Fragmento:
Durante esos veranos, cada noche llegaba a la cama con el miedo de soñar con la nave industrial. Veía a mi hermano, pálido, saliendo del agua como quien retorna de una dimensión indecible, y siempre despertaba antes de oír el final de lo que tenía que decirme.
Duración: 08:20
Te contaré el secreto, aunque lo haré a fuerza de voluntad hostigada por años de insomnio y de miradas tras la cortina, vigilando el contorno nocturno de las cosas que aún respiran. Esta confesión tiene un propósito: aliviar mi alma y disuadir a cualquier otro incauto de incursionar en la vorágine donde aúllan los sueños y se disuelven las razones. Quizá fracase en ambas tareas, pero las palabras y el miedo son todo lo que me restan.
Comencé a sospechar de la existencia del Círculo de Navastur en los veranos abrasadores que seguían la muerte de mi hermano mayor, Francisco. Se había ahogado una noche en el río Cercas, bajo la luna de julio, y nadie lo vio hundirse. Sin embargo, fue encontrado boca arriba en los juncos, las manos quietas como si hubieran dejado de pelear apenas un momento antes. No fue sino años más tarde, al descubrir los diarios de Francisco –escondidos entre las hojas de un diccionario de latín con olor a salitre–, que comprendí lo erróneo de la explicación oficial y lo inocente de las conclusiones de mi familia.
En ellos, Francisco hablaba de extrañas reuniones nocturnas en el antiguo polígono industrial de la ciudad. Le fascinaba la idea de que la decadente nave principal, llena de planchas oxidadas y alambres caídos, era visitada en noches sin luna por personas vestidas de negro, con antifaces y capas de terciopelo carmesí. Aseguraba que su curiosidad era totalmente estética pero que, tras la primera observación, la necesidad de volver se hizo insistente. Al principio, los describía como un simple club de excéntricos que interpretaban pasajes de “La Sabiduría de Seleno” –un libro inexistente en las bibliotecas públicas que, según él, contenía fórmulas para abrir la mente a “realidades más puras y menos contagiadas de lo humano”.
Fue solo al séptimo encuentro cuando Francisco supo el nombre de la hermandad y la verdadera naturaleza de sus fines, y aquí comienzo a temblar, pues los pasajes reconstruidos de su memoria, mezclados con mi propia investigación, me han demostrado con dolorosa claridad que el Círculo de Navastur existía mucho antes que el polígono, que la ciudad e incluso que el idioma que ahora empleamos para pensar el horror.
Durante esos veranos, cada noche llegaba a la cama con el miedo de soñar con la nave industrial. Veía a mi hermano, pálido, saliendo del agua como quien retorna de una dimensión indecible, y siempre despertaba antes de oír el final de lo que tenía que decirme.
Fue, sin embargo, durante un otoño especialmente solitario, después de romper con mi pareja y perder mi puesto en la universidad, que decidí comprobar si el polígono seguía existiendo y si había sombra alguna que confirmara los escritos de mi hermano. La nave se mantenía en pie, a pesar del abandono, y al segundo día de acecho, entre las nubes agobiadas de la noche, vi aparecer primero una, luego cuatro, después media docena de figuras embozadas desembarcando de dos furgonetas viejas cerca de la puerta metálica.
La curiosidad es la aliada primera de la locura. Seguí a distancia el rastro de sus linternas, su silencio sin pisada, hasta que la entrada quedó abierta un tiempo suficiente para que pudiera descolgarme tras ellos sin ser visto. Me oculté tras una pila de bidones resecos; las sombras giraban alrededor de un círculo trazado con ceniza y yeso en el cemento. Eran siete, y todos pronunciaban sonidos cacofónicos mientras uno de ellos, la “Voz conductora”, se acercaba al centro y se despojaba de la capa.
Era una mujer, de cabello ralo y rostro oculto tras un velo, quien recitó entonces el verso que rompería mi laxa percepción de lo real: “Por las tres lunas de piedra, por las cuatro sangres de Navastur, los puentes de la carne se disuelven y los dedos del Otro Mundo pasan a telecomandar nuestros huesos azules”.
Entonces encendieron una lámpara de carburo en el centro del círculo y, entre los aceites burbujeantes, derramaron sangre de una pequeña cabra blanca. No obstante, fue la reacción posterior la que me marcó por siempre: los presentes tragaron de una copa común y comenzaron a retorcerse y contorsionarse, como poseídos por una electricidad invisible que, al final de escasos cinco minutos, dejó sus cuerpos fláccidos y, aparentemente, inertes.
Intenté no gritar cuando el último de los cuerpos rodó hacia mí, y vi sus ojos. No eran ojos humanos. Eran pulidos y opacos, con un azulado residuo reflejando “algo” que no estaba allí, o que, simplemente, no debería estar. Sabía que debía huir pero la parálisis fue absoluta. Algo, un rumor, me insistía a quedarme, a escuchar lo siguiente. Y así lo hice.
La Voz se alzó entonces, sin abrir labios, pronunciando ahora palabras profundas, guturales. Un agujero en la realidad, negro como la tinta, comenzó a formarse en el centro del círculo y la nave entera pareció respirar o palpitar con un pulso cruel. Una brisa gélida –que olía a escamas, a yodo, a metales corroídos– me invadió los pulmones y supe que, de alguna manera, ellos estaban comunicándose con algo o alguien que moraba en ese abismo. Varios de los cuerpos comenzaron a levantarse. Miraron de frente a ese agujero, y uno de ellos, el más alto, comenzó a hablar.
“Aquí está nuestro precio”, dijo. “Aquí hemos traído otra vez lo que fuimos, para que retorne lo que seremos. Llévanos, Navastur, a tu biblioteca de cuerpos. Haznos llaves, haznos alfileres y puentes. Danos nuevas noches.”
Los cuerpos creciendo y alargándose, parecían desmoronarse al mismo tiempo, como si el ritual exigiera un tributo de carne y razón. Y entonces, el agujero se expandió hasta casi lamer mis botas.
Huí. Mi memoria detalla poco del regreso a casa. Dicen que caminé cinco kilómetros sin mirar atrás, chillando como un animal enfermo, y los vecinos nunca dejaron de recordarlo. Aquella noche me sentí manchado, desposeído, pero aún deseaba volver, aún deseaba comprender. No supe en ese momento que el círculo ya me había adoptado, que la visión necesitaba alimentarse de otras visitas, otros recuerdos y, sobre todo, otros miedos.
Las semanas siguientes, los sueños reemplazaron al insomnio; sueños turbios, llenos de puertas que no llevan a ninguna estancia y de voces que susurran en dialectos sin gramática ni piedad. Soñaba con ojos pulidos, manos translúcidas y, obsesivamente, con la voz de la mujer de cabello ralo. Me hablaba de un “archivador de figuras” y de las “llantas de la medianoche”, que no eran otra cosa que aros de humo que giraban sobre cadáveres desfigurados mientras el círculo recitaba antiguos juramentos.
Me marché de la ciudad, intenté olvidar. Pero dos años después, en una cafetería de otra comarca, vi una inscripción en la pared del cuarto de baño: “Navastur vigila tus sueños. No dejes que te lea sin antifaz.” Mi sangre se heló. Sin embargo, el tiempo mitiga –hasta que los síntomas retornan, casi siempre por una nimiedad: el sonido de un cerrojo, el parpadeo de una farola, la risa apagada de desconocidos a las once de la noche.
Ahora, al borde de mi vejez, cuando no me quedan amigos ni familia, vuelvo a andar por calles donde juré no regresar. Sólo una cosa quiero evitar: el espanto de morir “afuera” - lejos del círculo, sin saber qué hay al otro lado de la gran compuerta oscura.
Anoche, la Voz conductora ha vuelto a mí en sueños, por primera vez en muchos años. Ya no me persuade, ni me llama: me ordena. “Deja este testimonio. Alguien leerá y vendrá. Los ciclos lo piden, como piden las mareas a la luna intrusa.”
Esto es todo cuanto puedo decir del Círculo de Navastur. Mi vida está hecha de ecos, y estoy seguro de que, si alguna vez vuelves a mirar por la rendija de un almacén olvidado y ves figuras encapuchadas en torno a un círculo, será ya demasiado tarde para ti. Sabrás entonces que la carne es sólo uno de los posibles materiales del alma, y que, más allá de la boca oscura, alguien -o algo- espera pacientemente tu pequeña contribución al archivo eterno de cuerpos reescritos.
Así ha sido mi vida desde aquel verano. No he dejado de huir ni de confesar. Las palabras me mantienen dentro de la frontera. Pero si alguna vez, por accidente o mala fortuna, el círculo te reclama, no luches; no llames a policía ni a psiquiatra. Abre tu mente, como ellos decían. Deja que los dedos blueados del Otro Mundo jueguen contigo un tiempo. Cuando mires a fondo, ya ni recordarás que esto era terror. El verdadero horror es que, finalmente, te guste.
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