Portada del relato El susurro de los gusanos
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Fragmento:


En una recámara forrada de terciopelo carmesí, el marqués desplegó ante mí el legendario Cultes des Goules. Sus páginas no estaban confeccionadas con papel, sino con algún material grueso, amarillento, rugoso; solo después comprendería que se trataba de piel humana, tatuada con una lengua olvidada y oscura que, a veces, parecía mutar bajo la mirada. Balfour, con voz húmeda, pronunció los títulos de los capítulos: *De la Cosecha de Cuerpos Frescos*, *De los Ritos del Silencio Bajo la Lápida*, *Del Festín de Carroñas*. Cada línea, leída en voz baja, vibraba en mi oído como el eco de una tumba abierta.

Duración: 07:18

El susurro de los gusanos
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Texto de ajuste de pausa.

En la ciudad de París, en el otoño húmedo y perpetuamente gris del año 1787, la decadencia del viejo continente se respiraba como un miasma, impregnando cada rincón de sus callejones retorcidos, viejos adoquines y húmedos canalones a punto de rebosar. Por aquel entonces, mi espíritu, curioso y desmesuradamente ansioso, se arrojó con fruición a todos los placeres y horrores de la investigación prohibida, movido por un fuego interno que ni el amor ni la razón podían atemperar.

Tal vez fuera mi desarraigo inglés en tierras parisinas lo que me llevó a frecuentar las tertulias de la aristocracia más depravada —esos círculos donde el vicio y la búsqueda patológica de lo inefable eran moneda de cambio. Allí fue donde oí, por primera vez, el nombre de François-Honoré Balfour, marqués de C., y su incomprensible obsesión con los secretos que moran tras el velo de la muerte.

El marqués era un hombre enjuto, de rostro consumido por una enfermedad indefinible, y ojos tan pálidos que parecían manchados de leche. Las malas lenguas de la nobleza murmuraban que su linaje se remontaba a siglos de brujos y herejes enterrados desde los días de las grandes plagas, cuyo apellido solo se pronunciaba en los más siniestros volúmenes de crónicas prohibidas.

La primera vez que me crucé con él fue en un salón del Faubourg Saint-Germain. Se hallaba en silencio, hojeando un libro atado en cuero burdamente curtido que infundía terror instintivo, cuya cubierta parecía palpitar bajo la luz de las velas. Pronto hube de enterarme de que ese infame volumen —el tristemente célebre Cultes des Goules— era el corazón de su culto particular a los misterios más abyectos y recónditos de la tumba.

Tardé semanas en ganarme la confianza del marqués. Fue una tarea de seducción y sumisión intelectual. Me permitió, por fin, visitarlo la noche más oscura del otoño, cuando la ciudad entera se hallaba envuelta en un sudario de bruma y la luna, oculta tras un manto de nubes, borraba la frontera entre lo real y lo onírico. Me condujo al ala más antigua de su mansión: un lugar que olía a tierra húmeda y a carne podrida, donde el tiempo parecía coagularse en los rincones.

En una recámara forrada de terciopelo carmesí, el marqués desplegó ante mí el legendario Cultes des Goules. Sus páginas no estaban confeccionadas con papel, sino con algún material grueso, amarillento, rugoso; solo después comprendería que se trataba de piel humana, tatuada con una lengua olvidada y oscura que, a veces, parecía mutar bajo la mirada. Balfour, con voz húmeda, pronunció los títulos de los capítulos: *De la Cosecha de Cuerpos Frescos*, *De los Ritos del Silencio Bajo la Lápida*, *Del Festín de Carroñas*. Cada línea, leída en voz baja, vibraba en mi oído como el eco de una tumba abierta.

No tardé en caer bajo la influencia opiácea del libro. Una noche, mientras la tormenta flagelaba los cristales, el marqués me invitó a participar en un ritual. Debíamos acudir, dijo, al cementerio de Sainte-Geneviève-des-Bois. Nadie más podía acompañarnos, salvo el grueso lacayo de Balfour, un ser sin lengua ni mirada sensata, cuyos dedos presentaban el color de la cera muerta.

La ciudad dormitaba en un sopor malsano, pero al cruzar el umbral del cementerio sentí un aire distinto, un manto frío y húmedo como si la muerte exhalara sobre mi alma. Penetramos hileras de lapidas ennegrecidas por la lluvia, hasta detenernos junto a una vieja tumba cuyas inscripciones habían sido desfiguradas siglos atrás. El marqués esbozó símbolos indecibles en la tierra húmeda. Entonces, mientras murmuraba pasajes del libro en esa lengua detestable, los gusanos y raíces bajo la lápida comenzaron a moverse.

Lo que emergió de aquella tumba distaba de cualquier fenómeno explicable conforme a la razón humana. Primero, un hedor de historia antigua y huesos fermentados. Después, una mano disforme, blanca y rugosa, rasgando la tierra como un feto inverso. Los ojos del marqués brillaron con una fiebre ancestral. A mis oídos llegó una letanía apenas audible: una plegaria susurrada por voces carcomidas y dentadas. El ser que ascendía se quitó los fragmentos de arcilla y vegetación, y se mostró en toda su impía gloria: un cadáver imposible, animado por la voluntad de la podredumbre, cuyos labios se despegaban lo justo para articular palabras extinguidas antes de la llegada de Roma.

El marqués cayó de rodillas y gritó palabras del libro, rogando instrucción y aceptación. El ser, arrastrándose, se inclinó hacia su oído, infundiéndole un secreto que ninguna mente humana debería recibir. Me paralizó el horror: susurros de corrupción, invitaciones a una comunión de carne y piedra. Sus dedos fríos recorrieron mi rostro y dejaron tras de sí una ansia enfermiza, un deseo de hundirme yo también en la tierra húmeda, de dejarme comer y renacer.

Antes de perder la conciencia, atisbé la revelación: lo que el marqués y sus bastardos seguidores buscaban no era ni la vida eterna ni la prodigiosa sabiduría de ultratumba, sino el gozo milenario del festín y la danza bajo la tierra —unirse en copulación espantosa con los muertos que caminan al margen del tiempo y la razón. Me devolvieron a la mansión sin memoria clara de cómo escapé al abrazo de la lápida, y durante semanas la fiebre y los sueños decadentes se adueñaron de mi voluntad.

Soñaba con galerías de huesos sudorosos, grandes festines donde reinas descarnadas y niños desfigurados bailaban alrededor de mesas compuestas por ataúdes medio abiertos. Veía pieles tatuadas en un lenguaje imposible, cirios hechos de médula y grasa humana, y a mi propio cuerpo desmembrado y reconstruido por manos que en la vida hubieran sido tiernas y ahora eran ganchudas y húmedas. Cuando la fiebre pasó, desperté con la certeza de que algo crecía bajo mi piel, un pequeño gusano de ansia lombrosiana por regresar a la tierra fría.

Temeroso—y, aun así, algo seducido—regresé a la mansión de Balfour para buscar respuestas, pero el lugar había sido abandonado. Las maderas estaban podridas, inundadas de podredumbre, y en el dormitorio solo hallé los restos de una orgía frenética de sangre y olores inhumanos. Días después, la policía selló la propiedad: contaban que se habían encontrado decenas de cuerpos encajados en las paredes, aún frescos —tal vez no del todo muertos—, y otros más enterrados en las mismas bodegas, conservados por métodos más antiguos que la propia alquimia.

Intenté, por todos los medios, deshacerme de la influencia de aquel libro, y durante años evité toda mención a los Cultes des Goules. Viajé lejos, buscando santidad en las iglesias y pureza en la razón, pero nada lograba apartar la certeza de que algún día, como prometía la página final del libro, habría de regresar bajo la tierra húmeda, entre esos cadáveres hambrientos de carne fresca y gozo macabro.

Tiempo después, ya en los Estados Unidos, llegó a mis manos una carta anónima, enviada desde Francia. Era un solitario trozo de cuero humano, tatuado con el símbolo final del libro: una figura sanguinolenta, mitad arqueada de dolor, mitad danzante de éxtasis, rodeada por un círculo de gusanos que bailaban al son de una melodía que solo la muerte puede escuchar. Bajo ella, una frase escrita en tinta aún húmeda:

"Bailaremos juntos en los jardines de huesos, cuando todo lo demás haya muerto."

Hasta hoy, los susurros se cuelan en mis sueños. Los cementerios y las tumbas recién abiertas me llaman con una voz ancestral. El culto sigue vivo, y sé —horrorizado y febril a la vez— que nunca seré verdaderamente libre de aquel festín indecible, de esa danza sin rostro, de ese libro encuadernado en los retazos de la humanidad que otros, como Balfour, seguirán leyendo, hasta el fin de las eras.

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