Fragmento:
Aquella mañana, un sobre anónimo, sin timbre alguno, apareció en su casillero. Al tocarlo, Edgar sintió el frescor inmotivado del papel. La dirección manuscrita, temblorosa y finísima, parecía escrita con pigmento dorado o amarillo pálido, como diluido por el paso del tiempo. Dentro encontró sólo una hoja, plegada en varias partes, cubiertas por un mensaje breve: “Ven a Kingsvale. Pregunta por la piedra de las marcas, y calla. Recuerda el nombre de Hastur. Hazlo antes de la luna nueva. No mires tras las máscaras.” No había firma, ni fecha. Sólo la huella apenas perceptible de una cera amarilla, deformada e informe, en la solapa interior del sobre.
Duración: 13:44
Capítulo 1: Niebla de Carcosa
Boston, invierno de 1927. En la redacción de la Gazette, la monotonía de la lluvia y el humo era interrumpida sólo por la llegada de correos insólitos: cartas de soñadores, avisos de catástrofes rurales, pequeñas tragedias que nunca ocupaban la portada. Edgar Salton se sentía un intruso en el mundo ordenado de sus superiores, condenado a trazar obituarios y reseñas blasées sobre vaudevilles marchitos mientras la inquietud interna lo devoraba. La euforia juvenil y la curiosidad desmedida convivían en él desde los años de universidad, cuando sus incursiones en la Biblioteca Widener le habían abierto los umbrales de la poesía macabra y de la historia de provincias extrañas, dispuestas como heridas abiertas a lo largo del mapa de Nueva Inglaterra.
Aquella mañana, un sobre anónimo, sin timbre alguno, apareció en su casillero. Al tocarlo, Edgar sintió el frescor inmotivado del papel. La dirección manuscrita, temblorosa y finísima, parecía escrita con pigmento dorado o amarillo pálido, como diluido por el paso del tiempo. Dentro encontró sólo una hoja, plegada en varias partes, cubiertas por un mensaje breve: “Ven a Kingsvale. Pregunta por la piedra de las marcas, y calla. Recuerda el nombre de Hastur. Hazlo antes de la luna nueva. No mires tras las máscaras.” No había firma, ni fecha. Sólo la huella apenas perceptible de una cera amarilla, deformada e informe, en la solapa interior del sobre.
Era un mal presagio, pero la fascinación de lo desconocido pudo más. Al mencionar el enigmático nombre ‘Hastur’ y la legendaria Carcosa, el pulso de Edgar se agitó. Recordaba vagas alusiones a tales conceptos en las páginas de los cuentos arcanos de Ambrose Bierce y el poemario prohibido de Robert W. Chambers, de los que se hablaba como si fueran ficciones dañinas o espejismos de la locura. Y, sin embargo, ver esos nombres invocados en un contexto real, dicho por alguien que quizá conocía secretos sepultados, le pareció un desafío personal, un enigma digno de sus anhelos.
Al día siguiente solicitó licencia bajo el pretexto de enfermedad familiar, y tomó el primer tren que serpenteaba entre los pinos grises y pastizales veteados de niebla hacia el norte de Massachusetts. El viaje fue largo, solitario, y en los ventanales se reflejaban paisajes tan mudos como lejanos, como si el tiempo mismo vacilara. Los pasajeros del vagón dormitaban, ajenos a la inquietud creciente de Edgar: ningún nombre en los mapas oficiales marcaba Kingsvale. Había tenido que consultar antiguos registros y viejas guías ferroviarias para encontrar ese pueblo perdido entre colinas y bosques cerrados.
Llegó a la estación poco antes de la caída del sol. La plataforma, invadida por la bruma, sólo era custodiada por una farola mortecina y una figura encorvada, el jefe de estación, que sólo asintió y ni siquiera le preguntó por sus propósitos. Cuando Edgar preguntó por la posada, el hombre le señaló un sendero sin pronunciar palabra. No había carteles; sólo la silueta de casas bajas, tejados a dos aguas y jardines invadidos por cardos.
Kingsvale parecía suspendido en un sueño silencioso. Caminó por una calle principal envuelta en niebla baja, sólo perturbada por el taconeo de sus zapatos y el crujir de ramas secas. Las ventanas permanecían cerradas, y quienes pasaban cerca, con ropas tradicionales y rostros impávidos, desviaban la mirada o se escabullían en portales apenas iluminados. Sentía miradas furtivas, hostiles en su mutismo.
La posada era un edificio de madera con una inscripción semiborrada: “Auburn House”. Una mujer de edad incierta y expresión desconfiada, la señora Grafton, lo recibió sin demasiadas palabras. Entre las cortinas de lino amarillento y los muebles polvorientos, Edgar percibió una atmósfera anticuada, como si el tiempo aquí hubiera cesado de avanzar. Fue llevado a una habitación fría, con vistas a un jardín sumido en la niebla.
Esa noche, sentado ante una lámpara de aceite que chisporroteaba, Edgar repasó la carta. Repitió en voz baja las palabras ‘Hastur’ y ‘Carcosa’. La extrañeza de los tonos le dejó un mal sabor, un eco disonante en la garganta. Al cerrar los ojos fue invadido por sueños inquietos: un teatro derruido, tapizado de cortinas amarillas, máscaras de oro y una multitud sin rostro. Despertó sobresaltado, con la certeza de que alguien lo observaba desde el otro lado de la ventana, aunque sólo la niebla se retorcía en el cristal.
Al día siguiente, Edgar vagó por Kingsvale, buscando una explicación lógica a las visiones de la noche. Se detuvo a preguntar en la tienda de ultramarinos por la piedra de las marcas, y el tendero sólo bajó la vista y murmuró una excusa, alejándose por la trastienda con un temblor evidente. Tratando de racionalizar esa actitud esquiva, Edgar se detuvo en el parque central: un círculo de robles avejentados y bancos de hierro oxidados. Allí, al pie de una pequeña colina, divisó un monolito de pizarra, desgastado y cubierto por líquenes, apenas visible entre la maleza.
Se aproximó. El monolito, de un metro de altura, exhibía surcos primitivos, grabados a mano. No eran runas celtas ni caracteres que Edgar reconociera, sino signos entrelos, líneas entrecruzadas y símbolos reminiscentes de estrellas pálidas, lunas hendidas y un ojo bizantino rodeado de espirales. Al rodear la piedra notó marcas recientes, quizá de manos infantiles o de alguien hincando las uñas en el limo. Le pareció oír, tras su hombro, un silbido bajo, como una risa fingida, pero al volverse sólo encontró hojas que danzaban en torbellino.
A mediodía, optó por visitar la biblioteca pública, una casona de ladrillo oscuro junto a la iglesia. Allí se respiraba un olor a pergaminos, cera y humedad. La bibliotecaria, una mujer diminuta de cabello blanco llamado Sra. Clawson, lo recibió con un recelo contenida tras unas gafas rotas. Preguntó por libros de historia local, rebañando cortesmente detalles sobre la piedra y las leyendas del pueblo. Sin embargo, la mujer respondió ensayando evasivas: “No hay nada digno de ser registrado. Aquí todo es antiguo, señor. Mejor procure no pensar demasiado en lo que no tiene explicación.”
Persistente, Edgar hojeó por sí mismo los registros polvorientos encuadernados en cuero. Tras una hora de revisión halló, extraviado entre volúmenes parroquiales, un cuaderno sin título, con tapas de pergamino amarillentas y letras semi borradas. Las primeras páginas describían plantaciones, transferencias de tierras y genealogías anodinas. Pero entre sus hojas posteriores, la caligrafía cambiaba: divagaciones apocalípticas, menciones veladas a una “ciudad sumergida en la niebla”, “el regreso de la corte amarilla” y un nombre repetido como un sortilegio: ‘Carcosa’.
Una anotación, más al margen, le heló la sangre: “La piedra fue alzada para sellar la entrada. Cuando los sueños se vuelvan oro y el Rey reclame su reino, la puerta será abierta de nuevo. Quien porte la marca verá la ciudad más allá del velo. No debemos mirar.”
En ese momento, la sensación de ser observado volvió, latente. Una figura de traje oscuro, con guantes color marfil, atravesó la sala y hojeó un periódico con lentitud. Probablemente un vecino, pensó Edgar, aunque el rostro del hombre permanecía velado por la sombra de un sombrero rígido. Cuando Edgar intentó seguirlo, el desconocido desapareció tras una estantería, sin dejar rastro.
Decidido a indagar el trasfondo de esas palabras crípticas, Edgar solicitó inspeccionar los archivos de diarios locales antiguos. La bibliotecaria vaciló, mas accedió tras algunas miradas furtivas. En las páginas de un periódico de 1895 encontró la mención a una “noche blanca”, en la que decenas de habitantes aseguraron oír música y ver figuras fantasmales bailando en las praderas cerca del lago Hali, al oeste del pueblo. “La histeria colectiva”, decía la nota editorial, “invade Kingsvale como niebla de mal agüero”.
Al salir de la biblioteca, Edgar reparó en algo más: una serie de pequeños amuletos con hilos amarillos colgaban en los dinteles de las casas, casi imperceptibles. Al intentar preguntar a una anciana sentada en el umbral de su hogar, ésta se limitó a gesticular el signo del silencio, posando el dedo en sus labios pálidos y desviando la mirada. Nadie parecía dispuesto a pronunciar palabra sobre Carcosa, Hastur o cualquier tema remoto que rozara el rumor del terror antiguo.
Esa tarde, la niebla volvió a espesarse hasta el punto de tornar irreconocibles las calles. La bruma parecía desbordar los paisajes, difuminando los contornos hasta volver todo maleable, sin frontera cierta entre lo concreto y el delirio. Edgar avanzaba, guiado por los faroles mortecinos, y creyó distinguir a un grupo de figuras en la plaza central: bailaban, o más bien ondulaban al ritmo de una melodía invisible. Llevaban máscaras doradas, grotescas, y túnicas que oscilaban bajo la luz menguante. El aire olía a incienso rancio y a tierra húmeda. Edgar parpadeó; las figuras se desvanecieron, como vapores arrastrados por el viento. Durante varios minutos quedó aturdido, dudando de su percepción. ¿Era el efecto embriagador de la niebla o había asistido a una manifestación de lo invisible?
De regreso a la posada, otra vez la señora Grafton lo recibió con sequedad. Durante la cena, sólo se oía el repiqueteo de la lluvia y el zumbido de los grillos. Edgar intentó entablar alguna conversación, tanteando con ligereza historias del pueblo, leyendas de pescadores o fábulas locales. La mujer cortó toda posibilidad: “Aquí no hay nada que contar. Le aconsejo que se centre en su trabajo y deje el pasado en su sitio. Los que preguntan demasiado no suelen quedarse mucho tiempo.”
La noche trajo consigo nuevas visiones. Tal vez fue el sopor acumulado, o la fatiga del viaje, pero Edgar soñó con una ciudad a orillas de un lago inmenso, envuelta en bruma dorada, bajo estrellas apagadas. Un rey sin rostro, vestido de túnica amarilla, descendía por escaleras de piedra mientras una multitud de rostros ocultos danzaba y temblaba. Al fondo, sobre la superficie del lago, surgían torres esqueléticas y ruinas envueltas en lianas vivas. Una voz incorpórea murmuraba: “Recuerda la máscara. Recuerda el nombre.”
Despertó al alba sudoroso y tiritando. Al mirarse en el espejo del lavabo, tuvo la impresión de ver un destello amarillo cruzando fugaz su reflejo. Parpadeó. Ahora sólo estaba su propio rostro, demacrado por la falta de sueño, los ojos hundidos y brillantes. El miedo ciego de la infancia se adueñó de él por un momento, aunque trató de reprimirlo machaconamente, aferrándose a la lógica periodística, al poder del relato verídico.
Pero la carta, la piedra, el manuscrito en la biblioteca, todo ajustaba una imagen inquietante que se abría como una herida creciente. La pregunta se repetía: ¿podía haber un núcleo de verdad detrás de las leyendas de Carcosa y de Hastur? ¿Acaso estaba siendo manipulado por una broma macabra de los aldeanos, o había algo ancestral, un horror subyacente que vibraba en el pulso mismo de Kingsvale?
Esa mañana, determinó buscar a algún vecino que pudiera recordarle más sobre la historia de la piedra y sus grabados. En una ferretería encontró a un artesano viejo, el señor Millard, quien, ante la mención de la piedra, se limitó a persignarse y murmuró unas palabras inaudibles. “No hay respuesta ni consuelo para quien quiere mirar donde no se debe, señor Salton”, sentenció. Le explicó que la piedra existía desde antes de la fundación del pueblo, y que los forasteros traían mala suerte si preguntaban demasiado por ella.
El último intento fue en la iglesia metodista, una edificación de torres menguadas y retablos mohosos. El reverendo, consultado por Edgar, sonrió temblorosamente. “Son sólo historias para asustar a los niños, hijo. Pero algunos sueños es mejor no perseguirlos, y a ciertas puertas no está bien llamar.”
Al salir, ya de regreso a la plaza, la niebla comenzó a espesarse súbitamente. Durante un instante, creyó distinguir, semiocultas entre el polvo y la luz mortecina, unas letras grabadas en los adoquines: “Carcosa”. El nombre titiló, desvaneciéndose al paso de una ráfaga. El miedo era ya una presencia tangible, semejante a una mano invisible posada sobre sus hombros.
Cuando el crepúsculo empezó a adueñarse de Kingsvale, Edgar se sentó en la cama y desdobló la carta otra vez. Intentó anotar una primera crónica de su experiencia, pero sus manos temblaban y las palabras saltaban confusas, como si algo interfiriera en el acto de escribir. La convicción crecía: había algo incomunicable en esta atmósfera, algo que corrompía el aire, poblándolo de sueños ajenos, de terrores heredados más allá de la memoria explicable.
Edgar, solo ante la ventana, observando cómo la niebla sube y se espesa devorando la última luz del día. Sabe que lo que ha encontrado en Kingsvale va mucho más allá de un simple reportaje; siente, cada vez con menos dudas, que las respuestas a sus preguntas lo arrastrarán a distancias desconocidas, donde las palabras ‘Carcosa’, ‘Hastur’ y ‘el Rey de Amarillo’ marcan el umbral de la cordura. Frente a sí, entre la bruma, cree vislumbrar una silueta alta y dorada, indistinta, y la certeza de que la investigación sólo ha comenzado, y lo peor aún acecha en la niebla.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.