Fragmento:
La habitación estaba envuelta en una penumbra azulada, apenas debilitada por la lumbre que chisporroteaba en la chimenea. Sobre la colcha de tapices, la dama yacía tendida y envuelta en sedas pálidas, casi tan etérea como el velo que cubría su cabellera rubia. Los párpados pesaban bajo ojeras lívidas; las manos, delgadas, temblaban al aferrarse los pliegues de la sábana. A su lado, Sir Alistair, un hombre acerado y seco de rostro, me saludó apenas con un movimiento de la cabeza.
Duración: 10:46
I
El sol moría, aprisionando la campiña inglesa en una palidez enfermiza y malva cuando descendí del carruaje frente a la Casa Graves. Aquella noche de noviembre caía densa, y la neblina costera se agazapaba en torno a las cancelas de hierro, enroscándose con avidez alrededor de los altos setos mutilados y de las espinas desalentadas del jardín. Yo, Henry Malden, apenas llevaba una semana como médico rural en la comarca de Weymouth, mas ya había escuchado bastantes susurros sobre mis nuevos vecinos para que la silueta oscura de la mansión plantara en mi pecho la semilla de la inquietud.
Mi visita no tenía que ver con la cortesía, sino con el deber. Sir Alistair Graves, testigo de mis primeros días y acaso la figura más influyente —o temida— del condado, había pedido consulta urgente para su esposa, lady Penelope. El mayordomo, una figura cerúlea y rígida llamada Hopper, me recibió sin una palabra y me condujo por corredores atestados de cuadros agrietados y bustos de mármol cubiertos de polvo y musgo. La casa era una fortaleza de recuerdos, su aire viciado como el aliento de una cripta cerrada.
Atravesamos el gran vestíbulo, donde los relojes retumbaban como campanas fúnebres, y subimos una escalera alfombrada cuya moqueta olía a humedad y pino viejo. Hopper apenas rozó la puerta de la recámara de lady Penelope y, con mirada impasible, me indicó la entrada. No esperé a ser anunciado.
La habitación estaba envuelta en una penumbra azulada, apenas debilitada por la lumbre que chisporroteaba en la chimenea. Sobre la colcha de tapices, la dama yacía tendida y envuelta en sedas pálidas, casi tan etérea como el velo que cubría su cabellera rubia. Los párpados pesaban bajo ojeras lívidas; las manos, delgadas, temblaban al aferrarse los pliegues de la sábana. A su lado, Sir Alistair, un hombre acerado y seco de rostro, me saludó apenas con un movimiento de la cabeza.
—Doctor Malden —dijo, con un ronquido leve en la voz—, observo que es puntual.
Procedí a examinar a la paciente. pulse débil, palidez acusada, sudores nocturnos. En las muñecas, bajo la seda, advertí marcas rojas, como si unas manos crueles se hubieran aferrado de noche.
—Casi no duerme —susurró Sir Alistair—. Y cuando lo hace, grita y se retuerce como si la asediara alguna pesadilla innombrable.
Aquello no era fiebre ni apoplejía. Había… un aroma, sí: a cera derramada y pétalos putrefactos. La habitación parecía vagamente irreal, como si otra atmósfera, más antigua y densa, la envolviese. Traté de recomponerme y, con voz profesional, pedí hablar a solas con la paciente.
Sir Alistair se retiró, rechinando la puerta tras él. Apenas quedamos solos, lady Penelope alzó la vista y me asió la mano con garras tan gélidas que un escalofrío recorrió mi espinazo.
—No es enfermedad lo que sufro, doctor —susurró, con voz quebrada—. Algo… algo habita esta casa. Me llama. Ronda mi lecho cada noche. Ahora lo sé. No son pesadillas.
—¿Quién?, ¿qué cosa?
—Tiene manos frías. Un rostro espantoso y risueño. Huele a madreselvas podridas. Cuando caigo en el sueño, me habla en un idioma que no conozco. Anoche, me ofreció un anillo de hueso y prometió devolverme a los que amé y perdí…
Un crujido seco interrumpió la confesión. El aire pareció densificarse. Me volví: el resplandor de la chimenea titilaba anómalo. Por debajo de la puerta, una sombra goteó, filamentosa y sospechosa. Lady Penelope tembló. Tomé su pulso con fingida naturalidad, y le administré unas pocas gotas de láudano.
—Descanse, milady. Me quedaré aquí hasta el amanecer —dije, sin saber aún por qué pronunciaba tal promesa.
II
Las horas se alargaron en una letanía funesta. Cada vez que la dama se sumía en el sueño, gemía, y en la penumbra parecían resonar, de alguna parte, notas musicales agónicas, como arrancadas de un piano cuyas cuerdas fueran de nervios y cabellos. Pronto reparé en el armario al fondo del cuarto: sobre él se alzaba una caja de música de considerable tamaño. Su barniz era de un carmesí mortecino, y la superficie presentaba anagramas extraños, toscamente tallados.
No era cuco ni gabinetillo elegante, sino una pieza grotesca. Mis nervios, ya tensos, comenzaron a especular sobre el origen de aquellas melodías. Cuando la noche alcanzó su punto máximo, miré hacia el exterior: la niebla lamía las cristaleras, y por entre los tules de la ventana se colaba de nuevo ese hedor dulzón, a flores muertas.
Dando un último vistazo a la paciente, me aproximé a la caja de música. Examiné sus anagramas: símbolos semejantes a los que alguna vez vi catalogados en los textos de Paracelso y Agrippa, y recordé, en voz baja, una letanía para repeler apariciones según la costumbre de mi antiguo tutor en Edimburgo.
En ese momento, la caja se activó sola y una sonata horrenda, imposible para oídos humanos, se escurría por el aire. Las notas chirriaban, distorsionando los contornos de la habitación; la imagen de lady Penelope sobre la cama se difuminó, sus miembros extendiéndose y encogiéndose como si algo invisible intentara arrancarla del lecho.
Corrí a socorrerla, consciente de que en la pieza ya no estábamos solos. Una sombra, alta y serpenteante, de rostro oblongo como una calavera revestida en carne arrugada, se alzó junto a la cama. Sus ojos eran puntos de cobre encendido, y de su boca escurría una baba viscosa en la que flotaban pequeñas flores marchitas.
Me interpuse, pero la criatura se detuvo de golpe y ladeó la cabeza, observándome. Percibí su olor —la peste a madreselva corrompida— y sus dedos huesudos avanzaron hasta rozar mi sien. Fueron segundos: toda mi memoria revivió, azotada por fragmentos de un pasado lóbrego que yo nunca recordé vivir. Vi algo: la misma caja de música, otra mujer de tez blanca y cabello oscuro, tendida entre sábanas de encaje negro.
Reaccioné y, en un súbito arrebato, arrojé un crucifijo —herencia de mi madre escocesa— sobre la tapa de la caja. La sonata cesó. El monstruo gritó —un sonido como viento que atraviesa tumbas— y toda la estancia se llenó de un fragor glacial. La sombra retrocedió, se arrojó hacia la ventana y desapareció entre la bruma, dejando tras de sí una huella oscurecida, singularmente húmeda.
III
El silencio regresó. Lady Penelope permanecía dormida, respirando con profundidad por vez primera, liberada de aquel acoso. Me senté en un sillón destartalado hasta el alba, temeroso de que el ente retornara; pero no aconteció nada, salvo el lento desvanecimiento de la niebla y el rumor del despertar de la mansión.
Al sonar las primeras campanadas de las seis, Hopper irrumpió en la habitación. Se detuvo, con ojos sin pestañeo y labios tensos.
—¿Está… bien la señora? —preguntó tras un leve titubeo que revelaba más de lo que quería mostrar.
Asentí. Lady Penelope abría entonces los párpados. Sus ojos lucían limpios, aunque exhaustos.
—Como si me hubiera arrastrado un río de hielo y he regresado al sol —musitó, mirándome con gratitud y terror.
Horas después, Sir Alistair me citó en su estudio. Entre paneles tapizados y una copa de brandy, narró la siniestra historia que rehusaba contar. Hacía generaciones, relató, la familia Graves albergó en sus tierras a una dama ajena, una institutriz francesa que, poseyendo conocimientos arcanos en música y espiritismo, se obsesionó con obtener la inmortalidad a través de la transmisión de su esencia en la música y los sueños. Cuando murió, grabó en la caja de música las runas de su linaje y, en la primera noche tras su entierro, una sirvienta fue hallada muerta de terror, con rastros de madreselvas y, en la boca, una partitura garabateada.
—Esa noche fue la primera… Pero desde entonces, cada dos décadas, la caja canta para una dama Graves. Y entonces la sombra busca a su rehén.
—¿Por qué no la destruye?
—La caja… regresa siempre, doctor. La arrojé al río, la quemé, la envié lejos. Siempre la encuentras nuevamente en el vestíbulo, sobre el armario. Como un hijo indeseado, como una promesa de la muerte.
No me atreví a ofrecer alternativa, salvo el consejo de abandonar la mansión y no dormir bajo su techo jamás. Pero Sir Alistair negó con gravedad: era el último de su estirpe, y la maldición debía llegar a su término.
IV
Regresé una última vez aquella semana. La mansión estaba en penumbra, huérfana de sirvientes; sólo Hopper, impertérrito, custodiaba la entrada. Busqué la caja: faltaba de la habitación de lady Penelope y de la sala de música. El mayordomo, con voz grave, me susurró la noticia.
—Sir Alistair se encerró anoche en la recámara de la difunta institutriz. Ordenó no ser molestado.
Me apresuré hacia la estancia, ubicada en la ala norte, al final de un corredor cuyo papel estaba manchado de humedad y cuya lámpara parpadeaba irregular. La puerta, entreabierta, exhalaba un hedor helado, saturado de flores en descomposición y cera.
Sir Alistair yacía desplomado sobre un sillón. La caja de música permanecía abierta sobre el regazo; en su tocadiscos, giraba una partitura impía cuyos pentagramas palpitaban, mutando mientras la observaba. La expresión del caballero era de absoluta serenidad, pero los cabellos, completamente encanecidos, y las arrugas apretadas como la máscara de un muerto, me indicaron la verdad: Sir Alistair era ahora poco más que un cascarón vacío.
En la penumbra, sentí un susurro —no de la caja, sino de todas partes a la vez: “Queda la sonata por tocar. Siempre habrá linaje, siempre habrá canción.” Me apresuré a cerrar el maldito artilugio, envolviéndolo en una sábana impía, y partí sin mirar atrás.
Años después, abandoné mi puesto en Weymouth y jamás regresé. Sin embargo, incluso en el bullicio de Londres, a veces juraría oír, entre el estruendo de carruajes y voces, el tintineo inconfundible de la caja. Un aroma indeseable de madreselvas corruptas flota aún, de tarde en tarde, en el umbral de mi habitación. Sueño con sombras alargadas y manos frías que, desde un armario invisible, pulsan su sonata abominable. Temo —cada día más— que la canción escriba pronto mi nombre en un pentagrama inhumano, y que, cuando despierte, vea mi reflejo envejecido en los espejos de la Casa Graves... O, acaso, en todos los espejos del mundo.
FIN
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