La noche había caído sobre la aldea costera de Llynport como un sudario húmedo, con la humedad impregnando los muros de piedra y maderas podridas que resistían el asedio incesante del mar. Las olas chocaban contra los viejos pilotes con un ritmo que algunos decían que era oración, otros, advertencia. Yo, Eliot Marsh, no creía en supersticiones—o, al menos, no solía hacerlo antes de las lluvias de aquel solsticio y de presenciar el verdadero rostro de lo que se esconde en el abismo.
Desde que recibí aquella carta sellada con cera negra, la memoria de lo sucedido no me ha dejado dormir plácidamente. El remitente, un colega de la universidad, el folclorista y un tiempo amigo, Philip Weyland, apenas citaba unas líneas: “Ven a Llynport. No tardes. Algo despierta con la marea. —P.” La urgencia en su caligrafía, normalmente tan ordenada, encendió en mí ese impulso malsano de meterme donde la razón aconseja retirada. Para cuando el ómnibus me dejó, entre los silos vacíos y los almacenes decaídos de la pequeña estación, el aire olía ya a algas rancias y a peligro.
La aldea, enclavada entre acantilados y una bocana donde el río absorbe la última suciedad del continente, parecía sometida a un pacto ruin con fuerzas desconocidas. Las casas eran bajas, apelotonadas alrededor de la iglesia en ruinas, con techos musgosos y ventanas cegadas desde dentro por cortinas o tablones. Encontré a Philip en la miserable taberna, bebiendo ginebra barata, sus apremios más torvos conforme la tormenta crecía y los lugareños desaparecían, uno a uno, tras las puertas cerradas.
—Lo han vuelto a hacer, Eliot. Han comenzado otra vez el rito —susurró, trastornando la copa.
Me habló, entre sollozos y murmullos entrecortados, de las antiguas crónicas; de los fundadores de Llynport, peregrinos huidos no sólo por cuestiones religiosas mundanas, sino por un poder que dormía, sumergido, en un antiguo círculo de piedra bajo el mar. Describió imágenes casi peores que las palabras: símbolos incomprensibles esculpidos en los sótanos de la iglesia, relatos de hombres que regresaban a su despertar cubiertos de limo y escamas, y la extraña música gutural que vibraba, a veces, cuando la marea era alta y nadie se aventuraba al malecón.
—El culto nunca se extinguió, sólo se ocultó. Hay un libro, Eliot: un manual para la invocación, de piel de animal, guardado por el vicario. Mañana, con la marea baja, lo robaremos. Debemos destruirlo antes del solsticio.
Las horas siguientes se me antojan borrosas, aberraciones debidas más al peso de las revelaciones de Philip que al alcohol. Sin embargo, el miedo era real, palpable. Noté, a medida que la taberna se vaciaba y la luna, recortada por nubes, deslizaba su luz por las vetustas cristaleras, que la aldea se aprestaba a un género de encierro tan ancestral como inútil.
Dormí poco, y cuando el reloj de la iglesia marcó las tres, sentí que una letanía susurrada vibraba por los muros como las vibraciones de un órgano nasal. Bajé a tientas, movido por una sensación mezcla de sonambulismo y fatalidad. Desde la penumbra oí la suma de muchas voces: gemidos guturales, psalmodias en idioma ignoto.
A la mañana siguiente, bajo un cielo de plomo, Philip vino a buscarme. Había llevado consigo una linterna y una barreta; yo, una navaja, más por costumbre que por esperanza de defensa real. Atravesamos la plaza por vías traseras, cuidando evitar las miradas de los pocos habitantes que salían a realizar sus quehaceres, la mayoría pescadoras de tez aceitunada y ojos tan inexpresivos como el agua estancada. Las campanas de la iglesia dejaron de sonar cuando nos escabullimos tras la sacristía, bordeando las tumbas cubiertas de líquenes.
El sótano de la iglesia, oscuro y viciado, nos empapó con un penetrante hedor a humedad y a algo mucho más antiguo. Seguimos un corredor bajo el altar, guiados por los bocetos que Philip recordaba de los documentos coloniales. Al final, una puerta robusta y corroída nos detuvo. Philip, sudando, empleó la barreta y, con esfuerzo y crujidos, la desplazó. Allí, en el corazón de la oscuridad, yacía el volumen.
Era un libro imposible, atado en cuero sin curtir, con inscripciones en bajorrelieve de formas que se retorcían entre humano y marino, y cierres de bronce verde. No me atreví a tocarlo: mis ojos se estremecieron al fijarse en los caracteres, que parecían reptar bajo la superficie. Philip, tembloroso, lo tomó con guantes y lo guardó en una bolsa.
Salimos al exterior con el alma encogida. Cuando la brisa nos alcanzó, no pudimos ignorar el rumor: una multitud se congregaba en la playa, donde los acantilados daban sombra al antiguo embarcadero. Philip tiró de mi brazo y nos escabullimos por un callejón, ocultándonos tras un seto ruinoso.
A lo lejos, distinguimos figuras agrupadas alrededor de un círculo esculpido en la roca. Un anciano, con capa de lino y capucha, entonaba salmodias ante un altar de piedra. Su voz era la de la marea creciendo, y detrás de él, los aldeanos iban desprendiéndose de sus ropas, arrodillándose entre charcos de marea. Escamas, reluciendo bajo la escasa luz, asomaban bajo sus batas. Les acompañaba el sonido de tambores crudos, pieles de focas tensadas a mano, y esa música abismal que traspasaba el pecho.
—El Rito de Llamado... Philip murmuró, y apretó el libro contra sí.
Mi mente luchaba por rechazar la realidad, por reducir aquel acto a teatro o delirio. Ninguna lógica podía negar el horror de lo que veía: el sacrificio de una oveja negra, cuya sangre era recogida en una concha marina e ingerida luego por el celebrante. Cada palabra, chasquido y gemido que proferían parecía enroscarse en los pliegues de mi cerebro, mientras el mar rugía más fuerte, una llamada desde profundidades que jamás debieron de ser penetradas.
De pronto, los cánticos se tornaron en zumbido, el círculo de los pescadores se abrió, y una muchedumbre se arrodilló. Algo emergió de detrás del promontorio: una figura imposible, reptiliana y monstruosa, que sólo puedo describir como LA PROMESA DEL ABISMO: tentáculos colgaban de su faz, sus ojos reflejaban una inteligencia fría y antediluviana, y su cuerpo, musgoso y lenitivo de verdín, rezumaba la memoria de todos los naufragios ocurridos en milenios.
Philip jadeó, queriendo huir; pero la fascinación que ejercía la criatura era tal que sólo logré parpadear, encogido, mientras la procesión se acercaba. El sacerdote bebió el último trago de sangre y, alzando el libro, entonó unas palabras inhumanas, que parecieron hacer temblar las aguas mismas.
Enloquecido por la certeza de que el destino de Llynport dependía del libro y de su destrucción, empujé a Philip para que me acompañara. Nos abalanzamos sobre los adoradores, sorprendidos, y forcejeamos por el volumen. Gritos de horror, alaridos interrumpidos por burbujeos, llenaron el aire. Como en un acceso de ceguera, logré arrancar el libro de las garras del sacerdote.
—¡Al agua, rápido! —gritó Philip—. ¡Sólo el mar puede reclamarlos!
Corrimos hacia el muelle perseguido por la horda. Detrás, el ser antinatural ondulaba, como si las leyes físicas se hiciesen trizas en su presencia. El libro, ardiendo en mis manos (pues juro que sentí su calidez, como si viviera), lo lancé al mar.
Hubo un instante de calma. Después, las aguas hervieron y el ser aulló —o algo aún más abyecto que eso—. El círculo se quebró; los aldeanos tropezaron, algunos cayendo de rodillas, otros convulsos. Philip y yo huimos, arrastrándonos por lodazales, con el estrépito del desastre tras nosotros.
Por la mañana, los aldeanos no recordaban. O así fingieron. La criatura había desaparecido, igual que la mitad de la población. Los que quedaban negaban toda pregunta; la iglesia ardió misteriosamente esa tarde. Nos fuimos, sin despedida, con la certeza de haber cruzado una frontera mental que jamás debimos pisar.
Hoy, muchos años después, cuando el olor a salitre me embriaga y alguna extraña marea borra las huellas en la arena, siento en mis sueños el retumbar apagado de aquel tambor de piel, y la promesa, ahogada pero inquebrantable, de que lo que duerme en las profundidades aún espera.
Miro al horizonte mientras la luna llena brilla en el agua, y no puedo evitar recordar: no existen mentes que nos protejan del resplandor de las profundidades, ni ritual que no pueda, algún día, completarse otra vez.
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