Portada del relato La cripta bajo las aguas malditas
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Fragmento:


Al mediodía encontramos la primera pista tangible: una losa negra y húmeda, apenas visible entre las aguas. La roca tenía forma hexagonal y en su superficie se entreveían relieves indecibles: figuras cuya asimetría hería la mente y cuyos ojos parecían seguir la mirada. Phelps cuchicheó algo sobre “murciélagos primigenios y cipreses nigrománticos”, mas fue Westing quien se atrevió a tocar la piedra. "No hay nada en la ciencia que justifique el miedo, amigos", se atrevió a decir, antes de palpar la superficie con sus dedos académicos.

Duración: 09:20

La cripta bajo las aguas malditas
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Texto de ajuste de pausa.

Hay cosas que mejor sería no desenterrar, y sin embargo la curiosidad —esa oscura pasión que impulsa a los hombres de ciencia a traspasar umbrales sellados por la cordura— termina siempre por prevalecer. Tal fue el caso aquella ominosa primavera de 1933 en Arkham, cuando algunos notables de la Universidad Miskatonic, al calor de fatuos anhelos de gloria académica y recurriendo a pretextos arqueológicos, decidieron investigar los informes sobre una antigua cripta sumergida en las afueras pantanosas del pueblo.

La noticia, en principio, apenas un eco sordo en los márgenes del diario local y la comidilla amarga de los parroquianos del café de Zebulon, fue cobrando cuerpo a medida que los preparativos se desplegaban ante la mirada expectante de los estudiantes. ¿Cuántos habían oído en noches ebrias, bajo los nogales viejos, las leyendas acerca de las regiones inundadas por la crecida del río, donde antaño los cultos paganos rendían homenaje a deidades invisibles? Nadie, empero, quiso ver la funesta congruencia entre tales murmullos y el extraño letargo que comenzó a apoderarse de la ciudad.

El Dr. Howard M. Westing, decano de arqueología y miembro honorario de la Royal Society, reunió a su equipo en el crepúsculo de aquel fatídico 27 de abril. Le acompañaba el joven profesor Geoffrey Marsh —descendiente de esa antigua familia de Innsmouth tan envuelta en rumores, que a menudo afirmaba no temer a los secretos del cieno—, el entomólogo Roger Phelps, y la inefable Srta. Abigail Turner, con su fervor profano por las lenguas muertas. Yo era solo un asistente, contratado por recomendación de la biblioteca para el manejo de manuscritos húmedos y frágiles, sin más cualificación que un instinto desarrollado para leer en la penumbra y soportar el hedor de papel podrido.

La pesquisa comenzó antes del amanecer. Crujían los juncos a nuestro paso mientras jadeos equívocos circulaban entre los troncos medio sumergidos. Marsh, quien conducía la expedición, sostenía un croquis hallado en el desván de su tía abuela, una de las últimas criaturas de sangre Marsh residiendo en Arkham. El dibujo era rudimentario y hasta cierto punto absurdo: líneas y círculos desenfocados, con símbolos de origen dudoso que Abigail —tras una hora de escrutinio— declaró "un dialecto primordial de las ramas semíticas", aunque dudaba mucho de su historicidad.

Al mediodía encontramos la primera pista tangible: una losa negra y húmeda, apenas visible entre las aguas. La roca tenía forma hexagonal y en su superficie se entreveían relieves indecibles: figuras cuya asimetría hería la mente y cuyos ojos parecían seguir la mirada. Phelps cuchicheó algo sobre “murciélagos primigenios y cipreses nigrománticos”, mas fue Westing quien se atrevió a tocar la piedra. "No hay nada en la ciencia que justifique el miedo, amigos", se atrevió a decir, antes de palpar la superficie con sus dedos académicos.

El aire se puso denso de inmediato, aunque ni la temperatura ni el olor parecían haber cambiado. Cuentan los marineros —y, en Innsmouth, los pescadores— que el silencio del agua puede ocultar una multitud de ecos, mas ninguna historia marinera fue suficiente para advertirnos del verdadero silencio, ese que no deja ni respirar. “Los únicos sonidos que resuenan aquí chocan con las mentes”, murmuró Abigail de pronto, aunque no supe qué demonio la impulsó a tal certeza.

Con esfuerzo logramos apartar la losa, exponiendo una escalera húmeda de piedra que descendía en espiral hacia el corazón del fango. Nadie habló; el temor es siempre más denso cuando la razón rehúsa llamarlo por su nombre. Geoffrey Marsh encendió una linterna eléctrica, y comenzamos el descenso uno tras otro, hundiéndonos en un aroma agrio de algas, moho y senderos olvidados por la historia.

Cuanto más bajábamos, más opresivo se hacía el túnel. Ninguno de nosotros pudo explicar las sensaciones que nos invadían: un cosquilleo agudo tras los ojos; la impresión de que el espacio que cruzábamos era mayor de lo que nuestros pasos medían. En ocasiones, el temblor del aire parecía traducir latidos subterráneos —no de la tierra, sino de algo soterrado que agitaba perezosamente su sueño ancestral.

La cripta se extendía en una cámara octogonal cuyas proporciones no correspondían a la arquitectura humana. Las paredes titilaban con reflejos verdosos emanados de vetas de un mineral imposible, atrapado en la roca. En el centro, sobre un estrado de basalto, había un sarcófago de aspecto ciclópeo, su tapa pesa y pulida cubriéndose de dibujos que sugerían la evolución de una extraña especie reptiliana alternada grotescamente con figuras humanoides. Al fondo, alineadas en media luna, se descubrieron cinco lápidas sin nombres, pero cada una grabada con aquel mismo signo —el que figuraba en la losa y en el croquis de Marsh.

“Esto… nunca fue señalado en los registros”, jadeó Westing, y un temblor le cruzó la voz —primera grieta en su perfecta serenidad ilustrada. Tomó asiento entre los símbolos, y pidió que comenzásemos a transcribir los grabados, pero yo, que siempre fui sensible al pánico de las bibliotecas nocturnas, ya sentía en el pecho el hervor de antiguas pesadillas.

El silencio allí abajo vibraba, y era tal que algunos jurarían haber oído susurros frente al sarcófago, murmullos guturales que se colaban desde ninguna parte. Abigail caminó hacia las lápidas y posó sus dedos sobre el signo curioso. En ese momento, como si hubiésemos accionado la palanca de un mecanismo invisible, un frío espectral sacudió la cámara y las linternas parpadearon… sólo para revelar en las sombras contornos nuevos, entre los que destacaba una figura demasiado alta, demasiado encorvada para ser un hombre, con una piel grisácea que parecía respirar.

Mis recuerdos de ese instante son fragmentarios: apenas distingos a Phelps gritando con voz trizada; las manos de Marsh alzándose con un gesto de reconocimiento —¿o era de súplica?— hacia esa forma horrenda; Abigail recitaba en una lengua quebrada, arrastrando sílabas de siglos muertos. Westing, ajeno a toda lógica de autopreservación, avanzó hacia la criatura mientras balbuceaba palabras sobre “puertas entre mundos” y “hermanos olvidados desde la aurora de la humanidad”. Su temeridad fue digna de un mártir, aunque hubiera preferido no observar de cerca el destino que le aguardaba.

Debo confesar que, en ese momento, algo se quebró en mi mente o mi espíritu, pues lo siguiente que recuerdo es el sonido —mucho más tarde, ya al atardecer— de mi propia respiración en el umbral de la cripta. Marsh me sacudía por los hombros y Abigail temblaba entre sollozos, arrodillada sobre la tierra mojada como una penitente. De Phelps y Westing, ninguna huella: ni un eco entre los tablones del subsuelo, ni una sombra manchando el agua oscura.

Comenzó entonces la genuina pesadilla, pues nada de cuanto relatamos al regresar fue creído por los otros. Se nos tuvo por perturbados, víctimas de una intoxicación con gases, o peor aún, de una fabuladora histeria colectiva. Marsh fue el primero en marcharse, alegando compromisos familiares y mudándose, curiosamente, al puerto de Innsmouth, donde los rumores sobre su sangre ancestral crecieron hasta volverse insostenibles. Abigail fue internada en el hospital psiquiátrico de Arkham, repitiendo interminablemente sílabas en lenguas que, según los expertos, no corresponden a ningún idioma terrestre conocido.

He intentado olvidar todo ese suceso, ahogar en libros y monotonías el frío que desde entonces anida en mis huesos. Pero los sueños insisten, y a veces me despierto con el estrépito de un compás enorme vibrando bajo la tierra, llamando a otros que no duermen. Y, cada cierto tiempo, recibo cartas sin remite, escritas sobre papel pulido de extraño olor, cruzadas por ese mismo símbolo oblicuo… Y en las noches más hondas, cuando toda la ciudad parece cubriera un velo húmedo y nadie osa transitar por los muelles ni los bosques que rodean Arkham, creo descubrir en mi ventana una silueta torva y atenta.

Algunos, los sabios, dicen que la ciencia es instrumento de iluminación y dominio sobre lo oscuro, pero yo aprendí demasiado tarde que hay tinieblas que se defienden con patológica astucia. Arkham sigue siendo un lugar de secretos antiguos, y de vez en cuando, una barca vacía aparece encallada entre los juncos, cubierta de limo, con marcas de garras —¿o zarpas?— sobre el maderamen. Los estudiantes aún bromean sobre expediciones futuras, pero el decano nuevo prefiere no hablar del Dr. Westing ni del año en que desaparecieron dos profesores. Y yo, pese a los valientes esfuerzos de mi razón, no puedo sino esperar que nunca ningún curiosos vuelva a levantar la losa negra…

Porque hay horrores que no aceptan prisión, ni siquiera bajo el agua estancada de los pantanos de Arkham. Y cuando el eco de susurrantes pies descalzos vuelve a cautivar las noches, uno puede preguntarse si el precio que pagamos por la curiosidad no es demasiado alto, si no hemos equivocado el propósito último del saber. Aquí concluyo estas notas, porque apenas me quedan dedos firmes con que golpear la tecla, y algo raspa la ventana, en el rumor ululante de la noche, como si reclamara otra alma distraída… como si nunca hubiese dejado atrás la cripta bajo las aguas malditas.

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