Fragmento:
El primer atisbo de verdadero horror llegaba en la tercera noche de estancia, relataba Bachmann. Era entonces cuando las loras, oscura broma local, se arrastraban cerca de la iglesia derruida, y las ovejas mugían como mujeres corroídas por la sífilis. Sucedió entonces aquel encuentro infortunado, apenas descrito por el temblor de la pluma de Otto: “Bajo el altar, apoyando mi linterna contra la pared derruida, encontré una escotilla oculta, sellada por un sello redondo de un material semejante al vidrio, aunque transpiraba humedad y una energía pestilente. Escuché abajo un rumor, mezcla de salmodia e indecible masticación.”
Duración: 09:43
El hombre que camina por el sendero nocturno y solitario de la comprensión prohibida suele transitar primero el sendero del asombro, luego el sendero del horror y, finalmente, el camino sin retorno de la locura. Permitidme advertir al lector sensato que lo que se narra en estos papeles no es sino el registrado testimonio de alguien que, durante su vida intelectual, se atrevió a abrir puertas que nunca debieron ser abiertas, puertas cuyas bisagras chirrían desde tiempos prehumanos, y detrás de las cuales reptan y susurran criaturas de apetitos y formas que no tienen parangón en la cosmogonía de nuestra especie.
Era junio de 1927 cuando llegué, al borde de la extenuación, a un círculo de académicos reunidos en torno a lo inexplicado: La Sociedad para el Estudio de lo Apretérito y lo Prohibido, vasta y reclusa hermandad fundada por mentes inquietas de Arkham, Providence y, primordialmente, del continente anegado de secretos y podredumbre que es Europa Oriental. Aquí, entre los suntuosos muros abigarrados de linóleo desgastado y vitrinas llenas de fetiches arrancados a las ruinas ciclópeas de civilizaciones extintas, me fue concedido acceso a cierto manuscrito, estrafalario hasta para los anales de la sociedad, que relataba las andanzas de un individuo de nombre Otto Bachmann y su descenso a un pozo imposible levantado bajo la sombra ruinosa de Velkrazh, una aldea que se oculta —o más bien, se pudre— en las tierras altas del Transcarpathia.
Los académicos me miraban con mezcla de recelo y expectación. “El Pozo de la Carne y la Escarcha”, murmuraban como conjurando un presagio inexorable. Fue el doctor Rudolph Gensch quien, lanzando una mirada a los ventanales húmedos, me contuvo antes de abrir la carpeta donde se guardaban cuidadosamente los papeles de Bachmann.
"Hay cosas aquí que no son para la mente burguesa, Derleth… sólo accede si eres consciente de que, en estos documentos, la percepción misma podría consumir tu serenidad como una bruma otoñal consume la calidez."
Ignorando la advertencia, leí. El relato comenzaba de modo aparentemente inocuo; Otto, un arqueólogo de la decadente universidad de Lemberg, se vio sumido en el hastío y la angustia tras la muerte de su prometida. Así, abrumado por una pesadilla incesante en la que oía un pulso remoto, viscoso y rítmico, descendía en la somnolencia hasta una visión recurrente: una vasta cámara subterránea, iluminada por un resplandor de vivos colores infringiendo las reglas del espectro tridimensional.
“Dicen los lugareños de Velkrazh —escribía Otto— que bajo el suelo negro como la sangre coagulada yace un pozo construido antes de que el hombre adivinase el uso de la piedra. Aquello que allí se retuerce es la causa de la malformación del ganado, de la muerte súbita de los niños que aún lactan, y del loco insomnio que invade a los viejos cuando la luna está roja. Se lo nombra, si se lo nombra, como ‘la fuente’, ‘el vientre’ o, con respeto cuajado de pavor, ‘lo que segrega y devora’.”
El primer atisbo de verdadero horror llegaba en la tercera noche de estancia, relataba Bachmann. Era entonces cuando las loras, oscura broma local, se arrastraban cerca de la iglesia derruida, y las ovejas mugían como mujeres corroídas por la sífilis. Sucedió entonces aquel encuentro infortunado, apenas descrito por el temblor de la pluma de Otto: “Bajo el altar, apoyando mi linterna contra la pared derruida, encontré una escotilla oculta, sellada por un sello redondo de un material semejante al vidrio, aunque transpiraba humedad y una energía pestilente. Escuché abajo un rumor, mezcla de salmodia e indecible masticación.”
Entonces, la crónica poseía un irresistible impulso hacia lo grotesco: un descenso a profundidades imposibles, donde los ladrillos rezumaban sangre y el aire apestaba a osamenta, metal oxidado y un dulzor fétido y nauseabundo. Allí, Otto relataba haberse topado con lo que identificó —en su locura— como una de las Cámaras del Drolub, deidades extrañas erigidas mucho antes de Thule, mucho antes de la invención de la tristeza. “Parecían órganos vivos a la luz de mi linterna”, anotaba en su temblorosa grafía. “La superficie de las paredes bombea, transpirando húmedas perlas de sabor desconocido y reflejando sombras que, a veces, palpitan de vuelta hacia mí.”
Sin embargo, el verdadero núcleo del horror era aún más profundo. Más allá de la cámara, al otro lado de una abertura ovalada, aguardaba la entidad que Otto, presa del desvarío, empezó a llamar El Señor de las Glándulas. Esta cosa, esta amenaza ciega agazapada tras la cortina de materia, era apenas visible salvo por los filamentos que de ella pendían como zarcillos insaciables. “Todo en su presencia exudaba un tacto húmedo —mezcla de resina y agonía—, y su hálito, apenas sugerido en la presión de los oídos internos, era poluto; un aliento que instruía a mis órganos vitales a corromperse en vibración asimétrica.”
Fue aquí cuando aparecían los otros, los Ghisguth: los custodios, los acólitos, los hijos ilegítimos del abismo. Eran sombras grotescas, doblegadas por su propio peso, sin dientes ni boca pero repletas de huidizas apéndices que chasqueaban inútilmente. Avanzaron como núcleos de aflicción, rodeando a Otto en un círculo antinatural.
La descripción de aquellos seres desafiaba las capacidades del idioma. “Eran pieles estiradas, abotargadas, exquisitamente diseñadas, como si alguien hubiese tejido figuras humanas a partir de intestinos, costillas y tendones secos. Tocaban mi piel, y su contacto era al mismo tiempo afilado y viscoso, como láminas de grasa derritiéndose en frío. Cantaron sonoramente sin boca, modulando en los huesos una letanía sin palabras.” En ese momento, Otto entendió que los Ghisguth no solo eran guardianes, sino intermediarios —los instrumentos por medio de los cuales El Señor de las Glándulas transmitía su Voluntad.
El documento, entre intervalos de lucidez y grotesca incoherencia, sugería la preexistencia de estas razas: “No nacieron —producidos, exudados, segregados, paridos por una fuente inmemorial, ni orgánicos ni inorgánicos, ni bestia ni planta ni mente; eran y no eran, existían y se desvanecían cuando los hombres aprendían el fuego. Y aún, cuando los hombres olviden el fuego, seguirán segregando.”
Acompañando estos testimonios había reproducciones de sueños y delirios: Otto veía, cada vez con mayor frecuencia, su propio cuerpo desmembrado y reconstituido a voluntad de ese Amo informe. Sus huesos se convertían en tubos por los cuales los fluidos del abismo circulaban; su piel era cambiada por membranas oscuras y translúcidas de un resplandor imposible de definir. El tormento era absoluto, una combustión de la carne bajo un mandato que no era el de la muerte, sino el de una sustitución perversa y viciosa.
A medida que devoraba las páginas, yo mismo sentía el retorcimiento del estómago y la sequedad en la garganta, como si una insólita enfermedad me mordiese desde el interior. Imágenes de murallas pulsantes y túneles vivos golpeaban mi imaginación. Las palabras de Otto volvían, como un eco funesto: “No hay manera de volver a la superficie. Incluso si hallase el camino, mis células Seguirán segregando el hedor y la maldición de las cámaras. El día que vea la luz, no seré yo, sino un recipiente tibio para otra voluntad.”
El clímax del manuscrito relataba lo indecible, la liturgia de transformación: los Ghisguth, uno tras otro, se aproximaban a Otto y lo marcaban con secreciones untuosas, que disolvían tejidos y revelaban debajo un molde, como si el cuerpo sólo fuese una cáscara para la verdadera forma. Entonces, en el cénit de la locura, sobrevino la comunión; la cámara entera palpitaba en una orgía de contorsiones, paredes salpicadas de sangre —o algo más espeso y negruzco— y voces que brotaban del aire mismo, incomprensibles y aterradoras.
Fue este pasaje el que, décadas después, confesaría Gensch que le hizo abandonar la investigación: “Otto describe cómo sintió su alma desalojada de la carcasa, rechazada y devorada. Pero lo peor… lo peor fue la fría comprensión, ya desprovisto de ego, de que la función de la carne, la única razón de su creación, era reproducir la vileza del Amo. Allí yace el horror último: tu ser está predestinado a alimentar la segregación, a ser otro instrumento sometido a la matriz abisal.”
Jamás se hallaron rastros de Otto Bachmann. Su diario llegó a nosotros en un baúl lacrado, deslizado anónimamente en las oficinas de la Sociedad. Desde entonces, dos de los que lo leyeron terminaron en instituciones, y un tercero se arrojó al río. Cuando cierro los ojos aún veo las pulsaciones de los muros vivos, y oigo otro rumor, como si desde abajo en la tierra astillada, algo aguardase la noche propicia para segregarme al reino húmedo de su repulsiva inmortalidad.
Por ello consigno este relato como advertencia y expiación. Nadie, ni el más ávido de los curiosos ni el más cansado de vivir, debe buscar las Cámaras subterráneas donde los Ghisguth cantan para el Drolub tres veces segregado, ni aspirar los efluvios rancios que exhalan al anochecer. No sea que, escuchando por un descuido el murmullo de la tierra, comencéis a sentir vuestra propia carne estremecerse, replicando un pulso primordial que nunca, nunca debió alcanzar los oídos y los huesos de los hombres.
Y así, entre la vigilia y el sueño, uno sólo puede temblar, aguardando ese resplandor imposible en la penumbra del dormitorio, y preguntándose si, al final, las razas antiguas y desterradas han olvidado de verdad al hombre… o si simplemente avanzan, segregando, por los túneles de las edades, dispuestas a reclamar cuanto una vez les perteneció: la carne, el espíritu y la última y más pequeña partícula del horror.
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