Portada del relato El portal entre brumas
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Fragmento:


Decidí viajar en pleno otoño. Ansioso por escapar de mi existencia citadina y por conocer de una vez ese epicentro de pesadillas, partí hacia el norte llevando poco más que un diario, una lámpara de aceite y un ejemplar del “Daemonomicon” que compré, sin saber entonces la relevancia, a un anticuario italiano de reputación turbia. El trayecto hasta la villa transcurrió silencioso, la carroza rechinando y el cochero volviendo la mirada sin cesar hacia los árboles nudosos del camino.

Duración: 09:31

El portal entre brumas
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Texto de ajuste de pausa.

En la áspera costa donde el viento aúlla con lamentos de antaño y la niebla parece nunca disiparse, encontré al fin el refugio condenado que atormentaba mis sueños desde tercer invierno. No busqué la ruina; me fue legada por herencia, como si el oscuro linaje de mi sangre anhelara redescubrir horrores que solo debían ser pronunciados con la lengua rota de los locos. El lugar tenía la inconfundible silueta de una villa escandinava destrozada por sucesivos siglos de viento septentrional y olas impías, y se escondía entre cañaverales amarillentos donde la tierra permanece siempre húmeda y ninguna semilla germina sin retorcerse primero en dolores sin nombre.

Heredé la finca de manos de mi tío abuelo, quien desapareció tras la muerte de su esposa, y su nombre—un arcaico apócope báltico—persistía ampliamente impreso en el testamento, cuyas páginas amarillentas yacen aún sobre mi escritorio, manchadas por la sal y la desesperación. Cuentan los habitantes de Arkham que nunca fue un hombre cuerdo, y que los rumores de que su esposa bailaba en la costa bajo la luna nueva, envuelta en túnicas doradas y con mejillas pintadas de negro abismo, nunca fueron del todo infundados.

Decidí viajar en pleno otoño. Ansioso por escapar de mi existencia citadina y por conocer de una vez ese epicentro de pesadillas, partí hacia el norte llevando poco más que un diario, una lámpara de aceite y un ejemplar del “Daemonomicon” que compré, sin saber entonces la relevancia, a un anticuario italiano de reputación turbia. El trayecto hasta la villa transcurrió silencioso, la carroza rechinando y el cochero volviendo la mirada sin cesar hacia los árboles nudosos del camino.

Ya cayendo la tarde, llegué a la propiedad: el caserón de piedra imbuido de oscuridad, cubierto de líquenes. Al otro lado, el lago, vasto como un océano y de superficie tan plana que parecía un espejo bruñido por manos inhumanas. Lo llamaban los aldeanos *el lago de Hali*, y decían que cuando la niebla descendía, la realidad en torno se curvaba a la voluntad de los Antiguos. De inmediato percibí la atmósfera antinatural, y noté que los pájaros evitaban sobrevolar el agua, como si un gigantesco predador invisible reposara bajo la superficie plateada.

Durante la primera noche el aire era opresivo, pesado, y frecuentes ruidos subían del lago: burbujeos recónditos, aleteos sibilinos, y algo más, un eco de cánticos tan profundos que parecían nacer de la roca misma que ceñía el fondo lacustre. Dormí mal, invadido por sueños de una ciudad sumergida en la que torreones de oro podrido brillaban bajo lunas deformes y extraños seres alados, de rostros enmascarados y cuerpo escamoso, arrastraban hombres enfundados en polvorientas togas hasta los pies de un gran trono vacío.

En la segunda madrugada me senté junto al ventanal abierto, explorando la niebla a través de los visillos raídos, buscando toda señal que delatara la causa de tan funesto ambiente. Allí, por primera vez, escuché aquel susurro: una mezcla de palabras ininteligibles, como si la lengua extranjera de algún demonio diera vueltas en el aire, rodeando la casa como pájaros impíos.

Después de intentar comprender el origen del susurro—y convencido de haber oído mi propio nombre entre los ecos—me aventuré hacia el lago, cruzando el jardín invadido por helechos negros y hierbas cortadas por la mitad como si cuchillas invisibles las mutilaran cada medianoche. Entre la bruma, las aguas se abrían en círculos concéntricos sin causa aparente, y una columna de vapor ascendía, desmaterializándose apenas tocaba el frío de la atmósfera.

Ya próximo a las orillas, percibí grabados sobre las piedras, símbolos sólo comparables con un alfabeto presignográfico conocido por mí a través de los escasos textos que describen a los Antiguos. “Esto es obra de quienes moran más allá del concepto humano de tiempo”, pensé, recordando pasajes aislados del “Daemonomicon”. En uno de aquéllos, se relataba la leyenda de Pazuzu, guardián del umbral, que, según los sabios caldeos, remonta el viento hasta los confines del infierno y se sienta al borde de los lagos donde la muerte y la locura bailan juntas.

Los aldeanos me evitaban tras mi primera visita al lago, y algunos niños lloraban cuando cruzábamos miradas. Solo un anciano, cuya cordura parecía tan frágil como el hielo al borde del deshielo, se me acercó una noche lúgubre, con la luna oculta y las sombras reptando entre los tejados. —No vaya al lago en luna llena —me advirtió con voz quebrada—. No cruce el círculo del vapor.

Pero la obsesión crecía dentro de mí. El tercer atardecer, entre los troncos retorcidos del bosque junto al agua, descubrí una gruta semienterrada. Allí, un escalofrío me recorrió el espinazo, pues la entrada estaba adornada con relieves que representaban una figura híbrida: mitad ave de presa y mitad hombre, ceñida de serpientes, y al pie de la cual se alzaba un semicírculo de figuras humanas en suplica. Los jeroglíficos, semejantes a los de las tabletas arcadias que estudié tiempo atrás en el Museo de Miskatonic, mencionaban palabras prohibidas y hacían referencia a un “Velo de Oro” y a “El que trae los vientos tormentosos”.

En ese momento un gorjeo inverso, imposible en cualquier bestia natural, rasgó el aire y la sensación de ser observado me impulsó a regresar corriendo a la casa. Ya en la seguridad relativa de los muros, busqué en mi libro toda referencia a Pazuzu, hallando una ominosa coincidencia: el demonio no era sólo el portador de pestes, sino también el heraldo de los dioses lacustres, los que habitaban bajo profundidades intocadas y cuyo líder portaba un velo de oro que ninguna mente cuerda podía contemplar.

El cuarto día, convencido ya de la unidad entre mi linaje y los horrores del lugar, me decidí a pasar la medianoche junto al lago. Llevaba la lámpara, la edición carcomida del “Daemonomicon” y una daga con la empuñadura tallada en hueso de ballena, herencia de mi antepasado más remoto. Apenas la luna asomó, la niebla se elevó como el telón de un teatro inviolable y el aire vibró con ese murmullo de octavas y coros infernales. Fijé la vista en el agua y percibí que los reflejos no eran de esta tierra: las ondulaciones formaban rostros vagamente humanos, deformados por la angustia infinita.

La columna de vapor se tornó luminiscente. En ella una figura emergió, difusa pero inconfundible: alas membranosas, rostro ofídico, gesto burlón y un velo de filamentos dorados colgando del cráneo; Pazuzu, pensé, aunque mi raciocinio se tambaleaba. Sentí el corazón latir tan deprisa que el dolor me nublaba la visión.

Entonces, la voz: “Ven, portador del sello. Renueva la alianza sellada con la sangre de tu estirpe”. Un frío ancestral se apoderó de mí. Comprendí que ser heredero de la villa, de la sangre y de la locura, no era mera coincidencia sino elección deliberada de entidades fuera del flujo humano del tiempo.

Movido por una fuerza irresistible, y sin apenas conciencia, avancé hasta el círculo de vapor. Los grabados relumbraron a la luz de mi lámpara, adquiriendo vida propia. Los símbolos danzaron, invocando gritos de júbilo y tormento. Extendí la daga, y apenas la hoja tocó mi palma brotó sangre con el perfume de los abismos. Con cada gota derramada, el lago cambió de color. Un fulgor amarillento se extendió entre las aguas, acentuando las formas de las ciudades sumergidas y los seres alados que me observaban desde allá abajo.

Justo al llegar al círculo central del vapor, el velo dorado de la figura se elevó y pude—por un brevísimo instante—ver el rostro detrás: un vacío absoluto, una ausencia tan perfecta que mi mente se quebró en cientos de fragmentos dispersos, incapaz de sostener una imagen tan primordial y nihilista. Vi la multiplicidad de mundos, universos colapsando, tiempo hundiéndose como nácar podrido en el fango. Las palabras de mi tío abuelo se precipitaron en mi mente, desordenadas, repitiendo una y otra vez: “Bajo el velo está el final de todo, y el principio que no es principio”.

Las aguas burbujearon y la multitud de criaturas comenzó a surgir, alzando los brazos al unísono en adoración a la figura. Sentí que cada célula de mi cuerpo era consumida por las vibraciones. La voz retornó, ahora con ecos del primer día del mundo: “El pacto se renueva. Tu carne alimentará la simiente. Tu mente portará los sueños que abrirán el gran abismo”.

Todo se tornó negro. El lago, la columna, la figura, desaparecieron en el vacío; sólo persistía la sensación horrible de ser contemplado desde todos los puntos del infinito.

Desperté tres días después, según dijeron los aldeanos, deambulando desnudo y balbuceando palabras en lenguas extintas. El lago de Hali se mantenía sereno, aunque algunos juraban haber visto luces áureas bajo su superficie durante mi ausencia. Los símbolos en las piedras habían cambiado; ahora pulsan suavemente con luz propia cada noche, y los niños de la villa tienen pesadillas de alas, velos y ciudades que sangran oro.

No debo escribir más. El pacto está hecho. Mi mano tiembla cuando firmo estas líneas, y cada vez más siento que lo que habita en el lago no duerme, sino que reposa, esperando nuevas primaveras, otros herederos, instantes en que la niebla cubra la tierra y el Velo de Oro vuelva a alzarse.

Mi reflejo en el agua ya no es el mío. Y en mis sueños, Pazuzu ríe, batiendo sus alas sobre la antigua ciudad sumergida, mientras los dioses sin nombre susurran canciones para la eternidad.

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