Portada del relato El Ritual del Pergamino Carmesí
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Fragmento:


“¿Es… verdaderamente…?» preguntó, la voz más débil, “el original?»

Duración: 08:55

El Ritual del Pergamino Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

El otoño se había instalado sobre la villa de Argenti con la delicadeza de un sudario. Aquel año, las hojas no solo crujían bajo los pasos sino que parecían, al caer de los árboles, traer consigo un frío más denso, más pertinaz, con la cualidad aguijoneante de una promesa oscura. John Hanrahan, profesor de historia antigua de la Universidad de Cambridge, llegó a la mansión por invitación de su colega y viejo amigo Viktor Largos. Una invitación envuelta en el misterio y el susurro, que había cruzado mares y carreteras cubiertos de niebla, instándole a abandonar todo lo que conocía.

La Villa Argenti, oculta entre bosques holgados y brumas perezosas en la región de Styria, Austria, parecía abandonada desde la distancia. Las ventanas eran cicatrices negras en la piel de piedra, y solo la lámpara temblorosa de la entrada ofrecía un saludo enclenque. Viktor, macilento y encorvado por años de estudio, recibió a John con una sonrisa nerviosa y la invitación, casi una súplica, de pasar.

“John, he encontrado algo—aunque decir ‘encontrado’ sería restar importancia al horror de haberlo desenterrado—” fueron sus primeras palabras tras los saludos formales.

La sala principal era una explosión de recovecos góticos, estanterías talladas y cortinas espesas que ahogaban cualquier intento de luz solar. Sobre una gran mesa ornamentada yacía un volumen enorme, encuadernado en cuero oscuro como vino añejo y abultado de tal forma que parecía latir con vida propia. Una lápida de lomo: “De Vermis Mysteriis”. El aire se llenó, al nombrarlo, de una electricidad desagradable, y el corazón de John titubeó en su pecho sin razón aparente.

“¿Es… verdaderamente…?» preguntó, la voz más débil, “el original?»

Viktor ladeó la cabeza. “No lo sabría decir. Pero vinieron tres hombres a intentar robarlo hace dos noches. No eran ladrones comunes—uno de ellos no tenía lengua, y otro no tenía sombra bajo la luna llena.”

El silencio pesado se prolongó. Luego la lluvia inició, repiqueteando sobre los cristales, y Viktor, mientras servía copas de licor húngaro, comenzó a relatar cómo la invocación de ciertos nombres y fórmulas del volumen había atraído a criaturas o entidades que no deseaban regresar al olvido.

“No sé cómo llegó aquí,” explicó Viktor, “solo que cuando el conde Ladislaus fue enterrado unos siglos atrás, el libro fue sellado—atado con el pergamino carmesí. Y el propio conde… no descansó.»

Vítores de superstición y risas borrachas habían nacido en circunstancias similares, pero esa noche no hubo ninguna risa. El aire pesaba. John sentía, no obstante, la curiosidad ardiente de los eruditos que persiguen sus propias destrucciones, y aceptó, a la sobremesa, la invitación de su anfitrión a examinar el libro.

El tomo abría con el estertor de una bestia vieja y hambrienta, sus hojas crujían bajo los dedos de John y desprendían un olor a polvo, cuero y otra cosa, una corrupción aromática difícil de registrar en el catálogo de las bibliotecas. Observó los grabados: figuras de cuerpos anudados de modo antinatural alrededor de simbolismos que bailaban entre la alquimia y la blasfemia.

Llegaron entonces al capítulo “Sibilancias en la Cripta”, escrito en latín corrupto y dedicado a un ritual que prometía devolver el habla a los muertos—“si, y solo si” se cumplían ciertas condiciones y se empleaban ciertas reliquias, algunas reconocibles en museos de la antigüedad, otras claramente ajenas a cualquier trato humano. Lo que llamó la atención de Hanrahan fue la mención del “pergamino carmesí”, elaborado supuestamente con la piel desplazada de alguien que había muerto dos veces.

Viktor observó su reacción, midiendo las palabras: “John, quiero que asistas a un experimento mañana por la noche. He preparado la cripta de la colina tras la villa.”

La noche no cedió al sueño fácil. John durmió a ráfagas, despertando azorado por sonidos de movimiento fuera del cuarto—raspados, sillas desplazadas, y, una vez, lo que pudo jurar que era un niño riendo de manera crispada cerca del umbral.

El alba llegó empapada en niebla. Durante el almuerzo, Viktor reveló más detalles. Según había descifrado, el ritual exigía un “lector” imparcial—alguien que no fuese descendiente de ningún residente de la villa—para leer el pergamino y sellar un trato. John, ajeno por linaje y sangre, era el candidato perfecto.

El día fue una espera tensa, una trampa de horas que se tragaban entre la lluvia y la meditación. Al caer la noche, equipados con lámparas de aceite y una sensación de desarraigo, Viktor y John partieron por el sendero lóbrego hacia la cripta. Los muros, cubiertos de musgo y runas desgastadas, les saludaron como labios de piedra apretados sobre secretos.

En el centro de la cripta, bajo una lápida con el emblema de los Argenti, descansaba el ataúd de Ladislaus, y sobre él un pequeño cofre. Viktor desplegó el pergamino carmesí. Al abrirlo, el color parecía moverse, como sangre fresca deslizándose bajo la superficie de una herida. Las palabras, escritas en una tinta todavía brillante, punzaban los ojos por su extraña geometría.

John comenzó a leer. Las sílabas tenían pólvora y miel, y sonaban dentro de su boca con ecos apócrifos. La atmósfera se apretó. De las esquinas ennegrecidas surgieron susurros como viento entre dientes, un murmullo creciente, hasta que una presencia tangible llenó la cripta.

Las velas vacilaron y retrocedieron hacia la oscuridad. El ataúd de Ladislaus vibró, la madera crujiendo como huesos astillándose. Viktor, rígido de terror y ansia, resguardó a John de la proximidad del féretro, pero era inútil: el aire se tensó hasta casi partirse.

“Et loquor vobis, in sacrilegiis latae noctis…” concluyó John, y en ese instante, la tapa del ataúd se deslizó.

Segundos después, una figura emergió, filtrándose como sombra líquida, un cuerpo blanquecino pero translúcido, ojos como carbones invertidos. Nadie gritó. Lo que surgió no era humano, pero sí reconocible en su porte y en la manera en que su boca, desprovista de labios y lengua, intentó formar palabras.

El silencio era horrible. Luego, un siseo, y un aliento gélido. De la garganta del espectro brotó la más pura lamentación: ni palabras ni llanto, sino un chillido que atravesó la carne hasta el alma. Viktor tembló, y John solo pudo mirar cómo lo imposible se desplegaba ante sus ojos.

La entidad extendió una mano viscosa hacia el pergamino. Los dedos, deformes por antiguas podredumbres, pasaron sobre el texto, y conforme lo hacían, las palabras comenzaron a desvanecerse, como si la carne del espectro las absorbiera.

Por un instante, una voz se formó, quedamente, en la mente de John, más allá de toda lengua humana: “Sufrimiento multiplicado… vos me lo dais…” Un torrente de imágenes se precipitó: sacrificios antiguos, rituales abortados, la eternidad de una conciencia enterrada viva, la lujuria de la venganza.

Viktor intentó interponerse. “¡No, Ladislaus, utere verba tua! ¡Libera nos!” Pero la cosa sólo le prestó atención para depositar una bendición envenenada: con el roce de su garra, la piel del rostro de Viktor empalideció, se cuarteó, y empezó a desplazarse como cera fundida.

John, asido por un terror atávico, supo que debía terminar el ritual. Gritó el contraconjuro del margen, tropezando sobre palabras que intentaban huir de su lengua. El espectro, como si luchara a través de un vendaval invisible, se abalanzó sobre John, proyectando la mueca inhumana de su rostro en todas las direcciones.

El pergamino emitió un gemido húmedo y se contrajo, enrollándose sobre sí mismo como un gusano herido. El espectro chilló, y con un estampido de aire corrompido, fue absorbido de nuevo en la caja y bajo la losa, arrastrando su llanto consigo hasta el fondo de la tierra.

John jadeaba, mirando a Viktor—o lo que quedaba de él. Su amigo sangraba lágrimas negras, arrastrando los jirones de lo que alguna vez fue su piel tras de sí mientras intentaba una última palabra. No la halló. Cayó al suelo, y su aliento ya era sólo un jadeo desencajado.

El libro, cerrado ahora a golpes, vibraba suavemente, y el pergamino carmesí había quedado reducido a polvo.

John, arrastrando a Viktor fuera de la cripta, no recordaría del todo los minutos que siguieron. Pero en la penumbra de la villa, cada noche después, los susurros retornaron—exigiendo palabras, exigiendo piel, exigiendo que el ritual jamás concluyera, porque los pactos con los muertos nunca se cierran.

Y De Vermis Mysteriis permanece, aún, entre las sombras y los estantes. Aguardando a que alguien lea en voz alta lo que nunca debió ser escrito.

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