Portada del relato Los Susurradores del Bosque de Utharn
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Pero fue más allá de la alucinación: en sueños, el cántico metafísico de su texto repicó tras mis párpados, y mi corazón, enfermo y viejo, sintió el gélido roce de un dedo sin carne. Así, al llegar la novena noche tras la adquisición del fatídico manuscrito, me atreví a experimentar el ritual solo mencionado en ese texto.

Duración: 08:45

Los Susurradores del Bosque de Utharn
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

* * *

La tradición leyda, cuya raíz en los anales del Páramo Helado se extravía en la niebla de los siglos, habla de vínculos entre el hombre y fuerzas para las que ni dios ni demonios tienen nombre. El Libro de Eibon, grueso compendio obeso de imprecisiones y horrores sugeridos, contiene pasajes que aquellos, como yo, que han experimentado los velados pliegues de la realidad, solo con esfuerzo logran leer sin que el pulso se convierta en un frenesí de terror animal.

Así, y a petición de los estudiados de Maul’Doth, traigo traducido del bárbaro dialecto de Settang un episodio nunca antes publicado en lengua civilizada, sobre la disolución del alma bajo el influjo de lo innombrable.

He aquí, pues, el relato de Hadrad el Gris, último vástago de la casa de Maanek, en la era en que la luna se estremecía bajo la sombra de su reflejo tergiversado.

***

Siempre existe una hora, dicen las viejas, en la que los hombres sabios cierran los postigos. Pero en Maanek, en los años de la pestilencia cárdena, nada más importaba que la sobrevivencia. Yo, Hadrad, último de mi linaje, encontraba en el estudio de las formas arcaicas un sustituto para el vino, la carne o el calor humano. Torre vieja y grietas llenas de musgo, gusanos entre papiros, mi única compañía: el silencio corrupto del crepúsculo.

La historia comenzó a enroscarse como una serpiente muerta con la llegada a mis manos del fragmento 9B, llamado vulgarmente “La Bulla Oculta”, un pliego idiomáticamente torturado y repleto de signos exteriores. Ignoro por qué, pero al leerlo, sentí que los glifos, en vez de permanecer quietos, danzaban como moscas sobre la carroña.

Pero fue más allá de la alucinación: en sueños, el cántico metafísico de su texto repicó tras mis párpados, y mi corazón, enfermo y viejo, sintió el gélido roce de un dedo sin carne. Así, al llegar la novena noche tras la adquisición del fatídico manuscrito, me atreví a experimentar el ritual solo mencionado en ese texto.

La luna, esa víspera, tenía un brillo cerúleo, no del tipo que la lírica macabra describiría persiguiendo las laderas de Imarás, sino más semejante al reflejo de cuchillas sobre la losa de disección. Preparé mi círculo con polvo de huesos, como demandaba el manuscrito; un círculo, pensaba entonces en mi arrogancia, podía contener cualquier cosa. Cómo iba a saber hasta qué punto la ilusión de contención era solo eso: una ilusión.

La vieja torre de los Maanek traqueaba como si infinitos insectos corrieran bajo sus piedras. Cuando la hora llegó, entoné la letanía extirpada al fragmento, mutilando sin querer las sílabas finales, pues la pronunciación es esquiva en lenguas antaño silbadas por gargantas extintas.

El cambio fue sutil: primero sentí, en la nuca y la planta de los pies, el aire tornarse espeso, como si espirase algún gas tibio oculto en los muros. Las velas refulgieron en tonos verdosos, y la propia luz parecía moverse hacia adentro, colapsándose hacia su fuente y desapareciendo, sumiendo el círculo en una semioscuridad ansiosa, expectante.

Así se abrió la puerta que yo, en mi necedad, había invocado. No se trató de un portal visible, ni de uno de esos vórtices que un adversario más infame mostraría como un triunfo de la hechicería. Fue una presencia, primero tan solo un eco, como el ronquido de cataratas lejanas, de pronto acompañada de un frío tan intenso, tan puro, que los huesos de mis piernas comenzaron a vibrar de forma involuntaria.

Y entonces llegaron los susurros.

No voces humanas, ni el siseo de los ofidios del Jardín Hondo, sino un trenzado de sonidos cóncavos, como palabras pronunciadas bajo el agua y llenas de una viscosidad intelectual y cruel. Comprendí, sin oírlo en lenguaje alguno, sino como una inferencia directa al nervio, que aquello invitaba.

Alcé la vista y supe, con certeza, que me observaba. No con ojos, y no con simple conciencia, sino con la hambreada atención que los dioses reservan para los necios que tropiezan con lo prohibido. Sentí la tentación de retroceder pero mis pies, helados, estaban clavados al suelo.

La invitación era a “ver más allá de la Puerta”. Un término ambiguo, incluso en los tumulares dialectos de Settang, pero en mi horror supe que implicaba la disolución. Ni muerte ni locura exactamente; más bien, un trascender que era también descomposición.

En ese instante, resistirse era imposible. La cosa —llamémosla así, por piedad semántica— atravesó el círculo. Todos los remedios físicos, sahumerios y barreras, no tenían poder. El polvo de los huesos se arremolinó y flotó hacia arriba, danzando en una parodia de vida, y comprendí que el círculo contenía, no al ente, sino a mí mismo, como una ofrenda.

Mi piel se arrugó, ampollándose bajo la luz verdosa, mi lengua se pegó al paladar reseco. La cosa hablaba. No en palabras, sino en deseos. Imploró entrar, conocer, usar.

Aun manteniendo algo de sentido, murmuré el nombre secreto de Eibon, esperando separar la realidad de mi inevitable destino, pero fue en vano. La fuerza que me envuelve aún hoy al recordar superó todo lo imaginable; de pronto estuve de pie en la torre, pero también en otra parte, donde proliferaban cadáveres de ideas y los cielos eran cirros de carne y abominación.

Fui testigo de figuras deformes, inarticuladas, pero innegablemente conscientes, reptando sobre los arruinados campos que rodeaban menhires resplandecientes: hombres y mujeres de eras perdidas, todos atrapados en una compasiva suspensión, mientras sus almas se escurrían hacia el núcleo de algo insaciable y extraterrenal.

El tiempo no era ya lineal; yo podía ser entonces, pero también antes, y después, y por siempre. Por siglos instantáneos conviví en ese estado, aprendí y olvidé, supe que aquello que yo llamaba la “cosa” era, en verdad, una corriente de hambre conectada a un conglomerado inimaginable más allá de las estrellas, permanentemente sediento de experiencia y sufrimiento.

Y aún así, no era esto lo peor. Hay, en el horror verdadero, siempre un punto final.

Me fue ofrecido un retorno: una paz mentirosa, a cambio de llevar con mi carne las puertas abiertas. Solo debía renunciar a la pureza de ser uno, y convertirme en un conducto: un huésped.

No poseo sentido del tiempo desde entonces. Solo sé que regresé al cascarón de mi guarida en Maanek, devastado, quebrado, ya nunca el mismo. Mi reflejo huye de los espejos, y mi sombra se arrastra, siempre un latido detrás de mis pisadas.

Dicen que los campos que rodean la torre están desde entonces estériles; que la luna, en noches de viento sur, se niega a reflejarse entre los charcos, y que los gatos mudos que merodean los tejados muestran encías negras y partidas.

No duermo. No por miedo a sueños, sino a la certeza de que el mínimo desliz me arrastrará de nuevo al vórtice. El fragmento 9B yace sellado bajo tierra, pero sus palabras laten, como dentro de un huevo podrido, buscando lengua para renacer.

El Libro de Eibon advertía: “Nada que se convoque carece de hambre”. Yo —Hadrad, último de mi linaje— soy ahora testigo, y, temo, también instrumento de ese hambre. Mis pensamientos se agolpan en los márgenes de la locura cada vez con mayor frecuencia.

Por las noches, los susurros inundan la torre, y cada vez más comprendo sus palabras. Hablan de formas nuevas, de puertas inagotables, de la convergencia próxima. Percibo en el zumbido de los insectos lo que antes era la anónima música de la descomposición: ahora, mensajes. Instrucciones.

Mis manos no me obedecen como antes. Escriben solas, trazan glifos que parecen devorar la tinta. El horror no es ya ser perseguido, sino ser el umbral. No temo a la muerte: temo a abrir los ojos en la eternidad de los hambrientos.

Por eso, escribo este testimonio, dirigiéndome a Aquel que conserve sentido. No busquéis el fragmento de la Bulla Oculta; no invoquéis, no leáis en alta voz. Y si sentís una presencia al acecho en los pliegues de la realidad, huir no sirve: ya estáis vistos.

Las formas hambrientas no olvidan. Quizá os permitan, como a mí, la breve tregua de la narración. Quizá la advertencia esté a tiempo. Pero escuchad, adultos lectores de Eibon: la Puerta siempre cobra su precio.

Aquí termina mi relato. Si la luna brilla cerúlea esta noche, cerrad los postigos, y no contestéis a los susurros, por mucho que prometan saber. Porque de todo hambre solo queda el eco… Y el eco, inexorable, al cabo encuentra carne en la que resonar.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.