Fragmento:
Al pasar junto a la iglesia de la Orden Esotérica de Dagon—negra, magnífertemente estirada hacia el cielo, cubierta de relieves marinos apenas perceptibles—escuchó la oración amortiguada de un cántico, cuya melodía reptaba fuera de los vitrales y se mezclaba con los bramidos distantes de las olas.
Duración: 08:35
El viento húmedo traía el hedor del mar muerto más allá del malecón, olores convocados por la marea baja y las extrañas trampas para cangrejos varadas en la arena, cubiertas de algas y de conchas incrustadas. Philip Randall regresaba a Innsmouth tras una ausencia de veinte años, y cada grieta en las fachadas, cada vidriera rota de los almacenes, le parecía conservar la memoria de algo ominoso e irrespirable.
Era una noche sin luna. Caminaba por la Shore Road, a donde lo había arrojado una serie de acontecimientos demasiado ambiguos e insalubres para detallarlos en sus cartas a la tía Violet. La ciudad, aunque poseída por un letargo descompuesto y lóbrego, aún no dormía del todo. En los resquicios, sombras de pescadores viejos y jóvenes deformes se deslizaban silenciosas hacia lo hondo de los callejones, como si tuvieran algo que ocultar o proteger.
Randall detuvo el paso ante el viejo hotel Gilman, ahora tapizado de carteles medio borrados y bajo los cuales crecía una costra de sal. Dentro, el vestíbulo era una gruta de aliento viciado. Al cruzar el umbral, un viejecillo de párpados abultados y mirada húmeda levantó la cabeza y le ofreció un saludo irreconocible en un murmullo. Randall pidió una habitación— había venido a buscar rastros de su madre fallecida, injuriada en voz baja por los forasteros de Arkham y la propia familia, quien se negó a hablar del remoto pasado innsmouther.
El cuarto olía a musgo y ropa mojada. Las tablas del piso cedían con un crujido pegajoso semejante al retorcerse de algo vivo. Esa noche, buscando ordenar sus pensamientos, Randall decidió realizar un recorrido por los lugares de su infancia, aunque el corazón le latía con el familiar miedo que sentían todos los nacidos en Innsmouth a la puesta del sol.
Al pasar junto a la iglesia de la Orden Esotérica de Dagon—negra, magnífertemente estirada hacia el cielo, cubierta de relieves marinos apenas perceptibles—escuchó la oración amortiguada de un cántico, cuya melodía reptaba fuera de los vitrales y se mezclaba con los bramidos distantes de las olas.
Le precedía la leyenda del levantamiento de 1928, cuando el gobierno irrumpió para desmantelar aquel culto blasfemo, y la mayor parte de los habitantes desaparecieron, tragados por la noche, las aguas o algo peor. Pero el edificio permanecía, inexpugnable, y un tropel de figuras calvas y acuáticas lo protegía con fanatismo.
Ese mismo dolorido rumor se le pegó al caminar junto al embarcadero, observando la pendiente de Devil’s Reef recortándose en la lejanía como una fila de dientes mayúsculos descomponiéndose lentamente bajo las olas. Allí se hablaba del sacrificio de extranjeros, de danzas y luces vistas en noches de tempestad, de cánticos que hacen vibrar los huesos bajo el agua.
Randall encontró a Seth Pym, el barquero, enrollando redes y mascando tabaco agrio. En voz baja y entrecortada, le preguntó por la madre de Randall, Alice Marsh Randall. Al principio, Seth negó saber nada; pero bajo la promesa poco entusiasta de unos dólares, terminó murmurando:
—La señora cayó en la trampa de nuestro Obispo Merrow. Quería ver lo que yace bajo… Iba cada luna llena, durante meses. La buscaron los federales cuando aquello, pero ella fue la primera en desaparecer.
Evitó su mirada, levantó el rostro hacia el mar y murmuró—casi en trance:
—No todos vuelven. Y algunos vuelven… distintos. Mejor sería que no recordaras.
Randall regresó inquiete al hotel. Había un olor nuevo allí; un olor a sal fresca y amoniaco, un goteo persistente. El agua manchaba el cielorraso en pentáculos informes. En la cama, halló un objeto extraño: un pendiente de oro trabajado, con el diseño de un profundo, grotesco, y amorfo ser marino sosteniendo una joya negra de ámbar. Se estremeció al reconocerlo: era la joya que, según la leyenda familiar, la madre había recibido como dote el día de su boda y que siempre portaba en fiestas y entierros, hasta que la familia la proscribió.
Esa noche, en sueños, le visitó una visión: su madre, pálida, los cabellos húmedos, los ojos demasiado grandes y profundos como pozos de marea, que se le acercaba bajo un arco de coral marchito mientras por encima, monstruosos seres anfibios ejecutaban saltos ceremoniales sobre la superficie de un mar antinaturalmente calmo. Entre susurros—en una lengua que ardía y escarchaba los oídos—ella le suplicó que acudiera al sótano bajo el templo, que la liberara “antes de que el ciclo se cierre”.
Despertó empapado de sudor salino.
Antes del amanecer, armado apenas con una linterna y una pesada rama de fresno, se dirigió a la iglesia de Dagon, la joya tenebrosa agitándole el pecho con una inquietud enloquecedora. Al llegar, el portón estaba abierto. En el altar, entre imágenes de tentáculos y perlas negras, yacían restos de cera y huesecillos de aves marinas; el aire era espeso, casi sólido, cortante con la pestilencia de caballos de mar podridos.
El sótano, alumbrado sólo por su linterna y el martilleo de su corazón, era una caverna tornada húmeda. Paredes cubiertas por musgo fosforescente mostraban relieves: escenas de un linaje híbrido, encuentros carnales entre humanos y monstruos marinos, pactos sellados con sangre, símbolos ofensivos contra la cordura humana. El suelo, cubierto de guijarros, crujía bajo sus botas. De pronto, el eco de pasos descalzos y palmeados se filtró desde la oscuridad de los corredores laterales.
Entonces la linterna titubeó; la penumbra mostró decenas de ojos bulbosos y brillosos mirándolo desde las sombras, y un cántico gutural se elevó por las escaleras. De entre todos los monstruosos congregados—con bocas rasgadas, branquias reptantes y manos palmeadas—emergió una figura femenina que, a pesar de la repugnancia de sus metamorfosis, conservaba un eco inconfundible de humanidad: era Alice, su madre, aunque ahora diáfanamente translúcida, más parecida a las criaturas de los bajorrelieves que a cualquier cosa terrestre.
“¿Por qué me has buscado?” siseó, y la voz era como una ola sumergiendo piedras.
Él no pudo responder. El cántico se elevó en volumen y rapidez. Los ojos de su madre se nublaron, y se inclinó hacia él.
“Hijo —dijo—. Has despertado la sangre. Has traído la joya. El ciclo casi termina, pero aún queda tiempo… Ven.”
Se percató entonces de que los murmullos no eran ni humanos ni bestiales, sino una amalgama. El pulso del océano parecía retumbar en sus sienes, trayendo recuerdos sepultados de la infancia —caminatas nocturnas hasta la costa, historias ininteligibles de antepasados que surgen de las olas, el terror instintivo que le impedía acercarse al agua tras el crepúsculo.
“Dagon llama —siseó su madre—. Debes decidir: o te unes a nosotros, o te volverás presa de nuestra hambre.”
Las criaturas comenzaron a rodearlo, susurros de promesas antiguas y de secretos del abismo, de poder y de horror. La joya en el pecho de Randall latía, como un corazón vivo, llenándole las venas de ardor frío.
Intentó retroceder, pero unas manos viscosas y frías le impidieron huir. El aire menguó, olía a sal y podredumbre, y el cántico hacía vibrar su sirga de pensamientos con una extraña harmonía. Vio, entonces, en un destello, la visión de su propio reflejo en las pupilas abismales de su madre… y no era el suyo: la piel perlada, gélida, los ojos enormes y opuestos a toda humanidad, la boca trémula ya para articular las sílabas licuadas del idioma de Dagon.
Luchó, gritando, pero el grito fue tragado por la multitud. Unos dientes agudos destellaron, y la joya explotó en un resplandor de espuma negra. El cántico culminó en crescendo, la última nota doblándose con la fuerza de la marea sobre las rocas.
No recuerdan mucho después los que llegan a las costas de Innsmouth por error, solo el rumor de voces inhumanas saliendo del agua, el crescendo de la marea que esconde horrores inmemoriales bajo la superficie. Sé firmemente que nadie encuentra a Randall, ni ahora ni nunca, pero sí afirman—los pescadores más viejos, los que han visto más de lo conveniente—que, en algunas noches sin luna, una figura sale del mar y deambula por la Shore Road, con un brillo negro azabache en el pecho, portador de la maldición de sangre que nunca debió despertar.
Y allá, en las profundidades, el canto de Dagon jamás cesa.
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