Portada del relato La Sombra en el Altar Prohibido
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Fragmento:


—He encontrado evidencias de un culto devastador —dijo, su voz apenas un hilo—. Un círculo de adoradores cuyos rituales y escrituras superan en horror cuanto he leído en los textos prohibidos de Elizabethan House o en las cartas de los dioses locos de Bethlem.

Duración: 10:13

La Sombra en el Altar Prohibido
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Texto de ajuste de pausa.

Algunas horas antes de la medianoche, mientras la brisa de Arkham esparcía sobre la ciudad los primeros augurios invernales, llegué al umbral de la casa de la familia Vleck. Me había citado allí el doctor Rutger, hombre respetado por su erudición en temas esotéricos y reputado entre los círculos más antiguos por su discreción y escepticismo. Era una noche inquieta para aceptar una invitación tan excéntrica, pero Rutger, generalmente impasible ante el rumor de lo sobrenatural, había dejado ver a través de su carta un inusual temblor en la pluma, como si algo—o alguien—le hubiese tocado el alma.

La casa, situada en una calle retirada a escasos metros del Miskatonic, exhibía una arquitectura grotesca, vestida de musgo y sombra, curva en sus ángulos y cubierta en su madera por un barniz que parecía poco apto para el paso del tiempo. Los Vleck habían vivido en Arkham desde antes de los registros municipales, y su fortuna era objeto de especulación entre el clero y los coleccionistas de secretos. Según la leyenda urbana, en aquella casa se reunían círculos intelectuales para compartir rarezas y dudosos placeres; ahora, en pleno 1929, sus puertas volvían a abrirse para un selecto grupo que, como yo, había recibido el oscuro privilegio de una invitación.

Me recibió Rutger en el vestíbulo; sus ojos oscuros, generalmente iluminados de calculada ironía, estaban inundados de un mal disimulado pavor. Me estrechó la mano con fuerza; musitó mi nombre, pero tras la cortesía, su mirada se desvió hacia la tenue penumbra que reinaba en la sala contigua. En un rincón se alzaba el retrato ancestral de Esaias Vleck, el fundador, hombre de ojos anchos y sonrisa reptiliana, que según decían, había asistido a ritos de sangre y sellado pactos inauditos en las colinas circundantes.

Para entonces, la casa se llenó de una docena de figuras, cada una más cadavérica que la anterior: un poeta marchito, una joven estudiante de teología cuya fe contradijo su mirada febril, un anticuario holandés que portaba cicatrices adoratrices en la frente, una bibliotecaria de Boston vestida de luto, y otros, todos poseídos por una suerte de nerviosa excitación.

La reunión fue breve en sus preliminares; pronto Rutger tomó la palabra y, tras agradecer nuestra presencia, cerró la puerta con resoluta solemnidad y cubrió las ventanas con pesadas cortinas granates. A la luz insuficiente de una lámpara de aceite, nos habló de “un hallazgo que había cambiado la naturaleza de sus investigaciones”.

—He encontrado evidencias de un culto devastador —dijo, su voz apenas un hilo—. Un círculo de adoradores cuyos rituales y escrituras superan en horror cuanto he leído en los textos prohibidos de Elizabethan House o en las cartas de los dioses locos de Bethlem.

Se hizo entonces el silencio. Rutger sacó un objeto de una caja de madera. Era un tomo viejo, su tapa de cuero ennegrecida, con remaches de metal y una cerradura rota. Sobre la portada, no había título, solo una rueda grabada, con símbolos alienígenas y manchas secas de un color que desafiaba la definición.

—El Libro de Carne de Koth —susurró la bibliotecaria, reconociendo el siniestro volumen. El holandés se santiguó con los dedos temblorosos. En la habitación, el aire se tornó más espeso y frío.

Rutger expuso el hallazgo: bajo la mansión Vleck, en la cripta clausurada desde tiempos coloniales, encontró el libro y otros artefactos—sellos de piedra, máscaras, restos de huesos humanos grabados con runas. Pero lo más alarmante no era la evidencia física, sino lo que había leído la noche anterior: un ritual de invocación transmitido en un idioma que, según las notas marginales, pertenecía a los “Custodios de Koth”, un culto desaparecido cuyos miembros juraban lealtad a una inteligencia sin nombre, una mente hecha de hambre y vacío, a la que llamaban simplemente “Eso de Entre los Vientos”.

El grupo, enardecido por la mezcla incontrolable de temor y morbo, debatió si el libro merecía ser destruido de inmediato o si estudiar sus páginas podría arrojar luz sobre los horrores que acosaban Arkham desde hacía meses—muertes inexplicables, animales mutilados, gritos escuchados en las noches más frías, y la certeza de que alguien, o algo, contemplaba la ciudad con ojos voraces.

Por curiosidad, por arrogancia o por un deseo inconfesable de transgredir los límites humanos, se acordó efectuar aquella misma noche la lectura del pasaje inicial del libro, bajo la supervisión de Rutger y con la condición de no avanzar más allá de la primera página invocatoria.

Nos reunimos, pues, en la sala subterránea de la casa, bajo vigas de roble carcomido y bóvedas que resonaban con ecos ajenos. Nuestros susurros reverberaban extrañamente, transformándose en sonidos que parecían volver disfrazados, como si respondieran a órdenes ignoradas por nosotros.

Rutger abrió el libro. La primera página, escrita en caracteres retorcidos y filamentos rojizos, emanaba un olor acre, a hierro y descomposición. El doctor leyó la invocación con voz cada vez más trémula; su tono se componía de sílabas que alternaban entre el ímpetu humano y un retumbar grave, subterráneo, antinatural.

Mientras profería aquellas palabras, sentí un crujido bajo mis pies: las piedras y la madera gemían en protesta, y de las paredes comenzaron a colgar filamentos grotescos, como telarañas, pero palpitantes, como venas expuestas al aire. El aire olía ya a tumba olvidada; algunos asistentes taparon sus bocas para no vomitar. La lámpara de aceite osciló, lanzando sombras que parecían adquirir autonomía, separándose de los cuerpos que las producían y floreciendo en rincones imposibles.

La invocación concluyó abruptamente con un grito ahogado; Rutger cayó de rodillas. El silencio inmediato era uno de esos silencios que contienen dentro una tormenta. Algo había cambiado. Sentíamos el roce de entidades—una presión en el cráneo, una vibración detrás de los párpados, una urgencia interna de huida, reprimida por el terror paralizante de los sueños en los que uno tropieza antes de despertar.

Alguien murmuró una plegaria. Los símbolos de las paredes comenzaron a rezumar algo oscuro, que goteaba sobre el suelo y se desvanecía al contacto con el aire, pero cuyo olor persistía, fijándose a nuestras narices como una lepra. El holandés, súbitamente dominado por una furia histérica, intentó cerrar el libro. Pero una fuerza invisible lo repelió con violencia, arrojándolo contra la pared. Sangre se derramó de la boca; en sus ojos, durante un segundo insufrible, apareció otro rostro, inhumano, burlón, de dientes negros y lengua hendida.

La joven estudiante, al borde del desmayo, tomó la mano de la bibliotecaria. El libro se deslizó hacia Rutger, quien gimiendo, recitó otra frase escrita que, según explicó más tarde, estaba destinada a “sellar” el llamado, devolverlo a las profundidades desde donde nunca debió emerger.

Pero en aquel sótano, entre murallas que lloraban y sombras con vida propia, supimos que era tarde. Los oídos zumbaban con una frecuencia aguda, casi imperceptible. Una visión compartida nos invadió: estábamos suspendidos en un abismo de viento y gritos, la tierra era una costra marchita y, bajo ella, reverberaban miles de mandíbulas abiertas masticando los rezos de los hombres. El corazón se erguía en la garganta, y los que aún podían gritar, lo hacían sin sonido.

Una ventana invisible se abrió en el techo; por encima del polvo y la podredumbre, vimos estrellas agrupadas en patrones que no correspondían a constelaciones humanas. Una mirada fría descendió sobre nosotros. Era el pensamiento de Eso de Entre los Vientos, una hambre sin labios, que nos probaba como se prueba la tibieza de la sangre antes de devorarla.

El poeta se arrancó los ojos enloquecido, diciendo que la única salida era no ver; la bibliotecaria arrancó páginas del libro y las devoró antes de morir ahogada, los símbolos carcomiendo su lengua. El holandés, reducido a un montón de carne convulsa, se arrastraba hacia la luz y cayó en silencio.

Rutger, con ojos ahogados en lágrimas, me suplicó ayuda. Ambos forcejeamos con el libro, intentando cerrarlo, pero este parecía pesar cientos de libras y estaba caliente, como si dentro respirara un animal acechante. Las paredes rugieron. El suelo se hundió parcialmente, asomando debajo un vacío negro y voraz.

Con el último resto de cordura, Rutger se lanzó sobre el libro, envolviéndolo con su cuerpo y repitiendo la invocación a la inversa. La sala fue devorada por una oscuridad más espesa que la muerte. Yo desperté tiempo después, afuera, bajo la nieve reciente, la casa Vleck ardiendo entre llamas negras que no alumbraban nada, solo consumían. De la cripta no quedó rastro alguno, salvo un hoyo inexplicable, húmedo y palpitante, alrededor del cual la hierba nunca volvió a crecer.

Tras semanas de delirio inducido por pesadillas fragmentarias—rostros distorsionados, cuerpos reptantes, estrellas sangrientas—pude escribir este relato. No sé quién me salvó, ni cómo escapé. Algunos aseguran que la casa nunca existió, que es un sitio maldito borrado de los mapas. Pero en las madrugadas más heladas, siento en el aire un silbido hueco, y a veces el viento arrastra palabras que recuerdo vagamente.

Sé que aquel culto no ha muerto. Sus asambleas persisten entre los pliegues de la realidad, allí donde no llega la fe ni la razón. A veces recibo cartas sin remite, con símbolos familiares y huellas ensangrentadas. Si encontráis un libro sin título ni dueño, no lo abráis; dentro, el hambre acecha y se ensancha, como una boca bajo la tierra, esperando a aquellos que, por curiosidad o estupor, renuncian al amparo de la ignorancia.

Porque hay conocimientos que, una vez leídos, no pueden ser olvidados, y rituales que, aún sellados, corrompen y deforman el mundo más allá de toda redención posible. Si lees estas líneas, recuerda que ninguna puerta cerrada es segura cuando el viento sopla desde Koth, y que la sangre de las estrellas —ese veneno ancestral— nunca desaparece, solo cambia de cauce, esperando su momento para arrastrar a los mortales hacia la noche eterna.

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