Fragmento:
Ni siquiera habíamos probado el primer curso cuando Ambrose Fitzroy apareció, arrastrando los pies envueltos en una bata de terciopelo negro. Su barba, huesuda y enjuta, recordaba las raíces que afloran tras un aguacero; a su alrededor, los criados rehuían mirarlo directamente. Se sentó a regañadientes, bebiendo más brandy del requerido para cualquier dolencia legítima.
Duración: 09:43
Cuando el remolino de niebla bajó del Atlántico sobre Arkham, a finales de octubre de 1931, muchos en la ciudad pensaron que era solo otra extravagancia del otoño. Pero yo, Silas Hexter, ya sentía el temblor frío que recorren las raíces del miedo en la médula. El aire parecía más espeso, abrumador, como si grandes volúmenes de agua estuvieran a punto de cernirse sobre la ciudad y borrarla del mapa. A mi alrededor, los anuncios de tabaco y alcohol se balanceaban en los porches, invisibles entre las espirales grisáceas; esa noche, Arkham era una ciudad sumergida.
Acudía, contra mi sentido común, a la llamada de la familia Fitzroy. Su mansión, encaramada en la colina al norte del cementerio, guardaba secretos viejos como las lápidas rotas de los Lovecraft, Whateley y Marsh. Me invitaban para catalogar una extraña colección de libros, y para una pequeña recepción con cena incluida. La retribución era buena; la compañía, aún más intrigante. Los Fitzroy eran reservados a más no poder, pero el patriarca, Ambrose Fitzroy, chocheaba con la muerte y deseaba poner en orden sus asuntos. Decían que deliraba, que sus noches estaban llenas de gritos y extrañas recriminaciones, y que mandaba a sus criados a excavar en los pozos de la finca cada vez que el viento gemía desde el mar.
Me sorprendió que otros cuatro invitados fuesen convocados: el Dr. Cuthbert, autoridad en antropología arcaica y ocultista; Mary-Louise, sobrina de Fitzroy y reputada escéptica de las tradiciones familiares; el siniestro abogado Harlow y Baz, un apocado bibliotecario venido de Boston “para inventariar”. Nos recibió Jonas, el mayordomo, al pie de la escalera de piedra. Allá arriba, la imponente fachada gótica parecía saborear la niebla, sus gárgolas y pináculos iniciando un invisible y ominoso diálogo con la penumbra.
-Cuando quieran, señores-dijo Jonas, su acento apenas contenido por la rigidez del esmoquin-. El Señor los aguarda en el salón.
El interior estaba caliente y atiborrado de antigüedades. Mi corazón palpitaba incómodo mientras las cortinas pesadas y los relojes de péndulo parecían marcar el tiempo hacia atrás. Una chimenea, más ancestral que la propia Cambridge, bañaba de luces intermitentes lo que supuse sería la última cena de Fitzroy.
Ni siquiera habíamos probado el primer curso cuando Ambrose Fitzroy apareció, arrastrando los pies envueltos en una bata de terciopelo negro. Su barba, huesuda y enjuta, recordaba las raíces que afloran tras un aguacero; a su alrededor, los criados rehuían mirarlo directamente. Se sentó a regañadientes, bebiendo más brandy del requerido para cualquier dolencia legítima.
-Debo hablaros de ciertas cosas —empezó, con los ojos negros como carbones— que acechan nuestras costas. Este es mi último testamento, en forma… poco convencional. Mi familia ha estado guardando escritos que, a simple vista, parecen disparates de dementes. Pero no son fábulas, os lo aseguro— su voz se quebró—. Señor Baz, echará un vistazo a los libros del estudio a medianoche. Antes, sin embargo, necesito que todos escuchen lo que ocurrió en 1863.
El festín quedó relegado. Fitzroy explicó, mientras el viento ululaba fuera, una historia que había pasado de padres a hijos con la condición tácita de no pronunciarla cerca del mar. Hablar del dios de las profundidades, de los “hombres del lodo” que venían cada siete años para reclamar un pago. Mencionó extrañas desapariciones entre sirvientes polacos y nietos bastardos. Al llegar a la mención de los “símbolos grabados bajo el lago Bakani”, Mary-Louise cortó el relato.
-Tío, ¿pretende asustarnos como a niños? ¿O busca… hacernos parte de su delirio final?
-La incredulidad es un escudo, hija, pero los escudos se rompen cuando la armadura ya está oxidada. Y esta casa— con un ademán abarcó las paredes y la noche— está hundida en la peor de las herrumbres.
Esa última frase quedó flotando como el vapor que subía de la sopa. Jonas anunció la retirada de Fitzroy, lo acompañó entre susurros. Nadie quiso tocar de nuevo la comida; Harlow y Cuthbert conversaban en un ángulo bajo el retrato del fundador de la familia, de quien, decían, había presenciado “el rostro de la criatura” en una mañana de pesadilla.
Me encontré solo en la biblioteca minutos después. El viento había cambiado, trayendo desde el lago un sonido viscoso e intranquilizador, como si el agua se colara subrepticiamente por las piedras y susurrara bajo el parquet. El estudio estaba cubierto de estanterías curvas, con libros cuyas letras crípticas parecían saltar a mis ojos con cada parpadeo. Encontré el Necronomicón, y junto a él, un bestiario de Lovina Barbry, autora local condenada por herejía. Y bajo un falso volumen de la historia de Miskatonic, un diario de Fitzroy, tan reciente que temí por la cordura del anciano.
-“Eran tres figuras alrededor de la hoguera. Cantaban, pero era el lenguaje del agua profunda… Del lago que borra el nombre a cualquiera que lo mira demasiado tiempo. Los hombres del lodo. Contribución de sangre cada generación. Soterrados bajo el ahogado, el nombre y los huesos. No hay redención ni para ellos ni para los hijos que llevamos”.
Alguien detrás de mí cerró la puerta. Era Baz, con el rostro mortalmente pálido.
-Mire esto-dijo, extendiéndome una hoja arrancada, húmeda y con olor agriado. Tenía dibujos de lo que a primera vista eran símbolos celtas, pero estaban distorsionados, como si hubieran sido retorcidos bajo el agua por millares de manos innaturales.
-Se repiten en los marcos de la puerta, señor Hexter… y también, parece, en la bóveda de la cripta. Este no es solo un ornamento. Quisiera irme, pero está tan oscuro fuera que…
Tartamudeó, palideciendo aún más al ver mi rostro alarmado. Le devolví la hoja. Escuchamos, entonces, pasos acelerados por el vestíbulo. Harlow apareció, descompuesto.
-¡Mary-Louise bajó sola a la cripta! Cuthbert ha ido detrás, pero esto…. esto no es una reunión hereditaria, sino una trampa.
Cogí una lámpara de aceite y corrí con los demás hacia la puerta trasera. Una ráfaga de frío mortal se filtraba desde el suelo, y un rumor de agua mezclada con gemidos, palabras apenas humanas, reptó entre las baldosas. La entrada a la cripta era un vano de piedra, cubierto de musgo y extrañamente húmedo; abajo, el aire era casi líquido, cargado de olor a sal y podredumbre.
Hallamos a Cuthbert arrodillado en la penumbra, con la cara enterrada entre las manos. Mary-Louise, de pie junto a una lápida agrietada, observaba horrorizada el suelo pulido de piedra, donde los mismos símbolos de la hoja parecían sangrar una luz fosforescente.
-Los grabados… están cambiando —musitó ella—. Algo detrás de la pared martillea, como… si hundiesen los puños para salir.
El abogado Harlow, presa de un pánico ciego, intentó subir al trote pero tropezó. A su lado, de un resquicio a medio descubrir, surgió una ráfaga de aire tan helado que me sentí dentro de una tumba submarina. Yo mismo titubeé, sintiendo cómo la humedad me calaba hasta el centro del pecho.
Baz, detrás, susurraba algo mientras apretaba la hoja de los símbolos.
-Algo se desentierra cada ciclo… Ambrose nos trajo aquí por una razón. Necesitaba testigos, o sacrificios. No sé quién es quién.
Los golpes aumentaron tras la pared. Un hedor a algas podridas y cuerpos ahogados nos invadió. Cuthbert, de pronto lúcido, gritó:
-¡No mires! ¡No recen! ¡Es la llamada!
Tropecé con el borde de una tumba abierta y caí, justo cuando una fisura se abría entre las raíces del muro. Un dedo largo y oscuro, verdoso como las algas, se asomó, tanteando el aire como si buscara el rostro de un viejo amigo.
Mary-Louise gritó y se desmayó. Harlow forcejeó para impedir que una mano inmaterial lo arrastrase hacia el resquicio. Baz, entonces, arrojó la hoja con el símbolo sobre la grieta y comenzó a mascullar las palabras que había leído en el diario, palabras que no eran de ningún idioma humano ni terrestre.
El muro vibró, los símbolos cambiaron de matiz y, por un instante, sentí la presión del mar colándose entre nosotros. El dedo retrocedió, la fisura fue tapada por una secreción gelatinosa y el eco de una promesa rota llenó el aire. Todos nos desplomamos sobre las piedras húmedas, jadeantes y llenos de terror.
Pasaron minutos, u horas. Cuando logramos salir, la niebla sobre Arkham se había levantado. La mansión Fitzroy, vista a la distancia, era ahora solo una silueta agrietada y siniestra; los relojes ya no sonaban y ningún sirviente quedaba adentro.
Ambrose Fitzroy murió esa noche, según nos contaron los registros del médico del pueblo. Nosotros —Cuthbert, Mary-Louise, Baz, Harlow y yo— nunca volvimos a hablar de Bakani ni de los hombres del lodo. Pero toda lluvia de otoño, cada ráfaga húmeda, trae de vuelta el eco de aquellas palabras, el tacto frío de ese dedo de algas; recordatorio de que lo que está enterrado no siempre lo está lo suficiente, y que algunas familias, algunas ciudades, contienen horrores tan viejos como la tierra y el mar.
A veces, cuando cruzo el puente de Arkham y contemplo cómo la niebla se recoge entre los sauces y los pinos junto al lago Bakani, vuelvo a la biblioteca de la mansión Fitzroy y siento que, bajo las aguas inmóviles, una mirada inmortal y sin párpados observa. Hay cosas aún no vistas, promesas aún no pagadas… y el agua siempre reclama lo que le pertenece.
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