Fragmento:
Toda la tragedia comienza con una obsesión. Manchada por la noble intención de empujar los límites de lo que puede saberse y lo que no, mi corazón, antes cerril y lógico, se sumió en el abismo. La aparición de un fragmento fosilizado, de extraña composición y filamentos jabonosos, traída desde la zona trans-neptuniana por el excéntrico Dr. Linklater, fue la simiente. El fragmento mostraba tallas, o formaciones naturales que simulaban tallas, de tales patrones que la vista se adiestraba a rechazar los detalles incluso al estudiarlo tras cristales de aumento y filtros espectrales. El apotegma de Linklater, “No es de nuestro tiempo; ni de nuestra piedra”, repetía en mi mente como letanía sacrílega.
Duración: 10:13
Las brumas perpetuas de Yuggoth no albergan secretos amables para mente alguna cuya conciencia haya bebido tan sólo una gota de sustancias terrenales. De todas las sendas que conducen a parajes insalubres y baldíos más allá de la esfera azul perseguidora del Sol, las que he hollado yo son las más impías; y digo esto con el temblor violento de quien ha vislumbrado, aunque sólo fuese durante el beso breve e impiadoso de un relámpago, el verdadero diseño del cosmos. Mi nombre es Lassen, si acaso mi nombre aún tuviera algún sentido entre la heredad inconmensurable de horrores no humanos. Antes de la desventura, era uno de los estudiosos adscritos a la Sociedad Miskatónica de Astrología Aplicada, conferenciante y editor frustrado de los manuscritos legados por los innombrables Dyer, Wilmarth y otros cuyos versos y escrita cebaron la angustia inalterable de esta era.
Toda la tragedia comienza con una obsesión. Manchada por la noble intención de empujar los límites de lo que puede saberse y lo que no, mi corazón, antes cerril y lógico, se sumió en el abismo. La aparición de un fragmento fosilizado, de extraña composición y filamentos jabonosos, traída desde la zona trans-neptuniana por el excéntrico Dr. Linklater, fue la simiente. El fragmento mostraba tallas, o formaciones naturales que simulaban tallas, de tales patrones que la vista se adiestraba a rechazar los detalles incluso al estudiarlo tras cristales de aumento y filtros espectrales. El apotegma de Linklater, “No es de nuestro tiempo; ni de nuestra piedra”, repetía en mi mente como letanía sacrílega.
El fragmento, apenas más grande que la falange de un dedo, tiene la densidad de un cristal bajo presiones planetarias y la iridiscencia mucilaginosa de una esponja antediluviana. Lo que vi en él no lo asumiría ni un poeta calcinado por el opio: en su interior, anidadas en un aparejo de piezas y huecos, palpitaba el bosquejo de una inteligencia, o la sombra inmemorial de una voluntad arcana. El profesor Chandler, quien compartía mi mesa en la Universidad, se tornó insomne y ausente tras examinarlo durante una noche. Murmuraba, en su duermevela, nombres contraídos y grotescas analogías de leche negra, friable y ácida, oculta bajo la costra del tiempo mismo.
¿Fue la influencia del fragmento, o del planeta maldito del que provenía, lo que trastornó nuestra expedición y la llevó hasta la locura? Yuggoth, palabra que arrastra ecos de juramentos menguados entre los sempreviscientes; lugar donde se congregan las semillas errantes del universo y donde la luz de cualquier sol se otraforma en un escarnio de la visión. Fue Linklater quien propuso, presa de un impulso que no sabíamos si era suyo, viajar en esa nave anticuada financiada por fondos de la Universidad y oscuros patronos de Providence y Arkham. Nos acompañaban perspicaces doctores, biólogos escépticos y un poeta hijo de los ríos catalanes, invitado por la mera promesa de los paisajes alienígenas.
Nuestra llegada a Yuggoth fue precedida por meses de avistamientos: extensos campos domos de limo, cordilleras con remolinos oscuros y espirales como cuencas orbitando el abismo, y siempre aquel penetrante zumbido que sacudía no los oídos, sino la conciencia más defendiéndose que registrando. En la zona designada por Linklater —las coordenadas grabadas en el reverso del fragmento de la Tierra— hallamos una caverna abierta hacia un vacío sin cúpula, un lugar donde la materia parecía rebelarse contra toda forma y la gravedad misma se retorcía, como un soplo de burla contra los viajeros forasteros.
La boca de la caverna, tapizada por una costra de excrecencias silicáceas, caía hacia abajo como la garganta de un ídolo anoréxico; se percibía un hálito ancestral, perfumado de una putrefacción inmemorial. Descendimos auxiliados por sensores —pues nadie osaba someter la piel a un aire tan gélido y abrasivo a la vez— y pronto percibimos una morbosidad que no podía ubicarse en los umbrales sensoriales ordinarios. Era un miedo que devoraba los recovecos cognitivos, un súbito presentimiento del error prodigioso de existir.
No recuerdo si fue el Dr. Hessman o Chandler quien primero habló de “la semilla” bajo el manto silíceo. A esas alturas, ya todos habíamos tenido vislumbres de entidades girando en los bordes de nuestra razón: lombrices prehumanas, bultos sin piedad que reptaban desde el lodo hacia las altas bóvedas, y un son continuo —más bien un balbuceo indeciblemente antiguo— cosquilleando el centro de nuestro cráneo. El fragmento, reverberando débilmente bajo las lámparas, parecía guiar —no, dirigir— nuestros movimientos más allá de la voluntad.
La progresión vegetativa del terror fue lenta y metódica. Nuestros instrumentos fallaban; la distorsión magnética hacia borrosas las grabaciones, y las ondas de radio retornaban adulteradas con chirridos y palimpsestos de idiomas irreconocibles. A veces, durante breves intervalos de lucidez, sentía que estábamos ya muertos o, peor aún, que habíamos abandonado sin saberlo los territorios de la existencia. Allí, en el núcleo de la caverna, encontramos los vestigios de una civilización anterior a toda memoria: nódulos calizos, yacentes sobre un lago de baba blanquecina que bullía y gruñía con el letargo de algo que jamás ha dejado de soñar. El poeta, temblando, susurró:
—Ubbo-Sathla...
No sé cómo conocía el nombre, ni cómo contenía esa sílaba el mismo escalofrío que la corriente gélida del planeta. De pronto, supimos que no éramos los primeros, ni los últimos, que nuestros pensamientos, nuestros nombres incluso, eran ya elementos disueltos en el radioloquio de Yuggoth; que todo esfuerzo humano no era sino reflejo distorsionado del capricho abisal de fuerzas más allá de la materia.
Entonces llegaron la oscuridad y los terrores activos. Un tentáculo de niebla emergió del lago, esfumando la luz de nuestras lámparas y privando a la caverna de cualquier atisbo de familiaridad. En esa noche de absoluta negrura, las visiones comenzaron a poblarse de figuras con rostros cambiantes, zigzagueantes como máscaras en un carnaval subterráneo. Entre ellas, una figura alta, de rostro cambiante, que iba mutando de mil formas inquietantes, hablaba sin voz y se acercaba sin pisadas. Aquello no era sólo Ubbo-Sathla: era el heraldo, la sombra inagotable de un designio, uno que se arrogaba la potestad sobre el tiempo y el espacio, el que se llama a sí mismo “el que viene con mil rostros”—Nyarlathotep.
Las palabras no alcanzan a traducir los gritos mudos que asolaron nuestra expedición. La silueta tornóse líquida, avanzó sin tocar el suelo, y donde pasaba surgían grotescas flores de moho que se abrían y cerraban en intervalos no sincronizados con ningún pulso fisiológico conocido. Me vi —¡lo juro por la estrella negra de Yuggoth!— escindido en percepciones paralelas: en una, mi cuerpo era arrastrado hacia el lago gruñidor, mis miembros fusionándose con la baba líquida, experimentando cada una de mis células una inyección de memoria y olvido; en la otra, mi visión flotaba sobre el conjunto, contemplando desde demasiados ángulos para que uno solo volviera a ser humano.
Nyarlathotep se alzó, su faz alternando los rasgos de los miembros de mi grupo, mis propios ojos reflejados en su piel. Habló. O, mejor dicho, susurró en los haces de nuestros nervios. La vida es una ola, dijo o pensamos, y el oleaje humano es sólo la espuma efímera arrojada sobre la piel de un yermo primitivo... Yuggoth no es el fin, sino la raíz bajo la ciénaga cósmica, la matriz donde se gestan los dioses amorfos como Ubbo-Sathla. La semilla del mundo es sólo el excremento de aquellos que duermen bajo el lecho de todos los planetas.
Fui testigo —o tal vez víctima— de la fusión de nuestra expedición en el barro sublime de Ubbo-Sathla. Chandler gritaba, pero sus gritos salían en forma de burbujas dentro del limo. Linklater, con un rictus de euforia demente, se sumergió voluntariamente, y de sus orejas brotaron filamentos cristalinos que fueron engullidos por el líquido. El poeta, en contraste, permanecía en la orilla sumido en una salmodia de versos indescifrables, mientras la criatura infausta de mil rostros lo rodeaba con filamentos susurrantes, insuflando nueva vida —o nueva condena— en sus palabras.
Cayeron días, o milenios, o tal vez sólo la eternidad de un latido. A veces emerge la conciencia y me arrastra una vez más el retumbar de las voces en las paredes. ¿Es esto el infierno? El infierno descrito por Poe, Dante o el Eclesiastés es una brevísima brisa en comparación con la miseria prolongada de ser partícula en un mar de olvido, amalgamado a los residuos de todo lo que fue y será. Por momentos, creo distinguir mi voz, entrelazada con las de Chandler y Linklater, narrando relatos imposibles a los eones de miasma que se arremolinan sobre el lago. Somos ya parte del ciclo oscuro, semilla y abono de la progenie negra que ha de brotar cuando los dioses duerman.
Nyarlathotep, sin forma definida ni propósito cognoscible, recorre el lodazal, hilando nuevos destinos a partir de la mente doliente de los que, como yo, han osado desalojar el sello de Yuggoth. A veces, en su cínico mimo de humanidad, recorre la caverna devolviéndome efímeros fragmentos de recuerdo: la vibración de una cuerda de piano tocada en un salón en desuso; el silbido del viento sobre los rascacielos de Arkham; la resina químicamente dulce del café frío en la mesa de la universidad. Y entonces, arranca esos recuerdos y los esparce sobre el lago —y cada gota despierta un nuevo arquetipo indescriptible, una nueva célula abisal.
Dudo ya de la realidad de lo que escribo, de que esto siquiera sea posible comunicar. Si estas líneas alguna vez alcanzan ojos humanos, os exhorto: huid del impulso, rechazad la llamada de los fragmentos no terrenales, olvidad los nombres que ensucian la lengua al pronunciarlos. El lago siempre aguarda, y susurrará vuestra alma hasta diluirla en el vientre irredento de Ubbo-Sathla. Al final, sólo quedará la quietud blanca, el sueño sin fin bajo la piedra negra, y el eco eterno del heraldo sin rostro despidiendo entre risas la semilla última del hombre.
H.P. Lovecraft
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