La mansión de los Fenwick se alzaba retorcida al final de la avenida, su silueta mortecina apenas recortándose contra el cielo plúmbeo de Arkham. Los inviernos eran largos y desolados en esa región maldita de Nueva Inglaterra, pero jamás lo fue...
Había aprendido, en mis años de estudios solitarios y prohibidos, que el Universo no es, ni ha sido nunca, un compendio de leyes permanentes y comprensibles, sino una llanura tumultuosa bajo la débil tela de la razón humana. Ignoraba los peligro...
No es extraño en las comarcas humildes de Nueva Inglaterra que la noche adquiera una curiosa densidad, una pesadez etérea que parece agazaparse sobre los tejados mal trechos. Sin embargo, jamás aprendí a temer de modo tan visceral a la oscuridad...
Bien pude creer durante buena parte de mi existencia —tibia, acotada, revestida de la racionalidad típica de los studiosos de las ciencias— que la razón bastaba como muralla entre el alma y el ululante abismo que acecha fuera del velo de lo co...
Era una noche sin luna cuando regresé a Kingsport, una de esas noches en las que el viento marino sopla sigiloso y los viejos pescadores se apresuran a echar doble pestillo a sus puertas desvencijadas. Habían pasado veinte años desde la última v...
La noche en la que Gresham Benton llegó a Yuggoth, el planeta se elevaba sobre su eje de hielo, proyectando sombras agónicas sobre las ciudades hinchadas de los Mi-Go. Eran pozos recovecudos y húmedos, en cuya negrura la lógica humana naufragaba...
Una neblina pertinaz, la niebla de la desolación, cayó sobre Arkham la noche que los sueños de Enoch Masterton mutaron en pesadillas de infinita y ciega desesperación. Dicen los ancianos—¡ay, cuán poca sabiduría hay en susurros ancianos!—...
En el anochecer de un septiembre tardío, cuando el viento aullaba tras los cristales de mi despacho decadente, recibí una carta sellada con cera carmesí al modo arcaico, dirigida en una caligrafía nerviosa cuyo trazo parecía temblar bajo una ur...
La luna de septiembre colgaba como un ojo blanco y fofo sobre el umbral del bosque de Blackheath, inyectando al camino polvoriento un fulgor azul de otro mundo. Stuart Travers avanzaba por la senda, con los faros de su camioneta a su espalda, tragad...
La tempestad golpeaba implacable la desolada costa antarctica, zarandeando el barco como si el propio mar abrigase en su seno una furia desconocida, inhumana. El hielo resquebrajado crujía ominosamente, y al fondo, más allá del velo grisáceo de ...
V
Vivimos en la brumosa periferia de Grayfield, donde el lago Mordant se expande como un enorme cuenco de mercurio bajo los cielos sempiternamente grises de Arkham. Soy Nathaniel Byers y, en la franca penumbra de mi vejez, temo relatar las ocurre...
Una tempestad ahogaba Arkham, y la lluvia flagelaba los abordes de la Universidad de Miskatonic mientras el cielo, cubierto de nubes negras, sólo enviaba destellos esporádicos de un relámpago verdoso, cuya luz pesaba en el aire como una maldició...
La tormenta no anunciada desató su furia sobre el pontón de acero del Kaithem, una nave de recolección científica que ya llevaba semanas navegando en torno a las coordenadas prohibidas del Pacífico Sur. Los cielos se habían oscurecido súbitam...
Mi queridísimo Edward,
Espero que estas líneas, pese al temblor inequívoco de mi caligrafía y la brusca inclinación de mi pluma, sean tan nítidas como la voz agorera que susurra ahora en mis sienes. He demorado cuanto he podido en confiar a a...
El polvo de los años se depositaba en el umbral de la casa de la familia Pemberton como una letanía silenciosa, insidiosa y constante. Los días en Arkham amanecían fríos y embotados ese enero de 1928, como si el propio tiempo se negara a avanza...
El tren, que debía dejarme en la margen este del condado de Aylesbury, avanzaba a trancos morosos bajo la llovizna constante. Más allá de la ventanilla, la niebla parecía adensarse, y las colinas se curvaban como lomos de algo inmóvil, esperand...
El Pozo Que Se Abre Bajo La Carne
Susurros En El Basalto
El hombre que embistió por primera vez las costas de Innsmouth lo hizo con la arrogancia de los que, todavía, no han aprendido a respetar el abismo. Se llamaba Samuel Matheson y estaba, en...
Jamás podré borrar de mi maltrecha memoria aquellos días en los que, por razones que aún no acierto a comprender del todo, me hallé sumido en la investigación de los Manuscritos Pnakóticos. Antes de los hechos, me hubiese reído amargamente d...
Sé cuán presuntuoso parece arrojar estos pensamientos en la burbujeante tosquedad de vuestra lengua, pequeñas criaturas que susurran en bolsas de carne y huesos; pero ¿debéis asombraros acaso de que me comunique así, cuando solo desde el sepul...
Con frecuencia, los hombres que viajan hasta Innsmouth lo hacen por error. Es un error de juicio tan súbito, tan imperceptible, tan terriblemente insidioso que la bruma salina es incapaz de delatarlo siquiera con una caricia más fría que las dem...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Nunca he sido dado a la superstición ni a la credulidad. Debo insistir en este punto, ya que los hechos que pretendo relatar, con pleno conocimiento del escarnio y la acusación de locura que sin duda atraerán, son de una naturaleza tan francamente Leer más...
El mundo que conocemos apenas roza la costra superficial de un vórtice de fuerzas y presencias insondables, entidades que, en su aspecto más ínfimo, desafían cualquier tentativo de descripción o categorización. Pero mi relato no es una mera ale Leer más...
Henry Blackwell jamás fue hombre de supersticiones ni de credulidad fácil. Su posición en la Sociedad Histórica de Arkham requería una mente ordenada y analítica, pero, en el amargo otoño de 1927, una serie de acontecimientos que comenzaron en Leer más...
La primera vez que Jacob Meunier oyó algo sobre la región pantanosa al sur de Cammheim fue durante una reunión académica celebrada en la Universidad de Dorrance, a la cual asistió más por mera cortesía que por genuino interés. Recuerda el mo Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi convicci Leer más...
Había ciudades que sólo existían en ciertos mapas esotéricos, garabateados con manos temblorosas y tinta que parecía desvanecerse en la luz, como si la luz misma no soportara la verdad que esas líneas contenían. Había nombres que solo podía Leer más...
Recordaré siempre con una mezcla de repugnancia y luz atroz aquella visita, una suave tarde de mayo que me condujo hasta la decrepitud de Ingersmouth, ese villorrio dispuesto cabizbajo en las encrucijadas del desvelo y la bruma costera. No acudí po Leer más...