Fragmento:
No podía obviar el influjo de la capilla, su cúpula en ruinas perfilada por el resplandor de fuegos transitorios. Una semana después de la conversación con Farrell, el profesor desapareció; el escándalo fue sofocado hábilmente. Quizá, pensé, buscando algún resto de cordura, había abandonado la ciudad acosado por sus propios fantasmas. Pero sólo yo conocía aquel recorte de tela negra hallado entre sus papeles, empapado en un olor salino y mudo.
Duración: 09:28
La noche había descendido sobre Arkham con una lentitud enfermiza, como una avalancha suspendida a mitad de caída. El aire estaba denso; la habitual neblina amortiguaba los ruidos y multiplicaba los murmullos, convirtiendo cada sombra en una promesa y cada sonido en una amenaza. Recuerdo aquel verano de 1928, la manera en que una humedad peculiar se infiltraba por las grietas y los portales, llevando consigo un olor rancio, ajeno incluso a la descomposición normal de la vida terrenal. Nadie habló en público de las desapariciones, ni de los fuegos inmutables que a veces danzaban en la ventana abandonada de la vieja capilla en Green Lane. Pero tarde o temprano, todos pasaban frente a ella, y aceleraban el paso, murmurando una oración aprendida sin entenderla.
Fue el profesor Farrell quien encendió mi curiosidad, o quizá fue que el nombre de mi antepasado, el Reverendo Curry, apareció en esos mismos documentos extraños que Farrell quiso mostrarme una noche, en su despacho de la universidad. Los papeles, envueltos en una tela negra como brea, olían a lejanía y sabiduría corrompida. Eran pergaminos y páginas arrancadas de libros nunca vistos, sus márgenes llenos de glifos serpentinos, y, en ocasiones, imágenes de seres que los hombres reprueban, incluso en la locura.
—En las noches de la luna nueva —dijo Farrell, con voz trémula—, los designios de las fuerzas antiguas buscan entrañas blandas donde germinar. ¿Sabes lo que significa “Azathoth” verdaderamente? No el nombre mitopoeico que se repite en los secretos del Necronomicón; hablo de su significado entre aquellos que trajeron la piedra negra desde las estrellas.
La capilla de Green Lane, decían los viejos, fue levantada antes de la fundación de la propia Arkham, hecha de piedras tan viejas que ningún cantero recordaba su extracción. Farrell se inclinó sobre su escritorio, extendiendo una hoja con palabras diminutas y garras impresas en tinta ocre.
—Hay quienes aún celebran la Vigilia de Azathoth —susurró, bajando la voz —, el festival de los que niegan la causalidad y esperan la llegada de Shu’gnath, el desatado viento entre mundos. ¿Nunca has notado el cierzo poco natural, frío y ululante, que sopla tras la capilla en noches sin luna?
Debería haber reído y disipado su inquietud con alguna rechifla universitaria, pero el silencio denso y expectante caló en mi médula. Aquella noche comenzó mi cauce hacia las fauces de horrores inconmensurables. Me volví uno más entre los insomnes, cuyas mentes bailan al filo del abismo cuando han visto demasiado, y sin embargo ansían más.
No podía obviar el influjo de la capilla, su cúpula en ruinas perfilada por el resplandor de fuegos transitorios. Una semana después de la conversación con Farrell, el profesor desapareció; el escándalo fue sofocado hábilmente. Quizá, pensé, buscando algún resto de cordura, había abandonado la ciudad acosado por sus propios fantasmas. Pero sólo yo conocía aquel recorte de tela negra hallado entre sus papeles, empapado en un olor salino y mudo.
Me sentí impulsado, aquella misma noche, a cruzar la ciudad en un estado de trance al que ahora sólo puedo llamar poseído. El cielo estaba limpio, salvo por una aglomeración anómala de nubes y el viento venía, peculiar y dulzón, desde el oeste. El sonido de las hojas secas parecía, por intervalos, semejar susurros modulados.
Recordaba los antiguos relatos, los nombres prohibidos: Azathoth, núcleo y cuna del vacío, entidad sin propósito que deambula en la danza de los idiot-savant cósmicos; y Shu’gnath, alguna entidad menor —si puede llamarse así a la descendencia o brote del Caos Primal—, a cuyo paso los vientos se desatan y los ecos de trompas imposibles manchan los sueños. Pero estas nociones se mostraban vagas ante la presencia de la capilla, que absorbía la poca luz en una negrura aún más absoluta.
Me adentré por la puerta principal. El umbral estaba cubierto de inscripciones fangosas, ondulantes, que a la vista parecían reptar o vibrar bajo los reflejos inciertos de mi linterna. Dentro, la nave era un abismo; el aire apestaba a aceite y a un dulzor putrefacto que, de inmediato, me hizo pensar en fosas marinas y exuvias de monstruos descartadas en la baja marea. Al fondo, justo antes del altar, había un círculo de velas diminutas, negras como betún y consumiéndose hacia dentro, cuyas llamas parecían absorber en lugar de emitir luz.
Luego los oí: los cánticos. Iban y venían como olas invisibles, compuestos de palabras que ninguno de los vivos debería pronunciar. En torno al altar, seis figuras, cubiertas completamente con hábitos que sólo puedo describir como indignos de la materia de este mundo —un velo aceitoso, palpitante, que no reflejaba luz—, entonaban el salmo. El idioma era pura negación, un balbuceo primordial y corrupto que mi mente rechazaba instintivamente.
Pude atisbar un símbolo dibujo en el suelo, tras las brumas de incienso: una espiral descendente hacia un agujero, una garganta cósmica. Los sacerdotes, de rostro invisible bajo los torsos encapuchados, alzaron sus palmas hacia el vacío sobre el altar, mientras la melodía degeneraba en un ruido incandescente, similar al zumbido de un enjambre de abejas devoradas por la fiebre.
En medio, flotando sobre el altar, apareció la imagen más abyecta: una esfera oscura, que daba la impresión de absorber toda la geometría circundante, como si la misma arquitectura del cosmos fuera una piel despellejada frente al ojo de Azathoth. Los ruidos se intensificaron; una música ciega, o una sucesión de notas que, al sumarse, provocaban vértigo e inanición espiritual. Igual que Farrell, me arrodillé sin saber por qué, sintiéndome arrancado de mi individualidad y arrojado al tumulto de la rueda sin centro.
Entonces vi a Shu’gnath. No físicamente, sino a través de la membrana, en aquella esfera que era, a la vez, vacío y reunión. Lo supe por las púas de viento que comenzaron a retorcer el espacio; un ciclón nació entre las paredes de la capilla, pero no arrastraba objetos sino recuerdos y formas pensantes. El sonido de las trompetas, las desconocidas notas que desafinaban toda lógica, me taladró la mente.
Un sacerdote giró brevemente su rostro en mi dirección, aunque todavía no sé si poseía un rostro unívoco en términos humanos. En sus ojos —si es que eran tales— vi la desesperanza absoluta, la entrega a un dios que no conoce distinción entre la vida y el polvo, y a un heraldo de vientos que sólo trae el estrépito del desarraigo.
—¡Ya viene! —tronó la voz, o más bien pensé escucharla, clavándose en mi pensamiento, forzándolo a plegarse con la torsión del espacio mismo.
Entonces mi cuerpo comenzó a deformarse, como si las leyes físicas que habían residido conmigo hasta entonces renunciaran gustosamente a su pacto. Fui alargado, aplanado y reestructurado en un patrón que evocaba raíces y vórtices. En ese trance, la percepción de tiempo y espacio se desgarró; mis memorias mezcladas con otras voces, las de Farrell, las del reverendo Curry y de los innumerables cascarones mentales arrojados a la ledad del círculo. Había un rumor de alas, de viento cortante que tallaba nombres en la roca misma.
El clímax llegó cuando la esfera de Azathoth implosionó, haciendo emanar un vaho negruzco que se adentró por mis fosas nasales, mi boca, mis poros, y sentí los tentáculos informe de Shu’gnath palpar y urgar entre mis pensamientos. El lenguaje desapareció; el sonido fue sustituido por una vibración que era a la vez frío y calor, y no pude distinguir si me hallaba de pie o disuelto en el aire.
Solo cuando la música cesó, la capilla quedó vacía. Yo estaba en el suelo, la boca llena de polvo y las manos cubiertas de una substancia que no era ni sangre ni ceniza, algo intermedio que aún percibo por las noches. A mi lado, una de las túnicas negras, vacía salvo por una piedra tallada con el sigilo de Azathoth —una espiral cruzada por el zarpazo de un viento, la marca que mi antepasado debió conocer y olvidar voluntariamente para no depender de la piedad de la locura.
Huye, leí, del círculo de los que minan el sol, y no pronuncies el nombre de Shu’gnath salvo que quieras conocer el verdadero silencio, aquel que es hermano de la música que originó todos los males. Entré en la capilla como hombre, salí como suma de fragmentos y ecos; un cascarón que tiembla al escuchar el murmurar del viento, porque a veces, en las noches más quietas, el cierzo me trae los mismos cánticos de entonces, y sé que ya no soy dueño de mis pensamientos, sino mero inquilino en la casa de Azathoth.
Ahora entiendo la mirada perdida de Farrell, comprendo los espacios en blanco en los diarios de mi antepasado y la razón por la que nunca nadie habla abiertamente del Consistorio del Final sin Forma. Porque hay, entre las piedras antiguas de Arkham y el estrépito nocturno de los vientos, sacerdotes aún fieles, y su vigilia no termina ni siquiera al final de la carne. La llama negra sigue flotando sobre el altar, visible solo para quienes han sido marcados. Si usted, lector, oye el viento gruñir entre grietas, apártese y rece; aunque no haya esperanza en los rezos, al menos le permitirá morir con la ilusión de que el olvido es posible, antes de que la locura le haga partícipe de la música eterna de Azathoth y el abrazo inmemorial de Shu’gnath.
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