Fragmento:
El perro, que antes retozaba feliz entre la hierba, ahora se quedaba rígido en la puerta al anochecer, mirando la ladera más allá del granero con los pelos erizados y el hocico tembloroso. Richard lo reprendió al principio, luego le acarició el lomo, suponiendo que algún zorro merodeaba por el corral. Pero la tercera noche, cuando oyó un crujido de maderas en el piso superior y sintió un extraño temblor, casi como una vibración apenas perceptible en las paredes, se sentó en la cama y escuchó, con el corazón acelerado.
Duración: 08:54
El guardián de la colina negra
Habían pasado muchos años desde que los Whateley abandonaron la granja en la colina, pero en Dunwich la memoria es larga y los rumores se aferran como la niebla que baja por los valles cada atardecer. Era verano cuando Richard Caswell, un joven criador de caballos del sur de Massachusetts, decidió comprar el terreno a pesar de las advertencias y la suma irrisoria por la que se lo ofrecieron. Quizás fue la necesidad, o la arrogancia típica del forastero, lo que le hizo desoír las palabras roncas del agente inmobiliario y las miradas huidizas de los vecinos en el viejo almacén, cuando anunció que pensaba restaurar la casa de la colina negra.
Aquel lugar, contaban los viejos del pueblo, había sido tierra maldita desde antes de la llegada de los primeros colonos. Los indios evitaban la zona, y aún quedaban círculos de piedras y extraños montículos cubiertos por zarzas a los que los niños de Dunwich lanzaban piedras, por costumbre más que por convicción. Richard, por otro lado, solo veía una casa grande, algo desvencijada pero sólida, resguardada por olmos y con unos pastos amplios en la ladera, ideales para los caballos.
Movido por el entusiasmo y el alivio de haber encontrado una ganga, Richard trajo consigo a su perro Jasper, unas cuantas herramientas y provisiones. Instaló una tienda en el salón mientras arreglaba el techo y tapiaba unas ventanas rotas. Durante las primeras noches oyó el ulular de los búhos y ruidos lejanos en la espesura, pero no prestó atención. Pasaron cuatro días antes de que Jasper comenzara a inquietarse realmente.
El perro, que antes retozaba feliz entre la hierba, ahora se quedaba rígido en la puerta al anochecer, mirando la ladera más allá del granero con los pelos erizados y el hocico tembloroso. Richard lo reprendió al principio, luego le acarició el lomo, suponiendo que algún zorro merodeaba por el corral. Pero la tercera noche, cuando oyó un crujido de maderas en el piso superior y sintió un extraño temblor, casi como una vibración apenas perceptible en las paredes, se sentó en la cama y escuchó, con el corazón acelerado.
La vibración cesó, pero entonces el silencio del campo se volvió total, como si la naturaleza también estuviera a la espera. No había grillos, ni búhos, ni siquiera el rumor del viento entre los olmos. Solo el jadeo agitado de Jasper y, desde la dirección del desván, un susurro tenue, arrastrado y sibilante que parecía provenir de la misma madera vieja.
A la mañana siguiente exploró la casa, armado con una linterna y una palanca. El desván olía a polvo rancio y a piel de ratón. Tropezó con unas cajas podridas llenas de papeles, retratos antiguos y, en un rincón, descubrió un trozo de tela ennegrecida pegado a las tablas del suelo. Al tirar de ella, hizo palanca en una viga floja y, con esfuerzo, logró abrir una pequeña trampilla cubierta de telarañas. Dentro, halló un compartimento oculto con un libro, atado en cuero antes blanco y ahora amarillento como pergamino podrido. El título, impreso burdamente en el lomo, era ilegible: solo quedaba una 'S' torcida, como una serpiente a medio dibujar.
No fue sino hasta esa noche cuando comprendió que algo había cambiado. Jasper desapareció mientras Richard martilleaba en el granero, y cuando el muchacho salió en su busca, solo halló huellas profundas, como de un animal de gran tamaño, hundidas junto a las matas de zarzas negras. Empezó a llover, una llovizna fría e inesperada, y Richard regresó a la casa con el corazón apretado por el miedo y la soledad. Cerró las puertas y se quedó leyendo, compulsivamente, el extraño libro, que contenía una mezcla de símbolos grotescos y palabras en latín macarrónico, junto con unos grabados en los que figuras humanas se mezclaban con bestias de fauces desmesuradas y ojos corruptos y sin fondo. En varios de los dibujos, la colina negra era reconocible: la casa, el granero, la curva del río… pero allí estaban también los seres, acechando, medio fundidos en el roquedal, como si el paisaje mismo pudiera parir monstruos.
Cerca de la medianoche oyó el primer golpe en la puerta trasera. Un golpe potente, que hizo vibrar la aldaba de hierro y cayó sobre la madera con una fuerza extraña, irracional. Richard se asomó a la ventana y no vio a nadie, pero el resplandor de los relámpagos iluminó la colina y, por un instante, creyó distinguir una silueta agazapada entre las piedras del antiguo pozo.
La puerta tembló otra vez y se oyó el chocar de uñas —o garras— en la escalera exterior. Luego, el silencio regresó. Richard encendió todas las lámparas y permaneció despierto hasta el amanecer, incapaz de abandonar el libro que parecía haber liberado una corriente oculta e infernal. En susurros, casi sin querer, pronunció aquel nombre extraño que aparecía repetido una y otra vez: “Soggoth-Seth”.
El día llegó gris, y la tierra bajo la casa estaba empapada, escupiendo al aire el hedor dulce de la descomposición. Richard renunció por fin a buscar a Jasper y, en vez de eso, se lanzó a una febril actividad: cerró con tablas y clavos todas las entradas, amontonó muebles en las puertas y se envolvió en mantas, tembloroso de fiebre e insomnio. A mediodía bajó al sótano, decidido a quemar el libro y acabar con la pesadilla. Pero allí, en vez de hallar un lugar seco donde hacer una hoguera, se topó con una visión aún más perturbadora: las piedras del cimiento rezumaban una baba viscosa y negruzca, y, adherido al muro, colgaba un jirón de piel de perro. Sobre la viscosa superficie, alguien —¿o algo?— había trazado con garras o dedos una espiral grotesca y una palabra repetida varias veces: “Soggoth”.
Richard huyó a la luz, jadeando. Subió a su cuarto y, armado con una lámpara y una pistola, se sentó mirando por la ventana las curvas de la colina y el cielo encapotado. Los relámpagos se sucedían cada vez más cerca y los truenos hacían temblar los muros. En una de aquellas descargas, vio bajo el resplandor efímero de la tormenta una figura que bajaba por el sendero ladeando el cuerpo de un modo imposible, como un animal herido, como un hombre deformado. Era alta, mucho más de lo que un hombre debería ser, y su sombra parecía devorar la escasa luz del atardecer. Al llegar al pie de la colina, se detuvo y levantó la cabeza: Richard no pudo discernir sus rasgos, solo percibió los ojos, dos brasas amarillas encendidas en una calavera informe.
Aterrado, Richard disparó un tiro al aire. El ruido resonó en el valle, pero la figura no se inmutó. En cambio, comenzó a arrastrarse hacia la casa, cada vez más rápido, hasta que desapareció de su campo de visión. Un golpe ensordecedor sacudió la puerta principal y los cristales vibraron. Luego, el mundo pareció hundirse en una oscuridad aún mayor: la tormenta enmudeció, el viento cesó y la única luz que quedaba era la de la lámpara en el regazo de Richard.
Entonces, una voz —áspera, gutural, inhumana— habló desde la escalera:
—Hay deuda en esta tierra, y la puerta nunca debió ser abierta, forastero…
Richard levantó la pistola y apuntó hacia la sombra que se arrastraba por el vano de la puerta. Era imposible definir su contorno, sus extremidades parecían fluir y alargarse, y donde debería haber cara solo se distinguía un abismo de piel vieja y lenguas retorcidas, como si mil bocas secretas murmuraran plegarias antiguas. Blandió la lámpara, pero una fuerza le arrancó el arma y lo empujó contra la pared con un golpe seco, dejándolo sin aire.
No recuerda con nitidez lo que sucedió después. Una niebla negra lo cubrió, el suelo pareció abrirse bajo sus pies y escuchó los gemidos de Jasper mezclándose con los gritos de otras criaturas, ahogados por las raíces y las piedras inmemoriales. Cayó, cayó y cayó…
Cuando despertó, era de día. Estaba tendido sobre la hierba húmeda, lejos de la casa, con la ropa empapada y ensangrentada. La granja no era más que una ruina carbonizada; todos los objetos que había traído se habían esfumado, como si nunca hubieran existido. Volvió tambaleándose al pueblo, delirante, repitiendo en voz baja aquel nombre imposible, con la mente destrozada y los ojos fijos en algún horror más allá del recuerdo.
Nadie en Dunwich le creyó del todo, pero nadie volvió a vender la colina negra. A veces, al caer la tarde, los niños aseguran ver una forma pálida —como de hombre, como de perro— acechando entre las piedras, velando el paso de los forasteros. Los viejos dicen que la deuda fue pagada, por ahora, aunque la puerta permanece, lista para abrirse de nuevo cuando alguien —alguien que no conoce el miedo ancestral ni las historias que nunca deben contarse— crea que la tierra puede pertenecerle.
Porque en Dunwich, por más que se oculte el pasado bajo la maleza y la lluvia, la colina negra aún guarda su guardián, y los ecos de unos horrores más antiguos que los huesos de los propios montes no duermen, solo esperan.
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