Fragmento:
La posada donde encontré alojamiento apestaba a humedad y pescado podrido, su celosía estaba corroída por el mar y decorada con grotescas tallas que simulaban escamas y fauces. El posadero, un hombre rechoncho de ojos saltones y piel enfermizamente lustrosa, nunca pronunció más de dos palabras seguidas; pero sin embargo, noté que me observaba con una intensidad casi dolorosa. Me había asegurado —quizás para espantarme— que la habitación sería mía hasta el final de la semana. No pensé entonces que podría suponer un mal augurio.
Duración: 08:38
La noche había caído sobre las pestilentes marismas de Innsmouth, derramando telones de niebla sobre las aguas aceitosas, donde los lirios abrazaban monstruosas raíces. Los faros del puerto parpadeaban a lo lejos, como ojos agotados por vigilar tanto horror; el salitre se pegaba a la piel, y la humedad inexplicable de las riberas empapaba no solo la ropa, sino también el corazón. Cuando desembarqué, lo hice con una mezcla de repulsión y miedo. Mis investigaciones sobre cultos costeros me habían traído hasta este repelente rincón, tan propenso a supersticiones indecibles como a la simple negligencia humana.
A decir verdad, el caso de la familia Marsh era solo un pretexto. Había oído, en cartas crípticas y en murmullos de taberna, historias que no correspondían a la usual ignorancia rural. Había relatos de refugiados temblorosos, enloquecidos por pesadillas de criaturas que reptaban más allá de la comprensión humana, entre las espumas podridas de un mar sin tiempo. No eran solo sirenas ni hombres-pez del folclore, sino algo más devorador, antiguo y desolador, cuyo nombre, Dagon, emergía entre balbuceos como un hedor antiguo.
La posada donde encontré alojamiento apestaba a humedad y pescado podrido, su celosía estaba corroída por el mar y decorada con grotescas tallas que simulaban escamas y fauces. El posadero, un hombre rechoncho de ojos saltones y piel enfermizamente lustrosa, nunca pronunció más de dos palabras seguidas; pero sin embargo, noté que me observaba con una intensidad casi dolorosa. Me había asegurado —quizás para espantarme— que la habitación sería mía hasta el final de la semana. No pensé entonces que podría suponer un mal augurio.
La primera noche, apenas dormí. Había en el ambiente un zumbido monótono que no podía atribuir a las olas o al viento. Desperté varias veces sobresaltado, soñando con lamentos que nacían del fondo de la marisma y golpes retumbando bajo el suelo de la casa, como si la madera flotara a la deriva. El segundo día, en busca de claridad, recorrí las callejuelas torcidas de Innsmouth, tropezando con figuras envueltas en harapos que evitaban la mirada pero que nunca dejaban de observarme con ojos húmedos y oblicuos.
En la iglesia abandonada junto al “Espejo de Cthaat”, un corrompido estanque circular entre sauces y matorrales, descubrí lo que muchos temen: una congregación clandestina. Observé desde la penumbra el lento desfile de formas envueltas en capas grises. Sus pies se arrastraban contra los adoquines rotos como si hubieran olvidado la dignidad de andar erguidos. Los himnos que entonaban eran gorgoteos apenas humanos, invocaciones a través de lenguas viscosas. Cuando la bruma se espesó y ocultó sus rostros, reapareció solo una sombra inmensa, demasiado antinatural para ser hombre, y con un destello plateado, se sumergió en el agua bajo la iglesia con un plop demasiado resonante.
Amanecí el tercer día con un firme propósito: registrar mi experiencia y huir al primer tren. Pero nada es sencillo en Innsmouth. Los caminos giran sobre sí mismos, la niebla borra los hitos, y la gente, como si hubiese sido avisada por alguna señal invisible, comenzó a apartarse de mí todavía más. Una anciana de mandíbula imposible me arrojó una palabra a medio pronunciar: “Dagon”. Bastó para paralizarme el alma.
Aquella tarde, el mar se cubrió de trapos de niebla, y nadie osó salir a los muelles. Los más supersticiosos afirmaban que olas sin viento azotaban la costa, y que “algo” subía desde las profundidades. A medianoche, los lamentos comenzaron. No eran los gatos ni las aves nocturnas, sino clamores ululantes que brotaban de los canales y de las grietas de la iglesia. Armándome de valor y portando una linterna, marché hacia el estanque profanado, guiado más por locura que por racionalidad. Cuando llegué, el aire vibraba con el pulso de un tambor ancestral, y en el centro de la iglesia derruida, las piedras palpitaban como si el mismo corazón del mar latiera bajo ellas.
Allí, grupo tras grupo, decenas de aldeanos habían formado un círculo. Desnudos, sus cuerpos cubiertos de lodo, escamas y algas, parecían mitad humanos, mitad espectros de un pantano sepultado. El sacerdote, identificado por su capa de armiño mohosa, alzó una copa llena de líquido aceitoso y clamó con voz retumbante a Dagon. Fue entonces cuando lo vi: emergiendo con lentitud, como una pesadilla encarnada, la corpulenta figura de una criatura se alzó desde la sima del estanque. Sus ojos reptilianos poseían una inteligencia carente de compasión, su piel resplandecía con un verdor oleaginoso, y de sus branquias exhalaba un vapor cuya sola visión corrompió mi razón.
Los aldeanos, poseídos por un frenesí orgiástico, comenzaron a aullar en una lengua imposible, arrodillándose ante la bestia. Dagon, pues no podía ser otro, extendió uno de sus miembros palmeados en un gesto imperioso. El sacerdote se acercó y hundió la copa en las fauces babeantes de la criatura, mientras sus seguidores se desgarraban entre sí en una competencia primitiva por recibir su bendición profana. La visión era tan horrenda que sentí arcadas; aquello no era un simple sacrificio, sino una consumación de siglos de ignominia compartida entre la carne humana y la corrupción abisal.
Me marché flotando en una especie de trance. No recuerdo cómo salí de la iglesia, ni cuánto tiempo estuve vagando por las calles ahogadas en neblina. Cuando volví en mí, estaba de nuevo en mi habitación desvencijada. Allí, sobre la mesa, encontré un objeto que no recordaba haber dejado: una joya tallada en una forma indeciblemente grotesca, cubierto de limo fresco y con símbolos que giraban a la vista como gusanos desenroscándose. Instantáneamente sentí cómo una fuerza ancestral se apoderaba de mi mente. Cerré los ojos y, durante un instante imposible, contemplé la verdad.
La humanidad, pensaba yo, había nacido sobre abismos de olvido, ignorante del pedestal de horrores sobre el que se sustentaba. Ahora lo sabía: Dagon y sus descendientes aguardaban el día en que el mar volviera a cubrir la tierra. Innsmouth no era solo una aldea maldita, sino una grieta, un tumor por donde la realidad escurría hacia el abismo original. El destino de todo hombre era ser arrastrado, seducido o consumido por aquello que yacía bajo las aguas.
Pero lo peor vendría después. En noches sucesivas, mi cuerpo comenzó a cambiar. Al principio apenas unas escamas dispersas, luego un frío arrastre en mis extremidades y una repugnante humedad perpetua sobre la piel. Soñaba invariablemente con la llamada de Dagon, los tambores golpeando bajo las olas, su mirada atravesando las profundidades hasta horadar mis pensamientos. Ya no temía a los aldeanos de Innsmouth, ni a las sombras errantes: temía a mi reflejo en el cristal empañado, desdibujado y grotesco, obrando una metamorfosis que me tejía en las filas de los fieles del mar.
El horror no era lo que había contemplado, sino en lo que, lentamente, me estaba convirtiendo. El aire, aunque pestilente, ya no me resultaba del todo repelente, y en mis venas bullía un extraño anhelo salino. Dagon no solo regía sobre las profundidades, sino que reclamaba a los hombres las partes de sí mismos que nunca comprendieron, la parte reptil, la parte monstruosa, la parte ansiosa de sumergirse, de olvidar el sol y la razón…
Ahora escribo esto como advertencia, o como confesión. Los rumores eran ciertos. Dagon existe, sus acólitos reinan en la penumbra de las costas, sus descendientes aguardan pacientes el renacimiento de su mundo abisal. No busques Innsmouth, ni te acerques a los estanques donde la niebla nunca se disipa. Y si algún día percibes una joya de limo y símbolos retorcidos en tu dormitorio, huye. Porque la transformación comienza en el corazón, mucho antes de que los demás lo perciban en tu piel.
El eco de Dagon resuena en todos nosotros, acechando en la frontera entre la vigilia y el sueño, entre la tierra firme y el fondo insondable del océano primigenio. No me queda mucho tiempo. Yo también descenderé pronto, con el primer beso de la marea, para reunirme con mi nuevo padre en el abismo donde la humanidad se pierde, y solo las bestias antiguas celebran en la oscuridad sin fin.
Que quien lea estas palabras encuentre la fuerza para apartar la mirada… o al menos, para no escuchar el llamado seductor que se eleva, cada noche, desde las fétidas profundidades donde reina Dagon, señor de los horrores sumergidos.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.