Portada del relato La Morada del Leng
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Fragmento:


Atraído ahora no sólo por la erudición sino también por un terror latente, decidí explorar los riscos que recubren el extremo norte, allí donde la bruma nunca se disipa y los colmillos del invierno muerden los huesos de todo forastero. Reuní equipo para nieve, un farol con aceite de quimera —consiguientemente brillante como para perforar la niebla onírica— y partí al filo del alba más gris que recuerdo haber visto. Nadie se despidió de mí en Ulthar; sus pobladores prefieren mantener las noches tras puertas cerradas y suspesores bien ajustados.

Duración: 09:32

La Morada del Leng
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Texto de ajuste de pausa.

La noche era interminable sobre las colinas nevadas cerca del límite septentrional de la tierra habitada. El viento gélido, proveniente de abismos sin nombre, azotaba las laderas escarpadas, levantando una neblina tan espesa que oscurecía la luna menguante con garras de lino espectral. Al llegar a Ulthar tras mi largo peregrinaje por el Valle de Osgroth, donde buscaba las antiguas tablas de Yuggoth, encontré a los aldeanos más pálidos y aterrados que los gatos de sus historias. Susurros febriles, cuya urgencia apenas lograban disimular tras labios resecos, hablaban de unas figuras encapuchadas y rastreras que se movían en la frontera de los sueños, atravesando a veces la realidad cuando la Vía Láctea estaba alta y los riscos de Leng emergían nítidos en la memoria colectiva del pueblo.

Fue bajo la tutela de Nebrod, el arcano preboste de la biblioteca de Ulthar —un hombre de piel ajada como cuero viejo y mirada que parecía brillar con un reflejo interno no del todo humano— que obtuve permiso para consultar unos volúmenes condenados. Mi interés en las leyendas de Leng no era únicamente académico; después de haber soñado, noche tras noche, con extraños sacerdotes de ojos perlados y piel blanquecina, sentí un deber inexplicable de desentrañar la verdad tras aquellas visiones febriles.

La primera referencia concreta apareció en el “Libro de Ebeldon”, una reliquia forrada en cuero de origen dudoso y cubierto por marcas que se retorcían y desplazaban como si no quisieran ser leídas. Rezaba la siguiente advertencia en una lengua que sólo parcialmente entendía: “Cuando los hijos del frío caminen sobre la bruma, no cierres tus ojos, pues el sueño es su dominio, y el que duerme en Leng, nunca despierta”.

Atraído ahora no sólo por la erudición sino también por un terror latente, decidí explorar los riscos que recubren el extremo norte, allí donde la bruma nunca se disipa y los colmillos del invierno muerden los huesos de todo forastero. Reuní equipo para nieve, un farol con aceite de quimera —consiguientemente brillante como para perforar la niebla onírica— y partí al filo del alba más gris que recuerdo haber visto. Nadie se despidió de mí en Ulthar; sus pobladores prefieren mantener las noches tras puertas cerradas y suspesores bien ajustados.

Caminé durante horas bajo el silbido del viento. La blancura casi inmaculada, cuajada de sombras que danzaban y se contorsionaban, era mi única compañía hasta que, tras una cresta especialmente escarpada, vislumbré lo imposible: una estructura situada entre la materia y el sueño, compuesta de ángulos que desobedecían toda geometría terrenal. Era la Morada de los Seres de Leng.

El edificio parecía vivo, pulsando tenuemente bajo la superficie helada. A medida que me acercaba, percibí un murmullo, un coro ultraterreno que invadía mis pensamientos con palabras sin sonido. Me vi incapaz de determinar si era el viento, la sangre apresurada en mis venas, o alguna fuerza a la vez más íntima y exterior. Cierta ansiedad primitiva me invadió, un miedo que no era propio, sino ancestral, grabado en los huesos de aquellos que vagan demasiado lejos de la seguridad de su especie.

Sí, recordaré siempre aquel momento en que crucé el umbral que ningún mortal debería cruzar. El portón, tallado con símbolos oscurecidos por la escarcha perpetua, se abrió en silencio ante mi presencia. Dentro, el aire era aún más frío —no de esta tierra, sino robado del espacio entre las estrellas, donde los pensamientos de los dioses primigenios se congelan en gritos. La cámara estaba iluminada por faroles que ardían con fuego azul, proyecciones cuya luz no producía calor, sólo una claridad aberrante capaz de revelar aquello que debería permanecer ignoto.

Allí los vi: los Seres de Leng, altos y arrastrando jirones de túnicas blancas. Sus rostros eran embozados, pero en lo poco que sus capuchas dejaban entrever, veía ojos como perlas negras incrustadas en un marfil enfermo. Las manos, largas y terminadas en garras filosas, se entrelazaban la una con la otra formando mudras y gestos que parecía trastornaban la misma textura del aire. Danzaban y entonaban un cántico poderosamente hipnótico, arrastrando la mente hacia un océano onírico donde la lógica humana se disolvía.

Omitiré aquí la descripción completa de sus rituales; sólo diré que, a través del contacto visual indirecto y de los residuos psíquicos de sus movimientos, comprendí que existían para devorar sueños y almas, alimentándose de la energía vital que los durmientes dejan expuesta en su paso titubeante entre mundos. Eran los pastores de las pesadillas colectivas, guardianes y opresores de la frontera entre la vigilia y la locura.

En ese instante, uno de los seres se giró hacia mí y, aun oculto bajo las profundidades de su capucha, sentí su mirada como la insidiosa garra del hielo bajo mi cráneo. Extendió una mano, invitándome a avanzar, y una multitud de pensamientos ajenos se arremolinó en mi mente: imágenes de tormentas albinas, ciudades en ruinas cubiertas por la escarcha eterna y, sobre todo, la sensación de flotar eternamente en una neblina sin memoria.

Avancé, a pesar de la helada agonía que me recorría, hasta una sala secundaria donde se elevaba un enorme monolito de ónix; sobre su superficie estaba tallado el mapa de un continente soñado, repleto de abismos y grietas en los que flotaban cuerpos dormidos de humanos y bestias, todos atrapados en crueles espirales de delirio.

Entonces, la ceremonia mayor comenzó. Los Seres de Leng unieron sus voces chirriantes en un cántico espiralado, convocando desde las profundidades oníricas a criaturas aún más abismales: sombras de múltiples extremidades, aladas y angulosas, que cruzaban los vacíos entre realidades. Me vi forzado a arrodillarme ante el monolito, mientras una marea de presencias espectrales invadía mi consciencia, desterrando todo pensamiento propio. Supe —en un destello de horror prístino— que cada uno de los Seres de Leng era, en realidad, un fragmento de un ser mucho mayor, una entidad que habitaba la intersección de las pesadillas de toda mente consciente: Nyarlathotep, o quizás algo aún más remoto y antiguo.

No existían llamamientos a los dioses ni fórmulas que me protegieran en ese lugar. Cuando intenté pronunciar uno de los nombres protectores aprendidos en mi niñez, la palabra se disolvió antes de ser murmurada. Sentí mi yo desplomarse en capas, mientras visiones de eras prehumanas me atravesaban, como si absorbiera la memoria viva de la mismísima Leng.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, si fueron minutos u horrores sin límite. Lo cierto es que hubo un momento en que el cántico alcanzó su clímax; los Seres, en sincronía imposible, lanzaron sus cabezas hacia atrás y una columna de luz lunar —una luz no de nuestro satélite, sino de una luna de otro tiempo, de otro mundo— cayó desde el abismo superior, inundando la cámara. Me vi arrastrado fuera de mi cuerpo, a través de corredores de frío y espanto, donde los pasos de dioses sin nombre retumbaban como truenos ahogados bajo la corteza de la existencia.

Quizá fue un acto de compasión, o quizá los Seres de Leng vieron en mí un destino peor que el de su esclavitud onírica. Gané la conciencia en la frontera del bosque, el cuerpo cubierto de escarcha y la mente fracturada por mil imágenes indescriptibles. Desperté con las manos crispadas, la piel casi translúcida y una absoluta imposibilidad de recordar con nitidez nada de mi viaje, salvo la certeza de haber estado allí. No podía articular palabra coherente durante días, y sólo con la llegada de la primavera y la mercurial adaptación de mi mente, logré cubrir con velos borrosos los peores recuerdos.

Mi regreso a Ulthar estuvo marcado por sospechas y una tácita hostilidad; los aldeanos sabían, sin preguntar, que algo duerme en mi interior, algo que se arrastra y se nutre del temor. Cada noche, la niebla pesadamente se enrolla sobre mi chimenea, y cuando intento dormir, siento la cercanía de garras heladas sobre mi rostro y escucho susurros de una lengua que jamás aprendí pero ahora comprendo con horror instintivo.

He intentado advertir a otros, sólo para encontrar que la Verdad que traigo no es para las bocas mortales. La negrura de aquel viaje me marcó con una maldición difícil de soportar. A veces, cruzando de la vigilia al sueño, percibo los destellos del fuego azul, y en esos momentos, sé con una certeza absoluta que los Seres de Leng aguardan, agazapados en los intersticios del tiempo, preparados para reclamarme de nuevo cuando mi alma se debilite y la frontera del sueño se desgarre en un susurro blanco y frío.

Por eso escribo estas líneas, aun sabiendo que sus lectores, si sobreviven a la comprensión incipiente de su significado, seguramente desearán no haberlas leído nunca. Porque no hay peor terror que el que acecha, gélido e inmortal, más allá de la confortable superficialidad de nuestra razón. Porque cuando la noche se alza y la neblina cubre los campos, los Seres de Leng esperan… y sólo el ignorante puede encontrar reparo en los límites de su propia mente.

Quizá he sido marcado como heraldo involuntario de su presencia, un recordatorio de que la vigilia es efímera y la verdadera realidad —helada, hambrienta y ancestral— se extiende bajo el umbral de nuestros sueños más blancos y silenciosos.

Y cuando, inevitablemente, la noche final llegue, no dudo que regresaré a la Morada bajo la niebla, una vez más a la merced de los Seres de Leng, arrastrado por la nevada hacia un sueño sin retorno, mientras las estrellas miran impasibles la lenta extinción de la esperanza humana en la frontera glaciar del terror primigenio.

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