Portada del relato La herencia de la marea oscura
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Fragmento:


Mi nombre es Erasmus Harris, y provengo de una larga estirpe de marineros y comerciantes quebrados, una estirpe que, a su pesar, poseía un pacto impío con los océanos de Nueva Inglaterra. Cuando recién egresé de la universidad, los telegramas de un pariente lejano, Humphrey Gideon—el último de los Harris en Greywater—me llamaron a su morada costera bajo la excusa de ayudarle con los archivos familiares y la gestión de los menguantes bienes heredados. Lo que encontré allí, y lo que me obligó a abandonar enloquecido la comarca, es algo que aún no consigo integrar en la tela raída de la realidad.

Duración: 10:09

La herencia de la marea oscura
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Texto de ajuste de pausa.

***

De todas las leyendas escuchadas en mi atribulada niñez, ninguna dejó en mi alma una herida tan persistente como los murmullos que describían la costa olvidada de Kingsport y, en su extremo más apartado, la recóndita aldea de Greywater. Hoy, en el ocaso de mis días y con mis manos temblorosas mientras levanto la pluma, me veo forzado por la carga insufrible de los recuerdos a narrar lo sucedido durante el último verano que pasé entre aquellas rocas lívidas y húmedas.

Mi nombre es Erasmus Harris, y provengo de una larga estirpe de marineros y comerciantes quebrados, una estirpe que, a su pesar, poseía un pacto impío con los océanos de Nueva Inglaterra. Cuando recién egresé de la universidad, los telegramas de un pariente lejano, Humphrey Gideon—el último de los Harris en Greywater—me llamaron a su morada costera bajo la excusa de ayudarle con los archivos familiares y la gestión de los menguantes bienes heredados. Lo que encontré allí, y lo que me obligó a abandonar enloquecido la comarca, es algo que aún no consigo integrar en la tela raída de la realidad.

Greywater era un reducto de vegetación retorcida, algas recogidas en haces tormentosos y edificaciones encorvadas por siglos de viento salobre. Hasta el aire tenía algo viscoso, como si fuera el aliento exhalado por fosas marinas olvidadas por el sol. Las gentes—escasas, siempre mudas, con ojos enrojecidos y rostros difuminados por la bruma—tenían un andar que podría describirse solo como reptante o titubeante, moviéndose con la suave insistencia de los cangrejos que huyen del fulgor de los faroles.

La casa de los Harris, por su parte, se hallaba al final de la península, a unos metros del acantilado cuyo borde parecía erosionado no por el agua sino por la presencia de algún monstruo antiquísimo, que arañaba la piedra noche tras noche con una tenacidad desesperante. Allí residía Humphrey, un hombre de barba cana y sonrisa pusilánime, asolado por achaques físicos y mentales cuyo origen quería mantener casi en secreto, aunque los cuadernos de sus antepasados y los susurros nocturnos de la servidumbre le delataban a menudo.

Las primeras noches fueron tolerables, a pesar de los sueños inquietos en los que me veía sumergiéndome desnudo en el agua oscura bajo la luna, mientras manos membranosas y frías intentaban arrastrarme hasta algún abismo cubierto de algas. Humphrey, a lo largo de las cenas tardías, comenzó a confiarme algunas de las supersticiones locales, principalmente para prevenirme contra la playa de obsidiana que se extendía al norte del caserío, donde —decía— sólo reinaban los “vigilantes”, criaturas de carne y escama que moraban bajo el agua desde tiempos ignotos.

– No conviene acercarse, Erasmus. El agua allí es negra como la pez, y los antiguos dicen que en la marea baja puede verse emerger la cúpula verdinegra de una ciudad ahogada, —me confió una noche a la luz vacilante de un candil—. Ha habido quienes, al hallarse allí en esos momentos, han vuelto despojados de razón, o arrastrados para siempre por las olas a cambio de algún favor ancestral que la familia, en su arrogancia, nunca pagó.

Yo, instruido en los rigores del escepticismo universitario, tomé aquellas historias por desvaríos propios de la decrepitud y el aislamiento. Sin embargo, la noche en que recorrí el desván buscando papeles antiguos, tropecé con un cajoncillo cuya cerradura cedió como si emergida de otra realidad, débil y descompuesta por la húmeda noche de Greywater. En su interior había mapas, cuadernos amarillentos con anotaciones dispersas —casi todas ilegibles— y lo que parecía un relicario de un material indefinible, bruñido y cubierto de extrañas espirales en relieve que no evocaban ninguna cultura conocida.

Dominado por la curiosidad, llevé el relicario hasta la mesa y lo abrí. Dentro, un fino polvo violáceo y una pequeña perla ennegrecida por siglos aguardaban como centinelas de otro mundo. Al sostener la perla para examinarla mejor, sentí como si el aire del cuarto se espesara, y un zumbido, a la vez grave y lejano, brotara de los rincones más sombríos. Guardé nuevamente todo, abrasado por una inquietud que en nada reconocía a la simple impresión de un objeto exótico.

En los días subsiguientes la inquietud se tornó terror. Los lugareños, al cruzarme por la mañana cuando caminaba hacia el muelle, callaban en seco y hacían la señal de Ward, tocándose los labios y luego la frente, mirándome de reojo. Por las noches, una melodía sorda —casi un eco de coralinas flautas y timbales batidos por alguna raza abisal— flotaba en el aire y se colaba por las ventanas, aunque el mar parecía apacible y ningún navío se aproximaba a la aldea.

El siguiente acontecimiento que me precipitó a la locura ocurrió cerca del final de la segunda semana. Una tormenta inusual se desató en la costa, y una niebla tan espesa que parecía un sudario de los dioses sumió la casa en una oscuridad nauseabunda. A eso de la medianoche, fui despertado por un golpeteo rítmico en los ventanales, seguido de un murmullo en un idioma que ningún órgano humano podría haber pronunciado correctamente. Descendí, tembloroso, hasta la planta baja, armado con una lámpara de petróleo, y al abrir la puerta hacia el jardín me topé con una presencia imposible.

En el césped, saturado de agua, reptaban unas formas informes y escamosas, salpicando lodo y algas con cada movimiento. Sus colas, apenas vistas a través de la bruma, eran como látigos de limo y sus ojos, dos rendijas incandescentes, parpadeaban con una inteligencia predatoria e incomprensible. Al notar mi presencia, un coro de croares y murmullos escalofriantes pareció discutirme la entrada, y entonces la más cercana, una criatura de medio hombre y mitad pez, extendió una garra membranosa y, en un inglés gutural, me susurró:

— La deuda… Los Harris ya no pueden postergarla.

Cerré de golpe y caminé hacia Humphrey, que permanecía en trance frente a la chimenea, murmurando frases que mezclaban el inglés con el antiguo idioma de los Profundos. Casi debí sacudirle para que volviera en sí; sus ojos, al enfocarse en los míos, solo reflejaron miedo y sumisión absoluta.

— No debiste abrir el relicario, Erasmus —gimoteó—. Es la señal. Nos han estado esperando. La sangre Harris prometió tributo y ninguno de nosotros ha pagado desde el ahorcamiento del bisabuelo Silas. ¿Recuerdas el relato de la ciudad sumergida? No es solo una historia. En la marea más baja, la cúpula verde despertará… y los Vigilantes vendrán a colectar.

El alba llegó entre súplicas y manchas de humedad ascendiendo por las paredes de la casona. Desde ese momento, la vida para mí no fue sino un goteo de horas marchitas, en las que sentí en mi cuello el peso invisible de ojos subacuáticos y la vibración de un tambor marino sonando cada vez más cerca.

Esa misma tarde, incapaz de permanecer inactivo ante el creciente cerco de lo sobrenatural, dirigí mis pasos hacia la playa negra, arrastrado por el instinto de enfrentar el horror cara a cara o perecer en la locura de la ignorancia. El viento olía a hiel, y por instantes me pareció oír el lastimoso aullido de miles de gargantas sumergidas. Al poner pie en la arena, la mar bajaba en un ritmo antinatural, como si la propia gravedad fuera descompuesta por un propósito foráneo.

Camisé por entre peñascos cubiertos de percebes y lenguas de sepia, hasta que atrajo mi atención el reflejo opalino de algo sumergido en la bajamar. Me acerqué y, tal como había predicho Humphrey, la silueta espiralada de una cúpula gigantesca emergía a lo lejos, cubierta por láminas de líquenes, ventosas y con puertas ciclópeas abiertas de par en par al abismo.

Un coro de voces, medio humanas, medio de ranas y peces, se alzó a mi espalda. Giré y contemplé la marcha inexorable de decenas de figuras escamosas, arrastrando por la playa una barcaza hecha de troncos cubiertos de coral y huesos blanqueados. Al frente marchaba una figura alta, cubierta de túnicas plateadas y con una corona conformada de espinas marinas. Sus ojos, dos joyas lumínicas, ardían de antigua soberbia.

— Harris, de Greywater —proclamó su voz, retumbando en el cráneo más allá del alcance del oído—. Tus padres, y los padres de sus padres, prometieron carne y sueños. La deuda alcanza su cénit: esta noche, la ciudad abre sus puertas. Eras tú quien debía venir.

Me vi incapaz de huir. La barcaza se detuvo ante mí y fui empujado, entre las garras repulsivas, hasta el borde. El jefe de los Vigilantes vertió sobre mi frente el polvo violáceo del relicario y, de inmediato, una visión abrumadora me estalló en la mente. Me vi nadando en la ciudad sumergida, rodeado de columnas corroidas y criaturas que danzaban en espiral; sentí el roce de manos y bocas inhumanas susurrando secretos de los orígenes del mar, y experimenté el horror de una eternidad prisionera, siendo menos que hombre y menos que sombra.

No sé cómo logré escapar del ceremonial. Recuerdo el reflujo monstruoso y el cántico de bienvenida que se tornó en gritos de ira cuando un rayo tormentoso desgajó las nubes y, en pánico, me lancé hacia el acantilado, rodando y lastimándome hasta perder el conocimiento.

Desperté en la casa Harris, confundido y empapado, con la sensación de que algo indescriptible me acechaba desde lejos, llamándome cada vez que la marea desciende y la noche se espesa sobre Greywater.

Hoy, tras décadas de distancia física y creciente locura, apenas puedo soportar el goteo del agua o el canto de una rana en el jardín. Lo que sucedió allí fue cierto, es cierto todavía, y sé que algún día esos vigilantes, esos hijos de la escama y la oscuridad, volverán a por mí o a por aquellos que cargan sangre Harris en las venas. La playa negra y la ciudad sumergida no son mitos; son la herencia y la condena de todos los que olvidan pagar sus deudas con el océano, y alguna noche, cuando el viento sople del este, me arrastrarán al fondo con un coro de gárgaras húmedas e insaciables.

Allí, bajo la escama innumerable, seré uno de ellos. Y este relato, ya amarillento y escrito con tinta temblorosa en la húmeda penumbra, será la única advertencia para quienes se acercan demasiado a los misterios que yacen más allá del último oleaje.

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