Portada del relato Las Ruinas bajo el Silencio
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Fragmento:


“Esto,” murmuró el profesor, “no es maya, ni olmeca, ni tolteca. Es algo más antiguo, más cercano al tiempo de los sueños… alguna vez los mayas llamaron a este lugar ‘Yaaxbalam’, la boca de la noche sin nombre. ¿Sabe usted que en los corros de hechiceros locales hay historias de un pueblo que veneraba dioses caídos del cielo, piedras vivas…?”

Duración: 10:38

Las Ruinas bajo el Silencio
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Texto de ajuste de pausa.

En el año de 1924, mi salud y mis estudios me exigieron un retiro prolongado de la febril ciudad de Providence. Era un tiempo en que el saber arqueológico aún ocultaba más abismos que certezas y los nombres de civilizaciones perdidas se murmuraban en aulas y clubes como votos de una fe blasfema. Con la esperanza de restaurar mi maltrecho ánimo y, de paso, documentar ciertos rumores inquietantes, acepté la invitación del profesor Andrei Valdemar, viejo colega de la Universidad de Miskatonic, para acompañarlo en una expedición a Yucatán. Allí, entre los templos devorados por la selva y las piedras cubiertas de símbolos indescifrables, habría según él indicios de una urbe aún más antigua que Uxmal o Chichén Itzá, una ciudad que –según ciertos códices prohibidos– habría sido “tragada” por la tierra antes que los hombres grabaran sus primeras glorias.

Nuestra expedición, compuesta por el profesor, yo –que firmo este relato con mano temblorosa–, dos peones nativos y un guía mestizo llamado Tomás, partió del último pueblo civilizado en el mes de agosto, acosados por los fríos acordes de una tormenta temprana. El viaje a través de la jungla fue arduo; la humedad nos calaba los huesos y los sonidos de aves extrañas, tan diferentes a los que pueblan los bosques norteños, hacían vibrar nuestros nervios. No obstante, era la actitud de Tomás, hosco y retraído, la que empañaba nuestra moral. Nunca miraba directamente a los ojos y respondía a nuestras preguntas sobre ruinas con monosílabos esquivos, como si temiera nombrar algo antinatural.

En la cuarta noche, bajo el zumbido monótono de la lluvia al golpear las lonas de nuestro campamento, el profesor Valdemar nos reveló la verdadera razón de nuestra pesquisa. Con voz baja y el rostro envuelto en penumbras, abrió un estuche impermeable y sacó un pergamino amarillento que, según afirmó, no provenía ni de México ni de ninguna civilización conocida. El texto estaba cubierto de glifos imposibles de clasificar, como si manos ajenas a la humanidad los hubieran trazado con lógica prohibida. Pero entre los dibujos y símbolos sobresalía un mapa rudimentario, marcando una depresión oculta en la jungla, donde una espiral descendía hasta un abismo plagado de sombras.

“Esto,” murmuró el profesor, “no es maya, ni olmeca, ni tolteca. Es algo más antiguo, más cercano al tiempo de los sueños… alguna vez los mayas llamaron a este lugar ‘Yaaxbalam’, la boca de la noche sin nombre. ¿Sabe usted que en los corros de hechiceros locales hay historias de un pueblo que veneraba dioses caídos del cielo, piedras vivas…?”

Su voz se perdió en la lluvia, y un miedo irracional me embargó. Al día siguiente, Tomás se negó a continuar, protestando con palabras apenas audibles sobre “las piedras que susurran” y “los bocados del inframundo”. Amenazó con abandonar la expedición, argumentando que había señales –ciertas aves que evitaban la dirección en que marchábamos, una sequía atípica, un hedor a tierra removida– que anunciaban desgracia. Valdemar ridiculizó sus temores, tachando sus palabras de supersticiones arcaicas. Pero yo, que ya sentía la presión intangible de una presencia incognoscible en la espesura, compartía clandestinamente su inquietud.

Tras días de avance, finalmente alcanzamos la depresión del mapa. El terreno, bruscamente inclinado, sugería no el desplome común de una caverna, sino la mella de una fuerza mayor. Raíces espectrales se sacudían bajo nuestros pies mientras descendíamos entre lianas, hasta que el suelo desapareció abruptamente ante nosotros, revelando un abismo en cuyo fondo se vislumbraban formas geométricas, análogas a una ciudad pero del todo ajenas a la arquitectura humana. Allí, en el vórtice de la selva, se extendía a la luz mortecina de una grieta celestial la urbe sumergida de Yilquán.

Era una ciudad apenas contenida por la lógica: columnas en forma de hélices, obeliscos hechos de minerales desconocidos, muros cubiertos de glifos espirales que parecían moverse con la luz, y una “pirámide” central que recordaba más a un cristal multifacetado, y menos a un edificio. El aire era frío, eléctrico, y traía consigo el eco amortiguado de cánticos sin boca.

Valdemar, consumido por el éxtasis académico, ignoró nuestras protestas y se apresuró a descender. Por mi parte, experimentaba una aversión acuciante: la ciudad rehuía nuestra mirada y, de alguna manera imposible, sentía que esa masa mineral acechaba en la frontera de nuestros pensamientos, alimentándose de la curiosidad. Vagamos por sus calles; los peones mantenían los machetes en alto, como si esperaran que de pronto esas piedras rotas se tornaran depredadores.

No hallamos signos de vida, ni rastros de que seres antropomorfos hubieran habitado aquel lugar. Sin embargo, ciertas cámaras excavadas en la roca relucía con un fulgor antinatural, y vimos bajorrelieves que repetían obsesivamente la imagen de un disco estrellado descendiendo entre llamas y tentáculos. Curiosamente, no había motivo de agricultura ni traza de alimento. Todo sugería un culto, una existencia consagrada no a los hombres, sino a presencias henchidas de extraterritorialidad.

El profesor insistió en pasar la noche en el centro de la ciudad, precisamente al pie de la estructura cristalina. Mientras los peones hurgaban temblorosos entre los escombros, yo me recosté sintiendo, bajo la piel, un latido subterráneo, un murmullo sordo que ascendía de las mismísimas raíces telúricas.

Cuando finalmente dormí, fui asaltado por un sueño asfixiante: me vi arrastrado bajo tierra, mis miembros enredados entre hebras viscosas, y escuché una oración interminable en un idioma cuya antigüedad me hizo brotar sangre por los oídos. Imágenes de seres ciclópeos, de piel glauca y formas mutables, se manifestaban ante mí, danzando en torno a un altar donde brillaba un meteoro opalino. En su núcleo palpitaba una pupila, inmensa y sedienta de sentido. Desperté empapado en sudor, seguro de haber sido presenciado igual que yo había sido testigo, parte de un canje atávico entre nuestra mente y aquello que moraba bajo las losas.

A la mañana siguiente, uno de los peones desapareció. Sus huellas se perdían en un punto donde el suelo parecía no haber sido perturbado nunca: como si la piedra lo hubiera asimilado sin violencia. El segundo, presa del pánico, clamó por regresar. Valdemar, autoritario, lo despachó con el rifle para buscar al desaparecido. Pasaron horas, la ciudad relució con tenebrosa vitalidad y nosotros, cada vez más solos, sentíamos la presión de millones de ojos mineralizados, acechando desde los muros, esperando.

Esa noche, el profesor, inquieto con sus hallazgos, decidió explorar la pirámide de cristal. Con una lámpara de acetileno y un cuaderno, me obligó a acompañarlo a través de una fisura apenas perceptible en la base de la estructura. El aire allí adentro era preternaturalmente frío, impregnado de ozono y de una vibración que, para mi horror, casi era paladeable. A cada paso, las paredes refulgían con reflejos internos, mostrándonos fragmentos de cosas nacidas de sueños erróneos: seres translúcidos, ciudades que flotaban en océanos de negrura, soles devorados por formas amorfas.

El corazón de la pirámide era una cámara hexagonal, en cuyo centro flotaba el disco pétreo visto en los bajorrelieves. Valdemar, cegado por su avidez, no escuchó mis súplicas y se acercó al objeto, rozando su superficie con las yemas de los dedos. En ese instante, la ciudad entera vibró como una campana enterrada. Un miasma de imágenes me abrumó: el génesis violento de Yilquán, arrastrada por la fuerza gravitatoria de un cometa extragaláctico; el arribo de entidades que naufragaron en nuestro planeta cuando la biosfera era aún un páramo tibio; su culto, petrificado en ciclos que sobrepasaban todo referente humano, humedecido por lluvias de materia cósmica y sacrificios silenciosos que nunca serían comprendidos.

Vi el sacrificio último: seres humanos, arrastrados siglos después a la ciudad por manos indígenas, ofrecidos en silencio absoluto al disco petrificado, absorbidos por átomos al núcleo de la piedra, allí donde aún yacían, encapsulados en un sueño mineral.

La voz del profesor, quebrada, me devolvió al momento presente. Su cuerpo entero temblaba, el cabello y los ojos desorbitados, y señalaba con el dedo una inscripción que se desplegaba ahora en nuestra lengua materna, como si la piedra aprendiese de nuestra mente:

“Toda curiosidad es alimento. Toda mente que observa será devorada. Porque nosotros vinimos antes de las preguntas, y nuestras ciudades nunca mueren.”

Entonces, la estructura se estremeció. Una presión súbita empujó nuestras mentes hacia el abismo. Valdemar gritó, tratando de retroceder, pero la fuerza centrípeta de la cámara nos retenía. Las paredes, o lo que tomamos por paredes, se fraccionaron, mostrando la urdimbre de la vida primordial, una danza de fragmentos y residuos cósmicos, trozos de civilizaciones devoradas a lo largo de eones.

En el último instante, cuando sentí mi individualidad descomponerse y mis pensamientos escurrirse como agua en la piedra, logré arrojarme escaleras abajo, fuera de la pirámide. Afuera, en la penumbra, hallé a Tomás, que había regresado por un inexplicable impulso de misericordia. Juntos, sordos al aullido de la ciudad que se movía y transmutaba, huimos cuesta arriba, sintiendo tras nosotros el clamor silencioso de una urbe hambrienta.

Llegamos al campamento. La selva había recuperado su quietud sepulcral y el aire, aún contaminado por un rumor de antiguas letanías, se densificó en torno a nosotros. El rostro de Tomás se había vuelto gris, trasluciendo la palidez espectral de los condenados. Supimos entonces que, aunque el disco de piedra había devorado a Valdemar y sellado sus recuerdos en una prisión de siglos, nuestra fuga era aparente: Yilquán nos poseía, incrustado en nuestras células, siguiendo nuestros pasos en el día y acechándonos en los sueños.

De regreso en Providence, he quemado mis notas y evito la mirada de pupilas, pues sé que ese mundo mineral no es una reliquia ni un fósil, sino la vanguardia de un ciclo que marcha desde el alba de la existencia. Quien se acerque a lo indescriptible arrastra consigo la semilla del horror, y las ciudades perdidas no esperan ser halladas: aguardan, hambrientas, a quienes olvidan que toda pregunta es una ofrenda.

Así fue como Yilquán, la ciudad bajo el silencio, se alimentó nuevamente, y yo, desgastado por visiones imposibles, apenas atisbo mirar al cielo, temeroso de que en la luz de ciertas estrellas duerma el eco inquisidor de una ciudad que jamás debimos perturbar.

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