Fragmento:
El día uno transcurrió más agitado que temeroso. Los porteradores cantaban a ratos y se callaban a ratos más largos, y el machete de Stoll, tan afilado como el resentimiento, abría claro por la maleza. Nadie hablaba del abismo porque no lo habíamos visto todavía, pero los dos Emberá nunca alzaban demasiado la voz. En sus ojos se adivinaba el resabio de secretos que preferían enterrar bajo la nieve de su silencio.
Duración: 10:09
El atardecer se derramaba carmesí sobre la línea de árboles de la selva de Darien, y la humedad invadía los pulmones de la expedición como una muralla translúcida y viva. Ninguno de nosotros se atrevía a mencionarlo, pero el aire mismo, saturado de rarezas aromáticas y ruidos lejanos, tenía algo extremadamente hostil, tan distinto al sopor y la algarabía de los insectos a los que la literatura acostumbraba a atribuir la atmósfera de los trópicos. Aquí todo era más denso, oscuro, parpadeante. Hasta la luz parecía estar harta de sobrevivir entre las hojas, pues rebotaba en la maleza como fragmentos de vidrio caliente.
La expedición estaba compuesta por cinco personas. El doctor Hermann Stoll, arqueólogo alemán cuya reputación era tan sólida como su testarudez, lideraba el grupo. Junto a él, su asistente y traductor, un joven cordobés de apellido Medina; dos porteadores nativos –Pedro y Wasima–, ambos de los Emberá; y yo, Aubrey Lansing, contratado como cartógrafo y documentalista por la fundación europea que financiaba el intento.
La meta era sencilla en enunciado, pero arrojada sobre la realidad parecía absurda: adentrarnos hasta las coordenadas que Stoll había extraído de un manuscrito mesoamericano del siglo XVI, indicando la ubicación de “la boca nocturna” –una cueva supuestamente colmada de vestigios pre-colombinos y, según la leyenda, sede de un antiguo culto. Algo resonaba en esa frase, “la boca nocturna”, como el eco de una risa cruel.
El día uno transcurrió más agitado que temeroso. Los porteradores cantaban a ratos y se callaban a ratos más largos, y el machete de Stoll, tan afilado como el resentimiento, abría claro por la maleza. Nadie hablaba del abismo porque no lo habíamos visto todavía, pero los dos Emberá nunca alzaban demasiado la voz. En sus ojos se adivinaba el resabio de secretos que preferían enterrar bajo la nieve de su silencio.
Pasamos la primera noche atrincherados entre ceibas y bejucos. Ambos nativos se turnaron de guardia. Los demás intentamos dormir, aunque sólo Medina tuvo éxito. Yo tenía la sensación de estar vigilado por una docena de pares de ojos, y aunque los insectos zumbaban por millones, a ratos cesaban, y el silencio tenía entonces otra calidad: denso, expectante, como el fondo de un pozo al que alguien arroja una piedra invisible.
Fue en la mañana del segundo día cuando la atmósfera cambió. El mosquito y la humedad eran lo de menos; era como si cada metro que avanzábamos nos adentrase en el centro de una órbita intangible, una extraña vibración en el aire que jamás había sentido en ninguna otra selva. Llegamos a un claro donde el suelo estaba marcado por círculos de piedra negra, apenas visibles bajo la hojarasca; Medina los señaló, y Stoll, excitado, casi saltó sobre ellos con su cuaderno, murmurando que la orientación era perfecta, que estábamos en las lindes de la zona “cautiva” nombrada en el códice.
La jornada siguiente fue la más difícil. Pedro, el más joven de los Emberá, se negó a avanzar varias veces; Wasima intentó persuadirlo en su lengua, pero sólo consiguió arrancarle juramentos a medias y quejidos sobre “los sin rostro”. Medina tradujo: “Dice que aquí no viven animales… sólo otras cosas.” Yo anoté la frase mecánicamente, pero una gota de miedo me corrió por la espalda. Inexplicablemente, Stoll siguió avanzando, blasfemando en su alemán tosco cada vez que la selva rehusaba ceder paso.
A media tarde, al borde de otro claro, el sonido de la selva volvió a caer como un telón. Caminé unos metros detrás de Wasima, quien de pronto se agachó con gesto alarmante y nos hizo seña de silencio. Todos contuvimos el aliento. Frente a nosotros, entre raíces y troncos cubiertos de musgo, un agujero circular, oscuro como la tinta, se abría en la base de una loma. El aire que emergía de ahí no era sólo frío; era un frío seco, imposible, ajeno a toda ley térmica.
“Es la boca,” murmuró Wasima, y su voz era la de quien maldice y ora al mismo tiempo. Medina lo tradujo en un susurro que tampoco parecía suyo.
Examinamos el orificio. No era grande, poco más de un metro de diámetro, pero sus bordes de piedra negra, pulidos como obsidiana, sugerían algo más que erosión natural. Al acercar la linterna, la luz no penetraba más allá de un par de metros; parecía tragada por una negrura que casi tenía volumen.
Stoll, envuelto en una exaltación casi febril, ordenó el descenso. Atamos cuerdas, aseguramos un perno improvisado entre tres raíces robustas, y Stoll fue el primero en bajar, seguido de Medina y luego yo. Wasima custodiaba la entrada mientras Pedro se negaba incluso a mirar.
El descenso era vertical y húmedo: los musgos y líquenes formaban una textura pegajosa en la roca. Bajé unos diez metros y sentí la roca dilatarse bajo mis manos en un ángulo imposible; la cueva se ampliaba, y la cuerda era nuestra única garantía de regreso.
Cuando los pies de todos los que nos atrevimos tocaron el fondo, la linterna de Stoll barrió las sombras. No describo un entorno cavernoso convencional; el lugar era como una garganta esculpida a propósito, llena de estrías, símbolos y líneas talladas en la roca negra, y en el aire flotaba un hedor dulzón, como de materia en descomposición, pero bajo el cual anidaba otra cosa, un aire de mineral viejo, de pies de bestias extraviadas.
Avanzamos hacia el fondo de la caverna bajo la guía de Stoll, que repasaba al tacto los petroglifos, murmurando traducciones: “Morada del devorador”, “guardián de los ciclos”, “sin rostro”. Uno de los grabados representaba una figura monstruosa, circular y abstracta pero con fauces, muchas fauces, abiertas hacia un círculo negro. Un temblor involuntario recorrió mis manos al dibujarla en mi cuaderno.
Una cavidad lateral se abría a la derecha. Dentro, apilados con un orden ritual, descansaban restos humanos, huesos reliquia incrustados en la roca. Algunos carecían de cráneos; otros, de mandíbulas. El significado era brutalmente explícito. Había marcas de dientes, dientes grandes pero inhumanos, demasiado numerosos para ser de animal conocido.
Todo el tiempo, el aire parecía vibrar con mil labios invisibles, como si bajo cada ruido alguien respirara con nosotros. Medina murmuraba algo acelerado en voz baja; cuando fui capaz de oírlo, distinguí una oración a la Virgen, mascullada con los dientes apretados.
De pronto, Wasima, desde la entrada, pegó un grito cortante. Subimos la vista a tiempo de ver una sombra desplazándose por el agujero de salida — rápida, líquida, sin forma cierta hasta que la linterna la tocó apenas con el límite del haz: era alta, desproporcionada, y no dejó de moverse. En el borde de la luz, la sombra parecía multiplicarse.
Stoll, que jamás creí capaz de ver atisbo de terror, balbuceó “Regreso, regreso ya” en su tosco español. Nos lanzamos hacia la cuerda, pero Pedro (el joven Emberá, que debió estar esperándonos arriba) no respondía a nuestros gritos. El hedor crecía, mezclado ahora con un fuerte aroma a sangre y un silbido bajo que, al principio, fingí que era el viento.
Primero ascendió Stoll, luego Medina. Me detuve un segundo para cerrar mi mochila, y al enfocar la linterna hacia la hendidura del fondo, vi que la sombra también se había detenido: tenía fauces donde debería haber habido ojos. No dientes, sino mandíbulas infinitas, abiertas y temblorosas, que palpitaban en torno a una negrura mayor.
Ascendí lo más rápido que pude, con las piernas temblando. Salí a la luz (si se puede llamar luz al resplandor moribundo del atardecer sobre la jungla), y tropecé con Stoll y Medina, pálidos, arrastrando a Wasima. Pedro no estaba, ni su mochila, sólo manchas de sangre y una franja de tierra removida. Los aullidos comenzaron cuando quisimos correr: la selva tenía ahora otra voz, ronca, vibrante, arrastrando ecos por kilómetros.
Corrimos. Corrimos hasta que los pulmones nos dolían y las piernas flaqueaban. Nadie intentó orientarse: sólo buscar la distancia. Alguien, después, llamó mi nombre. Era Stoll, intentando traerme de regreso — pero nos habíamos perdido entre bejucos. La selva estaba en calma, demasiado tranquila. Dimos vuelta y vuelta, hasta que, exhaustos, encontramos refugio sobre una loma. Fue entonces cuando Medina sugirió, con la voz trémula, que cada vez que uno de nosotros giraba el rostro, la forma de la sombra cambiaba de posición.
El segundo día después de la cueva fue como un delirio de fiebre. El calor nos devoraba, y la sombra de la “boca nocturna” parecía haber pegado su aliento a nuestras espaldas. Comenzaron los sueños. Veíamos, de noche, ojos huecos que flotaban por encima de los árboles; sentíamos, de día, la sensación de que, entre cepas y ramas, nos miraban bocas llenas de dientes.
Stoll deliraba — hablaba de ciclos y de guardianes, y de “lo que despierta cuando se siente mirada”. Wasima apenas murmuraba palabras en su lengua materna; Medina y yo discutíamos, pero cada vez que alzaba la vista, me parecía ver la caverna detrás de cualquier sombra.
No encontramos nunca el cuerpo de Pedro. Supimos intuitivamente que jamás saldríamos todos. When we found, days later, the outlines of black stones arranged in circles over the clearing where we started, supimos que ya no éramos los mismos. La selva de Darién nos tragó, y el abismo, con su respiración afilada, se instaló para siempre detrás de nuestros ojos.
Ahora, años después, cada vez que cierro los párpados, siento el frío mineral resbalando por mi nuca, y sé –como lo supimos entonces, como lo sabe cualquiera que mira demasiado tiempo abismos sin nombre– que la boca nocturna sigue abierta, esperando, devorando, en algún lugar más allá de los mapas y la memoria. Porque de ciertas exploraciones no se regresa nunca por completo; y de ciertas bocas, nadie sale entero, ni aun cuando uno cree que ha huido.
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