Fragmento:
“Bienvenidos al banquete de revelación. Aquí, bajo estos maderos carcomidos, mientras la ciudad duerme y la realidad no mira, honraremos a Quien se oculta tras las membranas del sueño. Su presencia palpita en las notas de la discordia, en el caos que a veces os araña el borde de la razón durante el sueño; Su nombre, ah… es inefable, pero es nuestro deleite convocarlo y compartir su mirada, mientras Él duerme y su mirada sin mirar lo fecunda todo.” Se rió, un sonido que parecía nacido de una garganta doble.
Duración: 10:34
Aún recuerdo el crujir de las tablas bajo mis botas mientras descendía por la escalera caracol, los pasos amortiguados por el polvo secular que cubría el aire —y el alma— de la mansión Aymar. Era temprano, antes del alba, cuando el chillido de una lechuza y el rumor supurante de la lluvia se mezclaban con el hedor a humedad y cosas secretas que subían desde las criptas. A todo esto me había arrastrado un encargo, una extraña reunión aceptada por juego primero, por curiosidad después y por espanto finalmente: la invitación a un banquete cuyo menú no figuraba en el mundo de la carne ni en la imaginación de los cuerdos.
La invitación llegó con la primavera, pues los heraldos de los Antiguos siempre escogen entre la putrefacción y el renacimiento. Un sobre negro, carta escrita en un castellano antiguo y formal, perfumada con algo a la vez floral y cadavérico, hablaba de una celebración “de lo que acecha entre las esferas” y prometía “placeres superiores a los de la carne, Él mismo mediante”. Bastaba con presentarse a medianoche en la vieja mansión de la Plaza de los Acantos, y la misiva remataba con un símbolo que evocaba cruces retorcidas adornadas con ojos.
Nunca he sido supersticioso, pero la promesa y la curiosidad me vencieron; y así, a la medianoche exacta, golpeé la puerta que parecía un eco petrificado de siglos, sintiendo que cada tablón rezumaba las pulsaciones de la ciudad dormida. Un hombre de rostro de yeso y sonrisa mortuoria abrió y me guió, sin palabras, por corredores tapizados con retratos de rostros mustios, cuyos ojos, lo juro, me siguieron hasta el salón principal.
Había allí una veintena de personas, todos ellos emisarios de la excentricidad: banqueros, artistas, viejas aristócratas con faldas de encaje y sobrepeso mórbido, algún poeta maldito. Sin embargo, una inquietud compartida los mantenía alerta, como si la noche se hubiese derramado para lamerles los pies. Centrando la atención, una mesa larga, servida con copas de cristal azul y fuentes de porcelana iridiscente. Nadie probaba bocado, pero todos miroteaban hacia el extremo de la mesa, donde un anciano vestía hábitos oscuros que bordeaban lo monástico y lo pagano.
Él se presentó sólo como “el Preceptor”, y con un gesto tanto sacerdotal como obsceno invitó al silencio.
“Bienvenidos al banquete de revelación. Aquí, bajo estos maderos carcomidos, mientras la ciudad duerme y la realidad no mira, honraremos a Quien se oculta tras las membranas del sueño. Su presencia palpita en las notas de la discordia, en el caos que a veces os araña el borde de la razón durante el sueño; Su nombre, ah… es inefable, pero es nuestro deleite convocarlo y compartir su mirada, mientras Él duerme y su mirada sin mirar lo fecunda todo.” Se rió, un sonido que parecía nacido de una garganta doble.
Las luces se atenuaron y sentí, físico y animal, el desbordamiento de una tensión invisible. El Preceptor alzó una copa, invitándonos a beber. La superficie del líquido temblaba con un azul lunar imposible, y a pesar de mi resistencia, un sorbo me atrapó. El sabor era complejo, un filo de menta y ceniza con un fondo inevitablemente salado… como una lágrima de algo que se hubiera retorcido en la orilla de otro mar.
A partir de ese momento la noche comenzó a dividirse en franjas discontinuas, como si la realidad chisporroteara en una lámpara moribunda. Los sonidos mutaron: el tímido rumor de la lluvia fue reemplazado por un eco de tambores distantes; las paredes parecieron encogerse, y los retratos cambiaron sus posiciones para apuntar siempre hacia el centro de la mesa.
Fue entonces cuando comenzaron los “ejercicios”.
El Preceptor nos condujo, uno a uno, al sótano. Bajé tras una matrona de ojos huidizos, y sentí bajo cada escalón el pulso de una vibración ultraterrena. Allí abajo, a la luz de velas ahogadas por el humo, una figura encapuchada trazaba con polvos de lapislázuli y cinabrio un círculo inscrito con caracteres de pesadilla. Sobre la mesa pétrea, se alineaban objetos imposibles: huesos policromados de bestias sin nombre, cristales facetados que pulsaban siempre con la misma frecuencia que ciertos órganos internos nuestros.
El Preceptor comenzó un canto que era menos himno y más estremecimiento: voces superpuestas, ritmos fracturados, palabras en un idioma que reconocí sin entender, quizás aprendido o soñado durante noches de fiebre. Al principio fue sólo un zumbido a las puertas del oído, pero luego cobró forma. La melodía caótica me abrió la mente: vislumbré valles con torres afiladas cubiertas de mosaicos verdes y rosados, y figuras altas, con antifaces de marfil, que danzaban en una geometría que evocaba letanías y condenas.
“El trigo de Leng para la harina de la visión”, murmuró a mi lado una de las damas, como si recitara la contraseña de un delirio infantil.
Entonces comprendí que la sustancia ingerida —aquel demolido Azul— no era un simple estupefaciente, sino el polen de otro mundo. Sin poder evitarlo, me derrumbé junto a los otros dentro del círculo, presa de una hiperconsciencia atroz. Los cánticos nos rodearon, filamentos de voz nos ataron al suelo, y la materia misma se volvió dúctil; sentí mi cuerpo estirarse y ser recorrido por la mirada de una entidad que nadaba, enorme e indiferente, en un mar de caos estelar. Era como una sinfonía tocada con instrumentos de vidrio y carne, sobre la cual una sola nota, repetida e intensa, se erguía como una aguja de fuego dorado: la presencia de Él dormido, al centro de todas las cosas.
Ya no había sólo un sótano ni una mansión ni siquiera una ciudad a nuestro alrededor. Ahora estábamos en un plano donde la arquitectura nacía de matemáticas inhumanas; los pilares de la sala giraban interminablemente y las lámparas, suspendidas en la nada, exudaban luz y humedad. Figuras gráciles y altísimas, con rostros tapiados por la seda y extraños símbolos grabados en sus manos, nos observaban con crueldad estética. No eran humanos, pero tampoco completamente ajenos: ¿quizás habitantes de lo que nuestros abuelos caricaturizaron como Leng, el país blanco entre los sueños y las cumbres del terror?
El Preceptor, más pálido y radiante que nunca, extendió sus brazos. “¡Ved el pensamiento antes de la carne, la danza antes del tiempo, la voz anterior a cualquier dios!” Entre coros, una de las hadas —porque no podía calificarla de otro modo— se nos acercó, depositando sobre mi frente algo frío, cortante y breve como un relámpago azul: una gema, un trozo afilado de aquello que los hombres y las bestias sólo sueñan en las horas postreras.
Sentí una doble visión: a la vez yo era, aún, un cuerpo en el sótano inmundo mientras presenciaba la gran sala de columnas líquidas donde todo danzaba y flotaba. Y allí Él, el centro, la antítesis de la luz, la melodía fundamental: una esfera de infinitas bocas y ojos, chillando y lamiendo la frontera de la locura. Su mirada —si acaso puede llamarse así a la consciencia que camina en la negrura entre átomo y átomo— nos atravesó. Mi individualidad se licuó; mis huesos se convirtieron en un arpa tocada por el viento de otra dimensión. Los gritos de mis compañeros —no, no meros gritos sino himnos sin lengua ni garganta— explotaron en el aire, y algo en mí sintió placer y asco, horror y éxtasis.
He aquí el detalle: lo que muchos llamarían “visión”, era en realidad una simbiosis. Al mirar hacia el núcleo sin nombre, Él, el Ciego y Sordo, también nos miraba, y su sueño de caos nos soñaba de vuelta. El Preceptor fue el primero en sucumbir: su carne se alargó y partió, la túnica cayendo sobre un vacío que succionaba lento. Las damas se desintegraron en risas y plegarias. El poeta, de rodillas, crujió mientras recitaba un verso, y lo que asomó de su boca no eran palabras, sino polillas de obsidiana cuyos movimientos deletreaban sílabas ignotas.
No puedo saber cuánto duró la experiencia. Ciertamente no fue tiempo humano. Fui testigo, junto con los otros, de la sima que se abre entre idea y realidad, del abismo donde las criaturas de Leng observan a nuestra especia como ratones a punto de ser devorados. Tuve un atisbo del banquete más allá del banquete: una orgía de formas, sonidos y colores devorados por una oscuridad palpitante que los regurgitaba en cada ciclo.
Y luego, tan de pronto como amanecen las pesadillas, fui arrojado de vuelta a la mansión Aymar. Volví a habitar mi cuerpo como quien se viste un viejo abrigo, con la conciencia aún barnizada de negrura y polvo estelar. La mayoría de los asistentes yacían en el suelo: jadeantes, algunos inconscientes, otros murmurando frases que no caben en ninguna voluntad humana. El salón se había reducido a escombros; las copas azules, vacías y rotas. Del Preceptor ni rastro, salvo un leve olor a incienso y humedad y una leve hendidura en el aire, como el vacío dejado por un animal invisible.
Aturdido, escapé por la escalinata sin mirar atrás. La ciudad se desperezaba raíz por raíz, sin saber que bajo sus pies alguien había sondeado, una vez más, los pozos de lo innombrable. Apenas llegué a mi casa me desplomé, sumido en un letargo de días en que la fiebre y el insomnio alternaban con recuerdos de música retorcida y ojos que no se cierran jamás.
Hoy, años después, todo el episodio parece a veces un delirio. Aunque aún recibo cartas: hojas negras, impresas con símbolos segmentados, promesas de gozos nuevos en la penumbra. Nunca he respondido, pero mi vida, desde aquella noche, es la vida de un testigo condenado al recuerdo. Y porque sé, ahora, que bajo la podredumbre cotidiana, los banquetes continúan; pues bajo las ciudades, en sótanos y galerías donde la geometría se quiebra, los cultistas repiten los cánticos y se abren de par en par a la música de lo imposible.
No hay en el mundo infierno ni paraíso: sólo un centro con patas de noche, que sueña a todos los dioses y rechina con cada nueva mente que le es ofertada. No sé si la mansión existe aún o si fue devorada por el propio instante en que convocamos la mirada del durmiente. Pero sí sé que, cuando el viento sopla en ciertas noches, la ciudad toda retumba al unísono, y el azul, el polvo y el canto vuelven a tentarme. Y sé que algún día responderé a esa carta, volveré a bajar al sótano, deseando —temiendo— encontrarme de nuevo con la sinfonía de bocas, de ojos, de huesos de revelación.
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