Portada del relato La marea del obelisco negro
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Fragmento:


La tercera noche de rumbo sur, la bruma se hizo tan densa que en el puente creímos la negrura había solidificado y nos hundía en un sopor anómalo. El 14 de marzo, los motores se apagaron; sólo nos mecían el panal de las corrientes y la sensación viscosa de que algo reptaba bajo el casco. Lo peor fue el silencio: la radio sólo devolvía un chasquido blando, como el sonido nervioso de uñas en hueso cerámico, y el aire se hizo denso, cargado, ajeno a la vida.

Duración: 08:03

La marea del obelisco negro
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Texto de ajuste de pausa.

En el ocaso de aquellos meses malsanos, cuando el viento de lo desconocido cruzaba las aguas estancadas del Pacífico, los hombres de mar preferían callar al mencionar la funesta bajamar donde, dicen, yacía la ciudad oculta. R’lyeh, no sólo ruinas sumergidas, sino templo y prisión, mole y hálito nauseabundo de tiempos previos a la memoria humana. Me llamo Edgar Leigh, y estas palabras apenas contienen el fulgor borroso de lo que vi en aquel delirio subsecuente al naufragio, al pecado y a la revelación.

En la primavera agónica de 1929, partí de Honolulu como primer oficial del carguero Bellwether. Cargábamos maquinaria y cereales, pero también el oculto peso de supersticiones que ni el racionalismo más férreo podía disipar bajo el alegre sol del Pacífico. Mi tripulación era cosmopolita pero supersticiosa, con polinesios ceñudos y chinos silenciosos cuyos abuelos relataban prodigios espectrales. El radiotelegrafista japonés, Sugimura, fue el primero en notar los cambios. Transmitía la incomodidad como olores surgidos de la bodega, metálicos y agrios, y la marchitez imposible de unas raciones enlatadas almacenadas apenas treinta días atrás.

La tercera noche de rumbo sur, la bruma se hizo tan densa que en el puente creímos la negrura había solidificado y nos hundía en un sopor anómalo. El 14 de marzo, los motores se apagaron; sólo nos mecían el panal de las corrientes y la sensación viscosa de que algo reptaba bajo el casco. Lo peor fue el silencio: la radio sólo devolvía un chasquido blando, como el sonido nervioso de uñas en hueso cerámico, y el aire se hizo denso, cargado, ajeno a la vida.

Cuando amaneció, la proa asomó sobre lo que no podía ser sino una isla sin nombre, y no hallada en carta náutica alguna. Alrededor, algas translúcidas y corales de geometría perversa trepaban entre rocas negras, vetustas, de ángulos tan extrañamente concebidos que mareaban al ojo. El capitán Beardsley moría de miedo, pero la posibilidad de provisiones y agua lo impulsó a formar un bote con cuatro hombres y yo mismo. Sugimura, sin mediar palabra, lo pidió todo. “No debemos bajar. Algo aquí espera la voz… la voz de Dythalla.” Nadie le hizo caso.

La arena era viscosa, exudando minúsculos invertebrados con ojos claros como perlas podridas. Caminamos en silencio hasta que emergió ante nosotros una edificación imposible: el obelisco, más negro que las últimas horas de la noche, y adornado en la base por lo que sólo puedo describir como relieves de caracoles fusionados en un abrazo horrendo, de donde brotaban, a modo de inscripción, tentáculos rodeando formas humanoides. Nadie del grupo se atrevió a mirar el obelisco durante mucho tiempo, porque de su superficie emitía olas de frío casi intolerable, y un zumbido grave, como un rezo en otro idioma, golpeaba la base de nuestros cráneos.

Bajo los roquedales, cerca de la mole pétrea, encontramos una cueva apenas suficientemente ancha para un hombre encorvado. El contramaestre Rowe, un ateo furibundo, insistió en que debíamos explorarla. Supongo que lo hizo porque sentía –como todos– esa compulsión grotesca a descubrir lo que debería ocultarse. Al adentrarnos en la boca de la cueva, percibimos el mismo olor metálico del barco, avivado por el hedor de agua estancada y musgo amarillento. El calor disminuía extrañamente, a pesar de la profundidad cada vez mayor.

Nos habría sido imposible volver atrás incluso si hubiésemos querido: la gruta parecía inhalarnos suavemente, mientras nuestros faroles sólo delineaban pasadizos cada vez más extraños, forrados de patrones circulares irregulares –no obras de hombre, sino inconfundiblemente orgánicas en sus simetrías quebradas. Finalmente, el pasadizo desembocó en una cámara que se abría en lo profundo, un domo forrado por placas nacaradas y cubierto de relieves que no eran sino representaciones de criaturas intervenidas, partícipes de un ritual coral primordial.

El suelo estaba tapizado por agua tibia y viscosa; algo se movía allá abajo. Era Sugimura. No podíamos entender cómo ni por qué, pero estaba allí, de pie y temblando, arrodillado ante una losa central cubierta de símbolos incandescentes de un color imposible. Murmuraba: "Oye, el Cántico, y teme la Luz de Dythalla…" Sus dedos temblaban, evocando formas en el aire, y la losa parecía absorber los gestos, de un modo atrozmente animado.

La visión que siguió fue el punto de quiebre de mi cordura. De entre las losas, manaba una luz flotante, fosforescente y pálida, pero en su interior se agitaban figuras. No eran hombres, ni siquiera abominaciones imaginables por nuestra raza. Una criatura, fusión indecible de pez abisal y gusano coralino, con ojos gélidos y boca circular, ascendió del miasma. No caminaba ni nadaba, sino que se deslizaba con la gracia de los viscosos sueños húmedos de un océano no nacido. La criatura extendió un apéndice, y tocó la frente de Sugimura, quien cayó en un trance absoluto, murmurando en un idioma de burbujas que no era japonés ni ningún dialecto terrestre.

El horror iba más allá del aspecto físico de la criatura. Era la comprensión intuitiva de un orden nuevo: la luz de Dythalla, origen y final de todo pensamiento, el telar donde se tejen y destejen realidades afines a la muerte, no a la vida. La criatura no era sino su apóstol, su mensajero, y ahora acogía a Sugimura como testigo. La losa ardía, y toda la cámara entera oscilaba, empezando a girar suavemente, mientras el resto de la tripulación caía presa de espasmos. Solos Rowe y yo conseguimos arrastrar nuestros cuerpos afuera, la cueva se desmoronaba tras de nosotros.

En la superficie, nada era igual que antes. El obelisco resplandecía, y la isla entera palpitaba, emitiendo esos susurros guturales, como el arrullo de cientos de voces de ostras masticando los huesos de todos los muertos del mar. Rowe vomitó bilis negra, señalando el agua, donde ahora flotaban los cadáveres de los otros tripulantes, pálidos, con la piel marcada por circunvoluciones en espiral y los ojos cristalizados en blanco.

—¿Qué es Dythalla? —mascullé, apretando un fragmento de roca.

—El prisma —respondió una voz que no era la suya, sino dragada del pulso abisal de la isla—, es lo que era antes de la luz. No hay palabra humana para ello.

La isla empezó a colapsarse, hundiendo el obelisco negro en un remolino espeso y deterioso; al fondo, asomaba el último vestigio de Sugimura, transfigurado, convertido en una silueta amorfa, elevada por el círculo de criaturas similares, danzantes, en una liturgia sin fin ni principio. El Atlántico habría envidiado el abismo que nos tragaba: sólo la marea nos devolvió a Rowe y a mí, y nadie, jamás, explicó nuestro naufragio. Rowe no sobrevivió mucho; su carne se descompuso en semanas y su olor fue aún peor que el del coral podrido.

Al volver a la civilización, nadie creyó mi historia. Los doctores la atribuyeron a delirio postraumático y privaciones en altamar. Pero, cuando sueño, la veo a ella: la luz de Dythalla en las profundidades, el titilar del obelisco negro reflejado en cada ola, su llamada musgosa al fin del pensamiento. Me pregunto si otros la habrán visto, si R’lyeh sufre de la misma vigilia agónica.

Los que aman la oscuridad conocen los bordes absolutos de la realidad. Quien ha visto a Dythalla, nunca duerme ni sueña igual. No hay escapatoria para la mente empapada en su luz, una vez que la voz coral ha sido oída y el obelisco brilla entre estrellas muertas. Cuando el mar susurre el nombre de esa entidad, recordad: los dioses antiguos no son los únicos horrores; hay cosas aún más antiguas y menos comprensibles que aguardan en las aguas, y sus fieles, como Sugimura, son los heraldos mudos de su retorno.

Que quien lea esto, si lo hace en la noche, no preste oídos al murmullo de las mareas profundas ni mire fijamente en ningún obelisco esculpido por manos anónimas, pues la marea de Dythalla jamás vuelve vacía, y R’lyeh sueña, esperando una nueva ofrenda bajo un prisma aún no descubierto.

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