Portada del relato La casa de la Luna Negra
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Fragmento:


Finalmente, avistamos la casa, elevándose sobre una colina yerma. Más que una morada, parecía un mausoleo; las ventanas rotas eran ojos ciegos, y el techo inclinado, de tejas desiguales, se asomaba como una boca expectante. Apenas habíamos cruzado el umbral cuando sentí el frío antinatural, un torbellino de aire viciado cargado de promesas de podredumbre y pasado. No bien Edgar cerró la puerta, me murmuró con voz temblorosa que debía “verlo todo”, que no hiciese preguntas hasta que la noche hubiese caído por completo.

Duración: 10:37

La casa de la Luna Negra
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Texto de ajuste de pausa.

Había sostenido durante mucho tiempo una convicción inquebrantable respecto a la naturaleza de la realidad: que bajo las apariencias y el rigor de la vida moderna de los años veinte, el tiempo del jazz y los anuncios de neón, latía un vigoroso sustrato de irracionalidad, primitivo y terco, aguardando la ocasión para filtrarse en los recovecos de la mente consciente. Jamás, ni siquiera en mis más oscuras noches, supuse que me vería compelido a escribir la presente relación, una tentativa vacilante de explicar los acontecimientos que se sucedieron en una remota y ruinosa casa de ladrillo, a las afueras de Arkham, bajo la parpadeante luz enferma de una luna negra.

No era mi intención visitar aquel lugar. La invitación me llegó en forma de carta manuscrita, teñida de urgencia y de una locura apenas refrenada, de manos de mi lejano primo Edgar Marsh, a quien no veía desde los días sombríos de mi adolescencia. Apenas unos torpes renglones, dirigidos a mi despacho en Providence, con la promesa de una herencia sobrecogedora y la insistencia febril de que “ciertas fuerzas antiguas aguardan ser observadas antes de sellarse para siempre”. Era el año 1927, y casi por pereza, más que por cualquier afán genealógico o avidez material, me resigné a tomar el tren hacia el sombrío norte de Massachusetts.

El viaje hasta Arkham transcurrió entre banales distracciones. Pero conforme el tren penetraba en los bosques cada vez más espesos y retorcidos, el aire mismo parecía saturarse de una opresión intangible que me resultaba tan familiar como detestable. Mi abuelo solía advertir respecto a la “tierra vieja de los Marsh”, un terreno tan infecundo de cordura como fecundo en secretos. Nunca me relató, empero, el significado último de su tono sibilante ni el origen de la extraña cicatriz que a veces creía ver en el cuello de mi prima, desaparecida hacía años.

Edgar me recibió en la estación, envuelto en un abrigo raído y con una barba entrecana y montaraz. Lo más perturbador era la desazón con la que sus ojos evitaban los míos, como si temiese ver reflejada en mi pupila una confirmación de sus peores temores. Apenas musitó un saludo, casi implorante, y tras apurar un flaco cigarrillo nos condujo en silencio por senderos fangosos. El auto que había traído, adquirido sin duda tras muchas privaciones, se agitaba como un ente moribundo en aquellos parajes decrépitos. A cada curva del tosco camino, las copas de los árboles parecían inclinarse para susurrar horrores olvidados.

Finalmente, avistamos la casa, elevándose sobre una colina yerma. Más que una morada, parecía un mausoleo; las ventanas rotas eran ojos ciegos, y el techo inclinado, de tejas desiguales, se asomaba como una boca expectante. Apenas habíamos cruzado el umbral cuando sentí el frío antinatural, un torbellino de aire viciado cargado de promesas de podredumbre y pasado. No bien Edgar cerró la puerta, me murmuró con voz temblorosa que debía “verlo todo”, que no hiciese preguntas hasta que la noche hubiese caído por completo.

Durante horas sólo escuchamos el tic–tac de un reloj carcomido y, muy de tanto en tanto, el crujido de las vigas, como si la vieja casa suspirase por su decadencia. Edgar apenas comió, y yo mismo encontré que la insípida sopa que me ofreció me llenaba de una náusea desproporcionada. Cuando finalmente la luz del día se desvaneció tras los árboles nudosos, Edgar me espetó que era la hora. Me condujo por un pasillo cubierto de polvo y hongos, hasta llegar a una trampilla cubierta por una alfombra empapada de humedad. “Aquí reside el legado Marsh”, murmuró con resignación funesta.

La trampilla chilló como una presa ante la mordida de un animal. Bajamos por una escalera tan precaria que pensé varias veces que me estrellaría en la oscuridad. Los muros exhalaban el aura viciada de décadas de encierro, y tras una última puerta de metal carcomido, un vasto sótano se extendía ante nosotros, de dimensiones tan laberínticas que pensé que la propia casa debía de asentarse sobre un complejo subterráneo mucho más antiguo. Las paredes, recubiertas de limo y vello gris, estaban marcadas con extraños glifos, a mitad de camino entre un alfabeto olvidado y grotescas representaciones de garras. En el centro, en un círculo abollado, yacía un objeto como un altar, cubierto parcial por una lona mugrienta.

Edgar me instó a mantenerme callado. Descubrió el altar y dejó a la vista una piedra ennegrecida e irregular, tallada con crudeza, coronada por una figura que rechazaba, por pura blasfemia y disonancia, cualquier esfuerzo analítico. Era como una amalgama de felino y ave, pero con miembros adicionales que carecían de simetría y propósitos comprensibles. Los detalles, difíciles de relatar incluso ahora, evocaban la sospecha perturbadora de que la escultura no era sino la trasposición de algo vislumbrado en la frontera de la locura; un retrato incompleto de una deidad venerada cuando el mundo era joven y temerario.

“Los Marsh”, comenzó Edgar, “fueron siempre... los custodios. Custodios de esto. Mi padre, y el padre de mi padre, sabían lo que requería el trato. Ningún extraño ha visto el auténtico núcleo del legado. Pero la línea se agota conmigo, y... ya no puede seguir. Vi cosas, Horace, cosas que me robaron el sueño. Sueños donde la piedra canta y una sombra estrangula la luna.”

Titubeó, rozando la efigie con una reverencia involuntaria, antes de continuar. “Está sellada. Dormida. Pero cada vez que la sangre Marsh escasea, sus límites se aflojan. Pedí tu presencia porque tú también eres Marsh, aunque no lo desees. Debo cerrar el círculo, pero necesito testigo. Si me ocurre algo, debes huir, o intentar destruir esto.”

El paquete de notas que me entregó a continuación me heló la sangre. Eran documentos antiguos, con fechas que se remontaban al siglo XVII, en los cuales se hablaba de un culto oscuro, ajeno incluso al culto de Dagon, de subterráneos ritos oficiados a una deidad no tan solo ajena, sino hostil a toda concepción humana: la Loba Negra,la que devora y transforma. En algunos documentos más modernos, garabateados con una letra irregular, se mencionaba su nombre prohibido en susurros: Cynothoglys. Un ser invocado en noches de luna nueva, entre sacrificios y liturgias impensables, para mantenerla dormida, cebada y distante.

Caí en cuenta de que la tarea de Edgar era, y siempre había sido, preservar el frágil sello que separaba ese “algo” del mundo exterior. El precio era sangre y cordura. Supuestamente, mi llegada sería la clave para un último rito que ataría a Cynothoglys por generaciones. Pero noté el temblor en las manos de Edgar, la creciente descomposición de su ánimo. Lo sorprendente era que, ni siquiera ante ese horror, el nombrar a Cynothoglys en voz baja —como hizo Edgar— resultó suficiente para conjurar la magnitud de mi pavor. Era como si, una vez pronunciado, el propio aire se estremeciese, o la sombra de la efigie alargara sus garras hacia el techo recarcomido.

De pronto, un estruendo procedente del piso superior nos sobresaltó. Edgar me ordenó que permaneciese allí, y ascendió por la polvorienta escalera a investigar. En su ausencia, la oscuridad del sótano pareció tornarse más densa, más viscosa, como si la sola presencia del altar invocase presencias rastreantes en el inconsciente. El hedor de podredumbre adquirió un matiz dulzón, casi animal, y los glifos sobre las paredes comenzaron a brillar con una luz apenas perceptible, volviéndose vivos y parpadeantes. El miedo, ese miedo sin forma concreta, corrió por mi espina dorsal como una ola helada.

No soporté más y subí tras Edgar, sólo para encontrar el vestíbulo desierto; la puerta abierta de par en par al vendaval nocturno, y rastros de huellas en la nieve reciente, bifurcándose en dos direcciones, como si Edgar hubiese sido perseguido o acompañado por algo no humano. Dudé: el impulso me dictaba abandonar esa casa enloquecedora, pero mi voluntad era ya rehén de una mezcla de compasión por mi primo y la malsana fascinación que la piedra ejercía sobre mí. Regresé al sótano, eché cerrojo y, mitad por terror y mitad por superstición, rodeé el altar blandiendo mi linterna a la espera de Edgar, creyendo erróneamente que la luz podría contener cualquier aparición.

No supe cuánto tiempo permanecí así, alerta, hasta que algo crujió, grave y viscoso, tras el muro más sombrío. De él, como surgida del mismo lodo primordial, emergió una sombra con la forma apenas concebible de la criatura representada en la efigie. Sus ojos, brillando con una inteligencia malsana y prehumana, parecían sopesar la realidad como si pudieran desgarrarla con sólo desearlo. Su cuerpo era acuoso y, sin embargo, vastamente musculosoy sólido; garras y colmillos asomaban de lugares imposibles según toda lógica craneal o bestial. Sentí bajando por mi piel un sudor frío, mezcla de terror y de ese tipo peculiar de reconocimiento cósmico que precede a la locura.

La criatura, y sé ahora que mi mente luchaba por nombrarla, extendió una garra múltiple y profería un lamento que vibraba en cada costilla de la ruinosa casa. Quise huir pero mis pies se anclaron de puro espanto. Oí entonces, no con los oídos, sino en cada célula de mi ser, una voz de otro mundo: “La sangre Marsh. El círculo. El pacto.” Comprendí que era mi linaje el que había sido esculpido, generación tras generación, para servir de sostén y sello. La alternativa era el quebranto del mundo, la invasión de la locura y la ruina de todo raciocinio.

No sé si fue un instinto atávico, o algún residuo de la voluntad de los antiguos Marsh, lo que me llevó a recitar, casi sin saberlo, las palabras que venían en la última página de los documentos de Edgar. Pude sentir cómo la luz de la linterna, cada vez más anémica, pareció concentrarse en las garras de la efigie. La sombra chilló, un chillido que me atravesó el cráneo como una lluvia negra. El piso tembló; hubo un olor de azufre y vísceras. Y entonces la sombra —Cynothoglys— se replegó lentamente, no antes de sembrar en mi mente la amenaza de que volvería si la sangre Marsh alguna vez se extinguía, de que mi deber era conservar el ciclo, o todos pagarían por mi fallo.

Cuando desperté, era de día. Edgar nunca reapareció. Las huellas en la nieve ya no estaban, ni tampoco la escultura del altar. El sótano olía a tierra húmeda, a nada más. La casa entera, vacía y mustia, parecía ya sólo otra reliquia destinada al olvido. Huí sin volver la vista atrás, jurando no volver jamás a ese lugar.

Escribo estas líneas desde un apartamento anodino de Boston, asolado aún por pesadillas y la certeza de que la vigilante loba acecha más allá del umbral del tiempo y la materia. Sé que algún día, cuando la sangre Marsh se debilite, otro será convocado. Por eso envío este testimonio por correo cerrado, esperando que, cuando llegue el tiempo, quien lo lea comprenda que el horror duerme, pero nunca muere del todo. La luna negra siempre regresa. Y, en sus fauces, se fragua el destino de los hombres que tuvieron la mala suerte de nacer de la estirpe equivocada.

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