Fragmento:
Con manos trémulas comencé mi labor; sin embargo, la concentración menguaba conforme los relojes de la ciudad expiraban las horas. Era como si la habitación se contrajera, alejándome del mundo ordinario, sumergiéndome en un letargo de evocaciones, murmullos y fugaces ecos de otro tiempo o dimensión.
Duración: 08:40
Estaba en el crepúsculo de mi vida académica cuando la fortuna, ese cruel y caprichoso azar, dispuso mi estancia en la insigne Biblioteca Phristonea de Arkham. La carta manuscrita—de tinta escarlata y pulso nervioso—que recibí en aquel otoño húmedo y cargado de nubarrones, provenía del Dr. Alastair Colwyn, a quien sólo conocía de nombre y de ciertas publicaciones decididamente poco ortodoxas.
Me invitaba a catalogar una colección particular de manuscritos, hallados durante las recientes reformas en el ala occidental, parte del ala más antigua de la biblioteca, construida en grueso roble y piedra cenicienta, donde la humedad del Miskatonic babeaba entre rendijas y carcomía vapores sepultados de saber.
Obedeciendo a mi curiosidad—ese hambre que la prudencia jamás ha logrado saciar—me presenté una tarde de noviembre, tras una caminata desabrida por las húmedas calles apretadas de hojas podridas. Al entrar, Colwyn me condujo entre pasillos oscurecidos y enmohecidos, guiando mi paso torpe con una linterna de aceite. Mientras avanzábamos, el silencio era perturbador: ni el más mínimo rumor de páginas al pasar, ni el crujir de tablones.
Llegamos a una puerta nada notable, salvo por la aldaba de bronce corroído en forma de tentáculo. Colwyn la abrió con una antigua llave, y el aire, tan grueso y rancio como el aliento de un criptógrafo muerto, se arremolinó hacia nosotros, trayendo olores a marisma, mar y cosas indescriptibles que sólo existen en el fondo de las pesadillas oceánicas.
“Este es el Archivo C,” susurró el Dr. Colwyn, con la voz velada por el temor reverencial. “Muchos bibliotecarios han desaparecido... pero los tomos aquí contenidos bien valen el riesgo. Su ayuda será inestimable, señor Haviland.”
No respondí; sentía una presión viscosa en el pecho. Sobre la única mesa de roble, bajo una lámpara rechinante, yacían siete volúmenes encuadernados en piel extrañamente tersa. Uno, particularmente grueso, parecía jamás haber sido abierto plenamente. Su lomo, decorado con una imaginería repulsiva, recordaba a abismos y bocas entreabiertas de rugosa carnadura.
Con manos trémulas comencé mi labor; sin embargo, la concentración menguaba conforme los relojes de la ciudad expiraban las horas. Era como si la habitación se contrajera, alejándome del mundo ordinario, sumergiéndome en un letargo de evocaciones, murmullos y fugaces ecos de otro tiempo o dimensión.
No era la soledad lo que me atemorizaba, pues había pasado incontables noches en archivos polvorientos, sino una persistente sensación de ser observado. Cada vez que apartaba la vista de los textos, creyendo percibir un movimiento entre los altos estantes, tan sólo encontré, en un primer vistazo, oscuros bultos inmutables... hasta que, aquella tercera jornada, algo cambió.
La lámpara parpadeó, sugiriendo una corriente de aire, pero recordé, con un escalofrío, que la habitación estaba cerrada con llave desde dentro. Cuando miré hacia la esquina más lejana, juraría haber visto una forma vagamente humanoide, enroscada entre los anaqueles, que retrocedió a la negrura con un chasquido blando.
Acudí al Dr. Colwyn esa mañana, advirtiendo un cambio en sus rasgos: ojos hundidos, una palidez temblorosa y, tal vez, el vago temblor de quien ha recibido advertencias del mundo invisible. Rió cuando compartí mis impresiones—una risa breve y seca.
“Algunos piensan que la biblioteca misma está viva, señor Haviland. No haga caso a las sombras... Pero cierre siempre la puerta.”
Esa noche, imposibilitado de conciliar el sueño, opté por volver al Archivo C, aún sabiendo que el miedo no era sino un ácido que corroía la mente. Con una linterna y mi raciocinio por única arma, exploré más allá de la mesa, por entre anaqueles que sólo se sostenían por la voluntad de la geometría contra natura que los formaba.
Fue entonces cuando hallé el manuscrito central: encuadernado en una piel aceitosa, titilaba a la luz con una iridiscencia subrepticia. Sus páginas, escritas en lenguas múltiples—latín corrupto, accadiano, glifos jamás vistos por humanidad alguna—contenían dibujos: no simples ilustraciones, sino formas que parecían querer escapar del papel, devorando mis ojos y arrastrándome consigo a un abismo de locura.
Leí. La historia hablaba de un círculo de ocultistas que, siglos atrás, intentó abrir "la puerta entre los anaqueles", un umbral intersticial hacia un océano de inteligencia inmortal y hambre infinita, "el que mora entre las costillas del saber enterrado", a quien los necios llamaban Shugg-Rathack, si bien otros textos lo identificaban tan sólo como "el Heraldo de Cthulhu". Decían que la propia Biblioteca fue fundada como una baliza, o un sello, contra la irrupción de esa entidad.
Cuanto más indagaba, más afloraban en mí dudas y terrores. Por las noches, ya no sólo oía pasos, sino que sentía una presión creciente en los tímpanos, como si las paredes vibraran al compás de una música abisal. Las puertas parecían desplazarse imperceptiblemente entre cada visita; algunos pasillos carecían de salida.
Una tarde lluviosa en que los truenos parecían presagios, la lámpara murió de golpe. Silencio, salvo por un gotear sordo y el retumbar de mi corazón. Fue entonces que una voz—no por sonido, sino por intrusión directa en mi pensamiento—invadió mi mente.
“Lee... y ábreme el paso.”
La presión se hizo insoportable. Sentí que, con cada sonido de las gotas cayendo en las grietas, la realidad se resquebrajaba. Sabía, en algún rincón atávico de mi ser, que la simple lectura de ciertas palabras activaría el mecanismo que siglos de desesperación y ocultismo habían sellado allí.
Intenté huir, pero la puerta ya no respondía. Grité hasta que mi garganta fue sólo una masa incandescente. Al voltear, la silueta antes observada se hizo nítida, adoptando formas imposibles: brazos que manaban del aire, ojos abiertos en todas direcciones, tentáculos de carne y sombra palpando el espacio intermedio entre realidad y sueño.
Aturdido, me descubrí a mí mismo leyendo en voz alta, mi voluntad suplantada por fuerzas inescrutables. Palabras de poder, de succión metafísica, escaparon de mi boca. Una grieta en la pared, invisible al ojo vulgar, se ensanchó como una herida cósmica. Tras ella, un ulular de marea negra, un hedor a algas impuras y salitre antiguo irrumpieron.
De la rendija surgió, primero, una extremidad titubeante—mitad médula, mitad marea—siguiendo la grotesca coreografía de un ser que jamás conoció los límites de la carne humana. Me arrojé hacia la puerta, forcejeando. Oí risas, murmullos, el sordo latido de algo monstruoso, y advertí que otros ojos abrían los suyos entre los libros, susurrando secretos inmemoriales.
No sabría precisar cómo logré escapar. Desperté al amanecer sobre el empedrado exterior, con las ropas empapadas y una mancha viscosa adherida al rostro. La carta de Colwyn estaba en mi bolsillo, reducida a un trozo ilegible de pergamino podrido. Corrí sin mirar atrás, dejando en los fondos del Archivo C mi cordura y mi fe en la estructura de la realidad.
Supe después que el Dr. Colwyn había desaparecido. Pregunté por él; recibí sólo encogimientos de hombro y risas nerviosas. Nadie en la Biblioteca Phristonea admitió siquiera la existencia del Archivo C. La puerta ya no estaba—ni el ala occidental—como si la arquitectura misma hubiera tratado de olvidar lo sucedido.
No dormí durante mucho tiempo. Las noches traían los mismos ecos: la sensación de estar observado; las voces que suplicaban ser leídas; el hedor marino. Los libros que ahora leo muestran, de repente, palabras que cambian ante mis ojos, conjurando invocaciones reprimidas y nombres olvidados por el tiempo.
Lo peor es el temblor. Cuando la lluvia azota los ventanales, escucho, bajo la cama, un gotear sordo y una voz que, en un idioma maldito, me insta a abrirle paso.
Quienes busquen la sabiduría de los antiguos deben saber que la erudición es sólo una cáscara fina entre nosotros y un abismo hambriento. Jamás cerraré los ojos, pues les temo más a los sueños que a la vigilia, y sé—lo sé como una verdad ensangrentada—que entre los anaqueles de la antigua biblioteca, algo espera, creciendo, aprendiendo nuestros nombres y pronunciando, con cada latido de la lluvia, la invocación final.
“La palabra será leída. Y entonces, regresará el océano.”
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