Portada del relato El huésped sin reflejo
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Fragmento:


“¿Ha habido algún cambio en tu casa, Marta? ¿Alguna instalación reciente? ¿Has notado algo raro últimamente? A veces las mudanzas o remodelaciones pueden traer...”, su jefa musitó con vacilación, gesticulando con la mano como si apartara humo invisible.

Duración: 10:49

El huésped sin reflejo
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Texto de ajuste de pausa.

La alarma del teléfono sonó a las 02:49 a.m., cortando el denso silencio como un bisturí hundido en carne dormida. Marta ni siquiera recordaba haber configurado la alarma. Ofuscada de sueño, intentó detenerla y resbaló el aparato con el pulgar hacia la derecha, en un gesto automático aprendido a fuerza de tantas madrugadas. Cuando logró que el apartamento se sumergiera, por fin, de nuevo en la oscuridad y el silencio, fue entonces cuando notó que no estaba sola.

El leve crujido de madera cedía bajo un peso que claramente no era suyo. El tiempo parecía haberse detenido. Apurada por la inquietud, se sentó y dejó que su vista recorriera las tinieblas salpicadas por la luz azulina del router en el pasillo. Algo no cuadraba. El reloj marcaba una hora diferente: 03:25. Había perdido casi cuarenta minutos en un pestañeo.

A su lado, la pantalla del televisor se encendió sola, sin sonido. Una imagen difusa, en blanco y negro, comenzó a formarse. Marta se acercó, descalza, sintiendo el frío del suelo filtrarse por los huesos. En la pantalla, apenas iluminando el salón tras ella, una figura de espaldas se dibujaba, con lentitud agonizante, girando la cabeza que nunca permitía ver el rosto. El zumbido débil del televisor se volvió agudo, como un grito reprimido. Marta retrocedió, pulsando el botón de apagado, pero el aparato se mantuvo encendido, mostrando una imagen cada vez más nítida.

La figura en la televisión permaneció allí, de pie, su silueta ergida y rígida como una columna de cenizas. Marta intentó ir al baño, encender alguna luz, comprobar si estaba soñando, pero cada interruptor vacilaba, encendiendo y apagando bombillas erráticas y nerviosas. En la esquina de la pantalla, las palabras “detrás de ti” parpadearon en texto blanco.

Su respiración se volvió dificultosa. Miró atrás, hacia el corredor, pero solo halló la misma penumbra trémula. El televisor, por fin, se apagó con un súbito chasquido; en la negrura reflejó, durante un parpadeo, un rostro que no era el suyo, tras su hombro.

***

Durante la mañana siguiente, el mal recuerdo del insomnio y la imagen fantasmagórica parecían disolverse bajo el vapor de la ducha. Se repitió a sí misma que había sido una pesadilla, incluso si la televisión realmente estaba desenchufada y aún así se encendió de nuevo.

Al salir al trabajo, caminó por la Avenida Tierno hasta la cafetería, notando que la gente parecía especialmente hosca. Una niña pequeña le señaló y su madre la alejó, murmurando disculpas a Marta, como si portara una enfermedad visible. El barista del café, Pablo, evitó su mirada.

Ya en la oficina, notó que las cosas no funcionaban del todo bien. Los ordenadores se apagaban y encendían, los monitores mostraban fragmentos de imágenes: rostros difusos, figuras de espaldas. A media mañana, su jefa la llamó: “Marta, ¿estás bien? Parece como si no hubieras dormido y...”. No terminó la frase. Sus ojos examinaban el reflejo de Marta en la pantalla apagada de un portátil. “Nunca te vi tan pálida—tan...”

Las palabras colgaban, inacabadas, mientras la pantalla negra mostraba un destello: Marta de pie, tras Marta.

“¿Ha habido algún cambio en tu casa, Marta? ¿Alguna instalación reciente? ¿Has notado algo raro últimamente? A veces las mudanzas o remodelaciones pueden traer...”, su jefa musitó con vacilación, gesticulando con la mano como si apartara humo invisible.

Esa noche, de regreso a casa, Marta sintió la tensión filosa de la paranoia. En cada cristal, el reflejo parecía ir un microsegundo por detrás. Sentía que la imitaban, no la reflejaban. En el pasillo de su edificio, las cámaras de seguridad parpadearon. Subió los siete peldaños, como siempre; pero al mirar atrás, juraría haber visto a alguien —a sí misma— en el descanso del tercer piso, observándola desde lo alto.

Forzó la cerradura, tumbó su bolso y fue directo al baño. El espejo frontal devolvió su imagen solo tras varios segundos. La Marta reflejada sonreía apenas medio segundo después que la real y su sonrisa era demasiado tensa, demasiado inmóvil. Se obligó a salir, a preparar la cena, ignorando el zumbido eléctrico apenas audible. Se sentía observada no desde dentro, sino desde los objetos —la negra pantalla del microondas, la helada puerta de la nevera, el marco del espejo del recibidor.

Y entonces sonó el teléfono fijo. Nadie llamaba nunca a esa línea desde hacía años. Lo descolgó.

—Hola.

Primero solo estática, un burbujeo agudo. Luego, palabras entrecortadas: “No te... das... cuenta... te está... mirando...”

Colgó, temblando, y notó el vaho sobre el cristal de la puerta del salón: una huella de mano. La borró. Cuando volvió a mirar, había dos huellas, más pequeñas, a la altura de lo que sería la cabeza de un niño. El corazón le taladraba las costillas, pero no podía moverse ya; estaba congelada.

Horas pasaron en una existencia suspendida, solo atenta a los reflejos y los murmullos. Se sentó frente a la televisión apagada, viendo cómo su reflejo se duplicaba una y otra vez, multiplicándose entre el cristal y el oscuro cerco del mueble.

***

La siguiente noche, Marta decidió grabar su sueño. Colocó el móvil en modo vídeo, apuntando hacia la cama. Necesitaba pruebas, necesitaba saber si, de algún modo, estaba perdiendo la razón.

Soñó con corredores infinitos, donde su reflejo la precedía, distorsionando cada vez más el gesto, hasta que se volvió irreconocible, monstruoso, hambriento. Despertó jadeando y, de inmediato, revisó la grabación.

En el vídeo, la silueta de Marta dormida flotaba indefensa sobre la cama. Durante varios minutos, nada sucedió. Pero, cerca de las 03:15 a.m., la sombra de una figura de pie, en el extremo del cuarto, se delineó como surgida de la nada, aguardando, sin rostro. El móvil tembló levemente en la mesa. Luego, un movimiento: la cabeza de la figura giraba con letal lentitud, simplemente mirándola. Los píxeles parecían apagarse a su paso, oscureciendo la habitación. En el último minuto, otra Marta, idéntica a la real, se sentó en el borde de la cama, de espaldas a la cámara, mientras la verdadera Marta dormía aún. Esa segunda Marta volteaba a la cámara, los ojos apenas manchas oscuras. Entonces, la grabación terminaba; el móvil había dejado de grabar por sí solo.

El terror era un bloque sólido en su garganta. No podía acudir a nadie, no había pruebas “tangibles” más allá de los videos crípticos, las imágenes borrosas en los espejos, los reflejos que no coincidían del todo y las llamadas de voz distorsionada que solo decían su nombre, cada noche, cada madrugada.

Desesperada, buscó ayuda en foros paranormales, en grupos de apoyo online. Encontró relatos similares: “imágenes en pantallas negras”, “reflejos que no obedecen”, “dobles que toman vida”, pero siempre con finales inconclusos, publicaciones truncadas, usuarios que desaparecían sin poder dar detalles finales.

Decidió dormir una noche con todas las luces encendidas y sin ningún objeto reflectante a la vista. Redujo la estancia a mínimos, tirando toallas sobre los cristales, cubriendo la televisión, incluso el reloj del microondas. Se acomodó en la cama, abrazada por la luz amarilla de una lámpara. Pero a las 03:02 a.m., la bombilla se fundió, dejando la estancia en penumbras. El zumbido volvió, más fuerte, y supo, con una certeza arcaica, que ya estaba dentro. Ya no fuera, no acechante: dentro.

El colchón vibró suavemente. Marta no se atrevió a moverse. Del otro lado, la sabana crujió y una mano acarició su mejilla. Una textura fría y dura, como vidrio pulido, delineó su rostro. Cerró los ojos. Sólo se atrevió a abrirlos cuando la luz del amanecer penetró, débil, por la ventana.

***

Poco a poco, perdió contacto con la idea de sí misma. No distinguía si era ella o su reflejo quien se levantaba a preparar café, quien respondía emails que no recordaba haber escrito, quien sonreía en los Zooms con voz disfrazada. Su reflejo parecía ganar autonomía. Era el reflejo quien empezaba la rutina, el reflejo quien la miraba con compasión furtiva a través del monitor, el reflejo quien salía al pasillo antes que ella.

Las notificaciones del teléfono se multiplicaban: fotos en las que aparecía en lugares donde no había estado, videos donde respondía a gente que no recordaba. Sus compañeros mencionaban llamadas y mails de ella cargados de palabras extrañas, respuestas fuera de tono; nadie la confrontaba, pero los cuchicheos y evasivas aumentaban.

El mundo digital se rebeló por completo. Las webcams la grababan sin su permiso, el Siri del móvil respondía en tercera persona, las redes sociales mostraban directos de una “Marta” sonriente y ágil, bailando, mientras ella misma estaba en pijama, aterrorizada en otra habitación.

Y una tarde, al llegar a casa, la puerta estaba entreabierta. Dentro, todo estaba igual... salvo por una figura de espaldas, sentada en el sofá, mirando la televisión apagada. Marta dio un paso adelante y la figura replicó el movimiento. Dos, tres pasos, y el eco perfecto, como en un teatro de espejos. Se miraron al mismo tiempo, cara a cara, y comprendió que el reverso había tomado posesión del mundo tangible.

Su otra-yo sonrió, en una mueca que no era humana, y extendió la mano hacia ella. La carne de Marta vibró, sintió el paso del otro lado —ese reverso frío y antiguo que medra en las grietas entre los objetos y las repeticiones de la rutina— invadiéndola.

Intentó gritar, pero ninguna voz acudió. En su última mirada, vio que su reflejo, su usurpadora, caminaba ahora dentro de su piel, reía con su boca, usaba su ropa. Desde el fondo de la pantalla del televisor, Marta vio moverse a la nueva Marta por la habitación: ahora ella era solo una sombra parpadeando tras el vidrio, atrapada en la televisión, condenada a repetir eternamente los movimientos de una vida que ya no era suya.

Y en algún apartamento anónimo, en cada teléfono encendido sin razón, en cada cristal pulido y rincón de pantalla negra, un reflejo más aguardaba, hambriento, a que lo miraras demasiado tiempo.

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