Portada del relato El ciclo de la Sangre Púrpura
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Fragmento:


El libro estaba en una mesa tosca, rodeado de mortajas oscuras y cenizas de incienso; el cuero de su encuadernación parecía una piel demasiado fina y el título grabado en letras esmeriladas rezumaba la avidez malsana de su dueño original. Maurice le habló en voz baja:

Duración: 09:29

El ciclo de la Sangre Púrpura
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Texto de ajuste de pausa.

El hombre avanzó, penetrando la humedad de la antigua biblioteca subterránea, cuyos muros exhalaban el olor corrompido de pergaminos encuadernados en pieles de siglos muertos. Lothar Freniere venía en busca de algo muy específico, un ejemplar del infame “De Vermis Mysteriis”, de Ludwig Prinn, cuyo nombre era invocado sólo en murmullos en ciertos círculos ocultos de Praga y Budapest. De naturaleza escéptica y curioso por la historia de los grimorios, Freniere era uno de los pocos académicos que aún creía en la existencia material del tomo más allá del mito —y, por una fortuna macabra, había sido contactado por un anticuario de Bruselas dispuesto a venderlo... si aceptaba ver el libro sólo por la noche, en su sótano y en absoluto secreto.

Recorrió la penumbra, siguiendo los pasos de Maurice Heijko, el anticuario, descendiendo escaleras húmedas cuyos peldaños crujían como si quisieran avisar a los muertos. Una lámpara de aceite arrojaba halos titubeantes contra estanterías carcomidas, resplandeciendo sobre tarros con extrañas sustancias que silabeaban nombres impronunciables. Freniere anotó mentalmente la disposición: siempre en espiral, los anaqueles convergiendo hacia una bóveda al fondo, justo donde descansaba el objeto de su deseo.

El libro estaba en una mesa tosca, rodeado de mortajas oscuras y cenizas de incienso; el cuero de su encuadernación parecía una piel demasiado fina y el título grabado en letras esmeriladas rezumaba la avidez malsana de su dueño original. Maurice le habló en voz baja:

—Deben ser sólo unos minutos. Ninguna lectura —sólo observación.

Freniere asintió, conteniendo la respiración. El temor era palpable, pero también lo era la certeza de que ante sí descansaba la rareza absoluta, el núcleo de todas las leyendas del horror. A cada instante, sentía algo más antiguo que el tiempo mismo custodiar la sala, apenas discernible en los ecos de las losas.

Pese a las instrucciones, su mano se extendió y rozó el umbral de la tapa. Sintió una vibración, fría y sorda, un leve retumbar en los cimientos de la casa, como si un gusano colosal se deslizara bajo la tierra. La mente de Freniere invocó, sin querer, pasajes dispersos de Prinn: “...donde el ciclo de la Sangre Púrpura no termina, sino que duerme, esperando ser despertado por la carne consciente de su herencia...”.

Un zumbido agudo llenó la habitación al momento que un viento invisible alzó las páginas, abriéndolas a la sección titulada “De Thapth’Nka et de Verme Siniestro”. Maurice susurró una blasfemia y trató de cerrar el libro, pero Freniere lo detuvo. Las palabras danzaron ante sus ojos, negro sobre rojo:

“Los hijos del Gusano beben de los sueños, y beben de la sangre, y esperan dormir bajo la tierra. Quien pronuncie el nombre en la Letanía de la Aurora púrpura, será signado para siempre y será partícipe del ciclo cuando la luna se oculte al cenit...”.

Freniere sintió un calambre en la base del cráneo, y de pronto, fue arrastrado por una visión. Bajo la tierra de Yore —un lugar olvidado donde las bóvedas de la antigüedad no conocían nombre ni lenguaje humano— serpenteaban túneles tallados no por herramientas, sino por la devoradora paciencia de algo vivo. Vio cortejos funerarios depositar cuerpos mutilados en la penumbra, y sombras vastas —gigantescos gusanos carentes de ojos, pero no de hambre— postrarse a los osarios en torno a un trono de huesos de bronce.

Despertó de golpe, sangrando por la nariz, jadeando. Maurice estaba pálido, con los párpados agitados por el terror.

—No debiste leer —musitó—. Nadie sale igual de aquí.

El anticuario llevó a Lothar por otra escalera, emergiendo en una noche súbitamente húmeda y helada. Negociaron un préstamo: Freniere podría consultar el libro por una semana, con la condición de no ausentarse excesivamente de la ciudad y, sobre todo, de no profanar sus hojas con la voz. Freniere apenas escuchaba, la mente zumbando con imágenes de reptiles imposibles excavando la tierra, de manuscritos vivos, y de un ciclo de sangre que no respetaba la razón.

***

La noche en su hotel fue insomne. Freniere celebró el pacto sellando el libro con un paño negro, pero no pudo evitar reproducir mentalmente la Letanía de la Aurora púrpura. Se preguntó qué podría significar: “...cuando la luna se oculte al cenit...” Era la luna nueva, esa misma semana.

Durante el día, intentó consultar el grimorio científicamente, anotando palabras clave, analizando los nombres de entidades: Sabath-Ka, el Gran Gusano, maestro de los ciclos; V’thana-Shugg, la Reina del Dolor Subterráneo; Thapth’Nka, la sabiduría viscosa. Cada nombre parecía desgarrar la tela misma de la realidad a su alrededor; escuchaba susurros entre las paredes incluso bajo la luz del mediodía.

Pero fue al anochecer del cuarto día, mientras la luna desaparecía, cuando sucedió. Le despertó un temblor, un eco subterráneo. Al principio pensó que era un tren, hasta que todo el edificio crujió y un hedor invernal ascendió de los cimientos. Se oyó un rumor espeso, como miles de cuerpos rozando arcilla.

El aire se volvió translúcido y la habitación pareció alargarse. Las páginas del libro goteaban una sustancia púrpura, y las palabras del ritual se formaron ante él, exigiendo ser pronunciadas. Una fuerza, fría y húmeda, presionaba sobre su garganta; la necrofilia del libro era innegable, y sentía a su alrededor la presencia de otros, invisibles entre el telón de la realidad: generaciones de poseedores anteriores, todos sumidos en el ciclo de la sangre.

Freniere trató de gritar, pero la lengua cayó insensible. Percibió, entonces, a la figura que tomaba forma en la esquina de la habitación: un hombre alto y flaco, vestido con ropas del siglo XVII; sus ojos eran de un violeta puro y líquido, y en el pecho parecía crecerle un apéndice segmentado. Era Ludwig Prinn, más integridad cadáver que espectro.

—¿Por qué viniste? —susurró la presencia—. ¿Deseas conocer lo que duerme bajo la tierra? ¿Quieres ser parte del ciclo? Lee la letanía y reclama tu sendero...

Freniere intentó rechazar la invitación, pero el libro se abrió por sí solo. La letanía, en su lengua original, brotó de sus labios con voz extraña. Sintió la carne de sus encías hincharse, y algo reptando desde adentro. La sangre se volvió fría y costrosa; las venas ardían con decenas de millones de picaduras.

El suelo del hotel cedió y cayó, descendiendo a una cripta jamás catalogada. Los muros relucían con el brillo laxo de la carne de los gusanos, y cientos de rostros —preservados en odio, terror y sumisión— se asomaban desde nichos orgánicos en la piedra. En el centro, el trono de hueso de Prinn, custodiado por una bestia del tamaño de una locomotora, formada de fragmentos de cadáveres humanos y lombrices ciclópeas.

Un círculo de encapuchados apareció, murmullando en una polifonía antinatural. Todos sostenían versiones corrompidas de “De Vermis Mysteriis”. Cada rostro era familiar; reconoció a Maurice, al portero del hotel y al propio Ludwig Prinn como espejo de su propio rostro. El ciclo se repetía y nunca moría.

Un azote de frío lo arrastró al centro del círculo.

—Ofrece tu sangre al Vermis —musitó Prinn.

Freniere sintió cómo su brazo era levantado y una aguja, fina como un cabello y viva como una serpiente, penetraba su muñeca. La sangre fluyó, de un púrpura imposible, y la criatura central se convulsionó, creciendo. En las paredes, las caras gritaron en silencio cuando los gusanos —ahora visibles— se deslizaron entre sus dientes y ojos.

***

La conciencia se hizo fragmentaria. El siguiente recuerdo: Freniere, de vuelta en la habitación del hotel, al alba. El libro ya no estaba. Sus ropas estaban limpias, pero había una cicatriz en forma de espiral en su muñeca. Nadie en el hotel parecía recordar nada: ni temblor, ni ruido, ni visitantes nocturnos. Maurice no respondió a sus llamadas; la tienda estaba abandonada, clausurada por décadas de polvo.

Intentó olvidarlo, pero el ciclo siguió. Noches de insomnio le traían la letanía en sueños; en el espejo, sus ojos parecían adquirir un matiz violeta. Descubrió picaduras de gusanos en la carne de su cintura, marcas que nunca terminaban de desaparecer. Lo más terrible era el previo a cada luna nueva: oyendo bajo el suelo los ecos de algo que avanzaba, esperando su invocación, y de vez en cuando, la visión de Prinn admirándolo desde el fondo de un túnel interminable, acompañado de los lectores precedentes.

***

Años pasaron. Freniere fue encontrado una madrugada de luna nueva, muerto en su estudio. No había signos de violencia, salvo el curioso detalle de la sangre —coagulada en un charco púrpura alrededor— y la boca abierta, como si algo hubiera salido reptando. De su escritorio faltaba el libro maldito, y la única anotación sobre el tomo rezaba: “La letanía se repite… el ciclo nunca cesa”.

En Bruselas, bajo una tienda clausurada, nuevas larvas despertaron y, arrastrándose hacia la superficie, buscaron corazones a los que adherirse.

Fin.

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