Cuando Jonathan Felder se halló caminando por los muelles arruinados de Gull Haven, la marea estaba alta y las coronas de sargazo brillaban con un fulgor malsano bajo la luna llena. Nadie en la posada se atrevía a mirar el mar después de medianoche. Lo había notado. Puertas y ventanas aseguradas, persianas aún más cerradas de lo normal, y ese reverente silencio de rezo callado entre sorbos de whisky barato.
Jonathan era un erudito, al menos así se consideraba. Había viajado desde Arkham sólo para confirmar la autenticidad de unos documentos hallados en la Universidad Miskatonic relacionados con cultos arcanos del litoral y leyendas de dioses-pez, deidades olvidadas por el tiempo y por el cristianismo. Todo era asunto de academia, por supuesto. La excusa. El verdadero impulso era ese cosquilleo que sentía leyendo los márgenes anotados en una biblia encuadernada en cuero roído: “No cruces el puente. Los juramentos no se olvidan bajo el agua.”
El aire olía a salitre, y algo más: un perfume verdecido, a algas putrefactas. Avanzó por las tablas mohosas del muelle, siguiendo el farol tembloroso de la linterna eléctrica. Cada paso resonaba como un susurro de advertencia. Quería buscar a Silas Marsh –el anciano que, según los archivos, había oficiado en una logia oculta antes de la gran tormenta de 1884. Pero Marsh había muerto hacía años. Ahora sólo contaba con vagas referencias a sus descendientes, los Marsh y los Weatherby, que aún dormían en casas deslucidas, de tejados agrietados y frontones cubiertos de limo.
No esperaba encontrar a nadie despierto. Pero hubo alguien. Una sombra encorvada, moviéndose con ese andar vacilante de los muy viejos o de los ya no del todo humanos. El extraño vestía un gabán pasado de moda y llevaba un saco de serraje. Los ojos, dos esferitas pálidas apenas visibles en la penumbra, lo observaban con una paciencia de otro mundo.
—¿Busca respuestas, forastero? —le susurró la silueta.
Jonathan, fiel a su carácter, se negó a mostrar temor.
—Investigo costumbres locales. Se habla de extraordinarias festividades lacustres... antiguos rituales del agua. Me gustaría saber si aún se celebran.
El viejo sonrió, y fue como ver la boca de una lamprea asomando de una grieta.
—Todo se repite, tarde o temprano. ¿Por qué no pregunta a John-Grigg, en la cabaña bajo el acantilado? Es el último que queda. O casi.
Jonathan tomó nota mental del nombre y marchó sin mirar atrás. Un par de gaviotas reían a carcajadas en alguna parte, burlándose de la audacia ajena.
La cabaña bajo el acantilado, dominando la hondonada donde surgía la laguna intermitente, era una amalgama de piedra, maderas blanqueadas y conchas rotas. Llamó al pomo herrumbroso, forzando la voz.
—¿John-Grigg? Soy Jonathan Felder, de Arkham. Deseo conversar sobre las viejas fiestas del pueblo.
No hubo respuesta, salvo el bufido del viento entre los juncos. Cuando estaba a punto de marcharse, la puerta crujió y apareció un hombre delgado, huesudo, ojos enrrojecidos y un tic constante en una mejilla, que movía como si no estuviera del todo bajo control.
—¿Viene por las historias, entonces? —masculló jocosamente el hombre, abriéndose a regañadientes. Adentro, la penumbra era aún más densa que fuera. El techo estaba cubierto de marcas: extraños arabescos que evocaban ojos y tentáculos, lunas y caracolas entrelazados. Un estante exhibía libros mohosos de tapas encuadernadas en piel verdosa.
John-Grigg sirvió un licor turbio. Jonathan aceptó con diplomacia, y preguntó:
—¿Qué sucedía en Gull Haven cuando salía la luna roja? Los documentos indican cultos muy, eh, específicos.
El hombre se rió, era un sonido tortuoso, como el de una piedra girando en un pozo.
—No cree en nada de esto. Ya lo veo. Lara, mi bisabuela, sí. Todos hablaban de los Antiguos que duermen bajo el lago. Antes de que llegara el ferrocarril… antes de las reformas, hacían ofrendas para mantener a raya ese pulso que viene de abajo. Ofrendas de sangre y de cosas más extrañas aún.
Jonathan ahogó un gesto de escepticismo.
—¿Quiere decir sacrificios?
—Y juramentos —repuso John-Grigg, sorbiendo—. Cosas soterradas no se conforman sólo con sangre. Quieren promesas. Y la peor promesa es la del olvido, la de no buscar, la de no recordar.
Jonathan, hinchado por el whisky, exploró con la mirada la habitación tartamuda. En un rincón, había una especie de altar improvisado, sostenido por conchas de un verde iridiscente. Sobre él reposaba un libro abierto, manuscrito, con tintas violáceas que palpitaban bajo la luz mortecina. Hablaba de “el Invitado reptante de Bolnore” y de “la procesión de los que yacen bajo corrientes lúbricas”. Sentía el hormigueo de lo prohibido, la irresistible curiosidad del investigador.
—¿Dónde está ese lago del que hablan los escritos? El de las promesas. Las cartas de la Universidad mencionan un bajío donde emergía una ciudad en noches determinadas.
John-Grigg lo miró muy serio.
—Si es hombre de palabra, puede ir cuando la bruma sube y el agua brilla como obsidiana. Camine ladera abajo. Pero no entre en el agua. Y si escucha cánticos o ve luces que flotan, corra hacia la iglesia y no vuelva la vista atrás. El bajío sólo emerge para quienes tienen deudas pendientes.
Jonathan, animado por el licor y la soberbia, salió a trompicones pese a las lúgubres advertencias. La luna había sido engullida por nubes. Descendió el acantilado, siguiendo el eco del mar hasta llegar a la orilla de la laguna. El agua estaba quieta y negra. Unos peces plateados brincaban a flor de superficie, y reflejos verdosos danzaban en remolinos indecisos.
Se arrodilló en el barro y hojeó su cuaderno. Tenía que buscar símbolos marcados en ciertas piedras; según las notas, eran runas ofídicas, ligadas a la sumersión de Bolnore y a la festividad de las máscaras azules. Caminó rodeando la laguna, apartando lirios podridos y largas cintas de alga. El silencio era tan aplastante que podía oír su propio corazón.
De pronto, una melodía llegó de la nada: una letanía burbujeante, arrastrada por las ráfagas y compuesta de sílabas que parecían golpearse unas contra otras como olas petrificadas: “Iä n’lussa… iä Dagunara…”
Más allá, un resplandor violáceo brillaba entre los juncos. Jonathan, espoleado por su insaciable necesidad de *saber*, se adentró en la maleza, hasta llegar a una depresión donde el suelo se abría como una herida reciente. En el centro brillaba un charco con miasmas. Restos de columnas erosionadas, talladas con lo que parecían ojos de sapo y tentáculos de pulpo, se alzaban semisumergidas. Y allí, oficiando sobre una roca, figuras encapuchadas en túnicas azul marino parecía invocar el antiguo secreto de una ciudad caída.
Jonathan se agazapó, tapando su linterna. Uno de los encapuchados levantó una urna de jade y derramó en la laguna un líquido fosforescente. El canto se elevó y el agua borbotó, segregando burbujas que, extrañamente, comenzaron a emitir luz propia, flotando como luciérnagas deformes.
Entonces, del fondo del charco, algo se movió. No era pez, ni hombre, ni máquina. Dos aletas inmensas y membranosas asomaron entre las burbujas, seguidas por una cabeza nodular, con ojos faceteados como los de un insecto gigante. La multitud coreó en una lengua inhumana, y Jonathan, aún a distancia, sintió cómo la presión en sus sienes aumentaba hasta casi desmayarse. El ser emergió, arrastrando detrás una marea de limo y escoltado por entidades menores: hombres deformados, casi peces de pie, que golpeaban tridentes y caracolas, celebrando una boda fúnebre bajo estrellas podridas.
En ese instante, la criatura principal levantó la vista y su mirada cruzó la de Jonathan. No era odio lo que percibió, sino una insondable añoranza. Un reconocimiento ancestral entre víctima y deidad caótica. Sintió en su corazón el latido marino, el rumor siniestro de los profundos juramentos incumplidos por toda su estirpe de forasteros, de testigos furtivos. Los rituales no admiten observadores inocentes.
Intentó retroceder, pero el fango le aprisionó los pies. Los encapuchados se volvieron hacia él. Los cánticos cesaron. Sólo se oía el eco de su propia respiración, y un murmullo de agua corriendo hacia ninguna parte.
Uno de los encapuchados alzó una mano membranosa. Pronunció palabras, y Jonathan sintió como si su lengua estuviera siendo amputada del mundo de los vivos. La realidad osciló: el olor a agua estancada y a siglos corrompidos eclipsó cualquier otra cosa. Comprendió, en ese segundo, que la entidad esperaba un tributo mayor. Él era un intruso, y ahora era también una promesa.
La criatura se sumergió, pero su canto quedó, vibrando en el aire, sacudiendo los alisos. El agua comenzó a elevarse, no con violencia, sino lentamente, como si respondiera a una orden olvidada. Jonathan intentó gritar, pero su boca sólo produjo burbujas de algo viscoso y frío.
Los ritos siguieron hasta que toda la laguna vibró. Cuando la marea alcanzó a Jonathan, sintió que la piel se le endurecía, que los huesos se licuaban, y en ese trance de mutación y terror, comprendió lo que buscaban los Antiguos: renacimientos, nuevos juramentos, nuevas bocas para transmitir el canto hediondo de los abismos a los siglos venideros.
En la orilla, John-Grigg observó la escena desde la penumbra, sabiendo que las deudas de la curiosidad humana siempre encontraban saldo en la noche lacustre. Gull Haven, una vez más, dormiría en calma —al menos hasta la próxima luna negra, cuando la ciudad sumergida de sus pecados intentara asomar otra vez, reclamando almas y promesas incumplidas.
Y en el silencio que siguió, sólo quedó ese cántico borboteante, imposible de ignorar, extendiéndose de casa en casa y de sueño en sueño, como la marea que nunca retrocede del todo.
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