Fragmento:
El barón, un hombre de unos cincuenta años, alto y ceniciento, aguardaba en el umbral. Sus ojos grises rehuían el contacto directo, pero tanto en su voz como en su ademán había una polidez melancólica que convenció a Emmerich de que, de momento, quedaba lejos cualquier amenaza tangible.
Duración: 10:31
Cuando el profesor Emmerich Hallward recibió la invitación del enigmático Barón von Nielzen para pasar el mes de octubre en su aislada mansión en las tierras boscosas del Sudoeste alemán, la aceptó, como era su costumbre, con una mezcla de reserva y curiosidad. No era la primera vez que se encontraba ante la urgencia de una invitación privada, pues la fama de sus artículos acerca de folclores oscuros y lenguas perdidas lo habían convertido en un personaje solicitado en círculos excéntricos de todo el continente.
Más que homosexualidad, libertinaje o herejía —pecados atribuidos a los Nielzen en rumor persistente—, lo que envolvía aquel solar ancestral era la sombra de una rareza más antigua y menos asible: la presunción de que sus cimientos mismos dormían sobre raíces ajenas a la memoria de la especie humana, lo que hacía prudentemente raros a sus huéspedes. Pero Emmerich, fiel a su apetito por lo arcano, viajó hasta la mansión con un abrigo de paño y una sonrisa escéptica, ignorando en gran parte la advertencia temblorosa de su colega Wirtshaus (“¡Hay cosas, Emmerich, cosas más viejas que los Hombres en ese bosque, reluciendo aún debajo de ciertas piedras!”).
Llegó nada más comenzar el atardecer el tercer día de octubre. Desde los ventanales del tren, el Hunsrück se encogía, tornándose sombrío y hostil en el crepúsculo: robles negros y raíces como manos, solares abandonados y una niebla agazapada que no tenía ni el lustre húmedo ni la inocencia de la niebla común. La calesa del barón avanzaba trabajosamente por un sendero de barro, traqueteando hasta desembocar en la reja de hierro forjado, envuelta en neblina, que hacía de portal a la mansión.
El barón, un hombre de unos cincuenta años, alto y ceniciento, aguardaba en el umbral. Sus ojos grises rehuían el contacto directo, pero tanto en su voz como en su ademán había una polidez melancólica que convenció a Emmerich de que, de momento, quedaba lejos cualquier amenaza tangible.
La casa era una convulsión de corredores y escaleras, y la servidumbre (una mujer muda y dos hombres avejentados) se movían con una discreción espectral. Ya en el comedor, Nielzen bebía vino tinto y rehuía hablar de familia o historia local, cosa que incomodó a Emmerich pero no acalló su curiosidad. No obstante, fue la noche y no la charla la que introdujo el primer elemento de incomodidad.
Emmerich aquel primer sueño apenas pegó ojo: bajo los tablones del suelo, y sobre todo en la medianoche, emergió un rumor, un susurro humedecido, como si un millar de lombrices agitaran la tierra. No era el viento ni era el ruido de cañerías modernas; era algo viscoso y semiorgánico, un runrún acompasado que parecía roer, esperar, advertir. Por la mañana, apenas hubo regresado la claridad, el profesor se prometió no imaginar cosas, y descargó la culpa en el eco particular de los corredores vacíos.
El día siguiente fue gris. Nielzen estaba inquieto y no mencionó las molestias nocturnas. Pasearon por los linderos del bosque, donde el barón, con una pesadumbre que rayaba la resignación, explicó:
—Mi familia hace siglos que custodia este lugar, profesor. Pero no por vanidad, sino por… obligación. Bajo nosotros hay más que raíces. El manantial del que se alimenta la casa y el pueblo más allá… no es un manantial ordinario.
Afirmó que bajo la casa, en una gruta a la que sólo los Nielzen descendían, brotaba el agua más antigua de Europa central, que los campesinos la consideraban “fría y espesa” y evitaban recogerla, y que, en las noches sin luna, toda la arboleda parecía inclinarse hacia el pozo.
Emmerich, cuyo sentido escéptico era formidable, le pidió ver la gruta. El barón se negó, con una palidez nueva. Cambió de tema, prometiendo mostrarle algunos documentos con extrañas inscripciones halladas en la cripta.
A lo largo de los días, y conforme el mes avanzaba hacia el verdadero otoño, Emmerich fue devorado por un insomnio creciente, alimentado por aquellos susurros húmedos, que a veces se volvían lamentos, y por la impresión, alguna vez —al intentar dormirse— de que algo gigantesco y viscoso reptaba bajo el roble centenario junto a la casa. En la biblioteca encontró, a hurtadillas, cartas antiguas —del siglo XVII— y un bestiario escrito en un latín torpemente germanizado. Entre dibujos de sátiros y demonios convencionales, uno lo perturbó: una forma entre reptil y gusano, sin ojos ni bocas, estrangulando robles hasta que caían podridos. Abajo, sólo dos palabras: “ISH-TUMA DORMIT”.
Le mostró la ilustración al barón, quien apartó la vista y murmuró: “No hay nada que usted pueda hacer y menos comprender. No me condene a confesárselo.”
Pero Emmerich, como es propio en los estudiosos del horror, no abandonó la pesquisa. La siguiente noche, y sabiendo que la servidumbre dormía, armó una linterna y descendió hacia el sótano. Bajo una trampilla cubierta por polvo y cenizas encontró, en mitad de la bodega, una escalerilla de piedra que conducía aún más abajo. A medida que bajaba, un hedor mineral y una humedad imposible se hicieron presentes, junto con el claro rumor de un agua que no caía: era un burbujeo que recordaba la digestión de un enfermo, algo antinatural.
Llegó a lo que parecía una cámara excavada al azar, siglos atrás, cuyas paredes estaban forradas de una baba seca, verde, y en cuyo centro latía un orificio: la fuente. Dentro no bullía agua, sino algo más denso y aceitoso, y desde su negrura el profesor creyó adivinar la silueta de un ojo ciego, grande como su cabeza, apenas emergente entre oleadas de un temblor lento y rítmico.
Al inclinarse, entre convulsiones de horror y atracción intelectual, escuchó lo que describió luego como “el rumor de un consejo corroído”. Era un idioma imposible, plagado de vocales líquidas y sibilantes, que inquietaba el aparato auditivo fisiológicamente: una voz en la mente, más que en los oídos. Sintió un dolor punzante en las sienes y el impulso absurdo de lanzarse, de fundirse en el limo viscoso, de descender voluntariamente a un vientre oscuro y sin recuerdos.
Logró apartarse, medio reptando escaleras arriba, y al recuperar el juicio ya en su habitación, el alba trepaba doloroso por los cristales. El barón estaba allí, hundido en un sillón, demacrado y aguardiento. Emmerich balbuceó sólo una cosa:
—Usted también lo ha oído.
El barón asintió.
—Somos pocos los que podemos entender sus palabras —musitó, agotado—. Los Nielzen, herederos de Ish-Tuma, los guardianes de su hambriento sueño. El Manantial... no siempre duerme, profesor. Hay noches, cada ciertos siglos, en que exige carne, memoria… o lengua.
Narró entonces, con una calma de sepulcro, la historia no oficial de su linaje. El primero de su nombre, un pastor celta, fue atraído por el canto del pozo. Durante generaciones, la familia desaparecía ocasionalmente bajo tierra por días o semanas. Emergían después con el cabello blanqueado y el habla trastornada. Algunos, tras haber servido como “boca” del pozo, fundaron subcultos, influyeron en la política y la guerra… pero siempre regresaban, carcomidos o convertidos en piedra. Lo que yacía allí buscaba no sólo devorar individuos, sino parasitar culturas, disolverlas desde adentro, corrompiendo símbolos, lenguas y sueños con un silabeo subterráneo, hasta que los pueblos olvidasen su origen y alma. Insistió en que solo gracias al sacrificio periódico y a la custodia familiar, la entidad —llamada Ish-Tuma en susurros y “el Devorador de Raíces” en idioma local— no ascendía para pulverizar la vida en la superficie.
—Y mañana, profesor, es la noche sin luna —concluyó—. Usted ya escuchó el susurro. Si se queda, quizás le reclame.
La vigilia de ese día transcurrió en una tensión febril: paredes que rezumaban baba; el candelabro temblando sin corriente aparente; la sensación, omnipresente, de un tumor de lodo y deseo debajo de cada baldosa. Emmerich recopiló notas apresuradas, convencido de que estaba frente a la manifestación más prístina de los horrores prehumanos descritos por Aufhocker y Blutsauger, pero revestido de una inteligencia agregaria, corrosiva, como un coral de pesadillas. Aun así, no pudo abandonar la casa; una mezcla de curiosidad y de ese influjo hipnótico que emana de lo prohibido lo mantuvo clavado.
Cuando cayó la noche, Nielzen lo condujo, resignadamente, al salón principal. Allí, colocados en círculo, había trece cálices de barro. En uno, el barón depositó—con manos temblorosas—una pequeña piedra irregular, azulada, acompañada por un temblor en el suelo que no cesaba. Murmuró en un dialecto incomprensible, y la piedra empezó a palidecer, sudando una baba verdosa.
Sonaron tres golpes bajo tierra, lentos y húmedos. Emmerich sintió la pérdida repentina de todo sentido temporal. En vez de un alma individual juraría que tenía cientos, todas arrastradas y devoradas por raíces gordas, ávidas, que se movían bajo la fina película de realidad que cubría el piso. El barón empezó a entonar una letanía; Emmerich, sin querer, le hizo segunda voz: no era alemán, latín ni ninguna lengua humana. Los sonidos destilaban miedo y promesa de olvido. En un punto el profesor se sobrepuso a su voluntad: fuertemente, ansiaba saltar al círculo, tomar la baba y chupetearla, como si algo dentro de él reclamara un regreso a un útero más allá de la biología.
De súbito, el lamento bajo tierra cesó, las voces—una cacofonía de miles de bocas ocultas en la humedad y ceniza—se retiraron como una marea baja. Nielzen, exhausto, se derrumbó sobre el suelo. Emmerich, con brutal repulsión pero más aún con una indecible tristeza, comprendió que acababa de sobrevivir a un pacto tan antiguo que su mente no podría jamás comprenderlo ni olvidarlo.
Un mes después, ya en su estudio de Baviera, el profesor relató su experiencia no en tratado ni crónica, sino en un relato críptico que envió, bajo seudónimo, a la revista Arkham Annotations. No volvió a tener noticias del barón; la mansión se incendió misteriosamente meses más tarde, y sólo un agujero cubierto de ceniza, hondo y callado, fue hallado donde antes estaba el pozo.
Emmerich se sumió en la investigación de los sueños, de las lenguas perdidas y de los “nombres-como-virus”. Ahora, en cada insomnio, una voz sibilante le dicta secretos viscosos y, sin querer, ha empezado a escribirlos… en la lengua de Ish-Tuma, los Devoradores de la Niebla, bajo las raíces del tiempo.
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