Portada del relato Las seis cartas negras
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Fragmento:


Dentro de la caja hallé seis cartas, cubiertas de dibujos que parecían cambiar bajo la luz de la linterna: columnas ciclópeas bajo océanos de espuma negra, figuras con ojos de un azul fosforescente, y una puerta formada por tentáculos transparentes. En la última carta, un círculo de figuras, muy semejantes a los dioses-serpiente de los papiros de Olkoth.

Duración: 10:11

Las seis cartas negras
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Texto de ajuste de pausa.

Vagaba la niebla en la madrugada como si fuera una phalange de monstruos ciegos, extendiéndose desde el mar en olas densas y pesadas, invadiendo el muelle principal de Vellham, una aldea portuaria apenas señalada en los mapas del oeste de Inglaterra. Hacía dos veranos que me instalé aquí, huyendo de Londres y de una historia que, creía, sería incapaz de volver a encontrarme.

Ahora puedo advertir las aberraciones de aquella creencia. Porque hay huellas que el destino marca en el barro del origen, y no se borran con el simple giro de un viaje. Llegué con un baúl de libros y el manuscrito sin terminar de una monografía acerca de los mitos pre-célticos. El destino, ese sarcasmo sublime, tenía reservado para mí algo mucho mayor: un secreto inmemorial, tan antiguo que los propios mitos son apenas su eco.

Esa madrugada, el rechinar de la madera podrida me reverberó en los huesos; los pescadores estaban ya en sus botes, arrastrando las redes hacia la niebla. Apenas podía distinguirlos desde la ventana de mi destartalada casa alquilada, pero los farolillos danzaban esferas temblorosas en el aire húmedo. Me estremecí, más por un recuerdo inquieto que por el frío real, y volví a la pequeña mesa de estudio, donde la carta aguardaba.

Inexplicablemente, había encontrado esa carta anoche, bajo un libro de Gaston de la Motte encuadernado en pergamino, con caracteres latinos corroídos. La carta, imposible de fechar, tenía mi nombre y contenía un mapa de la costa, marcado con una X cerca de los acantilados de Vellham, junto a algo más: una serie de caracteres que reconocí, tras una hora de estudio, como proto-aklonomíaco, un lenguaje inhumano registrado únicamente en las leyendas de los manuscritos de Pnakotus, copias tan tenues que ni siquiera los estudiosos se atreven a afirmar su existencia.

Me debatí entre la extrañeza y el miedo. Pero, como todo estudioso de prodigios y lo maldito, la curiosidad pudo más. Me enfundé en mi abrigo y salí, tomando el sendero hacia los acantilados, armándome de una linterna, una daga y una copia de las invocaciones sellantes de Gyntarion, por si acaso —en estos legajos, la superstición es la cota de malla de los débiles, así que la superstición se convierte en una religión personal para sobrevivir.

El viento aullaba entre las rocas como si millones de gargantas se hubieran abierto en lamento eterno. La niebla no cedía, y caminaba a tientas, atisbando apenas el sendero, cuando resonó un hilarante chillido, un sonido apenas humano, detrás de mí. Me volví —y nada vi, salvo los ecos de mi propia respiración. Pero algo invisible se había movido entre los arbustos: el eco permaneció en mis oídos como si una lengua húmeda lo hubiera grabado en mi cerebro.

Llegué a la marca del mapa, un circulo de piedras negras y lisas, empapadas por la salmuera. Me arrodillé entre ellas y desenterré un sarcófago pequeño, apenas una caja, oculta bajo el manto de limo y algas. Era imposible haberla colocado ahí sin dejar rastros, pero la tierra estaba compacta, como si solo aguardara mi llegada.

Dentro de la caja hallé seis cartas, cubiertas de dibujos que parecían cambiar bajo la luz de la linterna: columnas ciclópeas bajo océanos de espuma negra, figuras con ojos de un azul fosforescente, y una puerta formada por tentáculos transparentes. En la última carta, un círculo de figuras, muy semejantes a los dioses-serpiente de los papiros de Olkoth.

Un chirrido sibilante —como una plegaria entonada en la garganta de un sapo inmortal— surgió de la negrura marina. Supe, sin saber cómo, que aquello que esperaba había despertado. Alcé las cartas; de sus superficies ondeaba una niebla que ninguna lámpara podía disipar. No era sólo vapor: era la consciencia de otro mundo, alcanzando mis sentidos desde la boveda de un tiempo en donde las palabras y la forma humana todavía no existían.

No me atreví a tocarlas mucho más. Pero una de ellas, la segunda carta (ilustrada con una sigilosa sombra reptante bajo un obelisco sumergido), se adhirió a mi palma como si estuviera viva, proyectando en mi mente la visión de una caverna abismal: columnas bastas, flotando en lodo ácido; el rumor de aguas inmemoriales corriendo entre portales, y en el fondo, una silueta familiar —demasiado familiar, y sin embargo infinitamente extraña—. Era la imagen de Dagon, tal como la describen los manuscritos ocultos y las plegarias de los degenerados costeros; sólo que en vez del rostro deforme y las barbas de alga, contemplé una fusión de rostros: decenas de ojos borrosos, fijándose en mi conciencia. La memoria de Pnakotus me alcanzó: allí, relata el texto, que los Uranidianos sellaron a Dagon bajo las torres de coral, donde el tiempo es espiral y las almas se deshacen en limo.

Retrocedí. La carta soltó un chirrido agudo, como uñas en la piedra, y sentí mi pulso desbocado. Metí las cartas en la caja y volví a enterrarla, apisonando la arena para ocultar cualquier huella. Pero la visión persistía: la caverna, y una llamada, una sed de carne forastera en los vestíbulos sumergidos.

Emprendí la huida, pero en la senda, la niebla era ahora más espesa, y las formas que danzaban en su interior ya no eran meros movimientos de luz. Parecían siluetas humanas, pero sus miembros se prolongaban y retorcían como la marea antes de un temporal. El coro sibilante se intensificó; era una letanía en proto-aklonomíaco, palabras que ninguna garganta humana debía pronunciar. Corrí, resbalando sobre piedras mojadas, hasta sentir el pecho a punto de estallar.

Esa noche no dormí. El alba llegó y, para mi horror, encontré la segunda carta reposando sobre mi mesa de estudio: seca, incólume, como si nada hubiera pasado. Y a su lado, un mensaje escrito con tinta negra: “Cuando las Puertas giren, la Memoria llamará a la Sangre.”

No podía dejar de mirar la carta, ni librarme, por más que lo intentaba, del eco mental que invocaba.

Durante los días siguientes, la aldea entera cayó en la inquietud. Un pescador desapareció en la niebla; los niños gritaban que una sombra se paseaba entre los juncos al anochecer. Los perros ladraban sin pausa al mar, y nadie se atrevía a navegar durante la luna negra.

Una anciana me abordó en el mercado. Su piel, arrugada y ajada como el cuero viejo, bebía la luz con una impudicia centenaria. Su acento era una amalgama imposible de lo galés y lo celta, y me preguntó directamente: “¿Ha sido usted quien despertó la semilla? ¿Oyó el llanto del que mora bajo el limo?”

Intenté negarlo, pero sus ojos eran sendos agujeros que veían más allá de mi carne. “Olkoth se remueve bajo la piel de todos los vivos cuando Dagon se despereza. Lo que huye del exilio regresa a la danza. Pnakotus es sólo un nombre para el primer sueño. Todo lo demás es hambre, joven. Sólo hambre.”

Agradecí e intenté huir, sabiendo con absoluto terror que la anciana decía la verdad. Pero la carta seguía en mi poder. Y las noches se llenaban de visiones.

A la semana llegó la tormenta. Relámpagos ardiendo en el horizonte, el mar rugiendo como un animal cruel. Esa noche, los lamentos cubrieron la aldea como una manta fúnebre: gritos y alaridos de hombres y mujeres, mientras el agua subía, engullendo la carretera costera. Detrás de todo, la letanía gutural en proto-aklonomíaco emergiendo de la niebla. Las formas en la oscuridad se hicieron tangibles: hombres de rostro alargado, ojos como monedas antiguas, piel gris y húmeda. Los hijos bastardos de Dagon, despertando para reclamar la tierra de sus ancestros.

Intenté huir, pero las calles eran ya un laberinto de limo. Recordando las leyendas de Pnakotus, invoqué las palabras de Gyntarion, rezando para que el sello de exilio fuera suficiente. No lo fue. Al contrario, la invocación abrió un portal en mi mente, una abertura a la vasta biblioteca de Pnakotus, donde millones de libros vivos escribían y reescribían la historia del mundo sobre pieles humanas aún sangrantes.

Navegué por esa biblioteca en mi delirio, contemplando las estanterías infinitas, custodiadas por los sibilinos guardianes de Olkoth —serpientes y peces con manos humanas, ojos de neón y bocas repletas de dientes refulgentes—. Supe, en ese instante, que mi llegada al círculo de piedras no había sido casual: había sido preseleccionado, marcado. Mi sangre, por algún retorcido privilegio genealógico, gritaba con la misma voz de esos textos imposibles.

Las paredes resonaban palabras ahora familiares: “Memoria y Limo, Destino y Hambre. Danza, Sangre, Puertas abiertas.”

El relato se fragmenta aquí, pues la memoria se retuerce en espirales y es devorada por el monstruo del olvido. Recuerdo caer de rodillas en la sala de mi casa, la tormenta devorando la última barrera de mi cordura. Los hijos de Dagon me rodeaban, entonando las palabras prohibidas, y la segunda carta ardía como un sol imposible, abriendo la carne de mi mente a los recuerdos de Pnakotus.

Allí, vi la verdad: que somos libros de carne, escritos en el alfabeto de los dioses antiguos. Que Olkoth sólo duerme, pero cuando la danza comienza, la sangre llama a la sangre, y el exilio termina. Vi a Dagon, inmenso bajo las olas, alzando la mano cubierta de líquenes hacia la luna negra; miles de voces fusionadas reclamando el regreso de los suyos. Y supe que el terror no era morir, sino recordar. Recordar el principio, el hambre primordial, el círculo de piedras y el espejo de limo eterno.

Ahora escribo esto para que alguien, en algún tiempo futuro, lea y comprenda. No fue casualidad la carta. Nada es casual cuando las esferas de Pnakotus giran incesantes. Y justo ahora siento que la niebla desciende de nuevo, y el canto retorna, profundo y arrullador, como una columna de coral fracturando mi cráneo desde dentro. El hambre me busca. El exilio termina.

Ya no hay huida. En la danza infinita de memoria y limo, mi carne será el texto, y la sangre, un libro más en la biblioteca donde Dagon lee, y Olkoth sueña, aguardando el siguiente regreso.

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