advertencia tácita, Warnham regresó al invernadero varias noches más. El aroma, lejos de diluirse, se agudizaba y a veces se mezclaba con una nota húmeda, tan fuerte como el olor de las criptas de la Catedral de Salisbury donde hacía años había asistido a la exhumación de un noble local. Pronto, sin embargo, el objeto de su inquietud dejó de ser olfativo y tomó otro cariz: empezó a percibir susurros, una suerte de vibración tímida que parecía surgir de la misma tierra en los rincones más umbríos del lugar. Era un lenguaje, pero de una forma tan extraña y lejana a lo humano que era más fácil percibirlo que comprenderlo, como si se tratase de un eco donde sólo el pavor se traduce.

Confundido entre la fascinación científica y un creciente sentimiento de amenaza, Alastair comenzó a examinar la vegetación con más ahínco. Entre orquídeas tan negras como pozos, y helechos de un verde fosforescente, encontró un ejemplar de portento. Era una planta cuya forma era casi inaudita—ni flor ni arbusto, sino una amalgama reptante, cuyos bulbos discretamente palpitaban y se adentraban en el subsuelo. Los tallos se arqueaban como miembros fláccidos, y cada hoja brillaba con una mucosidad perlada. Alrededor de la base, la tierra no estaba formada del manto negro habitual, sino de una sustancia grisácea, cenagosa, que destilaba un zumo emponzoñado, excesivamente viscoso.

En los días siguientes, la residencia cambió de atmósfera. Unas manchas comenzaron a extenderse desde los zócalos hasta el empapelado aristocrático de las habitaciones más bajas, y la hiedra exterior progresó con violencia, alcanzando en menos de una semana la galería donde los retratos familiares reposaban en silencio. Además, la servidumbre—trece personas entre lacayos y doncellas—empezó a quejarse de pesadillas y opresión general. Dos de ellos, la joven Mary-Anne y el mozo de cuadra, afirmaron haber visto sombras deslizarse entre los setos del jardín justo antes del amanecer, seguidas de un silbido gélido y una perenne sensación de que alguien los observaba.

La situación llegó a punto álgido cuando uno de los mozos, en un acceso de pánico, iluminó el invernadero tras oír lo que describió como un lamento ultraterreno. Los otros escucharon sus gritos y lo encontraron encogido en un rincón, con las ropas rasgadas y restos de un lodo grisáceo adherido a su frente. No pudo decir qué lo había atacado; sólo repitió, con voz quebrada, que “la tierra estaba viva y furiosa, que quería devorarlos”.

A raíz de este incidente, Warnham intentó racionalizar los acontecimientos atribuyéndolos al nerviosismo general y a la humedad malsana, común en propiedades tan antiguas. Empezó a registrar las noches en su diario, intentando convertir la locura en ciencia. Sin embargo, una noche—la noche del 23 de octubre, fecha que jamás olvidaría—aconteció algo decisivo. Los ventanales que daban al este fueron sitiados, cuarteados por una fuerza que parecía tironear desde fuera. A la vez, algo se insinuó por debajo de la puerta del invernadero: una raíz retorcida, cubierta de esa mucosa letal que ya reconocía. Comenzó a recorrer el corredor como el apéndice de una criatura ciega pero tenaz; la moqueta se corrompía a su paso.

No era difícil entonces comprender, ya sin tapujos, que la presencia que albergaba Nugate Hall era antigua y profunda, anterior al hombre y al pensamiento. Así lo confirmaron los hallazgos que, revisando la biblioteca perdida entre telarañas, fue poco a poco transcribiendo. Entre los papeles de sir Percival Nugate, el primer dueño, se hablaba en códigos y versos de “la madre dormida bajo la nutriente arcilla”, “la que no tiene pétalos ni raíces sino voluntades colectivas que respiran en los sumideros del mundo”. El texto más antiguo y horrendo, un pergamino en latín corrompido y caligrafía grotesca, refería a una entidad llamada Mynogrha: la Sombra Medular, la que se alimenta de los sueños suprimidos por el miedo y anida en la sima de los árboles prolijos y los jardines no hollados.

La progresiva transformación del lugar se hizo incuestionable. Los pasillos que daban al ala este se invadieron con una humedad terrosa, y de los zócalos brotaban excrecencias vivas que no parecían responder a ley alguna de botánica conocida. Dos criados desaparecieron en menos de una semana, y sus pertenencias encontradas junto a boquetes frescos en la tierra del jardín. Warnham, entonces, reunió la poca voluntad que le restaba y, armado con lámpara, cuchillo de podar y una botella de laúdano contra el pánico, se internó una vez más en el invernadero.

Lo que encontró allí no fue, exactamente, un espectáculo de horror visual, sino algo peor: la revelación de que estaba dentro de una trampa orgánica, un estómago ancestral. El aire se había espesado y los vapores formaban figuras fugaces, rostros alados y bocas abiertas como en una mueca de quietud espantosa. Bajo las raíces, escuchó la voz de Mynogrha—si es que puede llamarse voz—, una inteligencia que se comunicaba sin palabras, pero con conceptos. Comprendió, en ese cruce fugaz de voluntad e instinto, que la mansión estaba condenada desde su inicio; que los primitivos que veneraron a la madre-sombra lo hicieron para ganar tiempo, disfrazando de culto lo que era sumisión.

Alastair miró hacia abajo, y la tierra cedió. Vio entonces, en el corazón del simerio, una red de bulbos y filamentos que pulsaban rítmicamente, y en los costados una suerte de tumores vegetales en los que, con horror, creyó identificar fracciones humanas: un maxilar, una uña, un compartimento donde una figura diminuta—el rostro de Mary-Anne—yacía sumida en sueño eterno.

No pudo escapar con lucidez. Sentía que sus pensamientos eran atraídos, desgarrados hacia esa conciencia mineral y fungosa; un remolino de sueños ajenos chocaban contra su mente. Despertó en su biblioteca tres días después, pálido y sudoroso, sin memoria precisa de lo ocurrido. Pero lo cierto era claro: Nugate Hall hirvió durante la siguiente semana con una actividad desenfrenada de plagas y parásitos; serpientes pequeñas que se enroscaron en los picaportes, esporas que cubrían los bancos y hasta los relojes del vestíbulo. La servidumbre partió en masa, y, finalmente, la mansión quedó desierta, salvo por Warnham que, incapaz de huir ni de quedarse completamente cuerdo, comenzó a escribir compulsivamente cartas dirigidas a nadie.

El sello de Nugate Hall quedó roto, y quienes pasaron por allí de noche hablaron de un resplandor verdoso tras los cristales rotos, silbidos que cruzaban la maleza y, a veces, una silueta que deambulaba solitaria por la galería donde aún cuelga el retrato de sir Alastair, de ojos inyectados y sonrisa apenas percibida. Porque la simiente de Mynogrha, al encontrar abonada memoria y retorcido deseo, renueva su imperio allá donde la humanidad presume haberlo conquistado todo, echando raíces en la podredumbre de lo prohibido.

Y así, Nugate Hall, que fue erigida con la esperanza de sellar el antiguo miedo bajo losas de civilización, permanece ahora como un monumento a lo incomprensible, devorada desde abajo por una voluntad que jamás puede morir y que reclama, de cuando en cuando, la mente y la carne de aquellos que, como Warnham, se atreven a husmear bajo la superficie de sus propias racionalizaciones. Porque hay horrores que la ciencia no puede describir, y existen terrores que nadie debería tratar de conocer si desea regresar incólume al tibio regazo de la ignorancia.

Aun hoy, cuando el ocaso se extiende como una lengua de sombra sobre la campiña de Wiltshire, puede verse, si uno es insensato y persistente, una luz oscilante en la biblioteca de Nugate Hall. Y se dice que entre el lamento de los cuervos y el susurro del viento, la tierra responde, gimiendo con la voz de todos los sueños corrompidos en su vientre vegetal.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.