Portada del relato La sinfonía de los huesos
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Fragmento:


—A veces los libros encuentran a las personas —dijo—. Ya verá qué sueños le envía.

Duración: 10:34

La sinfonía de los huesos
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Texto de ajuste de pausa.

A veces pienso que la mayor razón para vigilar nuestras manos no es el miedo a lo que puedan hacer, sino a lo que puedan encontrar. Y sin embargo, el destino rara vez concede esa gracia a los curiosos compulsivos como yo. Me llamo Arthur Vayle y, como bibliófilo profesional, mi carrera ha atravesado los umbrales más perdidos de la literatura, persiguiendo primeras ediciones y manuscritos de nombres que más valdría no repetir. Pero nada me había preparado para el encargo que recibí aquel húmedo octubre de 1928, cuando un magnate suizo de nombre Ulrich Herzog me encomendó localizar una copia auténtica del Cultes des Goules, la infame obra del Marqués de F—.

Al principio pensé que sólo me pedía otro Necronomicon, tantos de los cuales no son sino fraudes: hojas secas, encuadernadas y manoseadas, vendidas a crédulos coleccionistas a precios de sangre. Pero Herzog era preciso, casi obsesivo en los detalles de lo que buscaba: ejemplares con manchas verduzcas en las guardas, ciertas plegarias garabateadas en una ortografía arcaica del francés, y lo más extraño, que “oliera a tierra removida y a rama recién desgarrada”.

—No importa el estado —insistió en su carta, de una caligrafía tan ordenada que parecía letras impresas—, sólo debe ser auténtico.

Pocos saben que en París hay un submundo de libreros que se alimentan de las excentricidades del terror. Sabía a quién preguntar y a quién evitar. En una librería del Quai des Grands Augustins, entre anaqueles donde pululaban las ratas, una anciana de nariz hendida me condujo al sótano, señalando con la barbilla a una pila de restos de papel cubiertos de telarañas.

Ahí, apiñado entre litografías impúdicas, encontré un lomo severo: “Cultes des Goules, 1702”. El papel, irreparablemente amarillento, crujía al tacto. Busqué la mancha verduzca; estaba ahí, como musgo atrapado bajo las letras. Olí la página y, más allá del moho y la tinta, sentí un aroma de bosque húmedo, inquietantemente fresco. No me atreví a hojear demasiado el contenido: palabras, frases salpicadas de nombres que ya conocía por mi propio estudio de lo prohibido, pero también diatribas contra la carne, rituales macabros y, lo que más me inquietó, pequeños hexagramas dibujados en tinta reseca.

La anciana me clavó la mirada mientras pagaba.

—A veces los libros encuentran a las personas —dijo—. Ya verá qué sueños le envía.

Esa noche, con el libro envuelto en tela de lino, subí al tren nocturno con destino a Ginebra para reunirme con Herzog en su mansión. La noche era larga; el sueño, implacable. Pero al dormitar en el compartimiento, me asaltaron imágenes dispersas: un banquete subterráneo, risas de niños que mutaban en chillidos de animales, y, sobre todo, una figura huesuda, con el rostro cubierto por un velo de encaje, regurgitando palabras en francés arcaico. Desperté sobresaltado, descubierto en sudor.

La mansión Herzog se alzaba solitaria, recortada contra las montañas, un monstruo de piedra ennegrecida con torres que no daban sombra. El propio Herzog me recibió con afabilidad contenida, llevándome a su despacho. En el despacho, donde los cortinajes cerrados exhalaban polvo y cera, había otra presencia: una mujer pálida, vestida de gris ceniza, sentada con las manos entrelazadas.

—Mi esposa, Edith. Ella también espera el libro. ¿Ha encontrado lo autentico?

Saqué el manuscrito. Edith se estremeció perceptiblemente al percibirlo, apartando la vista como si oliera la podredumbre adherida a su cubierta.

—Debo comprobar la autenticidad —dijo Herzog, y su tono rozó lo ceremonial.

Colocó el libro sobre el escritorio, desnudando sus manos blancas como huesos. Lo abrió en la mitad, repasando las páginas con una lentitud reverencial. Susurraba frases en francés, algunos fragmentos como letanías o invocaciones. Parecía leer más allá del texto impreso, como si escarbara bajo las palabras por algo que sólo él percibía.

Cuando terminó, me miró.

—Quédese aquí hasta mañana. El pago se hará al amanecer. Debo... verificar que nos sirve.

No supe negarme. El miedo era vago pero real, como una niebla que se mete en los huesos. Mi habitación era grande y fría, adornada con tapices medievales y espejos ahumados en los que mi reflejo pareciera otra persona acechando desde la penumbra. Intenté dormir sin éxito, convencido de que los ruidos en el pasillo —raspaduras, pasos lentos— pertenecían al servicio nocturno.

Monótonamente, la noche se alargó. A medianoche, un aullido apagado, entre animal y humano, estremeció las ventanas. Restaba tranquilo, recordando que tanto Edith como Herzog habían mostrado signos de nerviosismo al recibir el libro. Investigando, salí al pasillo, guiado por las manchas de luz de las farolas heladas. Llegué hasta el vestíbulo y oí murmullos al pie de la escalera, voces discordantes y el sonido de algo húmedo y pesado siendo arrastrado.

Vi a Herzog, cubierto por una túnica ceremonial, agachado junto a Edith, que había abandonado toda compostura. Entre ambos, el Cultes des Goules yacía abierto sobre un atril antiguo. Edith repetía en susurros palabras que el eco multiplicaba hasta convertirlas en un zumbido.

—¡Detente! —logré escupir.

Ambos se volvieron. Los rostros de ambos habían cambiado: los ojos de Herzog, sumidos en la sombra, ardían con brillo animal. Edith sollozaba, pero su voz era mezcla de miedo y adoración.

—El libro debe hablar, y responderemos —dijo Herzog—. Este es el único mundo real: el de los huesos, la carne, los que están debajo y jamás duermen.

Con horror vi cómo pasaban la mano sobre las páginas, y la tinta parecía desprenderse para adherirse como sangre espesa a sus palmas. No percibí su acción, sólo la sensación de que el libro respiraba, inflándose y contrayéndose, sus páginas fruncidas como branquias. De repente, un hálito helado me empujó al suelo y lo último que vi fue a Edith encorvada, lamiendo la tinta negra con ojos dilatados en éxtasis voraz.

Desperté en mi cama, sudoroso y tembloroso, convencido de que había soñado. Pero mis dedos estaban manchados con huellas impresas en tinta y tierra. Intenté abrir la puerta, pero estaba atrancada desde fuera. En un rincón, un charco verdoso exhalaba un olor a raíces y carne enmohecida.

Deduje que había dejado de ser un huésped para convertirme en testigo cautivo o, peor aún, en parte de un ritual. Golpeé la puerta hasta que las fuerzas me abandonaron. Volví a la cama, cerrado en mi encierro, acechando cualquier atisbo de movimiento. Pronto oí los pasos suaves de Edith en el pasillo. La mirilla de la puerta permitió ver sólo su silueta lánguida.

—Vayle, debe irse —susurró, la voz quebrada—. Mi esposo ha abierto el canal, y usted fue la llave.

Un terror helado me envolvió.

—¿A qué se refiere? ¿Qué canal?

—Al poder debajo de la tierra. Los goules ya vienen. Quieren la carne. El Cultes des Goules no es sólo un libro; es un umbral, una carta de invitación.

—¿Qué harán conmigo?

Edith lloró.

—No depende de mí. Salga cuando pueda. Corra al bosque. No mire atrás.

Sus pasos se alejaron. La casa se sumió en un silencio tan profundo que podía oír mi corazón. Al poco, gritos: voces masculinas, femeninas, y otras más graves, de imposible origen humano, palpitando como tambores bajo el suelo. De nuevo, el olor a tierra removida, tan denso que sentía barro en la lengua. Sabía que, aunque la puerta se abriera, probablemente sólo escaparía a otra pesadilla.

Al amanecer, la puerta cedió, suavemente como si una mano invisible la hubiese liberado. Aterrado, recorrí el corredor: no había rastro de nadie. El vestíbulo era una carnicería: jirones de tela, huellas de garra y una baba viscosa tiñendo la alfombra. Siguiendo un impulso, bajé al sótano. Allí me topé con una visión espantosa: bajo un techo de vigas podridas, Herzog yacía de rodillas, manos y rostro pegados al volumen abierto, repitiendo incesantemente versos que se derretían en un lenguaje imposible. Su piel grisácea, las venas hinchadas, la saliva mezclada con tinta y polvo de huesos en las comisuras.

—¡Arthur, mire! ¡Mire lo que hemos traído! —me gritó.

Detrás de él, la tierra del muro se había abierto, como un útero macabro, y de la franja negra emergían formas translúcidas, famélicas, con sonrisas de fosa y ojos de pura maldad. Se debatían, cobrando cuerpo, aullando letanías que parecían alimentarse de nuestros nombres.

Me abalancé hacia el Marqués de F—, que aún sujetaba la pluma empapada en tinta y sangre. Arranqué el libro de su alcance, cerrándolo de cuajo. La marea de criaturas se detuvo, vibrando, oscilando entre la existencia y el olvido. Grité todo lo que pude, lanzando el volumen al fuego más cercano. El papel ardió, las palabras crepitaron como lenguas, el aire se llenó de un hedor insoportable y, de pronto, un silencio sepulcral invadió la estancia.

Herzog se desplomó, inerte. Edith, encorvada bajo el arco de la escalera, me miró con una piedad que sólo se encuentra en las pinturas medievales marcadas por la peste. Sin decir palabra, me hizo un gesto para huir.

Jamás pude denunciar lo ocurrido. La mansión, al ser visitada días después por las autoridades, fue hallada vacía, sin rastro de Herzog ni su esposa. El sótano estaba colapsado: los cimientos convertidos en tierra negra y espesa, como si la misma tierra hubiera venido a reclamar a quienes la perturbaron.

Durante años, el hedor de raíces y huesos podridos me persiguió allá donde fuera. No volví a aceptar encargos de libros prohibidos, y cada vez que alguien menciona el nombre del Marqués de F—, sólo siento una presión en el pecho, como si algo, allá abajo, aún me esperara.

Nunca volví a soñar con ese banquete subterráneo, pero a veces, en la calma de la madrugada, aún siento el roce de páginas vivas, oigo el crujido de la tierra bajo los pies y el eco lejano de un susurro que promete, a quien lo escuche, todo el saber de los muertos… a cambio de convertirse en uno de ellos.

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