Portada del relato La casa del último resplandor
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Fragmento:


⁣⁣La invitación me llegó una mañana de octubre. Todavía tengo la tarjeta: un trozo de cartulina gruesa, tinta burdeos. Mi nombre, REINALDO VIVES, y una dirección del casco histórico. Al reverso, dos líneas en seda: “Rogaríamos no traiga compañía. Se reserva el derecho de admisión. Experiencia para adultos.” El remitente, solo iniciales mayúsculas: "M.L.". En aquel momento no pensé demasiado en ello. No sabía que un viejo conocido de la facultad, Matías Llorens, andaba curando viejas heridas invitando a los que alguna vez, según él, le infligimos alguna.

Duración: 10:31

La casa del último resplandor
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

⁣⁣

Siempre he sostenido que nuestros mayores horrores son co-creados. Ni los demonios primigenios de la mitología, ni las modernas amenazas de bisturí y farmacia, ni el húmedo y palpitante infierno de la psique humana existen sin cierto consentimiento. Solo los adultos, con su inteligencia, su ignorancia voluntaria, su costumbre de mirar al vacío y guiñar el ojo, son capaces de modelar el terror más duradero. Esto lo aprendí a la fuerza, aquella noche en la ciudad vieja, bajo la nieve, en compañía de Mariana.

⁣⁣La invitación me llegó una mañana de octubre. Todavía tengo la tarjeta: un trozo de cartulina gruesa, tinta burdeos. Mi nombre, REINALDO VIVES, y una dirección del casco histórico. Al reverso, dos líneas en seda: “Rogaríamos no traiga compañía. Se reserva el derecho de admisión. Experiencia para adultos.” El remitente, solo iniciales mayúsculas: "M.L.". En aquel momento no pensé demasiado en ello. No sabía que un viejo conocido de la facultad, Matías Llorens, andaba curando viejas heridas invitando a los que alguna vez, según él, le infligimos alguna.

⁣⁣Aquella tarde de viernes bajé de un taxi frente a un palacio reformado del siglo XIX. Ladrillo y piedra gris húmeda bajo farolas oscilantes. Mariana, puntual, me esperaba junto al portón de hierro, los cabellos trenzados bajo un gorro morado, envuelta en ese abrigo verde que parecía una alusión robada al invierno ruso. “Sentí curiosidad”, confesó, con risa nerviosa, “la invitación prometía emociones fuertes.” Ella también había recibido la cartulina. Caminamos hasta la puerta abrazándonos contra el frío; un portero de rostro inexpresivo estudió nuestras invitaciones, ladeó la cabeza y franqueó el paso tras comprobar nuestros nombres en una lista.

El vestíbulo era elegante: terciopelo granate, espejos mate y candiles, ecos de música casi inaudible. Otras figuras, vestidas con sobria elegancia, charlaban en murmullos, sujetando copas de vino. La mayoría no parecían realmente saber qué hacían allí. Los anfitriones, figuras en negro con antifaces blancos, nos guiaron hacia una sala donde nos aguardaban sillas tapizadas formando un óvalo. No tardé en ver a Matías, el hombre de las iniciales: estaba sentado a un extremo, infartantemente delgado, pálido, hijo de alguna fiebre interminable. Su sonrisa era una encrucijada.

Cuando todos los asistentes ocuparon sus asientos —unos veinte en total—, Matías se levantó. Nos habló de la experiencia que íbamos a presenciar, una “inmersión sensorial” en la que, advertía, “cada uno revelaría sin querer algo de sí mismo”. Evité mirar a Mariana. Hay cosas que, a los treinta y tantos, uno prefiere no compartir ni con quienes duermen a su lado. Matías sonrió, cortó la luz y nos quedamos casi a oscuras, apenas una lámpara roja iluminando su perfil en la cabecera.

“El juego —dijo Matías— comienza ahora. Es muy sencillo. Deben seguir las instrucciones que escucharán en sus auriculares. Nadie puede abandonar la sala hasta el final.” Un ayudante repartió auriculares negros a cada participante. Mariana y yo nos miramos, un pacto tácito de continuar: cualquier cosa sería mejor que ser los únicos en abandonar. El audio comenzó: al principio, una voz grave y distorsionada nos pidió cerrar los ojos, respirar profundo y concentrar la mente. Sintonicé con dificultad, ya sintiendo las primeras punzadas de incomodidad; las luces, fuera del círculo, parecían latir.

La voz empezó el relato. Al principio, nada fuera de lo común: una historia ambientada en una mansión, huéspedes reunidos para jugar un juego de revelaciones. La ficción imitaba el escenario, la habitación, el número de personas. De vez en cuando, la voz preguntaba: “¿Estás escuchando solo? ¿O hay alguien más dentro?”. Nos reíamos por debajo, en silencio, pero al poco las risas se volvieron murmullos incómodos. La voz decía cosas que recordaban conversaciones privadas, fragmentos que juraría solo Mariana y yo sabíamos. Miré, pero ella mantenía los ojos cerrados y el gesto crispado.

De pronto, la música de fondo en los auriculares cesó, y una ráfaga de viento frío recorrió la estancia. Por un instante pensé que era otra ilusión bien lograda, pero el vaho que escapaba de nuestras bocas delataba lo contrario. La voz en los auriculares repitió: “¿Estás a solas? ¿Seguro?”. Quise quitarme los auriculares, y descubrí que no podía: una especie de pegamento invisible los mantenía fijos. Los otros parecían igual de inquietos. Mariana apretó mi mano, y sentí que temblaba.

La narración cambió. Ahora, la voz describía cómo cada uno sentía una presencia a su espalda, y que de alguna manera, esa entidad conocía sus recuerdos más dolorosos. Y entonces, con un tono impersonal, la voz comenzó a relatar secretos muy personales de los asistentes: un aborto, una infidelidad, un deseo homicida nunca confesado. Uno a uno, los participantes reaccionaban con espasmos, sollozos, gritos. Algunos chillaban “¡basta!”, pero nada detenía la narración. Mariana apretó más fuerte mi mano, su respiración se aceleraba.

Entonces la luz roja explotó con un chasquido, sumiéndonos en una oscuridad total. El frío arreció. A mi lado, alguien vomitó. Intenté arrancarme los auriculares, pero sólo logré arañarme las mejillas. La voz, ahora multiplicada, repetía carnicerías de palabras, ordenándome recordar la noche más solitaria de mi infancia, el pánico en la habitación de mi primera esposa, la sombra tras la cortina aquella noche que juré ignorar. Era imposible que supieran esas cosas. Sentí el peso de una mano, gélida y huesuda, en mi hombro. Mariana gritó y creí que iba a ahogarme del susto.

De la nada, un haz de luz azul cruzó la sala, revelando sombras flácidas y deformes, suspendidas justo detrás de cada uno. Algunas chillaban por lo bajo. Supe, con certeza, que si me volvía para mirar la mía directamente, perdería algo irrecuperable. Mariana lloraba, encogida, apretando mi brazo como si quisiera dislocarlo. Alguien se levantó y corrió hacia la puerta, topándose con la pared. Chilló como un animal herido.

Matías, en algún lugar, comenzó a sollozar. La voz en los auriculares recitó otra lista de crímenes y traiciones, hasta que sentí que algo cálido me manaba de la nariz. Solo entonces me di cuenta de que sangraba. Mariana también sangraba, lo noté en el ardor de su contacto. Traté de hablar, pero sólo salió un hilo de voz.

Y entonces, el silencio. El frío se volvió densidad sólida; el aire, sólido como un lago de sal. Algo reptó por la sala. Una sombra se descolgó de mi propio cuerpo, y sentí que los demás también eran hollados por espectros exhumados de sus momentos más turbios. Fue entonces cuando la voz, nítida, pronunció mi nombre en un tono que solo mi madre había usado para llamarme cuando niño, en mis pesadillas más antiguas. Me vi a mí mismo, enterrando un recuerdo en la memoria, repitiendo que “nada de esto volverá jamás”, aunque jamás hubiera parado realmente.

Grotescamente, todos los asistentes —menos Mariana y yo— comenzaron a desmayarse uno a uno, murmurando las confesiones que la voz les obligaba a revivir. Solo quedábamos nosotros, abrazados y sangrando, enfrentando lo innombrable en la penumbra densa. Algo arrastraba los cuerpos, leve, en la penumbra; tal vez sólo nuestra imaginación, o el sonido, o las sombras andantes.

Mariana quiso susurrar algo; noté la forma húmeda de las palabras en mi oreja: “Nos llaman, Reinaldo. Nos han visto. No pares nunca de mirarme”. Supe que si desviaba la vista, si cedía, aquello que acechaba tras nuestros asientos encontraría el modo de entrar no ya en la sala, sino en nuestros huesos, en la parte blanda de la memoria donde florecen los terrores adultos.

En algún punto incierto, la luz azul titiló y la sala volvió a iluminarse, precaria y falsa. El resto de los asistentes yacía repartido en el suelo, cubiertos de sudor o sangre, en posturas de agotamiento. Los anfitriones en antifaz recogían los auriculares, ya sueltos como si nunca hubieran estado pegados. Mariana y yo nos abrazamos, temblorosos, y caminamos a tientas hacia la puerta. Matías nos detuvo, la cara bañada en lágrimas, los ojos abiertos como dos luciérnagas en un pozo seco.

“No lo toméis como algo personal”, murmuró. “Es una cuestión de experiencia. Nunca lo entenderías si no lo vives”. Le pregunté qué diablos había sido todo eso, si se trataba de una broma vil, una hipnosis colectiva, un truco de sonoridad… “Cada adulto vive su propio miedo”, musitó Matías, “pero hay cosas que solo pueden visitarnos cuando ya no somos niños. Lo importante es saber si todavía quieres ver, o solo sobrevivir”.

Salimos a la calle, la nieve caía impoluta sobre los tejados. Volvimos a casa en silencio. No hablamos nunca más de aquella experiencia, aunque algunos días encuentro a Mariana en la penumbra del dormitorio, con la mirada clavada en las esquinas, respirando como quien espera que una sombra decida si pertenece al mundo de los vivos o de los recuerdos. El miedo, como el amor, es de quienes están dispuestos a admitir que siempre hay alguien más en la habitación. La experiencia no terminó en la sala de Matías; sencillamente encontró morada en nuestro silencio.

Quizá todos los terrores de la adultez se esconden en ese tipo de habitaciones —doradas, elegantes—, donde fingimos que nada nos alcanza, donde cerramos los ojos lo suficiente como para no ver quién está realmente detrás y al mismo tiempo, rezamos en secreto para que no se atreva nunca a pasar la línea. Porque lo terrible de crecer no es que los monstruos regresen, sino comprobar de cuántas formas distintas continúan acompañándonos.

Y aunque hoy puedo enumerar y racionalizar cada efecto y cada palabra de aquella noche, sé con certeza que falta una presencia cada vez que apago la luz. Mariana, menos dada a la introspección, prefiere el silencio. Pero nuestras miradas en la oscuridad, la presión de su mano helada algunas madrugadas, me recuerda incesantemente que, como en la experiencia de Matías, todos los adultos asistimos aún, noche tras noche, a la misma ceremonia: la de sobrevivir, aunque nada nos garantice que estemos —de verdad— solos.

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