Fragmento:
Me extendió una taza cuyo contenido era tan oscuro como el cielo exterior. “Para verlos y sobrevivir.” Dudé. La mirada de mi amigo era la de un moribundo o poseído. Sabía de sus experimentos químicos, pero esto era distinto; bebí. El aliento etílico inicial dejó paso a una sensación de descenso, una caída interna, como si mi cerebro resbalase de los límites de mi cráneo.
Duración: 10:13
Hay noches que no deberían ser transitadas. Aunque se repita la secuencia de los astros, hay algo que se enrosca en el corazón de lo oscuro, una cosa cuyas raíces desconocemos, pero cuya presencia sentimos entre los huecos de la razón. Si usted pudiera estar aquí, sentado en mi zaguán al confín de Arkham, vería el modo en que la niebla huye de los montes y rodea mi morada. Pero las nieblas ordinarias pertenecen al mundo del tiempo y espacio tal como lo entendemos; la bruma que ahora circunda mis noches es de otro tipo, cargada de promesas y amenazas susurradas en lenguas ajenas a la civilización humana.
No sé a quién le hablo escribiendo esto. Me llamo Algernon Ross y, aunque alguna vez fui hombre de ciencia, ya no confío en mis sentidos ni en mis conocimientos terrestres. Aquella noche, la peor de mi vida y de toda posibilidad de existencia, comenzó como muchas otras: con un mensaje inesperado y el rastro de una vieja amistad.
Fue en octubre, una estación que en Arkham se asocia siempre con acontecimientos limítrofes. Las hojas recién caídas crujían bajo mis pies, mientras me dirigía a la casa olvidada de mi colega Wilbraham Asquith, quien me había enviado una carta con palabras urgidas y perturbadoras. Citaba libros que hubieran estremecido al mismísimo Cotton Mather y hablaba de criaturas aladas que reptaban en la periferia de nuestro mundo. Le creí loco, hasta que leí los nombres: los de los Antiguos y los de sus servidores alados, los impíos Byakhee.
La atmósfera misma en su casa parecía venenosa. Contrario a toda razón o comodidad, acepté su invitación, armado solo con una linterna, una navaja —vana protección para aquel horror— y el fatalismo de quien siente que la experiencia dura más allá del dolor físico. La vivienda de Asquith era una especie de tumba, más húmeda que seca, con tapices mohosos y ventanas que en ningún momento dejaban entrar la luna.
Me recibió con ojos de loco más allá de la redención. Me arrastró enseguida a su biblioteca, desbordante de volúmenes prohibidos. Me mostró un libro que, aun bajo la luz tenue del farol, parecía absorber la claridad: el infame *Liber Ivonis,* en cuya portada estaba dibujada una figura a la vez reptiliana y vagamente plumífera, con alas membranosas y un hocico de dimensiones antinaturales. Indicó un pasaje apenas traducido:
“En las noches cuando la carcajada de Nyarlathotep estremece los límites del éter, aquellos que conocen el signo pueden llamar a los sirvientes de Hastur —los Byakhee— para viajar entre mundos, transportados por sus alas de locura.”
Me reí —¿qué otra reacción cabía ante tal delirio?—, pero el temblor de voz de mi amigo traspasó mi escepticismo. “Hay que verlo, Algernon,” murmuró, “para entender la naturaleza de lo horroroso, aquello que sustenta a los locos y a los profetas.”
Afuera, la noche se espesaba; el viento, súbito, aulló como si la colina misma gimiese. Asquith, transfigurado por una urgencia febril, trazó con tiza un símbolo en el suelo de madera, torcido y grotescamente escamoso, casi vibrando de activación. El polvo en el aire giraba en espirales minúsculas y siniestras.
Me extendió una taza cuyo contenido era tan oscuro como el cielo exterior. “Para verlos y sobrevivir.” Dudé. La mirada de mi amigo era la de un moribundo o poseído. Sabía de sus experimentos químicos, pero esto era distinto; bebí. El aliento etílico inicial dejó paso a una sensación de descenso, una caída interna, como si mi cerebro resbalase de los límites de mi cráneo.
“Pronuncia conmigo,” susurró, y sentí que mi lengua repetía sonidos imposibles, sílabas ásperas y dentadas, resonantes en tiempos exteriores a la comprensión. Las ventanas temblaron. El símbolo en el suelo ardió con fuego negro, frío, vibrante con un pulso de ultratumba.
Entonces vi. La casa desapareció. Me hallé de pie sobre una planicie oscura, donde las estrellas titilaban como ojos deformes y pozos de luz. Los árboles eran esqueletos de otros mundos, y un viento extraño transportaba perfumes de resina corrupta y amoníaco. Wilbraham estaba a mi lado, más pálido que la muerte.
Los vi. Primero un rumor, un crepitar de alas membranosas, y luego surgieron. No eran pájaros, aunque tenían alas. No eran caballos, aunque sus cráneos semejaban el de bestias, modelados en el arcano gaznate de la perversa Sarcomand. Eran altos, erizados, con piel coriácea salpicada de extraños líquenes y plumas inertes; ojos que brillaban con voracidad alienígena, y hocicos monstruosamente largos, incapaces de acomodo en nuestra geometría.
Y cantaban. Una melodía rasposa, como si miles de garfios rasparan metales oxidados bajo el mar. Cada una de sus voces era la de un idioma olvidado, y en cada estrofa reverberaba la orden y el hambre de su maestro Hastur, el Rey de Amarillo, cuya sola mención hace vacilar la razón.
Las bestias se aproximaron. Sus alas batían el aire con una lentitud que desmentía la rapidez de sus cuerpos. Wilbraham debió sentir lo mismo que yo: la presión en el pecho, el eco de gritos olvidados, la certeza de que aquello no era un sueño ni una visión inducida. Uno de los Byakhee se inclinó ante mi amigo. Su boca, un agujero iridiscente, exhaló un vaho que olía a tumba y abismo.
“Quieren llevarnos,” susurró Wilbraham, “más allá de las constelaciones. Si aceptamos, beberemos el saber y la locura de Carcosa. Si nos negamos, nos alimentarán al polvo de su horda.”
Sentí las garras húmedas en mi hombro; un aguijón de frío reptando por mi espina dorsal. Grité, pero fue un eco raído, apenas rumor. En un vértice de pánico y esperanza, recordé el Signo Amarillo, aquel símbolo cuya potencia, referida en los grimorios, podía repeler a los servidores exoestelares.
Evoqué el signo con mi dedo, rasgando mi piel contra la madera de la realidad. Una chispa sidérea relampagueó. Los Byakhee dudaron, mutilando el aire con sus aullidos de cosmos herido. Pero el más grande, de ojos humeantes y cresta filamentosa, avanzó a la vez que el velo de la realidad se tornaba frágil y quebradizo, mostrando tras él una ciudad que flotaba sobre un lago venenoso, bajo dos lunas moribundas.
Y Wilbraham cayó de rodillas, las manos extendidas en súplica o locura. “¡Llévenme!” aulló, “¡muéstrenme el tiempo antes del tiempo!” Uno de los Byakhee lo sujetó por el torso, despegando de un salto antinatural, los dos perdiéndose en la estructura retorcida de aquel horizonte imposible.
Yo supe que mi única salvación era mantener el signo visible, repitiendo el nombre de aquellos a quienes los Byakhee temen en la superstición ciega de los sirvientes: Yog-Sothoth, el que habita todos los lugares. A cada invocación, la realidad se soldaba a mi alrededor y el mundo oscuro cedía. Con un alarido de desintegración, la visión se fracturó.
Desperté de bruces, sangrando en el suelo de la casa de Wilbraham. De mi amigo, no hallé rastro: ningún cuerpo, sólo retazos polvorientos de su túnica, huellas profundas en el polvo, y la impresión de que algo viscoso se había arrastrado recientemente hacia el exterior. La ventana, rota. El olor dulzón, insoportable.
El resto de la noche fue espera y terror: oí las alas sobrevolando el bosque, un chillido que venía de la cima del cielo, y vislumbré —entre la sombra y el relámpago— la silueta encorvada de los Byakhee volviendo a su madre, oscureciendo la zona de las estrellas que nunca debió existir.
Intenté buscar ayuda en el pueblo, pero las palabras murieron en mi garganta. ¿Cómo narrar lo innarrable? ¿Cómo convencer al doctor Manning o al sargento Wheyland de que una manada de esbirros interdimensionales había surcado la noche llevándose a mi amigo a un exilio de pesadilla más allá de todas las geografías posibles?
A las semanas, mi vida devino insomnio y fobia a toda noche sin luna. Las alas cortan el sueño. Un zumbido perdido en la distancia negra y soporífera me pone de rodillas cada vez que crepitan los cristales o palidece el firmamento. He dejado de escribir cartas, de ir al centro de Arkham. Todo intento de distracción fracasa: las huellas de los Byakhee en mi espíritu son ya indelebles.
Ahora comprendo las viejas leyendas, los cuentos sobre hombres arrastrados a través de los aires hacia la casa de Hastur y los clanes secretos de Dunwich, cuya sangre es demasiado antigua como para ser llamada humana. Sé que hay noches donde la frontera es delgada y otras donde los Byakhee, hambrientos y serviciales, buscan nombres, rostros, almas.
De Wilbraham no he vuelto a oír. A menudo, en el límite de la duermevela, percibo el chillido de algo cayendo. Quizá el alma de mi amigo, atada para siempre a las garras y la locura del Rey de Amarillo, sobrevuela aún mis sueños. Quizá mi turno está por llegar. Ya oigo su canto, inconfundible, en el rugido del viento de octubre.
Lo he escrito todo aquí, para advertirles. Si una noche, en los remotos caminos de Arkham, se encuentra con un hombre ensimismado y trastornado, evítelo. Más aún: si el demonio de la curiosidad le arrastra hasta la visión de un círculo tiza y un canto desconocido… corra, huya, pierda la memoria si es preciso. Porque de lo que les hablo no es sueño ni delirio. Los Byakhee existen; aguardan, y nadie que los haya visto alguna vez vuelve a mirar el cielo sin estremecerse, esperando el batir glacial de sus alas.
La noche avanza, y siento su sombra acercarse. Escribo, desespero y temo. Si algún día encuentran este relato, sepan que no era folclore, que toda leyenda tiene raíz en un horror tangible, y que los servidores del Reino Exterior están a la espera, apenas a un aullido de distancia, tras la tela tenue que separa la razón de la demencia.
No me queda mucho tiempo. Oigo el lento batir de sus alas, y el aire se torna más frío. No hay ningún rincón seguro bajo este cielo. No—no hay escapatoria posible.
Ojalá nadie más pronuncie nunca el canto, ni trace el símbolo; no hay regreso, no hay lucidez después de haber sentido la mirada vacía de los Byakhee.
Ojalá el silencio de lo innombrable les proteja, siempre.
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