Portada del relato El Prodigio de las Aguas Lentamente Descendentes
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Fragmento:


Edrom era, por profesión, un recopilador de rarezas y, por vocación, un aficionado a lo prohibido. Cierto odio hacia la seguridad lo guiaba desde joven; incluso antes de los sueños que una vez, sin motivo aparente, apresaron sus noches como si fuesen algas trepando por sus tobillos. Fue precisamente en uno de esos sueños donde una palabra surgió de la náusea cenagosa: "Zhothaqquah", como el croar de un sapo ahogado.

Duración: 08:07

El Prodigio de las Aguas Lentamente Descendentes
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Texto de ajuste de pausa.

En la vasta y remota ribera del Aihais, donde la niebla, como vaho en la boca de un animal dormido, se enrollaba a las malezas, Edrom Stykos escudriñaba el barro con paso errante. Más allá del delta, la ciudad de Hlanith pululaba como un rumor de otro tiempo: un enjambre de techos puntiagudos y columnas lustrosas, pésimamente conservados. Allí, se decía, los manuscritos pnakóticos podían hallarse, si uno tenía el coraje o la desesperación suficiente.

Edrom era, por profesión, un recopilador de rarezas y, por vocación, un aficionado a lo prohibido. Cierto odio hacia la seguridad lo guiaba desde joven; incluso antes de los sueños que una vez, sin motivo aparente, apresaron sus noches como si fuesen algas trepando por sus tobillos. Fue precisamente en uno de esos sueños donde una palabra surgió de la náusea cenagosa: "Zhothaqquah", como el croar de un sapo ahogado.

Ahora, guiado por indicios y rumores, Edrom vagaba fastidiado por el margen del Aihais, donde las aguas parecían hervir de vida repugnante: axolotes amorfos, pulgas acuáticas, nenúfares enormes con hojas como manos secas. Era un día sin mucho sol y sin viento, el aire tan quieto que cualquier movimiento parecía sacrilegio.

Al caer la tarde, un pescador de la aldea le habló de un santuario hundido, lugar de ritos difuntos, en la más baja de las orillas visibles durante la marea menguante. Decía que había escuchado, en noches sin luna, las voces subacuáticas lanzando cánticos; bocinas líquidas convocando cosas enterradas bajo lodo y sueños. Edrom de inmediato supo a dónde debía ir.

La noche se deslizó sobre sus hombros cuando llegó al sitio. Era allí donde las cañas crecían extrañamente gruesas, cada tallo un muslo mojado, y el barro hedía a huevos podridos y aceite. Cruzó una arboleda torcida y reconoció la puerta del santuario: la boca de una cueva semicubierta por hiedra y resbalar de marea descendente. Al ingresar, la humedad y el frío lo embolsaron. Sus botas se hundieron en limo negro.

La luz de su farol danzaba sobre muros grabados con símbolos burdos: contornos de sapos y ranas recostados sobre tótems. Estalactitas goteaban, y en el aire vibraba una canción apenas audible: un croar antinatural, como si la roca exhalara su propio idioma. Sus dedos temblaron cuando tocó uno de los relieves, y sintió la superficie resbalosa, casi palpitante.

Prosiguió por un corredor que bajaba en espiral, y notó que cada vez el aire era más espeso, más viscoso, más hostil. Sintió la presión de la caverna cual lengua pesada recorriendo su espalda. En el fondo, una sala abovedada abierta a una laguna interior; el agua allí no era agua sino algún fluido iridiscente, tan espeso que podía haberle sostenido el cuerpo si hubiera osado sumergirse.

Al centro reposaba una losa de piedra, sobre la cual yacía un ídolo grotesco—un batracio de mármol negro, tan pulido que la luz no lo tocaba sino que lo eludía. Tenía la boca abierta en un arqueo obsceno, como si invocara o recibiese algo invisible en el aire. Ante el ídolo, sobre la losa, una pila de manuscritos vetustos aguardaba.

Sabía por instinto que estaba ante fragmentos pnakóticos, pero al tomar el primero percibió que la textura no era de pergamino, ni siquiera de piel—era algo aún más ancestral. Uno de los textos relataba, en un dialecto del alto-sueño, la llegada de los "engendradores-duros", seres de vientres blandos y voluntades quebradas, atraídos por los cánticos de la humedad submarina.

Edrom leyó, anegado de horror, letras que narraban el ciclo del barro y la invocación de la Deidad del Reposo Infinito: Zhothaqquah, el Sueño Bajo el Limo, quien sueña en la espera y mastica las mentes que lo tocan. Un fragmento, escrito en algo más parecido al secreciones de rana que a tinta, hablaba de la Comunión de las Aguas Bajas: una ceremonia en la que manos humanas ofrecían carne y sueños a las fauces que despertaban solo durante el Tartán de las Mareas Sangrientas, cuando casi toda el agua del Aihais bajaba y la laguna revelaba sus joyas de veneno.

La losa vibró apenas. Edrom sintió el oleaje subterráneo removiéndose exactamente debajo. Trozos de la caverna comenzaron a supurar humedad; el ambiente abandonó toda pretensión de aire y se fundió en una bruma marina salpicada de musgo y sudor de sapo. El croar, antes lejano, ahora cercaba su mente. Había palabras en ese croar. Había promesas, y hambre.

Intentó girarse, pero el limo alrededor de sus pies lo aferró con obstinación gelatinosamente cariñosa. El dolor era sordo, luego creciente. Sintió que los tobillos cedían, no quebrándose sino disolviéndose en la negrura. El croar ascendió hasta rugir en su conciencia: Zhothaqquah, cuyo nombre era calandria en un estanque subterráneo, le abría mil bocas, todas urgentes.

Edrom profirió un alarido que se mezcló con el croar. La voz —no suya, pero naciendo en su boca— pidió, ordenó, suplicó: "Acuéstate". Y era como si todas las cosas húmedas del mundo le ofrecieran su sueño. Recordó, por alguna grieta de su raciocinio, relatos de hombres que, habiendo leído más allá del lenguaje permitido, perdieron características humanas, mutados, entregados a la plenitud de la viscosidad sagrada.

Cuando la tercera página fue leída, un cambio físico lo azotó: el pelo de la nuca se le replegó, la piel en las mejillas se tensó y ablandó a la vez; el aliento le supo a babaza salobre. El manuscrito último —solo un fragmento— reveló la verdad: Zhothaqquah no devora carne, sino esperanza. Los devotos se iban disolviendo en los suelos, y de sus mentes exudaba el néctar del miedo puro, que la deidad absorbía con gusto.

La caverna se llenó entonces de criaturas óseas y blandas, descendientes híbridos de saurios floridos. Se deslizaban por el lodo, se trepaban a los techos; algunas, mitad humanas aún, lo miraban suplicantes. Uno intentó hablar, su garganta emitió sólo burbujas y mugidos. Todos se arrodillaban ante el ídolo, y con los ojos —si es que aún los tenían— suplicaban la anulación.

Edrom comprendió lo que el pescador y los pobladores temían: la marea baja no era casualidad, sino invocación. Ahora, entendía también por qué los textos pnakóticos jamás debieron ser redescubiertos; eran semillas plantadas no en la tierra, sino en las mentes, y su fruto era la metamorfosis meditativa, la entrega final a las aguas donde Zhothaqquah reposa, ructando sus pesadillas viscosas en el pantano de los sueños devastados.

El dolor cesó, y el miedo se transformó en resignación pastosa. Edrom se rindió: se echó sobre la losa, boca abajo como los batracios de las tallas, y pensó en el descanso, en la quietud, en la carne suavizándose mientras los coros de los convertidos lanzaban su mugido terminal. Sintió los labios fríos de la oscuridad besarle la frente. Luego, sólo musgo, humedad y la sirena perpetua del croar sagrado.

La marea volvió a subir en la mañana, cubriendo santuario y víctima. En la villa, nadie preguntó su destino. Los pocos que alguna vez supieron de Edrom Stykos buscaron, en vano, señales de regreso—solo hubieron nenúfares nuevos en la ribera que croaban con viento inexistente.

Muchos años después, otra marea anómala descubrió nuevamente la losa y el ídolo. Otra alma, guiada por sueños viscosos y promesas de conocimiento, descendería a ese vórtice de limo. Allí, las voces hundidas; allí, el croar. Analizando esos manuscritos pnakóticos, los sabios de otros tiempos recordaron: no todo lo húmedo es vida, y no toda lectura se hace con los ojos.

Solo el río Aihais, eterno y podrido, conoce el ciclo real: leer, cambiar, dormir. Y donde Zhothaqquah sueña, nada más se mueve sino el temor.

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