Portada del relato Las profundidades de Innsmouth
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Fragmento:


Pauline Marsh estaba despierta; miraba el ventanal empañado y esperaba, temblando bajo la colcha, a que pasara el rumor del mar. El lejano faro de Devil’s Reef se recortaba sobre la negrura total de la bahía, lanzando su luz mortecina en intervalos, pero la levísima inquietud de Pauline no era causada por la tormenta afuera, sino por los ruidos tenues que ascendían desde algún punto de la casa. Más que pasos: eran como arrastres, como aletas rozando madera barnizada.

Duración: 09:26

Las profundidades de Innsmouth
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Texto de ajuste de pausa.

Era la noche más fría que había sentido jamás en el cobertizo de los Marsh, y eso ya era decir mucho para alguien que había sobrevivido los interminables inviernos de Nueva Inglaterra. El olor a algas podridas llegaba desde las grietas del suelo de madera, mezclándose con el hedor a pescado seco y sal que impregnaba cada fibra de las cortinas y alfombras. Innsmouth nunca olía del todo bien, pero esa noche la pestilencia era aún más oscura, más húmeda... y más inquietante.

Pauline Marsh estaba despierta; miraba el ventanal empañado y esperaba, temblando bajo la colcha, a que pasara el rumor del mar. El lejano faro de Devil’s Reef se recortaba sobre la negrura total de la bahía, lanzando su luz mortecina en intervalos, pero la levísima inquietud de Pauline no era causada por la tormenta afuera, sino por los ruidos tenues que ascendían desde algún punto de la casa. Más que pasos: eran como arrastres, como aletas rozando madera barnizada.

Marc, el marido de Pauline, dormía profundamente. Había trabajado ese día con los mercantes hasta muy pasada la puesta de sol. Pauline no podía despertarlo aunque tuviera valor para hacerlo: sabía que su esposo detestaba oírla hablar de "cosas imposibles", incluso si esas cosas provenían de los susurros de los Marsh, los Gilman o los Waite. Durante años, le había prohibido acercarse al aletargado sótano lleno de barriles viejos. “Cosas de familia”, decía Marc; “asuntos de aguamiel y aguardiente ocultos de la ley”.

Pero Pauline había notado más que aguardiente en los rituales nocturnos. Desde el nacimiento de su hijo, Jacob, hacía nueve años, el murmullo nocturno se había hecho más persistente. Primero fue agua rezumando del sótano seco, luego la presencia de extraños figuras cruzando corriendo los campos anegados junto al río, y por último, lo que más la había repelido: la sensación, durante las mareas altas, de una mirada constreñida, indeciblemente antigua, que la observaba desde las profundidades de la ciénaga tras la casa.

Esa noche, por fin, se levantó. Apenas sentía sus pasos, pues el temor era mayor que el frío. El corazón se le apretó cuando la tabla del tercer peldaño crujió bajo su peso. Se encamino hacia la puerta del sótano, desde donde provenía el murmullo. El pomo estaba húmedo y frío. Se armó de valor, giró y descendió los escalones a oscuras, sólo iluminada por la luna que penetraba una sucia ventanilla junto al montón de barriles. El sonido era más definido. Era una suerte de cántico, palabra tras palabra en una lengua que no era del todo humana. Pauline asoció el sonido con cuchicheos al oído, como si el propio mar hubiera nacido para deletrear sinsentidos y promesas.

El aire denso olía a marisma, peor incluso que afuera. Avanzó esquivando varios charcos recién formados; en el centro del lugar, vio brillar algo: una especie de disco de oro, repujado en jeroglíficos extravagantes, con restos de limo adheridos. El objeto palpitaba al tacto. Pauline retrocedió dolorosamente. La inscripción parecía moverse, revolverse. Entonces escuchó, resonando en su interior, la palabra “Dagon”.

Después, se prendieron las lámparas de forma repentina. Pauline parpadeó y vio frente a ella, en un semicírculo perfecto, a doce hombres y mujeres encapuchados, con el mismo disco dorado sujeto cada uno al cuello por una cuerda vieja y negra. Entre ellos, reconoció los rasgos de su cuñada, la extrañeza de su primo Elijah, incluso la imperturbable señora Gilman, que le dirigió algo parecido a una sonrisa.

“No hemos de temer a la carne ni a la sangre, sino aquello que mora en las aguas profundas”, susurró Elijah, dando un paso hacia ella. Los demás replicaron al unísono, “Iä! Dagon!”, y el sótano vibró con una presencia nueva. Pauline estaba petrificada.

La señora Gilman le hizo una seña señalando el disco dorado en el centro. “Debes aceptarlo, Pauline. Eres una Marsh, no puedes resistirte al llamado. El ciclo se renueva para ti y los tuyos”.

La madre de Jacob se debatió entre el espanto y el repudio. Trató de volver por donde vino, pero los rostros encapuchados formaban un muro firme: la piel de algunos era algo verdosa, los labios aquosos, y sus miradas, profundamente inhumanas. Una repentina mueca abrió la boca de la señora Gilman hasta límites antinaturales. Sus dientes eran serrados.

“Se hacían llamar el Culto Esotérico de Dagon”, balbuceó. “Pensaba que era una historia para asustar niños…”

“Es la sangre la que llama”, contestó Elijah, “No la superstición”.

Una salmodia subió en intensidad. Pauline sintió como si toda la casa vibrara bajo sus pies. Repentinamente, el suelo tembló y un chorro de agua sucia emergió del centro, empapando a todos menos a ella. Atónita, Pauline vio cómo los encapuchados la rodeaban, mientras la imagen del disco dorado ardía en su mente: un hombre y una criatura híbrida surgiendo del abismo, una unión milenaria grabada en metal que ahora parecía más un recordatorio que un adorno.

En medio de la ceremonia, un niño bajó las escaleras, casi a la carrera: Jacob, con la expresión ausente y febril. Sus cabellos oscuros le caían sobre la frente, los ojos dilatados y húmedos por el sueño o, quizás, por algo peor.

“¿Mamá?”, preguntó el pequeño. Pero su voz sonó diferente, hueca, profunda.

El círculo de adultos se relajó, como si su aparición fuera justo a lo que aspiraban. Pauline, en un grito desesperado, trató de apartar a su hijo, pero una fuerza invisible la detuvo. Sus brazos pesaban como plomo, y en la boca percibió el sabor del salitre.

Jacob avanzó hasta el centro y se arrodilló ante el disco dorado. Su piel comenzó a cambiar: la plata de la luna lo bañó mientras los poros se abrieron en una red inquietante de branquias diminutas. Sus miembros se retorcieron, y sus dedos se agrandaron, membranándose. El niño murmuró palabras inidentificables, y las figuras encapuchadas se balancearon en éxtasis.

El agua subió aún más y el disco dorado brilló con una luz azulada, fosforescente.

Entonces, una sombra se alzó del charco central. Era algo gigantesco, empapado en limo, de ojos globosos y fijos, y una boca en la que los dientes semejaban filos de coral. Los tentáculos que salían de su costado batían el aire, y su presencia llenó de terror y reverencia a todos. Pauline supo, antes de que la conciencia la abandonara, que no era un engaño de su mente: Dagon había venido.

Lo siguiente que recuerda son fragmentos revueltos: agua sofocando sus pulmones, sus propios brazos convulsionándose y una voz grave, prehumana, susurrando promesas de eternidad y desposorio en la abisal oscuridad. El breve destello de la luna moribunda fue devorado por la figura monstruosa, mientras Jacob, convertido, ascendía junto a un séquito de seres deformes de ojos acuosos: los hijos predilectos de Dagon y Madre Hydra.

Volvió en sí mucho después, hallándose tendida en la playa cubierta de algas, completamente empapada, la boca llena de lodo salino, tan cerca de Devil’s Reef que el chillido de las gaviotas no era capaz de ahuyentar el profundo y grave murmullo de las olas. La marea había dejado tras de sí un reguero de huellas viscosas que se hundían en el mar.

Innsmouth no era un pueblo cualquiera, pero ahora Pauline lo sabía con una convicción absoluta: el culto vivía, latía fuerte y le había arrancado algo mucho más valioso que la cordura. Le había robado a Jacob.

Cuando consiguió arrastrarse hasta la casa, no halló rastro de los Marsh, ni de los otros. Todo estaba en silencio. Durante días vagó, aturdida, por las habitaciones húmedas y el sótano vacío. Pero cada noche, justo antes del alba, un murmullo salía del acantilado en Reef Point, y la llamada de la sangre vibraba a través de la bruma: “Vuelve”.

Soñaba con el abismo y con su hijo, que nadaba en las simas marinas, jugando entre corales eternamente oscuros. Y en esos sueños, a veces, ella misma nadaba, deprendiéndose de su humanidad, de su miedo, de su vida seca y débil. Nadaba y reía bajo la mirada fría y luminosa de Dagon, el monarca de su nueva sangre, su nuevo dios... y su única familia.

En Innsmouth, nadie preguntó jamás por ella, ni por Jacob. La bruma marina cubrió sus pasos, y el culto, eterno, aguardó una vez más la marea alta, cuando los hijos del abismo caminarían en tierra entre los hombres, y las puertas de la realidad serían abiertas por los que sueñan con ojos de pez y corazones de agua salada.

—Acércate, viajero —susurran aún a ciertos forasteros en las noches incompletas de Innsmouth—. Escucha la voz del mar bajo la marea. Hay secretos que no deben ser conocidos, y otros que terminarás aprendiendo... cuando la sangre llame.

Por mucho tiempo, en cada marea nueva, el sonido profundo de cánticos y promesas se mezcla con el rugido del faro. Si alguna vez pasas por el viejo cobertizo de los Marsh y sientes una extraña humedad aferrándose a tus tobillos, será mejor que corras antes de que anochezca. O que reces un nombre que los dioses olvidados odian o temen pronunciar: Dagon. Porque en estas costas, la noche y el océano poseen una profundidad y una memoria que ningún hombre prudente querría sondear.

A menos, claro, que tu sangre esté destinada a las aguas.

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