Hubo un tiempo en que temí por mi cordura, perdido entre las sombras henchidas del campo en la América profunda, donde el mundo parece doblarse sobre sí mismo y la noche llega antes con un peso casi tangible. Una bruma densa cubre la tierra y hac...
Jamás debí aceptar la invitación de mi primo Charles. A él, la vida de la ciudad le resultaba asmática, preñada de humos y aburrimiento. Para él, el retiro en la vieja mansión de los Whateley, adquirida a precio de saldo tras el desmoronamie...
El viento nocturno aúlla entre los riscos de Yaxley y el aroma de la podredumbre gravita sobre la turba húmeda, polvorienta, que absorbe la humedad de siglos como un anciano decrépito absorbe el vino rancio de su última noche. Mi nombre carece y...
La noche era interminable sobre las colinas nevadas cerca del límite septentrional de la tierra habitada. El viento gélido, proveniente de abismos sin nombre, azotaba las laderas escarpadas, levantando una neblina tan espesa que oscurecía la luna...
La noche había descendido sobre Arkham con una lentitud enfermiza, como una avalancha suspendida a mitad de caída. El aire estaba denso; la habitual neblina amortiguaba los ruidos y multiplicaba los murmullos, convirtiendo cada sombra en una prome...
En el ocaso de aquellos meses malsanos, cuando el viento de lo desconocido cruzaba las aguas estancadas del Pacífico, los hombres de mar preferían callar al mencionar la funesta bajamar donde, dicen, yacía la ciudad oculta. R’lyeh, no sólo rui...
Providence, 12 de marzo de 1926
Querido Edmund,
He decidido, finalmente, escribirte al advertir que mi situación ya no puede definirse sino en el ámbito de lo extraordinario y perverso. Me verás obligado a invadir la serenidad de tu vida con la...
Jamás he sabido cuánto de mi herencia pertenece a la razón, y cuánto a la insania, pero esta crónica que me impongo a escribir, tan solo para despojar a mi mente de la nefasta realidad que la infecta, será como una confesión para la cual ning...
Permítaseme, indulgente lector, transmitirle la experiencia que fue responsable de la caída definitiva de mi salud mental y mi consiguiente aislamiento del mundo conocido. El nombre que llevo no importa, pues desde aquella malhadada noche de junio...
Desde que tengo memoria, la noche siempre me ha entregado susurros distintos a los del día: sonidos de fauces invisibles deslizándose por entre las tablas ruinosas del viejo caserón familiar, vaho rancio en los armarios cerrados, sombras que repe...
No sabría decir con certeza cuán profundo es el abismo del miedo hasta que, errando por sendas prohibidas del saber, fui a dar con la verdad que ocultan los Manuscritos Pnakóticos. Ni el bramido del viento en Nueva Inglaterra, ni mi propia ruina ...
Mi nombre, como lo entienden, no tiene equivalencia fonética en los vacilantes órganos de los hombres. No podría describírselo, aunque la voluntad languideciente del tiempo y la memoria herrumbrosa de mi estirpe aún portasen amables retazos de ...
Mis recuerdos son fragmentos; pedazos sueltos, espectrales, de una experiencia que mi razón —en la larga y solitaria vigilia de mis noches— desearía borrar. Yo, Erich Wade, he de escribir estas líneas como aviso, confesión y quizá, como úl...
¡Oh, lector, si en efecto alientas el infame vicio de la indagación, si eres de aquellos que desafían los umbrales de la cordura enfrentándose a las realidades indeseadas del universo, entonces, toma este relato como una doble advertencia! Porqu...
Los hombres de Sarkomand caminan silenciosos entre ruinas. No preguntan nunca demasiado, ni indagan en los arcanos susurrados por el viento sobre la superficie de los canales secos. Yo los he observado. Sus ojos, acostumbrados a las penumbras de sus...
Mi primer contacto físico con el Necronomicón –aquel tomo de cueros curtidos en sal y secreciones humanas, letras de tinta oxidada por la edad, emanando un rumor más que olor–, fue la culminación de búsquedas y pactos que habrían helado la...
Mi primer contacto con el abismo se produjo en la vasta extensión boscosa de Vermont, un lugar donde la civilización sostenía apenas un asidero sobre la brutalidad primordial de la naturaleza. Había recibido la invitación motorizada por una not...
El silencio era casi absoluto en la terraza occidental de la casa N’ghash, allí donde los campos se volvían polvo y raíces muertas bajo un cielo siempre encapotado. Había viajado por muchos parajes de la Tierra, rozando con avidez los límites...
Nunca me había creído supersticioso, al menos no como esos necios de la universidad que presumen del raciocinio occidental hasta que la medianoche y la soledad les muestran su verdadero rostro. No obstante, tras aquello que testifiqué en las yerm...
Uno aprende, con los años y el lento desgaste del espíritu, a no confiar en la quietud overcast de Kingsport. Las colinas y los promontorios escarpados que custodian el pueblo como cuevas abiertas a la bruma parecen más angustiados los domingos, ...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...