Deja que el lector sea advertido: este manuscrito, garabateado con manos temblorosas y sellado en un sobre mugriento hallado entre los escombros de una buhardilla olvidada en Arkham, es testimonio de horrores tan reales como repulsivos. Lo relato no...
El invierno suizo había roto su gélida lanza contra los muros del viejo monasterio donde yo, Léonard Duvivier, me hallaba confinado por cuestiones de estudio. Había venido hasta Vevey —una ciudad pequeña a la orilla del lago Léman— en pos ...
Las lluvias comenzaban ya a azotar Innsmouth con el monótono ritmo que acompaña los meses más inclementes, mezclando el salitre trasnochado de las olas con el hedor inconfundible de una anciana podredumbre que se negaba a morir. Aquella noche, la...
Fue durante un otoño precoz, allá por 1921, cuando el profesor Adalbert Clive regresó a Kingsport para esclarecer la ruina repentina de un linaje que, hasta entonces, parecía haber resistido incólume el peso ominoso de los siglos. El clima de l...
La niebla que esa noche abrazaba el puerto de Kingsport tenía la textura de una tela marchita y malsana, como si hubiera sido tejida por criaturas que aborrecían el día y la pureza. Faroles mortecinos oscilaban sobre el muelle, más como antorcha...
Debo advertir —y aún en la penumbra de esta buhardilla mis dedos tiemblan cuando apenas esbozo el registro de los hechos— que no soy un hombre propenso a supersticiones primitivas, ni a las habladurías que confortan a los incautos en las noche...
La mansión de los Fenwick se alzaba retorcida al final de la avenida, su silueta mortecina apenas recortándose contra el cielo plúmbeo de Arkham. Los inviernos eran largos y desolados en esa región maldita de Nueva Inglaterra, pero jamás lo fue...
Había aprendido, en mis años de estudios solitarios y prohibidos, que el Universo no es, ni ha sido nunca, un compendio de leyes permanentes y comprensibles, sino una llanura tumultuosa bajo la débil tela de la razón humana. Ignoraba los peligro...
No es extraño en las comarcas humildes de Nueva Inglaterra que la noche adquiera una curiosa densidad, una pesadez etérea que parece agazaparse sobre los tejados mal trechos. Sin embargo, jamás aprendí a temer de modo tan visceral a la oscuridad...
Bien pude creer durante buena parte de mi existencia —tibia, acotada, revestida de la racionalidad típica de los studiosos de las ciencias— que la razón bastaba como muralla entre el alma y el ululante abismo que acecha fuera del velo de lo co...
Era una noche sin luna cuando regresé a Kingsport, una de esas noches en las que el viento marino sopla sigiloso y los viejos pescadores se apresuran a echar doble pestillo a sus puertas desvencijadas. Habían pasado veinte años desde la última v...
La noche en la que Gresham Benton llegó a Yuggoth, el planeta se elevaba sobre su eje de hielo, proyectando sombras agónicas sobre las ciudades hinchadas de los Mi-Go. Eran pozos recovecudos y húmedos, en cuya negrura la lógica humana naufragaba...
Una neblina pertinaz, la niebla de la desolación, cayó sobre Arkham la noche que los sueños de Enoch Masterton mutaron en pesadillas de infinita y ciega desesperación. Dicen los ancianos—¡ay, cuán poca sabiduría hay en susurros ancianos!—...
En el anochecer de un septiembre tardío, cuando el viento aullaba tras los cristales de mi despacho decadente, recibí una carta sellada con cera carmesí al modo arcaico, dirigida en una caligrafía nerviosa cuyo trazo parecía temblar bajo una ur...
La luna de septiembre colgaba como un ojo blanco y fofo sobre el umbral del bosque de Blackheath, inyectando al camino polvoriento un fulgor azul de otro mundo. Stuart Travers avanzaba por la senda, con los faros de su camioneta a su espalda, tragad...
La tempestad golpeaba implacable la desolada costa antarctica, zarandeando el barco como si el propio mar abrigase en su seno una furia desconocida, inhumana. El hielo resquebrajado crujía ominosamente, y al fondo, más allá del velo grisáceo de ...
V
Vivimos en la brumosa periferia de Grayfield, donde el lago Mordant se expande como un enorme cuenco de mercurio bajo los cielos sempiternamente grises de Arkham. Soy Nathaniel Byers y, en la franca penumbra de mi vejez, temo relatar las ocurre...
Una tempestad ahogaba Arkham, y la lluvia flagelaba los abordes de la Universidad de Miskatonic mientras el cielo, cubierto de nubes negras, sólo enviaba destellos esporádicos de un relámpago verdoso, cuya luz pesaba en el aire como una maldició...
La tormenta no anunciada desató su furia sobre el pontón de acero del Kaithem, una nave de recolección científica que ya llevaba semanas navegando en torno a las coordenadas prohibidas del Pacífico Sur. Los cielos se habían oscurecido súbitam...
Mi queridísimo Edward,
Espero que estas líneas, pese al temblor inequívoco de mi caligrafía y la brusca inclinación de mi pluma, sean tan nítidas como la voz agorera que susurra ahora en mis sienes. He demorado cuanto he podido en confiar a a...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...