Fragmento:
Finalmente, tras varias semanas de este tormento, hallé el pasaje maldito: la transcripción del canto que servía de llave para los cielos, la llamada de los Byakhees. Las palabras vibraban en mi garganta y retumbaban en mis costillas como el eco seco de una campana de bronce. Habían descrito el lenguaje como acompasado, una melodía inhumana empapada de garras y vértigo. Pese al terror que convertía mi sangre en escarcha, la melodía me resultaba irresistible, como si la canción no sólo pidiese ser cantada, sino que mi propia naturaleza dependiese de ello.
Duración: 11:01
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagación y la desdicha de la memoria indeleble, os ruego guardar precaución antes de seguir mis palabras. Porque cada línea que a continuación desgarre mi pluma constituirá no solo confesión, sino advertencia y epitafio, y os aseguro que los horrores nómadas contra los que me precavit mi abuelo han regresado, montados en las alas perpetuamente negras de los Byakhees. Por el bien de quienes aún suspiran por la paz del olvido, jamás repitáis el rito ni anheléis oír su música glutinosa.
No recuerdo con cuánta precisión o de qué modo mi interés se tornó obsesión. Supongo que, como suele acontecer en tantos desgraciados de mi linaje, tuve la mala fortuna de heredar no sólo las propiedades de la familia Blake, sino también su archivo de correspondencias, diarios y estenogramas, todos custodiados en el sótano a prueba de incendio de la vieja residencia al borde de Arkham. Allí, entre papeles saturados de polvo rancio, no osaré decir si impulsado por mí mismo o por algo más profundo y ajeno, tropecé con un códice encuadernado en piel desvaída, bendecido y maldito por leguas de olvido. La cubierta no ofrecía título, pero en las primeras hojas agitaban sus tentáculos de tinta los nombres de Saturno, Carcosa, y de un ser que a menudo me hizo cerrar los ojos e imaginar los peores sueños de la infancia: los Byakhees.
Creo que cualquier otro cabal hubiese cerrado el libro y encendido una hoguera purificadora, pero en mi pecho ardía lo que algunos llamarían ansiedad y otros, siguiendo líneas menos benévolas, hubiesen llamado destino. Halé una vieja lámpara de aceite, desplomé mi cuerpo todavía firme en una polvorienta silla, y pasé horas descifrando letras torcidas en latín, griego, y otros fonemas para mí insondables. La descripción de los Byakhees oscilaba entre lo grotesco y lo sublime. Criaturas de lomo herrumbroso, alas membranosas y picos ominosos, se afirmaba que surcaban los cielos estelares desde hacía eones, transportando seguidores u ofrendas de aquello que los llama mediante la nota adecuada, una música que penetra el velo entre mundos y convoca lo que debiera permanecer más allá de toda memoria.
Con el paso de los días y la decadente luz vacilante de mi linterna, los sueños comenzaron. Al principio, solo voces. Voces como de momias polvorientas, coros de ahogados deslizando susurros de significado apenas comprensible: “Los cielos no son para los hombres.” Luego, figuras. Líneas que se tejían con la negrura de la brea y revoloteaban por mi ventana, pese a estar siempre cerrada; unas alas de amplitud imposible, un chillido que corrompía la quietud de la noche. Con cada página traducida, con cada canto ensayado, mi sentido de cohesión mundana se resquebrajaba y caía como el yeso podrido de la antigua residencia.
Finalmente, tras varias semanas de este tormento, hallé el pasaje maldito: la transcripción del canto que servía de llave para los cielos, la llamada de los Byakhees. Las palabras vibraban en mi garganta y retumbaban en mis costillas como el eco seco de una campana de bronce. Habían descrito el lenguaje como acompasado, una melodía inhumana empapada de garras y vértigo. Pese al terror que convertía mi sangre en escarcha, la melodía me resultaba irresistible, como si la canción no sólo pidiese ser cantada, sino que mi propia naturaleza dependiese de ello.
Me arrastré al ventanal de la buhardilla, la noche golpeando sin clemencia los cristales, y entoné el himno de los errantes. No había viento. No había luna. Había únicamente mi aliento y las palabras de un mundo sucio de estrellas arcanas. El aire se densificó. El techo crujió con rencorosas promesas de ruptura. Cerré los ojos, y, cuando se abrieron, vi la figura postrada ante mí.
Decir que un Byakhee es monstruoso es trivializar la magnitud de su repugnancia. Su torso era una maraña palpitante de tendones que no obedecían anatomía humana ni animal. Sobre su lomo, dos pares de alas membranosas, huesudas, se agitaban en ritmo anómalo, elevando fétidos efluvios de una edad anterior a la Tierra. El pico, repleto de segmentos dentados, goteaba una baba espumosa que borbotaba y chisporroteaba, dejando vetas diminutas de acidificación instantánea sobre la madera. Su mirada –si así puede llamarse la oquedad glauca bajo el casco fenestrado de su cráneo– destellaba con una inteligencia aberrante, inquisitiva y paciente. Mi cuerpo entero convulsionó en áspid de pánico, y aun así, una parte de mi ser, no mía ni del todo foránea, sintió júbilo, un vértigo de pertenencia. Había sido escuchado.
El Byakhee chirrió, un chillido burbujeante de exterminio, y alargó un apéndice articulado en mi dirección. Antes de comprender siquiera la totalidad de mi terror, fui levantado, privado de peso ni voluntad, y arrumbado sobre su espalda gelatinosa. No hubo resistencia, sólo el paso vertiginoso del aire. A través del cristal y las tejas, ascendimos sin violencia mecánica, envueltos en la tela húmeda y fría de la noche cósmica. Las luces de Arkham se contrajeron hasta no ser sino puntos de nácar podrido; las estrellas se abrieron, despatarradas, como bocas insaciables.
Surcamos no el viento terrestre, sino las rutas “maduradas” que entrelazan planetas y pesadillas. El chillido de otros Byakhees se sumó al de mi montura, componiendo una sinfonía del infierno que hacía enloquecer a los astros. La velocidad era incalculable, y debajo de mí la criatura no transmitía solidez ni carne, sino algo infinitamente más viejo: la sensación de deslizarse sobre un tapiz de pesadumbre, de volar sobre la mucosidad del Caos Primigenio.
No puedo decir cuánto duró la travesía. Sé que sorteamos umbrales de luz pútrida, esquivamos nebulosas podridas cuyos fuegos interiores gritaban nombres prohibidos, y descendimos finalmente en una planicie de geometría imposible, azotada por vientos sin dirección. Allí la gravedad era un capricho y las sombras tejían hondonadas más negras que la muerte. En la distancia, columnas ciclópeas despuntaban llenas de inscripciones fugaces, y de entre los ventisqueros de niebla salían otros Byakhees, unos con pasajeros, otros con ofrendas.
La procesión me condujo –o, más bien, me orilló– hasta el centro del claro, donde un círculo de piedras danzantes vibraba con luz aceitoso-verdosa. Figuras encapuchadas aguardaban entre las piedras, sus voces resonando como el áspero roce de huesos sobre la piedra. Yo era uno entre muchos, y advertí, con el horror gélido de la certidumbre, que todos habíamos sido traídos para ofrecer algo: cada uno de nosotros portaba una desesperación cultivada, un vacío vital recogido en el pozo de la neurosis o el duelo. Aquella asamblea no era un concilio académico sino un aquelarre milenario: allí, a lomos de las bestias del vacío, los secretos se canjeaban como monedas y las voluntades se desgarraban con la minuciosidad de un carnicero.
Observé cómo un Byakhee descendía, depositando a una joven de tez de alabastro y ojos febriles ante el altar. Los encapuchados la rodearon, entonando una letanía de ingeniería verbal cuya sola cadencia provocaba sudores y hemorragias invisibles. Aquello no era canto ni palabra: era desmembramiento conceptual. Vi cómo ella se desvanecía, literalmente, mientras los Byakhees aullaban anhelantes y la memoria misma de su existencia era desmenuzada y sorbida a través de los picos ávidos.
El terror me lanzó a la acción. Desgarré mi garganta en un grito, pero sólo escapó un gemido reseco, como si la atmósfera estuviese compuesta de ceniza y desesperación. Intenté moverme, pero mi voluntad era la de un muñeco. Supe entonces la verdad atroz: el rito de llamada era una transacción, un pasaporte sin retorno. A cambio del viaje, ofrecías algo –tu recuerdo, tu alma, tu razón– a aquellos para quienes la soledad de Saturno era un zumbido familiar.
Mi Byakhee aguardaba, los ojos vacíos devorando mi voluntad. Sentí el primer roce de su pico sobre mi frente, una descarga fría y eléctrica, y mi mente se desdobló. Retazos de mi infancia, de la risa de mi madre y los relatos junto al fuego, se despegaban suavemente de mi conciencia, absorbidos por la criatura con gozosa parsimonia. Gemí, me aferré a la existencia con la tenacidad de un moribundo, y, en el instante limítrofe de la extinción, escuché la voz interna que tantas noches me había susurrado bajo la almohada. Era el eco de mi abuelo, su advertencia postrera: “No todos los viajes son de regreso.”
Aquello me salvó, o quizá sólo me condenó a una pesadilla superior. La evocación de un vínculo familiar, de un linaje opuesto a la absoluta soledad, forzó una fisura en el proceso. De pronto, no fui sólo una presa, sino una anomalía. El Byakhee reculó, su chillido inundando la planicie de agonía y furia, y, como si el aire mismo se rebelase, una marejada de viento negro nos arrastró ambos al abismo dimensional por el que habíamos llegado.
Desperté sobre el destartalado mueble de mi buhardilla, empapado, arañado, y con una impresión de vacío que jamás podré describir sin incurrir en lágrimas. No había señal física del monstruo, pero mi garganta retumbaba con la resonancia del nombre Byakhee; cada noche, cuando la luna cruza la ventana, percibo, al borde de mis párpados cerrados, el zumbido fino de sus alas, como finísimas agujas sobre el esmalte del sueño.
Han pasado ya meses desde aquel descenso. Mis relaciones se disuelven entre la neblina del olvido, mis recuerdos fluyen como tinta sobre agua caliente, y temo que en cualquier momento la criatura regrese a reclamar lo que comenzó a devorar. Ya no puedo distinguir mis días de mis noches, ni sé exactamente si lo que escribo tiene sentido para algún otro ser humano. Pero que sirva esto de advertencia: aquellos que oís ecos en la noche y sentís el aliento de los astros lejanos, resistid. Los Byakhees existen, y su hambre abarca siglos y galaxias.
Junto a mí, el códice sigue abierto en el suelo. A veces me descubro tarareando, sin querer, el inicio del canto. Me estremezco al recordar el sabor del viaje. Porque el terror último no es el de ser devorado, sino el del apetito jamás colmado: el oscuro vértigo de saberse digno de ser cazado una y otra vez entre las sombras aladas del espacio.
Apagada ya la lámpara, espero que esta confesión te sirva, lector, de antídoto o exorcismo. No intentes encontrar el canto, no reces a los tronos de Saturno, no aceptes la invitación de las alas negras. Algunas rutas no poseen retorno. Algunas criaturas solo pueden ser contempladas mediante los ojos del pánico. Los Byakhees nunca olvidan una presa.
Y yo ya no recuerdo quién soy lo suficiente como para rezar por mi salvación – ni por la tuya.
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